Ciudad santa
Capítulo 53
Gente de Narcóticos de la Federal sabía que se venía una «noche de cuchillos largos», adaptada a la tecnología bélica que los norteamericanos desarrollan frenéticamente para evitar que el mundo se les vaya de las manos. En cuanto se enteraron del secuestro de Osmar Arredri y su bella concubina, Sirena Mondragón, supieron que esa noche roja llegaría desde Colombia.
Había, sin embargo, mucho desconcierto, sospechas de fulano y de mengano, miradas torvas en los pasillos del Departamento Central, reuniones de trasnoche para tratar de identificar al hijo de puta que había metido a la división Narcóticos en ese baile. Aunque Oso Berlusconi era número puesto, coincidían todos en que Oso no se destacaba por su inteligencia estratégica, tenía que haber alguien más arriba, cerebros.
Lo de Carroza fue puro instinto, sin embargo. Y celos. El drogadicto delivery que cortejaba a Verónica —y que de vez en cuando se la cogía— no trabajaba en solitario, debía tener un dealer pesado para abastecer a tanto turista fascinado con el tango y las villas miseria, atracción fatal de Buenos Aires. Lo siguió, tuvo paciencia, lo vio entrar y salir de los departamentos de pederastas de renombre y de putos de ocasión, imaginó su culo ardido aunque envidió la plata fresca con la que compraría más tarde las recetadas pomadas antihemorroidales. También lo vio entrar y salir con Verónica, y eso fue lo único doloroso de su empecinada misión.
Lo siguió a Campana y, aunque llegó cuando la masacre estaba consumada, se quedó dando vueltas y encontró a un pordiosero en la terminal de ómnibus que esperaba el Chevallier a Buenos Aires. Algo en él le llamó la atención, lo encaró con la chapa de federal y le abrió el bolso que apretaba contra su pecho. Si hubiera encontrado droga o billetes verdes, lo habría arrestado sin leerle sus derechos, lo habría llevado a un potrero y sometido a un interrogatorio que ese linyera inmundo no olvidaría mientras sobreviviera. Pero lo que encontró fue la cabeza que le faltaba al carroñero muerto por Miss Bolivia. No hizo falta mirarla para reconocerla, dos cabezas sueltas son demasiadas para una ciudad chica como Campana, pero sobre todo, los ojos del infeliz, que la llevaba en su bolso como quien transporta a su mascota, lo convencieron de que tenía que dejarlo ir, si quería llegar a algún lado.
Los policías visitan el horror como los viajeros en el tiempo se dan una vuelta por el pasado, con la prevención de no tocar nada, de no alterar las coordenadas y los meridianos de la demencia y la soledad sin sosiego. La escena del crimen o el templo donde yace la momia egipcia no deben hollarse en vano ni es aconsejable navegar sin brújula. Hasta el vacío tiene sus rumbos ya determinados y el que se pierde muere.
Pero cómo explicarle a Verónica, si todo ha sucedido en unas pocas horas y a contramano de cualquier temperamento razonable. Necesitaría tiempo. Y que nadie, desde el asiento de atrás, lo estuviera encañonando en la nuca.
—Ahora, tranquilo —el Escocés, mientras le quita las esposas—. Poné las manos sobre el tablero, que yo las vea. Y calladito, la esperás acá.
La ilusión de que haya recapacitado y se quede en el interior de la casa se esfuma cuando la ve recortarse en el arco de la puerta. La curiosidad es el peor enemigo del gato y de las mujeres.
Pero no en vano Verónica ha perdido a dos hombres. Algo debe llamarle la atención, tal vez la sombra en el asiento trasero. Que ella sepa, Carroza no trabaja de remisero en sus horas libres.
Se para en seco, en mitad de la vereda, y Carroza aprovecha para saltar fuera del auto y gritarle que corra, que quieren matarla.
Verónica no entiende de qué se trata, todavía, hasta que el primer balazo disparado desde dentro del auto por el Escocés la saca de dudas.
Carroza es el mejor tirador de la Federal, pero a no menos de diez metros yerra los dos tiros que el Escocés había dejado en su cargador; además el Escocés no es blanco fácil, conserva la agilidad que él ha perdido, va mucho más seguido al gimnasio, se mantiene en forma para combatir el sedentarismo de su trabajo, confinado a las oficinas del Departamento Central desde que dejó de andar por la calle.
Tampoco es mal tirador, el Escocés, o tiene suerte; el caso es que le emboca un disparo de rebote y carambola en algún lugar del bajo vientre, que empieza a sangrar antes de que un flechazo de dolor lo tumbe a Carroza sobre el asfalto.
Como si soñara, Carroza ve al Escocés bajar del auto, listo para tomar posición y acabar con Verónica, que, montada sobre esos tacos aguja de diez centímetros que usan las mujeres para seducir y rechazar a los hombres, ya se ha caído por su cuenta apenas quiso correr unos metros, traicionada por las baldosas flojas de las veredas porteñas.
Oye los disparos, el subinspector Carroza. Sabe de inmediato que ahora el Escocés vendrá por él, tranquilo, pondrá el arma homicida en su mano y lo obligará a dispararse en la sien como quien ayuda a un cuadripléjico a rascarse la oreja. La idea original del Escocés era usar el arma de Carroza, pero ningún plan es perfecto, ni el de Dios, que tiene a las guerras y al hambre de dos terceras partes de la humanidad entre sus puntos débiles.
No lo odia, ni lo critica, tiene sus objetivos en la vida, ese Escocés trucho que ni siquiera nació en Irlanda. El problema es él, Carroza. Se lo ha dicho Bértola en una de esas sesiones de emergencia que, encima, el bochólogo pretende cobrar como si sirvieran para algo. Todo lo arruina, Carroza. Ha hecho de su vida lo que el finado Waldo de los Ríos con las sinfonías de Beethoven, tratando siempre de simplificar lo complejo, de arreglar a balazos lo que necesita palabras, silencios, mirar un poco más lejos de lo que ve una mascota hogareña cuando come su alimento balanceado.
Lo último que ha arruinado, y por lo que pagará con su vida, es la posibilidad —lejana, aunque nunca se sabe con las mujeres— de que Verónica Berutti lo convirtiera en su tercer compañero. Nunca se la cogió, van a matarlo antes, hay que ser boludo.
Ya casi no oye, la hemorragia lo desconecta del mundo, aunque siente la mínima vibración de los pasos sobre el asfalto. Ni falta hace que cierre los ojos porque la oscuridad lo está envolviendo, mejor: si los que van y vienen de la muerte tienen razón, podrá ver desde arriba cómo el Escocés lo fusila.
Algo ve: un tipo, una sombra armada. Pero por la manera en que sostiene la pistola se nota que es un novato, que ni siquiera rindió las condiciones de tiro, porque seguro no hizo la milicia, se salvó por número bajo, pie plano o porque es lo bastante joven como para haberse beneficiado con la eliminación del servicio militar obligatorio.
Una lástima, que los civiles no aprendan siquiera a disparar un par de tiros, porque Damián Bértola podría haber liquidado al Escocés y no solo herirlo en una pierna con la Bersa 3.80 que Verónica heredó de Romano, que le prestó a Ana Torrente, que se la devolvió anoche, antes de acostarse juntas y luego hacerla su prisionera, y que Bértola encontró en el departamento de la calle Azara, cuando llegó tarde y sin saber muy bien para qué había ido.
—Matar a alguien es como dar de alta a un paciente —dirá Bértola cuando Carroza despierte, días después, en el hospital Churruca—. Imperdonable para un sicoanalista, moriríamos de hambre.
—¿Cree que el Escocés será su paciente?
—Y de los buenos, si acepta tratarse. Sospecho que tiene para más años de terapia que de cárcel.
—Los canas somos malos pagadores. Pero ¿qué le pasa a ella, que no habla?
Ella está a un metro por detrás de Bértola, como una enfermera que espera a que la visita se vaya para darle la inyección, ausente, en otro lado, mirando a un policía herido que pudo, alguna vez, hace ya tanto, haber apañado con su silencio la muerte de otro.
—Ella me dijo, cuando usted llegó a mi casa de Villa del Parque, que ya lo había dicho todo, Carroza. Que salía nada más que a escuchar.
Cierra los ojos, Carroza.
La ve salir de la casa de Bértola y recuerda la anticipada tristeza por lo que se le iba, por la felicidad que, caudalosa y tibia, abandonaba su cuerpo, y que nunca recuperará aunque lo sometan a mil transfusiones.
Ya no abre los ojos. Tiene miedo de ver lo que está sucediendo, ella girando sobre esos tacos altísimos que casi le cuestan la vida y saliendo de la habitación sin haber dicho una palabra, ni tomado su mano que, en algún momento, se alzó en el vacío como empuñando, todavía, el arma con la que el Escocés le había ordenado matarla.