Ciudad santa
Cuarta parte
«Poca felicidad, tantas promesas»
40
No lleva su apelativo por nada. Es pura violencia, Oso. Hay que ser muchos para atrevérsele, rodearlo así, fuertemente armados los diez hombres y apuntándole, Oso quieto en el centro del círculo, mirándolos a uno por uno, memorizando sus rostros. Saben, los diez hombres, que aunque ahora mismo lo llenen de plomo, hay demasiada violencia en el cuerpo de Oso, en su historia, es imposible desactivarlo a balazos.
A sus pies, un charco de sangre y el rottweiler casi flotando, seco por dentro. Oso le destrozó la cabeza de un solo puntapié, el perro apenas si lo miraba, debió avanzar sin proponérselo, a lo mejor hasta buscaba una caricia, la violencia es un imán, una fuerza centrípeta.
—Estos perros son muy caros. Y a su manera, cariñosos —se lamenta el cacique, sentado a un par de metros del círculo de hombres armados que apuntan a Oso—. Te estaba cuidando, Oso, y era más confiable que estos sicarios.
Las armas crecieron en los brazos de los diez hombres apenas Oso estrelló su borceguí en el cráneo del rottweiler; el perro hizo una cabriola de circo, como si saltara de un trapecio a otro y lo sorprendiera el vacío. Después cayó y la sangre lo fue rodeando, lenta y espesa, entre estertores.
—¿Y qué tenemos? —sigue el cacique, sin mirar a nadie en particular, cómodo en un amplio sillón que debió usar algún cogotudo de dos apellidos para leer en La Nación las páginas de los remates de hacienda, las crónicas sociales de otros cogotudos y cogotudas que «guardaban cama» al regreso de un viaje en barco a Europa, fatigados, viejos, carcamales de una sociedad que se vanagloria de exterminar a sus jóvenes.
—Tenemos un escándalo internacional —dice, su voz es lo único que suena en la amplia sala del casco de estancia, en el aire rancio de respiraciones agitadas, de sumisos silencios—. Francia, Alemania, Italia… Es increíble lo que la pelotudez de un cana sin cerebro puede lograr, una crisis que ya debe estar en boca de todos en las Naciones Unidas, en el Consejo de Seguridad, en los parlamentos europeos.
Oso mira al perro muerto, tan seco por dentro como él. Espera, nada más. Que alguien haga un movimiento, que un solo dedo índice presione sobre un gatillo, él va a darse cuenta antes de que eso suceda y los hombres armados que lo rodean lo saben, ninguno quiere ser el primero porque teme, cada uno, ser el único y el último.
—Todas las miradas del mundo occidental convergen sobre nosotros — sigue el cacique—, sobre la policía de una república bananera en el sur del continente, torpe, ineficaz, corrupta, incapaz de proteger a sus ciudadanos en tránsito.
—Me traicionaron.
Dos palabras de Oso, cuando parecía dispuesto a no pronunciar ni una, por lo menos hasta después de su muerte.
—No estarías vivo si no supiera que te traicionaron —dice el cacique de la tribu de malvivientes, usurpadores de escenarios en los que supieron moverse con soltura los más rancios oligarcas. Pero ¿qué esperabas, que te fueran fieles los que más te odian? ¿Que te convirtieran en héroe los que buscan escarmentarte para tapar sus crímenes?
—El ministro me prometió su apoyo.
—Me cago en el ministro, Oso, y el ministro se caga en vos, en nosotros. Ningún perro, ni ese que mataste, muerde la mano del que lo alimenta. Los ministros sí, Oso.
—Hay un traidor.
—Hay un sistema, Oso pelotudo. Juegan con el cerebro, con eso que vos no tenés.
—Cumplo órdenes.
Suspira, el cacique. Trata de reponer su aliento, de contener las ganas de ordenar que lo maten ahí mismo, como Oso al perro. No le gusta el espectáculo de la muerte, salones como el de esa estancia que alguna vez fue patricia no han sido diseñados y construidos para servir de patíbulos, sino para recibir a gente importante, empresarios, funcionarios de gobierno, por qué no embajadores.
—Debiste consultarme, carajo.
El cacique, que pierde la paciencia, que se pone nervioso porque percibe el miedo de sus tiradores, sabe que si ordenara ahora mismo matar a Oso desataría una carnicería, él mismo correría peligro de ser alcanzado por una bala loca, el miedo es una bomba de fragmentación, hay que cuidarlo, servirse de él sin hacerlo estallar.
—Son las cuatro de la mañana— dice, más sereno, —las nueve en Europa, todavía estamos a tiempo. Hay que distraerlos, desviar las miradas, duplicar la apuesta.
Oso infiere que no va a morir. No es que le importe, tarde o temprano van a bajarlo, ya cayó, lo sabe, está en la mira. Pero no se atreverán a ejecutarlo ahora; el cacique, el que va de jefe circunstancial, el gozne entre gente como él y los que mandan de verdad, está pensando en voz alta, necesita salir de la trampa y habla de duplicar la apuesta. Y Oso, tan perceptivo para la violencia, sabe sin que se lo digan lo que tiene que hacer.
—Te quieren muerto, Oso —dice por fin el cacique, mientras con un gesto indica a sus sicarios que bajen las armas—. Celebrarían que no salgas vivo de aquí, que toda la culpa recaiga en vos, en tu desastrosa tropa de federales. El gobernador ha puesto ya a enfriar champán, quieren celebrar hoy mismo el escándalo.
Mira al piso, el cacique, rehúye las miradas de sus hombres que han bajado sus fusiles pero siguen desconcertados, mirando de reojo a Oso, temiendo ser, cualquiera de ellos, el primero sobre el que esa bestia salte para acabarlo como al rottweiler. Pero Oso sabe. Tiene más años, y más muertes encima, que cualquiera de esos mastines entrenados en las trastiendas de la democracia por instructores sin pasión, sin certezas como las que todavía anidan en su negro corazón.
—El ministro sale a las ocho de su casa, Oso. Sabés dónde vive, conocés el trayecto y sus alternativas.
—Pero el traidor…
—El traidor cumplió órdenes, Oso, como vos. Leales y traidores son la misma subespecie de humanoides sin cerebro. Pero esta vez no falles, Oso. Que entre las ocho, que sale de su casa, y las ocho y cuarto, cuando debería llegar al Ministerio, el país y de inmediato el mundo se conmuevan con la noticia.
Oso siente un ramalazo de placer, esperaba su propia ejecución, no este encargo. Está conmovido, estremecido como si una bella mujer le hubiera asestado una bofetada y ahora deseara que la bese.
—Que me devuelvan mi Rerum Novarum— exige como única condición.
Son gatos cebados jugando con el ratón, lo empujan de una pared a otra, le tocan el culo, lo abofetean por turnos, los cuatro policías del destacamento Pilar de la Bonaerense. Ya le han hecho submarino seco y mojado, lo tuvieron más allá de lo tolerable metido en una asfixia que un tipo normal no toleraría. Pero la cocaína ayuda a Pacogoya, es su aliada en esta resistencia sin chance, en este escalón de la agonía en el que se sostiene por puro instinto y cocaína.
Esperan instrucciones, los bonaerenses. Llamaron para dar la noticia, primero a Oso Berlusconi y después al otro cana, del que ninguno de los cuatro recuerda el nombre. Su número está en el celular del ratón, saben que es cana porque Pacogoya se los dijo, y también les dijo que toda la droga estaba en su mochila; sirvansé, les dijo, es gratis.
—Atenti que esa merca tiene dueño, no hagamos cagadas— advirtió el que parece mandar a los otros tres, un cabo medroso, creyente en la institución policial que los protege a él y a su familia, médico y remedios, vacaciones en Santa Teresita quince días al año, un arma siempre entre sus costillas, la sensación de saber que lleva ventaja sobre los civiles, que le temen por el arma y el uniforme, y que lo necesitan aunque lo desprecien.
Dejaron la mochila sobre la mesa del despacho del comisario, él decidirá en cuanto llegue, a las ocho de la mañana, qué hacer con ella y con el cheguevarita que se pasan de mano en mano empujándolo, manoseándolo como a una adolescente, si hasta el policía gigantón que se babea desde una media sonrisa que no se le borra ni dormido anunció que tiene ganas de cogérselo. Y el cabo da piedra libre para, entre todos, frotarle al gigantón la entrepierna para que se caliente.
—Si te lo cogés, va a ser en este cuarto y delante nuestro —aclara el que manda, que para eso es cabo.
Descentrado, lejos de todo, hasta de la sensación de muerte inminente que le produjo la sesión de submarinos, Pacogoya mira al gigantón, le pide que se lo coja, lo mira como una hembra en celo, si el gigantón se lo coge descansará un momento entre sus brazos, abrigará en su boca y entre sus nalgas la verga tibia, y si cierra los ojos podrá desvanecerse de a poco, pasar sin sufrir a lo que le espera, a lo que supo ganarse por no parar a tiempo, por ir a San Pedro, primero, y después a lo del Tío, por llevarse la droga que le dejaron servida sobre la cama del Tío, por entregar a los turistas y creer que le darían su parte, o que por lo menos lo respetarían como a uno de ellos.
Lo fueron a buscar hace apenas una hora y ya siente que pasó la noche en el infierno. Las instrucciones de Oso Berlusconi circularon por las comisarías de la zona como un radiograma del ejército, raro que a un federal como Berlusconi le den bola en la Bonaerense, hay algo que se mueve por encima de ellos, fue lo último que Pacogoya atinó a pensar, en la estación de servicio a la que llegó corriendo a los tumbos, con lo que creyó entonces que serían sus últimas fuerzas.
—Llevenseló, no quiero viciosos cerca, son los peores —le oyó decir al dueño de la estación, pese a que un par de minutos antes había llamado a la guardia del hospital de Pilar, no a la comisaría.
—Descuide —le dijo el cana a cargo, el cabo que ahora le da permiso al gigantón para que se lo coja pero delante de todos, para aplaudirlo si acaba o abuchearlo si no se le para lo suficiente, ya están apostando, dos a uno, dos a que se le para y uno, el cabo, a que no.
—Diez pesos —dice el cabo—: preparen los billetes, esta noche me gano veinte mangos con la impotencia del agente Gómez.
Tantas veces lo ha hecho por plata —poca, en general—, esta vez lo hará por su vida, por un rato más de vida, de quedarse en este mundo mirándolo todo sin entender, el fauno delivery. No piensa que va a morir, piensa si alquilará o venderá su departamento en Recoleta cuando lo echen de la agencia, cuando lo procesen por narco, por pelotudo global, por creérsela.
Avanza, el agente Gómez gigantón, da un paso hacia el cheguevarita que nunca pisó la selva boliviana, que colecciona biografías del Che grande en francés, en alemán, en italiano, los idiomas que hablan —que hablaban— los rehenes que él ayudó a capturar. Lo detiene, el gigantón Gómez, en uno de los giros de trompo que a los empujones lo obligan a dar como a una bailarina del Colón los otros tres canas. Lo aferra con sus enormes manos de dedos gruesos, apenas diferenciados, manos que jamás podrían ser de músico y dedos con los que aporrea dos o tres teclas a la vez de la Olivetti que le dejan usar para sus informes. Se ríen, el cabo y los otros dos, y Gómez, que siempre se ríe a medias, que nació y morirá con esa media sonrisa babeada, con esos ojos hundidos en grietas de grasa, con ese aliento que obliga a la bailarina del Colón a darle vuelta la cara cuando Gómez pretende besarla entre los aplausos y los vítores; dale, Gómez, volteátelo de una vez, pelala, Gómez, que te la chupe, dale.
Linda noche, cuatro de la mañana, nueve en Europa, donde los cancilleres y los secretarios de redacción dictan notas de protesta y editoriales, si hasta en las bolsas se refleja la caída en las acciones de las empresas líderes que los rehenes muertos dirigían.
Seguiría la fiesta si fuera por esos cuatro canas de la Bonaerense, por Oso Berlusconi, que pidió que le recobraran al vicioso cuarentón con aspecto de guerrillero de póster, por el propio cheguevarita que gira en su remolino, tragado por él mismo, por su nada tan laboriosamente construida alrededor del mundo y, a veces, en su departamento de Recoleta.
La fiesta no sigue porque llega el otro cana —federal, como Oso—, y si en una mano exhibe su credencial, descansa la palma de la zurda sobre la culata de su 38.
—Me lo llevo —dice al grupo.
—Es hombre de Berlusconi —el cabo, nada más que por no mostrarse tan dócil frente a sus subordinados de fiesta.
—Hombre… —repite el gigantón agente Gómez con su media sonrisa ampliada y babosa, levanta el brazo derecho de Pacogoya y lo induce a seguir girando. En puntas de pie —le ordena—, sacando el culito pa’ fuera.
Risas entre los demás. Y aplausos, pero pocos, por pura inercia, cuando el 38 se posa como un pájaro sobre la cabeza del gigantón.
—Dije que me lo llevo.
—¡Agente Gómez, compostura, carajo, que somos servidores públicos! — el cabo, sin poder evitar que la risa a medias perdure en la cara sin instrucciones genéticas precisas del gigantón.
—Oso Berlusconi está en un procedimiento demasiado importante como para venir personalmente a buscar a este sorete —dice el subinspector Carroza, ablandando el tono de voz. Hay seis rehenes extranjeros muertos, no es noche para jodas.
El cabo se cuadra ante el federal que desconoce y del que recela, como de todos los federales, pero algo oyó por la radio, sabe que hay revuelo afuera y lo último que quiere para su carrera de cabo es que algo de todo ese mundo exterior lo salpique.
Sale por fin Carroza con su prisionero, aplaudidos por los canas que ganaron confianza y los despiden como a novios que abandonan el templo, una lástima, tan lindo culito, el agente gigantón Gómez, héroe de la noche que se salvó de la prueba de fuego, me lo hubiera culiado si me dejaban, grita todavía, entre risotadas, felices todos por la módica fiesta y la satisfacción del deber cumplido; entregaron al prisionero sin un rasguño y con el culo intacto, se ríen todavía, mirándose uno al otro, cuando el Renault 18 de Carroza arranca entre estampidos de su silenciador roto, y siguen todos con una media sonrisa tan parecida a la de Gómez.
Al primero que se le borra la media sonrisa es al cabo, cuando se da cuenta de que la mochila con la droga ya no está sobre el escritorio del comisario.