Ciudad santa
Capítulo 21
El viento se arremolina en las veredas amplias y sucias del edificio Alas, pequeños tornados de lluvia y frío han puesto boca arriba a la noche, que hasta hace un rato, apenas, lucía una luna redonda y brillante. Oso Berlusconi estaciona su Toyota gris y sin patente sobre la calle Viamonte, a la vuelta de la entrada principal del edificio, junto a unos portones clausurados por los que, hace décadas, se ingresaba a los minúsculos estudios de la televisión del Estado. El canal se mudó y ahora el lugar está cerrado, guardan algo, Oso no sabe qué, espectros, seguramente, esqueletos de decorados y de actores de segunda ya muertos o internados en el hospicio de la Casa del Teatro. Cuando funcionaba aquí, la tele era en blanco y negro, nunca demasiado nítida, los actores lloraban en vivo y cantantes sin bandas sonoras desafinaban o se olvidaban la letra, las cámaras a válvulas, enormes, recalentaban.
—Pensar que acá, alguna vez, tocó Pichuco —dice Oso. Y explica a su compañera, tan joven, quién era Pichuco.
—He visto fotos —dice ella—, un gordo mofletudo que se dormía sobre un acordeón chiquito.
—No era un acordeón chiquito, Bolivia, era un bandoneón. Y no se dormía, tocaba. Madre mía, cómo tocaba.
—No me llames Bolivia —protesta ella.
—Esquiusmi, Miss Bolivia. Esperame acá, cerrá las puertas en cuanto baje; si se arma, rajá.
Le da las llaves del auto, es inútil que ella le diga otra vez que no conduce. El auto está blindado, le explica Oso.
—Si oís tiros, quietita acá adentro, ni se te ocurra bajar. Prendé la radio, seguro que hay buena música.
El sereno del Alas no parece sorprendido por la imponente figura de Oso, que ocupa toda la superficie del monitor. Lo tiene visto de algún lado, o será la cara de botón, se dice, que lo vende antes de que exhiba su credencial y diga que viene a ver al comodoro Castro.
Sabe, el sereno, que la pajarera del piso cuarenta está ocupada. Y deben ser importantes los pájaros, porque desfilan federales y algunos, como Oso, no son canas de calle.
—¿Cómo pueden los milicos vivir en esta mugre? El albergue Warnes era el Sheraton al lado de esto —dice Oso, cuando el sereno le abre la puerta lateral.
—Los señores oficiales se quejan mucho de las ratas —informa el sereno, cabo de aeronáutica, no más de veinte años, un correntino al que veinticinco años antes sus superiores habrían mandado a morir a las Malvinas.
—Me parece que es al revés —dice Oso—, son las señoras ratas las que se quejan de los oficiales.
—¿Tiene cita con el señor comodoro? Ya es medianoche.
—¡No me digas! ¿Se acuesta con las gallinas, el comodoro?— Oso ya está dándole la espalda y subiendo al ascensor.
Detesta a los chupamedias de las Fuerzas Armadas. Antes, cuando él era joven, había conscriptos, la ley obligaba a los civiles a enrolarse y, apenas terminada la adolescencia, entrenarse en el manejo de las armas, las prácticas de combate y la limpieza a fondo de las casas de los oficiales, obligados a cebarles mate sin que la yerba se lavara, anhelando que los dieran de baja, rumiantes de odio. Ahora, con la eliminación del servicio obligatorio, los que se alistan son felpudos humanos, miniaturas de hombres y mujeres que, a diferencia de los policías, ni siquiera arriesgan la vida para recoger la basura de la sociedad.
El ascensor trepa despacio, a los sacudones. Si así andan los aviones, pobres aviadores —piensa Oso—, y así andan, seguramente.
Se abre por fin la puerta en el piso treinta y nueve. Al cuarenta se sube por la escalera, porque el ascensor no llega y por las dudas. Si hay alguien esperando, mejor tener libertad de movimientos. El poder de fuego se lo garantiza la Browning 9 milímetros, pero hay gente propia, ahí arriba, no debería haber inconveniente en pasar a saludar a los prisioneros.
Llueve más intensamente, aquí arriba, el viento sopla más fuerte, Dios está aquí nomás. Nunca le gustó la altura, es animal de tierra firme, Oso, bien plantado, tirador premiado en varios torneos; una vez fue a Tokio a recibir una copa, todos los gastos pagos, geishas chupándosela sin perder las sonrisas, qué cultura.
Sube despacio, prevenido, la Browning bien articulada con su diestra. Hay una luz, que no es la del pasillo, derramándose débilmente por el piso, y no le gusta. La puerta de la pajarera está abierta.
Se pregunta si Castro habrá puesto gente suya de refuerzo, como se lo pidió. No confía para nada en ese descastado, en realidad no confía en nadie, por eso no está muerto.
Se pega a la pared del pasillo y avanza así, de costado, hasta la entrada del aguantadero.
—¿Suboficial…?
No recuerda el nombre de Rosa Montes, solo sabe que es lesbiana, se quiso levantar a una agente de menor jerarquía, pero se ligó una bofetada y la denuncia, que Oso desestimó. Es buena policía, ahora me la castigaron mandándola a relaciones públicas, pero en la calle no le daban lástima los pibes chorros, los acribillaba y redactaba después informes muy convincentes.
Pero no le gustan las tortilleras, a Oso, ni los putos. Tampoco al papa, y él es muy católico.
Vuelve a llamarla por su grado y, como nadie responde, entra, apuntando en ciento ochenta grados, mejor que ahora ya no aparezca nadie porque lo baja.
Revisa el departamento y llama por su móvil al departamento del comodoro Castro.
—¡Cómo que no está! ¿No duerme con usted, ese cabrón hijo de puta?
La mujer, en plena tormenta de pastillas, no atina a articular las frases, no sabe quién es, por qué ni quién le grita espere que lo busco, si es urgente, alcanza a decir, pero ya Oso se está descolgando desde el piso cuarenta hasta el departamento del comodoro. A puño cerrado golpea la puerta y refuerza con dos puntapiés, todo el edificio tiembla, más por sus patadas que por el viento.
Si fuera la criatura de Frankenstein se asustaría al verla, pero Oso ha visto mujeres más feas, se ha acostado con ellas, nada lo detiene. Tampoco espera a que la mujer lo invite a pasar; entra, atropellándola, revisa cada habitación y cada mueble. La mujer, que debería echarlo, está rabiosa, pero no con él.
Un chaparrón de odio despeja cualquier droga, el sistema nervioso central de la mujer refulge como la espada del guerrero.
—Sé dónde encontrarlo, venga conmigo, ese miserable.
Sale por delante, arrastrándolo con la succión de su furia. Tropieza pero se estabiliza de inmediato, lleva puesto un camisón muy largo, la cara encremada y una cofia, le falta la mascarilla de oxígeno; así lucen las alienígenas de los mundos perdidos, las del matrimonio a ultranza, cueste lo que cueste, y que el hombre no separe lo que Dios —ahora algo más lejos, porque bajó veinte pisos— ha unido.
—¡Esa puta, no le bastó con perder al marido en un prostíbulo del culo del mundo, guacha de mierda!
Apenas la emprende a golpes con la puerta del departamento del piso diecisiete, Oso la aparta, dispara sobre la cerradura y abre con una sola patada de burro. Se antepone a la esposa cornuda, aunque le cueste contenerla y deba finalmente derribarla de un empujón contra una mesa, haciendo añicos una colección de muñequitos de marfil que el finado debió traer al regreso de alguna de sus heroicas misiones en el tan Lejano Oriente.
El departamento está en orden, en los ventanales del comedor se reflejan las luces de Puerto Madero, la visión diurna debe ser muy pintoresca, las ratas tienen privilegiada vista al río, piensa Oso antes de acercarse al dormitorio y enfrentarse al desastre.
El alarido de la mujer a sus espaldas, que consiguió levantarse de entre las ruinas del arte asiático, lo espanta más, sin embargo, que la visión de la masacre. Sentado, el comodoro, apoyado en la cabecera de la cama como si fueran a servirle el desayuno, solo que no podría disfrutarlo porque le falta la cabeza. Acostada, la viuda, boca abajo, la cara hundida en el sexo —hasta hace un rato, en retiro efectivo— de Castro. Los dos, claro, rociados a balazos en plena felatio.
Mala noche para Oso Berlusconi. Si tuviera en sus manos el arma homicida, acabaría con la viuda sobreviviente, nada más que por no oírla gritar.
Sale del departamento y baja los diecisiete pisos dando enormes zancadas de a cuatro escalones, rejuvenece veinte años con el ejercicio, si a fin de cuentas todo es un juego y supo ser un buen deportista, en su juventud.
El sereno se sorprende al verlo aparecer por la puerta que da a las escaleras.
—No me diga que el ascensor se rompió de nuevo, a esta hora. ¿Encontró al señor comodoro?
El sereno parece no oír los gritos de la flamante viuda, allá arriba, y cuando Oso se lo hace notar, esboza una sonrisa; es normal, dice, todas las noches hay peleas de matrimonios en este conventillo.
—¿Qué pasó? —pregunta Miss Bolivia, ya en el auto, después de bajar el volumen de la radio.
—Nada, problemas.
Oso vuelve a subir el volumen. Ese bandoneón.
—Hace rato que está sonando —dice ella—. Desde que bajaste. Linda música, aunque algo triste.
—Es tango, boluda. Y es Pichuco.
Enciende el motor y arranca despacio, mirando con recelo los portones cerrados de los viejos estudios de la televisora del Estado. Le parece ver una luz en su interior, como de velas, y vuelve a preguntarse qué carajo guardan allí, antes de acelerar.
Después de la bocacalle, en algún lugar de la trastienda sin luces de la ciudad santa, el Gordo Troilo, Pichuco, deja de tocar y abre los ojos.