Ciudad santa

Guillermo Orsi · Capítulo 44 de 56

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Ciudad santa

Capítulo 43

 

Se confirma que la recepción es a balazos.

A Carroza no le preocupa el Renault 18, alcanzado ya antes por varios tiroteos y hasta por un par de tormentas de granizo; andar en auto viejo es como conservar la primera mujer, ya no importa el deseo de mantener intacta la carrocería, ni los lujos de un modelo nuevo o una rubia como la que va a su lado, aunque no sea ella el ejemplo que esta noche elegiría, si tuviera esa chance.

Clava los frenos e intenta retroceder, pero de un auto que se ha cruzado en el camino desembarca media docena de pistoleros. Carroza enciende la luz interior y levanta los brazos, Miss Bolivia lo mira sin entender cómo un tipo como él se rinde tan fácil, ni siquiera amagó usarla de escudo, como había prometido.

Un pistolero que parece comandar al resto se acerca por detrás del coche, mientras otro trío que acaba de surgir de entre los árboles, como duendes del bosque, los encañona por delante. El pistolero que llega reconoce a Miss Bolivia.

—Señorita Ana, qué sorpresa.

Pálida Miss Bolivia, descompuesta: diez años más vieja. Ni cuando le amputaron la mano derecha al concejal Viruela vio a la muerte tan cerca.

—Tengo entendido que acaba de irse —agrega el pistolero de relaciones públicas, y Ana comprende que habla de Oso Berlusconi—. ¿Quién es este?

Ni mira a Carroza, aunque esté atento a que no baje los brazos; sabe que es cana, cualquier cana reconoce a un semejante aunque se disfrace de pastor metodista.

—Es hombre de confianza de Oso —dice Ana.

A Carroza no deja de sorprenderle su capacidad de recuperación, sería implacable como mujer policía, Miss Bolivia.

—El patrón se ha retirado a descansar —informa el pistolero, gentil—. Ha tenido una noche agitada, el asma, usted sabe. Podrán hablar con él más tarde, tal vez al mediodía.

Nueve muertos —los seis rehenes y sus tres carceleros— son el asma del patrón. Y el barón colombiano de la droga, en vigilia en esa misma estancia sin estancieros, con su bella concubina. Pero Walter Carroza no sabe aún quién es el patrón.

Están en esa estancia, le dijo Miss Bolivia cuando salieron de la cueva de la calle Azara y mientras le indicaba cómo llegar. Ni Oso lo sabe, él cree que se los llevó gente de la aeronáutica. Pero los militares ya no quieren saber nada con secuestros, tercerizan el trabajo, es lo que hoy se estila en cualquier empresa cuando no se tiene la infraestructura adecuada.

Hablaba como una licenciada en Marketing, Miss Bolivia. Carroza no hizo más preguntas que las indispensables, sabía que disponía de muy poco tiempo, que estaba arriesgando las vidas de Verónica y de Laucha Giménez.

Muchas veces, incluso más de las necesarias, había arriesgado vidas ajenas —y de vez en cuando la suya— para cerrar investigaciones, al cabo de las cuales no recibiría ningún ascenso. Empecinamiento de lobo solitario que huele el miedo, la decepción, la voracidad ajena, y va por ellas, nada más que por mirar el mismo rostro en otros espejos.

Tampoco ahora habrá reconocimiento alguno, ni una medalla al mérito, si al final de su aventura esclarece algo. El gobierno está pendiente de lo que digan en el exterior sobre la crisis de los rehenes, de la reacción de los mercados y los jefes de Estado europeos, de las repercusiones diplomáticas y comerciales, y de la utilización que de la crisis intentará hacer la oposición política. En dos horas más, a las ocho y cinco de la mañana, en medio de una nube de periodistas y ante la mirada impávida del encargado del edificio, caerá de un balazo en la cabeza el ministro del Interior, para inconfesable satisfacción del presidente que, aun ante sus colaboradores de máxima confianza, negará toda injerencia en la eliminación del que se perfilaba como su principal adversario dentro del partido.

La vida de Laucha le importa poco y nada al purohueso. La de Verónica, en cambio, quisiera conservarla para no apagar la débil llama que lo mantiene a salvo de la absoluta tiniebla sentimental. Reconoce, sin embargo, y aprecia, el coraje a prueba de balas de Laucha, quien se prestó al juego de la posesión diabólica sin pedir a cambio nada más que la preservación de la vida de Verónica. Lo había llamado en cuanto cortó la comunicación con Miss Bolivia. Habría ido a verla, de todos modos.

—Es peligrosa —le advirtió Carroza, que conducía sin apuro por la General Paz, pensando en lo sucedido con Oso, en cómo seguir, cuando atendió el llamado—. Sígale el juego hasta que yo llegue, ya estoy en camino.

—Está empeñada en destruirse —dijo Laucha, por Verónica—. Como no se atreve a suicidarse, acepta cualquier trabajo que la ponga en la mira de los asesinos.

—No es para tanto —trató, Carroza, de matizar el diagnóstico que, adivinaba, le había sido dictado a Laucha por el bochólogo Damián Bértola —. Es abogada sacapresos, sabe a lo que se expone, pero tiene experiencia.

—Sí, dos maridos muertos.

 

—Cortar cabezas tiene una larga tradición en la historia de la humanidad — dijo el Escocés cuando consiguió que Carroza atendiera su celular. Recién acababa la masacre de la villa Descamisados de América y el purohueso sobrevivía, una vez más y a su manera, a la amenaza que tipos como Oso Berlusconi representan para los canas íntegros aunque destartalados como el 18 que obstinadamente conduce Carroza.

—No vas a decirme que una pendeja como Ana Torrente va por el mundo serruchando cuellos, Escocés. No me la creo.

—No dije que fuera ella, Oriental.

—¿Quién, entonces?

—El Jaguar.

—No me jodas, qué clase de bicho es ese. Conozco pungas, violadores, chorros de bancos, asesinos de ancianas, coprófagos, vampiros que imitan a Drácula con colmillos de acrílico, travestis chantajistas de empresarios, curas abusadores de menores, generales que en sus búnkers del casino de oficiales superiores se la hacen dar por el culo por un soldado de veinte, hasta un rabino drag queen me llamó en privado para que investigara unas fotos que le sacaron en plena fiesta con tacos aguja y los labios carmesí. Todo es posible entre el barro y la mierda con los que lidiamos, Escocés. Pero jaguares.

—El Jaguar, Oriental. Uno solo. Y con mayúsculas. Te aseguro que existe.

—¿Lo viste, acaso?

—Si lo hubiera visto, tal vez no le temería. Existe, anda suelto. Y está cebado con carne humana.