Ciudad santa
Capítulo 47
Son las dos de la tarde en Europa, las ocho de la mañana en Nueva York, y los mercados no se recuperan. Los tres extranjeros varones sacrificados en ese absurdo país de América Latina, conocido apenas por el tango, los bifes de vaca y Maradona, eran altos directivos de empresas que cotizan y a las que se apuesta fuerte en las bolsas del mundo. Los embajadores en Buenos Aires han recibido instrucciones tajantes: protestar enérgicamente ante el gobierno corrupto de turno y amenazar con el retiro de los capitales comprometidos, tanto de las filiales locales como de las cuentas suizas de los funcionarios, si en pocas horas no cae sobre los responsables todo el peso de la ley.
No le dan tiempo al presidente para llorar en público por su ministro asesinado, ni para celebrar en privado haberse librado de su adversario político más temido. Para colmo, los amarillos de la prensa ya especulan con que el tal Oso Berlusconi era apenas un sicario, que detrás del asesino se mueven intereses muy poderosos, y anticipan, los amarillos, que la ejecución del ministro del Interior se sumará a la larga lista de crímenes impunes, interminables causas judiciales que acaban archivándose porque así lo exigen, entre bambalinas, las instituciones de la república bananera y la buena marcha de los negocios.
A la misma hora, en una estancia sin estancieros ni vacas pastando, cercana a Exaltación de la Cruz, se ha decidido que el policía purohueso, la reina boliviana de belleza y el fauno delivery sean ejecutados en el corral de los chanchos y entregados como alimento a sus moradores. La sentencia, emitida sin derecho a apelación por el que llaman «el Tío», ni siquiera tiene en cuenta que Pacogoya fue durante tantos años su sobrino predilecto. El Tío no quiere testigos, aunque el cheguevarita le jure por los cubanos exiliados en Miami que no lo denunciará, que le importa un carajo lo que hagan con el cana y la ricurita boliviana; el Tío sabe que cuenta con su fidelidad, que nunca lo traicionó, quién va a traerle esas atractivas sumas de cash que él embolsa con cada viaje de los cruceros en los que Pacogoya llega embarcado como guía.
—Tenés razón, no me gusta la idea de que te coman los pocos y famélicos chanchos de esta estancia —lo ha confortado el Tío—. Pero dormiré más tranquilo si te saco de este mundo, no confío en los putos, son histéricos, además de pervertidos. Y donde mueren dos, mueren tres: si voy preso por homicidio, da lo mismo la cantidad. Que lo digan, si no, los comandantes de la Junta.
Los sacan de la sala a los empujones, Pacogoya se echa al piso y lo arrastran entre lloriqueos, ruegos a viva voz y promesas de que traicionará a quien el Tío le ordene, que no tiene escrúpulos, que no quiere morir tan joven y por nada, llora y grita hasta que uno de los gorilas del Tío le clausura la boca con la punta de su borceguí, Pacogoya gime y escupe sus incisivos superiores, aúlla como un perro atropellado en la ruta mientras lo arrastran detrás de Carroza y de Miss Bolivia, que marchan en silencio, altivos, hacia el patíbulo de barro y excrementos.
Desarmado y sin su celular, el subinspector Carroza acepta que su pellejo esté ahora en bandeja de salida, a merced de que ese contrabandista agrandado, ese nuevo rico usurpador de ambientes tan patricios, oprima la tecla enter y a volar para siempre por el ciberespacio. Nada que lo tome por sorpresa, después de todo: nunca esperó otra cosa de su vida, jamás un amor perdurable en algún puerto, nada que le impidiera soltar amarras, ninguna isla con sirenas. Se puede vivir en viaje, sin tener dónde regresar, rodeado de horizontes de agua, sin radares, sin vigías, indiferente al rotar de los vientos. Cuando se logra, cuando solo la deriva y el azar son los puntos cardinales, puede decirse —como a veces lo hace Carroza frente al espejo o a un vaso de ron— que la felicidad es para los ingenuos y los locos, que con la muerte no se termina ni empieza nada, ni esta sucia realidad ni mejores mundos posibles.
—Es un golpe de puño en el rostro de un ciego que sueña con la Virgen, Chino —le ha dicho al Chino catamarqueño que atiende el bebedero de canas terminales, a dos cuadras del Departamento Central—: un puñetazo en la cara, el sabor de la sangre, las lágrimas impotentes del ciego que tira golpes al aire y cae, Chino. De una oscuridad a otra, no hay diferencia entre la vida y la muerte.
La vida, mientras tanto —esta miseria, este fondo de vaso que se termina —, le da todavía la oportunidad de enterarse de aquello que vino a averiguar, más por curiosidad profesional que porque alguien fuera a agradecerle el dato, que por lo visto hasta ahora no podrá comunicar. Un largo y amplio corredor une la gran sala en el casco y las puertas traseras, lindantes con la cocina y las habitaciones de la servidumbre que supieron tener los dueños de la tierra, no estos mercaderes sin estilo ni otro linaje que sus prontuarios policiales. Donde durmieron amas de llaves, damas de compañía, mucamas uniformadas y mayordomos con librea, cabecean hoy por turno los sicarios del Tío, una mala junta de policías fuera de horario y presidiarios en alquiler.
—Ahí están, no los mataron todavía.
Quien hace el descubrimiento es Miss Bolivia, que no parece preocupada porque su tierna y fresca carne vaya a convertirse en alimento de unos famélicos porcinos tan abandonados a su suerte como ellos. Carroza sigue la dirección de su mirada y los ve, sentados sobre una amplia cama matrimonial, como esperando su turno, gachas las cabezas, decepcionados, ellos sí, con el final que muy probablemente les reserve ese tío ambicioso que no repara en gastos para abrirse camino quién sabe a dónde.
—Es realmente bella, casi tanto como vos, Bolivia.
Ojos muy negros, pelo castaño y caudaloso como el de Rita Hayworth o María Félix, divas de un cine desaparecido, una barca de sueños que supieron tripular Ingrid Bergman con Humphrey Bogart en Casablanca, diciéndose interminablemente adiós bajo la brisa sin sombra de un perezoso ventilador de techo. Es de verdad muy bella, pese a su tristeza, Sirena Mondragón.
—¿Van a matarla?
Nadie sino Miss Bolivia pudo haber hecho la pregunta, girando sobre sus tacones y encarando a uno de los dos pistoleros que conducen a la pareja al corral de los chanchos. Una pregunta fuera de lugar surte, a veces, el efecto de un disparo a quemarropa sobre lo que cualquiera con sentido común espera que suceda a continuación. Y es lo que afecta por un instante el andar tenso y vigilante de los custodios: no bajan las armas, tampoco cierran los ojos ni se dan vuelta a ver quién viene, pero se miran uno al otro buscando una respuesta, no a la pregunta de la reina boliviana sino a cómo puede alguien sentir curiosidad por el destino ajeno cuando ha entrado en el minuto final de su vida.
Le alcanza a Carroza, esa distracción, para reverdecer las prácticas marciales que ha venido descuidando desde que ya no anda por las calles persiguiendo punguistas. Reconoce al instante que no se encuentra en su mejor estado, son por lo menos siete u ocho años de sedentarismo, y lo que antes hacía en un segundo ahora le lleva dos y hasta tres. Al primer custodio lo desarma con una limpia patada de cinturón negro y no necesita impulso adicional para estrellarle, por pura inercia, la cabeza contra la pared. El otro ha tenido tiempo, mientras tanto, de disparar dos veces antes de que las afiladas uñas de Miss Bolivia se le claven en la mejilla derecha y le hagan saltar la itaca de las manos. Con el primer disparo Carroza siente un ardor intenso, como si se hubiera cortado al afeitarse; el segundo rebota en el piso frente a su nariz y se pierde en la cabeza del primer custodio que acababa de sentarse contra su voluntad, de espaldas a la pared.
Carroza recoge la escopeta con la velocidad con que Carlitos Chaplin rescataba, en las matinés del cine del barrio, al bebé abandonado sobre los rieles del ferrocarril, un segundo antes de la llegada del expreso. El pistolero vivo lo mira como si le quitara un juguete. Ni la perdigonada en el pecho que lo tumba ahogado en su propia sangre lo convence de que un descuido o un movimiento brusco pueden volcar la copa con el mejor vino y acabar la fiesta.
Miss Bolivia, a quien nadie ha respondido su pregunta, siente que su apetecido cuerpo de reina de belleza es proyectado por el purohueso hacia la cama matrimonial y acuesta con su peso el de Sirena Mondragón.
Entrenado para transportar divisas en maletas con doble fondo y cerrar tratos con mafiosos de guante blanco, Osmar Arredri no sabe qué hacer con la itaca del pistolero muerto en primer término que Carroza le arroja como el salvavidas al náufrago.
—Solo oprima el gatillo…
Y ante la vacilación del colombiano:
—La cola del disparador o como mierda le llamen en Colombia, o acaso nunca vio una de gánsteres, carajo.
En el instante de cerrar la puerta y atrancarla con una silla, Carroza cae en la cuenta de que ha olvidado al cheguevarita gimiendo en el pasillo. Sus lloriqueos duran poco, de todos modos: un grupo de matones que ya llega a la carrera lo apaga a balazos.
Nadie escribirá sobre su muerte, ni cantará a la memoria de ese clon apocado, guerrillero de camarotes y portavoz de la nada, que alguna vez, sin embargo, sedujo a Verónica. Carroza se arrepiente de no haberse reservado el privilegio de ser él quien lo quitara de en medio y admite que le habría causado más pena sacrificar a un caballo herido.
La siguiente ráfaga de metralla perfora la puerta para distraerlo de sus reflexiones. Ya se le fueron las ganas de dejarse matar, los chanchos que los esperaban con las servilletas puestas alborotan con sus gritos, alarmados por el tiroteo; Osmar Arredri rompe a culatazos el vidrio de la ventana, salta por el agujero y las heridas que le abren los recortes del cristal roto son el anticipo de las que estallan en su cuerpo con la salva de disparos que lo acompaña en su breve carrera de despedida. Carroza maldice haberle dado la escopeta y se promete vaciar el cargador de la suya en los primeros dos o tres sicarios que se le crucen en la mira. Es poco, claro, pero es todo lo que se le ocurre para defender tanta belleza abrazada sobre la cama en plena crisis de gritos y llanto. Por un momento se consuela pensando que no van a matarlas, que nadie con un mínimo de sensibilidad entraría a balazos en el Louvre de París o en el Reina Sofía de Madrid, fusilando a las criaturas de Miguel Ángel o de Rembrandt, masacrando a los muertos eternos del Guernica de Picasso.
Se equivoca. Los grandes maestros de la pintura estarían perdidos si la preservación de sus obras dependiera de curadores como los mercenarios del Tío, que sin dudarlo bombardean la habitación con artillería pesada y hasta una granada de gas.
Servidor público de los de antes, admirador de la belleza femenina desde que tenía algo más de carne pegada a sus huesos y el empuje de su juventud, Carroza se interpone entre las mujeres y el infierno de balas que rebotan en las paredes. Morirían, de todos modos, si la bella concubina del finado Arredri no gritara que ella sabe dónde está el dinero, todo el dinero, y que si los matan se llevará el secreto a la tumba.
—Lamento informarle que nuestra tumba es un corral de chanchos —dice Carroza.
Pero ya alguien ha escuchado a Sirena y ordena un alto el fuego. La orden tarda unos segundos en propagarse, balazos perdidos rebotan aún como buscando cuerpos en los que hundirse, hasta que cesa de verdad el ataque y salen —Carroza y ambas bellas— tosiendo y escupiendo, ciegos por el gas, a tientas en una nube que podría ser anticipo de las que, según la iconografía tradicional, abundan en el paraíso.
—Cuántos destrozos podrían haberse ahorrado, Sirena, si hubieras hablado unos minutos antes. Osmar estaría vivo, tal vez.
Las lamentaciones son del Tío, a quien han puesto al tanto de la novedad y llega cojeando hasta la escena del breve, desigual e intenso combate. Carroza nunca lo había visto hasta esta madrugada, aunque conocía las actividades del Tío, un impune del tráfico de drogas que alternaba sus negocios con veladas culturales en el Florida Garden, con artistas de una vanguardia tan corrupta como él, viejos galanes reciclados en directores de ópera, ancianas damas que habían trajinado más victorianos lechos que escenarios, pero que posaban de grandes actrices de textos clásicos. Consumidores, todos, clientes incondicionales del Tío que, sentado en su mesa junto al ventanal que da a la calle Paraguay, había visto pasar la segunda mitad del siglo XX embolsando historias de alcoba y dinero sucio.
—Estaría vivo y hasta podría haberse llevado su parte.
Insiste, el Tío, con el pobre Osmar, y echa una mirada piadosa al cadáver del pequeño histrión de las excursiones turísticas, su sobrino adoptivo, que también podría estar vivo —aunque no se haya perdido nada con su muerte— si la bella Sirena Mondragón hubiera hablado apenas un rato antes.
—Mi barón no me lo habría permitido, me habría clavado la daga que llevaba siempre con su pañuelo —explica Sirena, bella como María Félix, como Ingrid Bergman, como Rita Hayworth.
—Y su razón tenía. Es mucha plata, los hombres de negocios debemos cuidarnos tanto del amor como de nuestros enemigos.
Instintivamente, como si fuera el único que flota en un sepulcro inundado donde los muertos yacen en el fondo, Ana se abraza a Carroza. De verdad que el poco espacio entre los huesos y la piel le impide a la sangre del cana fluir libremente por su cuerpo, porque no reacciona, se deja abrazar, quieto y helado, preparándose quizá para que el frío definitivo no le añada una pulmonía a la desagradable sintomatología que acompaña el paso al otro mundo.
—¿De qué suma estamos hablando? —pregunta el purohueso, como si fuera parte de una negociación entre iguales.
—Impensable, incluso, para un botón corrupto como Oso Berlusconi —se ufana el Tío, vencedor absoluto de la carrera de obstáculos. Y cuenta, no porque le interese a alguien sino porque debió atragantársele la circunstancia de su cojera—. Ese hijo de puta me baleó en una ratonera de la calle Alsina. No le ofrecí resistencia, nunca fui un hombre violento. Me vació el cargador en la pierna derecha, casi me desangro, nada más que por sentarse a la mesa del reparto.
—Que yo sepa, usted no tiene antecedentes, está limpio —dice Carroza, que recuerda los archivos como otros recitan de memoria a sor Juana Inés de la Cruz.
—Me baleó pero no me fichó, es cierto. Oso nunca fue un buen policía, pese a tanta medalla.
Carroza podría agregar algunas hazañas de Berlusconi en las parrillas de tormentos de la dictadura, pero no le gusta hablar mal de los muertos.
—De trescientos veintiocho millones de dólares, estamos hablando —dice el Tío—. Plata limpia, fondos de pensión. Futuros jubilados de Francia, Italia y Alemania creen contar con ellos para un retiro feliz.
—¿Los rehenes muertos…?
—Pura y puta casualidad. A los que terminarían fiambres los eligió mi sobrino. Son países ricos, es normal que sus ciudadanos sean los que más guita y poder acumulan. Pero el inesperado final que la torpeza de Oso desencadenó ha puesto en riesgo unos fondos que hasta hace pocas horas no estaban en la mira de nadie.
El Tío está enojado. Y con razón. Las Torres Gemelas no se vinieron abajo por fallas en la infraestructura, sino porque un grupo de musulmanes pelotudos aceptó la versión que del Corán cuentan a sus fieles los avivados del Oriente Medio. Las finanzas del mundo tienen sus salvaguardas, las bombas neutrónicas que a veces estallan en los mercados de valores del mundo son versiones, renuncias a destiempo, escándalos sexuales que derriban los muros de las alcobas y disparan las tasas de interés, noticias falsas, carne podrida que derrumba el yen o socava el euro hasta que un par de señores se reacomodan en sus poltronas, los gobiernos se reúnen en emergencia y, milagrosamente, todo recupera su equilibrio.
—Un fondo de pensión de poco más de trescientos palos verdes no altera los mercados —explica el Tío a Carroza, su único interlocutor inteligente entre la media docena de matones sin cerebro que los rodea. El purohueso admite que se ha transformado en una especie de Bértola, para el Tío, de bochólogo con chapa de la Federal—. Nadie habría pestañeado por su licuación en alguna de las frecuentes crisis sudamericanas. En cualquier momento la Argentina vuelve otra vez a devaluar su inservible moneda, los ahorristas acudirán de nuevo a golpear las puertas de los bancos, cacerolazos, saqueos de supermercados, cortes de ruta, caídas de presidentes. ¿Quién va a calentarse, en medio de ese quilombo, por unos dólares menos?
—Pero se calientan, en cambio, por la muerte de tres encumbrados directivos de multinacionales —deduce Carroza, abrazado siempre por Miss Bolivia.
—Traficantes —lo corrige el Tío—. No son de mejor calaña que este servidor. Solo que a ellos los defiende la diplomacia internacional y yo tengo que arreglármelas solito.
Conmovedor, piensa Carroza. El Tío y Osmar Arredri, dos huérfanos sudacas del sistema, parias en un mar de bucaneros con bandera, negros africanos abandonados en sus cayucos y buscando dónde desembarcar con la guita de los consumidores de coca y heroína. El fondo de pensión era una buena playa, tierra de nadie —o de muchos propietarios que jamás alcanzarían a unirse para reclamar nada—. Pero Osmar Arredri cayó en la tentación de creer que podría llegar solo, echar por la borda al Tío que, con su cojera, iría a parar a las mandíbulas de los tiburones antes de llegar al fondo.
—¿Dónde está la guita? —cierra el Tío la sesión de confesiones, se impacienta, ya es de día en todo el mundo y nadie va a quedarse cruzado de brazos, sabiendo que tantos dólares están buscando quien los lleve a lugar seguro.
Sus matones apuntan a Sirena, pero Sirena no es de dejarse intimidar por unas apestosas bocas de fusiles automáticos.
—Ningún argentino de mierda tocará un solo billete si no me garantiza que de esta ratonera salgo viva y millonaria.
Lo dice como si cantara, Sirena. Escultural, mítica, dorada, cola de pescado y corazón de caja fuerte.
—Bajen las armas, imbéciles —ordena el Tío y avanza, escorado, hacia la preciosa y flamante viuda de Arredri—. Vamos a negociar.