Ciudad santa

Guillermo Orsi · Capítulo 26 de 56

Páginas del PDF

Ciudad santa

Capítulo 25

 

Encuentra dormida a Laucha, sobre el sofá del living, frente al televisor encendido. Retransmiten un programa de entrevistas a políticos, cinco de la madrugada del domingo y esos tipos ahí, tan compuestos, rezumando imposturas, hablando de democracia, de los desastres que hace el oficialismo y de la acción —reparadora, para uno, revolucionaria, para otro— que desarrollará cada uno cuando llegue al poder. Son ridículos a toda hora, se dice Verónica, pero especialmente patéticos en plena madrugada.

No apaga el televisor porque Laucha podría despertarse, prefiere sentarse en el sillón de enfrente y mirar nada, hacer zapping hasta adormecerse también ella, no pegaría un ojo si ahora se echara en la cama. Debió aceptar el convite de Carroza, acompañarlo a su refugio de la calle Azara, mirar con él la galería de rostros de asesinos seriales como quien mira fotos de sus vacaciones o de su casamiento. Pero está harta de criminales, basta por hoy, le dijo al purohueso, cualquiera puede ser un asesino, tenga la cara que tenga, cerró, con sabiduría que Carroza supo apreciar con un gruñido, a modo de despedida.

 

Hay uno, sin embargo, entre tantos rostros, que suma Carroza a la galería de desvelados de Buenos Aires. Su rostro le quemó las retinas y no por la ferocidad loca en su mirada, ni por la consabida cicatriz, es otra cosa, es un parecido, un aire de familia.

—Es el 347 bis de tu galería —le indica al Escocés, que lo atiende ahora, a las siete de la mañana, con un humor digno de quien se levanta temprano un domingo para ir a jugar al tenis, no para tomar su guardia en el Departamento Central de Policía.

—Dejame ver…

Revisa ficheros, plantillas de cartón en tiempos de informática, a ver si encuentra datos, mientras hace malabares con la taza de café negro que acababa de servirse cuando sonó el interno de su despacho.

—Acá está. Pero es como si no estuviera. Solo tengo una foto, el que lo fichó es un pelotudo que pegó la figurita, fue a hacerse la paja al baño y debió olvidarse.

—¿Quién es, por lo menos? Debe tener un nombre.

El Escocés hijo de irlandeses y nacido en la Argentina mira la ficha de cartón como si fuera una estampilla de Bantusalandia, una excentricidad anónima de un país inexistente.

—La foto podría ser de cualquiera, Carroza. Pero debieron equivocarse de repartición, esto es la Federal, no el zoológico. Dice «Jaguar», al pie de la foto. Debe ser su apodo, su alias, la forma en la que el sujeto exige que lo llamen para darse ánimo y seguir matando.

—¿Quién lo fichó, cuándo? ¿Estoy hablando con la cana o con el zoo?

—Con el zoo, habla el mono mayor, imbécil. El que hizo esta ficha se fue de baja hace tres años.

—¿Quién es, dónde puedo encontrarlo?

—Dardo Julio Martínez, ayudante. Se mudó contra su voluntad al cementerio de Lomas.

—¡En Lomas! —celebra Carroza, como si acabara de eyacularle en el cerebro una revelación—. Toda la mierda de los últimos días viene de Lomas de Zamora.

—Pero está muerto —le recuerda el Escocés—. Tuberculosis, agravada por una pancreatitis, dice por acá. De cómo murió el cana, sí hay datos: nos fichan a nosotros y dejan limpios a los delincuentes. Dicen que era sida.

—Nadie muere para siempre, Escocés. Mirá Jesús, qué sorpresa les dio a los judíos de Galilea.

—Pero estamos en Buenos Aires, Carroza. Dormí un rato, mejor. Esto no es Jerusalén.

—Segundo error —dice Carroza, como si ante él estuviera todavía Verónica—: Buenos Aires es, hoy más que nunca, ciudad santa.

 

Una pareja, hombre y mujer de entre cuarenta y cincuenta, un par de niños, familia tipo entrando en un templo de Buenos Aires, en actitud de recogimiento, todos, buscan dónde sentarse, la última fila de bancos de la iglesia Nuestra Señora de Pompeya, misa de nueve, hora de católicos practicantes, los de misa semanal con comunión, contribuyentes habituales de Cáritas, la beneficencia es inseparable de la doctrina y la práctica, hay tanto pobre durmiendo a la intemperie, tanta madre soltera, tanto aborto.

Van los niños, primero, un varón y una nena, luego la mujer, regresan contritos del confesionario con sus respectivas penitencias, diez avemarías, o veinte, según las faltas. Por fin va el hombre, camina, abatido por sus pecados como Jesús con su cruz por las calles de Galilea.

La voz ronca, pausada, viene de la penumbra en el interior del confesionario, aunque podría provenir del mismo infierno:

Tenemos a Osmar Arredri, en veinticuatro horas cantará todo el repertorio frente a la prensa local e internacional, ustedes sabrán qué hacer. Recuerda, dos millones de dólares en cambio para el colectivo. Ah, y cincuenta avemarías, hijo mío: has pecado demasiado.

Agobiado, triste de verdad, casi tan atormentado como la virgen en su altar que presiente la que le espera a su crío concebido sin pecado, el hombre se aleja unos pasos del confesionario y busca un rincón del templo para hablar por su celular.

—Subieron el precio, esos hijos de puta. Y acortaron el plazo de entrega, ¿qué hacemos?

Recibe instrucciones, palabras que lo tranquilizan solo a medias, ni absolución ni condena, y regresa junto a su familia, se arrodilla al lado de su mujer.

—¿Qué te dijo el padre? —pregunta ella, los ojos cerrados, introspectiva, santa.

—Que siga rezando.

 

Oso Berlusconi no parece sorprendido por el aumento de precio que acaba de comunicarle su subordinado.

Hay inflación, la economía argentina tuvo siempre esa maldición encima, pero además el Queen of Storms estará listo para zarpar el mediodía del lunes, no queda tiempo para la prolijidad. Y se sabe que, en materia de negocios, la improvisación beneficia a los especuladores.

Tampoco las negociaciones por las tres parejas de turistas van viento en popa. Los que deberían pagar los rescates exigen pruebas de supervivencia, garantías de que los liberarán cuando se acrediten las transferencias respectivas, saber quiénes son los secuestradores, qué grado de operatividad tienen, si les aseguran eficiencia, no pueden dilapidar el capital de sus respectivas sociedades anónimas, los secuestrados no son perejiles de alquiler y la Argentina —insisten— no es Medio Oriente; con los árabes se puede negociar, es gente seria, si prometen matar, matan, y si prometen suicidarse, se vuelan las propias tripas sin contemplaciones; a los argentinos del hampa, en cambio, los alcanza la mala fama de sus compatriotas que operan en la legalidad.

Se pasea, Oso Berlusconi, por las tres casillas donde ocultan a los secuestrados. Ya es de día, ya es domingo, tal vez alguno quiera ir a misa, les dice, pero los secuestrados no entienden castellano, nadie en el mundo sajón se interesa realmente por una jerga que solo hablan los chicanos, los narcos de Colombia, los compadritos de la Argentina y los nuevos ricos del extremo occidental de Europa, pero ninguna nación de verdad civilizada.

Se pasea entre los muertos vivos, encapuchado, alto y macizo, voz ronca, borceguíes embarrados, tasándolos una y otra vez con la mirada. Cada hombre está atado a su compañera, espalda contra espalda, la pareja francesa ya está sentada sobre su propia mierda, Oso da instrucciones de que los muevan y baldeen el lugar, antes de que el calor en aumento y el olor atraigan a las moscas; no podemos entregar mercadería estropeada, dice a los vigilantes de turno.

Qué placer, sin embargo, cuántos recuerdos. Muchos años, demasiados, sin darse ese gusto, caminar despacio, clavando los tacos de sus borceguíes, patear sin violencia algún cuerpo, un coscorrón al pasar, repetir la dosis al oír el gruñido de protesta o de queja, aumentarla de a poco, protesta y golpe, quejido y puntapié, algún lloriqueo y una buena patada a los riñones o un pisotón al descuido en la entrepierna, aullidos sofocados por las mordazas, cuerpos temblando y sacudiéndose como minados con dinamita, las paredes de cartón recubiertas con gruesas planchas de telgopor, hasta que alguien de la custodia, un villero contratado por él mismo, le sugiere que se detenga, comisario, los gritos se oyen afuera, y él le cruza la cara de un culatazo, la boca del custodio se borra en sangre, solo los ojos quedan brillando y fijos en él, negro de mierda, quién te dio vela en este entierro, haceme acordar de que te mate, y sigue castigando a los prisioneros, aunque la violencia empieza a ceder, las patadas ya no son a los riñones, los trompazos en las cabezas ya son manos que rozan las cabelleras desgreñadas y las transpiradas calvicies, la violencia se va despacio, como si Oso Berlusconi diera pasos que lo alejaran de sí mismo.

Qué placer, sin embargo, cuántos recuerdos.