La ceniza del Libertador
Uno
Su Excelencia ha decidido partir para siempre.
Tendida, la tierra predica su viejo sermón de perro echado, muerde ella
misma el polvo húmedo en medio de vientos que lo cubren todo de un cierto
color de daguerrotipo.
Ha lloviznado en la primera mitad de la noche. La superficie de las orillas
del río acaba de ser encendida por una intensa luz. En aquello que es casi el
instante de un párpado, la imagen de Su Excelencia se percibe de un azul
intenso en medio de la niebla que huye.
De entre las sombras brotan otras sombras más claras, sonidos, gritos de
los mismos que se escucharon por los tiempos del génesis.
Plantas, verdes plantas tiemblan sobre los túmulos. Amanece. Son casi las
siete y huele a lluvia ida.
—¿Qué hago con estas tripas, José, qué hago? —murmura.
Próximos a las orillas los pájaros estallan mostrando sus alas, instantes de
incertidumbre. Todo nace. Hervor en las ramas. Hay huellas de cascos de
caballos por todas partes, rastros de pezuñas de vacas y de cabras. También de
asnos.
En lo elevado de un promontorio que se derrite con su escaso peso, Su
Excelencia ensaya de nuevo la consistencia de sus pulmones. Azota con sus
pies el piso y camina hacia la orilla. Sus botas de campaña muestran barro
fundado en una extraña metafísica de hechos cumplidos, hablan de un cielo
sin fondo que sin embargo logra sostenerse como del columpio de un labio
enfermo, tibia hoja carnal.
Y brota incienso desde lugares invisibles tejidos por raros sueños de un
día, se esparce bajo los arcos triunfales, fino espolvoreo del prestigio, del
honor. Caen coronas de ramas secas, laureles, verdes ramas del bosque de
América adheridas todavía a sus avisperos y a sus colmenas. Y se posan en
sus sienes casi blancas, hinchadas de pelo confuso.
Avanza hacia las aguas.
Atrás van quedando los generales y los coroneles que peregrinaron hasta
aquí para presenciar el momento de la despedida. Perplejos, amigos
verdaderos en el sentimiento de los últimos días, parecen ellos no poder dar
crédito a lo que no obstante está ahí, visible a sus ojos:
Abajo, en el río, aguardan las naves. Cáscaras de un viaje que apenas
comienza pero que podría ser el del final. Como en medio de un insomnio, las
embarcaciones se mueven quietas. Durante toda la noche en él no hubo sueño
sino simple visión interior, llamados de otros tiempos, días. Visión de todo y
de nada. Casi lo perfecto de un vacío asediado por la urgencia de lo
desconocido. Tal vez así mismo debiese ser, porque Su Excelencia viene de la
luz de todas las glorias imaginables.
Viene de los párpados beneméritos, casi de la Santidad.
Y sin embargo de todas sus glorias pasadas debe enfrentar el destierro, la
impugnación de la baba, la pavorosa nada de un hastío sin espacio y sin
tiempo que lo empuja hacia un viaje que no es de huida de lo concreto sino
simple hijo del desengaño.
Su Excelencia ha decidido partir para siempre.
Pero los ojos, al igual que el corazón, también tienen su desengaño.
Vio de nuevo los socavones de Santa Ana, oscuros como recuerdos en el
alma invisible. Sus galerías subterráneas, el opaco fulgor de la plata en las
vetas. Ahí estaban los mineros mostrando sus lámparas de anuncio,
sonámbulos ciegos que vienen de un raro misterio de ceniza cuyo brillo es el
mismo del aire tibio. Más arriba, sobre túmulos de tierra y arena como sillas
físicas, parlotean los capataces oriundos de Inglaterra, enseñando en sus
manos anchos anillos de plata y medallas en sus cuellos de felpa rubia. Cerca,
cálidos pastos naturales. Y en la lejanía aseada, los extensos territorios de
Marqueta. Los pulmones de Su Excelencia respiran un trabajoso encarnado
castaño que hiere sus vías respiratorias. Se detiene en su bajada hacia el río y
vuelve sus ojos:
Pasan veloces los caballos ensillados, como descalzos, pisando la falsa
porquería del suelo. Son sus caballos de otros días. Extraviados, cruzan la
puna helada y se hunden en la polvareda que se levanta detrás del galope. Una
polvareda de arena y de nieve. Después aparecen los volcanes humeantes, los
desfiladeros donde los cóndores extienden sus alas y los lejanos árboles donde
como hojas blancas cuelgan los nevados. En la distancia confusa, un
regimiento completo de patriotas avanza cantando con sus rostros envueltos
en sus mochilas rotas, donde la arena fina que el viento empuja ha descuajado
los ojos. A ciegas, el regimiento llega hasta el borde del precipicio y se desgrana cantando. En sus cavernas, como hechos sólo de alas y de carroñas,
los cóndores celebran el desperdicio y saltan en procura de su alimento. Cruza
el cielo un sueño de pájaros bullosos y la imagen muere en la bandeja. Abajo,
en el río, las embarcaciones aguardan.
Su Excelencia va camino de la mar. Sólo desea la mar, el olvido que el
hastío busca, el brillo del vidrio adentro, la casa en orden y el vómito.
Vomitar. Expulsar los humores. Luego partir hacia Inglaterra, quizás Francia.
Mientras tanto pasar unos días en Jamaica. Tose, encorvado sobre el puño de
sus manos.
Son varias las embarcaciones que esperan pero sólo una de ellas partirá de
verdad: la más elevada, la plácida en la mañana, mezcla entre vapor y
champán. Una embarcación de color indefinido, hecha de hierro y madera que
ha ido acumulando años, sales que el viento obsequia. Pues también la
madera y los metales, como los días, conocen de su descenso al crepúsculo:
Un gris café azulado ocre ligeramente amarillo en los bordes y negro en la
brea de la cubierta, cerca del puente. En un palo elevado la bandera tricolor,
de reciente costura. Y en el castillo de proa un ángel de lata, del mismo color
del navío.
En un principio, a quienes se encargó adelantar los preparativos del viaje,
sólo les fue entregado un champán aventajado de tamaño aunque visiblemente
inapropiado para la categoría del huésped. Sin embargo, a ese champán le
fueron abiertas tantas ventanas y puertas como se estimó necesario. Se
forraron en zaraza sus interiores para transformarlo en algo parecido a un
ropero. También se alfombraron algunos reservados improvisados, se
instalaron mesas y asientos tanto en el comedor como en pequeñas salas y
recintos íntimos y, finalmente, se adecuaron tanto una caldera de regular
potencia como dos chimeneas elevadas, hasta producir el milagro de convertir
un simple champán en una embarcación a vapor. En una esquina del comedor
se instaló un filtro y una piedra especial para destilar el agua turbia. En la
proa se puso la rueda giratoria y atrás, colgando en la popa, el ancla de hierro.
Todo un mes largo se debió emplear en aquella misteriosa metamorfosis.
Junto al navío mayor se observa gran movimiento. Cerca de siete
embarcaciones menores van y vienen procurando provisiones para el viaje. La
caldera ha sido probada desde antes del amanecer y el combustible llena las
bodegas. Las máquinas están en marcha y se escucha un solo murmullo como
de pesadas huertas metálicas que brota desde las bodegas. Dos columnas de
humo ascienden al cielo y los pájaros que vuelan junto al navío huyen
espantados. La mañana, de tierras bajas, es sin embargo fría. Todavía la lluvia de la noche está ahí, en lo que dejó. Todo en orden para la partida. Pendiente
de un madero instalado en el castillo de popa se balancea el ancla, y las
banderas que tejieron las mujeres en reposo difícilmente flamean. Otros
vientos vendrán. Mejores vientos.
Su Excelencia se detiene, mira a los lados el contento reposo y llena sus
pulmones. Entonces recuerda sus palabras de un par de días atrás, cuando
observaba pasar las aguas del Gualí, camino de Santa Ana:
—¿Por qué piensa usted, mi querido coronel, que estoy aquí?
—La fatalidad, mi general, eso es, la fatalidad.
—¡Qué fatalidad! ¡No! Yo estoy aquí porque no quise entregar la
República al colegio de San Bartolomé.
El vapor pita y se sacude, tropezando las embarcaciones menores que han
comenzado a ser retiradas. El sendero que baja hacia las aguas es un graderío
ocre, brillante de recientes y de viejas escamas pero opaco al contacto con la
mirada húmeda. Aquí, los ojos recaudan tanto la luz como la sombra, y se
congratulan a causa de los matices. Huele a podredumbre de puerto, a restos
descompuestos que el tiempo se encarga de lavar hasta poner en evidencia la
niebla del hueso, de la espina, la nitidez de la almendra que viaja hacia su ser
final una vez perfeccionado el despojo de la escoria. Su Excelencia viste su
mejor uniforme aunque hubiera preferido embarcarse vestido de paisano. Pero
el momento es solemne, irrepetible. Han venido a despedirlo los generales y
coroneles amigos, montando sus caballos de anchas trompas de viento y
llevando sobre sus cabezas, algunos de ellos, los tricornios bordados de oro de
Waterloo y de Austerlitz. Para partir, Su Excelencia debe corresponder,
mostrarse ante ellos como cuando pasaba bajo los arcos triunfales allá en
Lima, en Quito y en esa especie de sueño enneblinado que recorría las calles
de Santafé.
Pero el uniforme también chorrea su alma, se destiñe. Durante toda la
noche ha permanecido con él puesto, sin dormir. Como un jardín que se ha
sembrado en las mangas de la chaquetilla, del pantalón azul de paño, de las
botas altas, del cabello apretado en las sienes que blanquean. Sin dormir,
acompañado sólo por lo poco que el alma tropieza mientras los ojos se
derriten en vano contra los muros apagados, a la espera de la primera luz del
día, porque el corazón aguarda que las puertas y las ventanas rueden por el
suelo empujadas por la torpeza de los conspiradores.
Pero ahora ha amanecido y todo parece perfilarse:
Las aguas que hablan con su boca cerrada, teñidas únicamente por el barro
disuelto, la bruma en fuga, las aves planeando alas sobre los manglares del otro lado y encima del rancherío como días rápidos. Peces de colores que
divagan cerca de la proa y, dentro del cuerpo, la vida como un caballo incierto
y además sin rumbo. La promesa de alejarse para siempre debe cumplirse. Su
Excelencia busca la mar, desea vomitar allí sus humores y partir para siempre.
Trae fiebres, signos de calentura en el encascarado de sus labios,
acontecimientos de un preocupante paisaje. Y, también, signos de tos en la
concha del pecho, donde un cepillo espeso parece barrer el suelo. Lo
acompañan sus últimos amigos. Aquellos que no se desperdiciaron en el
camino, reguero de cristales apagados encima de los troncos y las piedras de
los ríos, abatidos por un irreparable sentimiento de abandono. Su Excelencia
se marcha y ellos quedan allí, desprotegidos de su sombra. El vapor vuelve a
esponjarse, como un párpado que viene del sueño hondo y adivina el día. Hay
grandes ruidos silenciosos en torno de todo y de nada.
Su Excelencia camina y sube a las tablas del puente por donde habrá de
llegar a bordo. Tambalea, y dos de sus acompañantes corren a ofrecerle
apoyo. Enfadado, los hace a un lado y se sostiene por sus propios medios.
Ahora su uniforme de gala es como de lienzos guardados en el naufragio de
un cajón que se pierde en la hondura de los años. Saltan los peces que la
espuma cierra bajo su órbita. Y el uniforme que en la noche anterior brilló
bajo las lámparas, cuando estuvo tendido encima de las sábanas, ahora parece
bordado con sombras sobre lo que antes fueron hilos de oro y plata. En el
pecho, sobre la chaquetilla, brilla una medalla de oro. La última de las
muchas que un día tuvo. Mira a los ojos de un coronel amigo, aquel que había
estado al frente de los preparativos del navío y del viaje, y lo llama a su lado.
Arranca la medalla de su pecho y se la entrega:
—Use usted, coronel, este recuerdo en mi nombre.
Pasan aves que no son grullas pero que aspavientan con sus picos de
idéntico modo a como lo harían las grullas. Planean sobre el vapor, esquivan
los chorros de humo que brotan por los tubos y se pierden en la media-alma
de la mañana, en realidad no volando sino como desapareciendo. El coronel
aprieta la medalla en sus manos y ajusta la boca, baja su rostro como quien
deja caer una madeja de lana que se dobla sobre un delantal, salta desde las
tablas al piso de tierra y se regresa. Corre por el graderío y retorna al sitio
donde lo espera su caballo que brilla en el viento. El coronel quiere huir,
esconder su llanto, pero una fuerza desconocida lo paraliza junto a los belfos
del caballo, bajo un cobertizo de hojas de palma que el sol ha tostado. Mira
las nubes y lee el designio. Y observa cuando cuatro hombres corpulentos
hacen a un lado el puente de madera que conduce hasta el vapor y lo dejan caer sobre la tierra mojada. El navío tambalea, se desprende de la orilla. Las
ruedas entran en movimiento y el agua chorrea de arriba hacia abajo como en
un graderío de espuma. Las máquinas truenan y empujan, y las cucharas se
hunden en el agua y vuelven a salir, visión de un viejo molino cuya lajas
trituran el trigo, los cereales. El viaje es ahora un hecho que surge de la nada
y cuya materia no es más que cada instante que pasa. Nadie habla, y el
silencio es como una rara condensación de cualquier palabrerío inútil. Sólo
existen los gorros al vuelo, las manos desfiguradas.
Su Excelencia camina como puede hasta el castillo de popa y agita su
bicornio azul. Y no deja de hacerlo hasta desaparecer en lo invisible. Sabe que
todo aquello es el comienzo del fin, y deja caer, contundente, toda su cabeza
entre sus manos. El embarcadero de Honda queda atrás.
Nubes. Agua. Y la mar lejana en el deseo de los desconocidos días.
—Vomitaré al llegar a la mar —murmura—. Sí, necesito aliviar este
pecho, lo necesito, qué buche llevo, que templado llevo este buche.
Arriba, en lo elevado de los túmulos de tierra del puerto, quietos como
harapos en una mañana desprovista de vientos, permanecen sus amigos que
vinieron a despedirlo desde Santafé y otros lugares. Allí están, junto a sus
caballos gastados, atisbando el horizonte de ceniza brillante donde el vapor ya
no está. Sin él, que se ha marchado, ¿cuál será su suerte? ¿Dónde podrán ir
sin su sombra de concha de cielo?
Las mandíbulas mastican dientes, los ojos no dan crédito. Y en el cielo
vacío los pájaros llevan y traen su correo.
Muchas mujeres que se reunieron junto al río cuando el vapor partía, se
dieron a la tarea de lanzar flores al agua con gran ruido de colores, y todavía
lo continúan haciendo como si el navío no hubiese ya desaparecido del centro
de sus ojos. Siemprevivas, casi todas siemprevivas arrancadas a las líneas
cerradas de los caminos, a los sitios umbríos o al apolcado territorio bajo los
árboles. Siemprevivas y a veces pensamientos, rosas de jardín y hasta flores
de mayor talante. Pero, de repente y como venido del centro del río donde el
vapor acaba de desaparecer, se escucha un grito:
—¡Que cesen los homenajes!
Todos volvieron sus ojos al vacío. Y escucharon de nuevo:
—¡No es un héroe el que se marcha sino un tirano despreciable!
Lelas, las mujeres de la orilla terminan de vaciar sus tiestos de flores,
levantan sus ojos como tiendas que se desarman para ser guardadas en los
cajones y comienzan a desfilar hacia sus sitios de origen: las unas al tasajeo
de los peces frescos en las bateas de madera perfumadas por la noche al descubierto, a la barredura de los aposentos de pisos de tierra. Y las otras a la
obra de sus manos de pedal, a los peinetones de sus moñas o al humo de sus
escondidos tabacos de hojas fragantes, largas esperas hirvientes a la sombra
de no se sabe qué exactos pensamientos. Pero los hombres, aquellos los
peregrinos de la despedida, ellos los tristes de largas quijadas mudas parecen
no querer moverse de sus sitios, pues con el encanto de su quietud viven la
ilusión de un tiempo muerto, estancado en aquel presente cuya transformación
en pasado todos evitan.
Sólo el transcurso del día consigue la dispersión. Hacia el comienzo de la
noche la orilla del río está despejada, como un lugar donde las casas hubiesen
ascendido al cielo junto con sus habitantes y sus muebles. Cada quien decidió
regresar a lo suyo, llevándose consigo hasta los más menudos sentimientos
del día. Difícil pero sucedió. Lentamente, como lo es siempre lo gradual triste
cuando ocurre a su modo. Pues se trataba del retomo de cada quien, no a un
lugar exacto sino a la bruma dentro de esa cosa espesa, imprevisible y
traicionera que ellos conocían con el nombre de historia. Fueron montando en
sus caballos para partir al galope hacia el viejo lugar de no se sabe. Para casi
todos, el sitio de destino no era ahora muy claro. Y muchos acariciaron la idea
de no volver, de diluirse como espantos entre los accidentes del camino. No
pocos se hicieron a sus provisiones de aguardiente, que bebieron de las
botellas verdes, mudos bajo las estrellas de mayo más brillantes que siempre
en un cielo barrido por las lluvias. Horas más tarde, montados en sus caballos
de piel de charco, murmuraron en coro con una contradanza de aquellas que
ejecutaba impecable el Regimiento de las Milicias Pardas. Y no faltó quien
creyó haber asistido a la despedida de Bonaparte, cuando abrazado al general
Petit partía hacia la isla de Elba, allá en Fontainebleau. Era tan solo la luz de
una imagen agrietada por el alcohol, pues aquí se trataba de un vapor
americano que se deslizaba hacia el caribe lejano sobre aguas afrentosas,
sobrevolado de aves extrañas, muchas diminutas y rápidas aunque algunas de
ellas tan corpulentas y despaciosas que parecían almohadas dormidas en el
suspenso del día.
Era el comienzo del fin.