La ceniza del Libertador
Nueve
Amanece.
El aire es casi frío, en la distancia brilla el alba como un blando telón de
arena, empiezan a espolvorearse las sombras. Cantan las primeras aves, las
iniciales, aquellas que la noche que huye va despertando a gotas, hace gritar
en sus nidos, aletear tímidamente en las ramas. Una gran franja anaranjada se
insinúa al oriente. Rayón de luz como de frutas que chorrean, lámpara de
todos los días. Es que termina la primera noche a bordo. Noche misteriosa,
confusa, borrón sin límite entre lo verdadero y lo soñado. ¿Acaso lo soñado
no es también lo verdadero? Quizás, sí, cierto, señor. Pero las máquinas que
braman en la bodega, la rueda de aspas que gira en la proa no son cosas
soñadas, señor. Son mecanismos verdaderos que empujan el navío, que lo
arrastran con su cascarón hacia su destino. Durante la noche, Su Excelencia
estuvo visitado por la espesura de la fiebre, el temblor, las visiones íntimas.
Aquellas cosas que nunca faltan cuando se está delante de una situación
límite. Y no se desnudó. Prefirió permanecer recostado de espaldas en el
camastro, vestido con su uniforme de campaña como a la espera de una
conspiración de último momento. Tiene la sensación de haber dictado la
correspondencia, pero no sabe si aquello en realidad es apenas un sueño. Ya
no lo sabe. ¡Un día es tanto tiempo! Tanto, que a veces parece la vida entera.
Avanzada la noche, cuando calculó que las agujas del reloj señalaban en el
cuadrante el comienzo de un nuevo día, sintió moridera. Vacío de brillo en su
estómago, sabor metálico en sus vísceras, hastío de todo, ausencia de
cualquier anhelo de vivir. No está seguro, pero jura haber estado asomado en
la ventana atrapando imágenes, distraído entre murmullos con el rápido paso
de las sombras de los árboles clavados en la orilla. Poco después se recuerda
tumbado de nuevo en su camastro:
—Necesito navegar un par de días y chiz.
—¿Qué?
—Vomitar, eso es, echarlo todo por la borda, no veo el momento.
—¿Y qué? ¿Con eso qué diablos, eh, qué diablos?
—Déjate, chúpate el ojo, pues aliviarte. ¿Qué más quieres? —Deberías
cantar, hace tanto tiempo no cantas ¿qué te pasa? Conversar a solas es bueno,
alisar los manteles con que el corazón se ha tendido, divertido.
Se incorpora, va hasta su valija, la abre. Busca entre sus camisas la bolsa
con las monedas del viaje, murmura un verso en francés, retorna al camastro.
Es Voltaire, su fantasma que navega a tientas. Todavía recita un verso de
Voltaire. Se recuesta, pone la bolsa con el dinero en el hueco de su estómago,
dormita:
—¿Cuánto tienes, caraqueño?
—Deja, qué te importa, ¡coño!
—Ja, ja, ni lo del viaje, ¿cuánto vamos?
—Ríete de tu madre, vete, ¡vete al diablo!
—¿Cuánto?
—Adivínalo.
—Ya no tienes ni un centavo, ni un cachivache que vender, ya no tienes
nada.
—¿Y qué?
Conversar a solas continúa siendo como dejar que el viento barra cierto
polvo escondido.
Ha vendido de urgencia sus medallas de oro, su vajilla, sus caballos, logró
acumular sólo 17.000 pesos para atender los gastos del viaje. Con tan poca
cosa no habrá de llegar demasiado lejos, pero Su Excelencia comprende que
el paso de los días terminará de poner en su sitio las cosas accidentales. Del
dinero inicial le resta sólo la mitad. De ninguna manera han sido elevados los
gastos obligatorios pero las limosnas voluntarias lo han arruinado todo.
Durante su travesía de Santafé hasta Honda, donde embarcó, debió compartir
parte de su dinero con militares amigos caídos en desgracia con quienes
tropezó en el camino. Termina de recitar el verso de Voltaire, murmura:
—¡Guachs! Vomitar y ya está, aliviado el hombre. Y después ver qué
pasa.
Introduce una de sus manos en la bolsa, hace que las monedas desfilen en
secreto por sus dedos como sobre el espeso ronroneo de los contadores de
ovejas. Van pasando por las yemas los astros de oro, por el pensamiento los
signos del cálculo. Siente que en las esquinas de sus ojos se acumula algo de
agua, limpia el desperdicio con el dorso de su mano desocupada. Y se pierde
entre las fiebres, visitado de imágenes como quien ingresa de pronto en una
floresta desconocida donde parte de las presencias guardan sin embargo cierta
fidelidad a la memoria:
José Ramón Rodil. Lo ve, ensangrentado bajo su transparente piel,
enseñando los huesos de su esqueleto. Huesos arropados por un pellejo flojo,
seco, consumido. Rodil plantado en el centro de la fortaleza donde jamás lo
vio, aquella fortaleza de piedra que cuidaba el paso hacia el Callao:
—¡Vengan por mí, no me entregaré, malnacidos! —grita.
Su Excelencia está cansado de estos aullidos, espera paciente la rendición.
Se pavonea bajo los encortinados, se pasea magnánimo por los corredores del
balcón donde aguarda. Juega ropilla, tresillo, bebe con moderación unas
cuantas copas de Madera, ríe, escucha de lejos el estruendo de los cañones, de
la fusilería en el lugar del sitio. Envía un emisario suyo con la oferta de un
indulto generoso, espera la respuesta.
Pero Rodil está enceguecido, desea la muerte, la prefiere. No quiere
retornar vencido a su tierra española. Y cuando la muerte se ama ella viene
sin escrúpulos, serenamente. El emisario que Su Excelencia ha enviado llega
a la puerta, se anuncia. El portal de la fortaleza se abre lo justo, entra. Rodil
viene a su encuentro, lee el ofrecimiento de amnistía que se le hace, empieza
a llorar. Nunca antes se le había insultado de semejante modo:
—¿Amnistía? Cómetela, americano infeliz, ven aquí, sácame, sácame si
eres capaz.
Se tumba en el piso, se arrastra de cólera, golpea la tierra polvorienta con
ambos puños cerrados. Se incorpora, agarra su espada, ordena sujetar por los
brazos al portador del mensaje de paz. El emisario gime, Rodil lo atraviesa de
lado a lado. Enseguida lo hace llevar a la catapulta y lo lanza afuera desde la
parte más elevada del fuerte. Con sus ojos aún agónicos el emisario rueda a
los pies de Su Excelencia. Cae boca abajo, salpica los muros blancos con su
última sangre. Voltean el cuerpo: clavado con un puñal a su pecho el hombre
trae el papel con el ofrecimiento de aquella rendición decorosa. Pero Rodil se
ha cuidado de agregar al papel su última determinación escrita, firmada con
su puño:
—¡Americano, sácame de aquí si puedes, cómete tu amnistía!
Su Excelencia putea, patea en el piso. Salta, se esponja como un toldo el
polvo del verano. Da vueltas en redondo, ordena de inmediato a sus hombres
apretar aún más el sitio a la fortaleza que nunca antes se había rendido a
manos de nadie. Es un lugar sagrado junto al mar, soplado siempre por un
misterioso cielo azul sereno. El último rigor del sitio acaba de comenzar.
Llega la noche del décimo día y los cañones del sitio continúan tronando.
Diez días continuos escuchando aquellos golpes secos en la piedra, viendo el
plomo derretirse inútilmente, la arenisca saltar. En la ciudad nadie duerme, todos tiemblan mientras conversan. Temblor en las manos, en los labios,
flojera en los músculos. Pero allá, en el centro de la fortaleza, Rodil da vueltas
enloquecido, arroja plantas de espuma por los labios. Una vez más Su
Excelencia prueba el envío de otro de sus hombres ofreciendo a Rodil plenas
garantías para su vida, su honor, una amnistía generosa, digna. La puerta se
abre lo justo, el emisario cumple su misión. Rodil lee el nuevo ofrecimiento,
lo considera aún más indigno:
—Qué quieres tú, americano, ¿por qué me maltratas así? ¡Ven, ven a
sacarme tú mismo de aquí! —grita.
Manda aprehender al portador del mensaje, ríe sobre sus ojos
despavoridos, lo introduce dentro del cañón principal y lo dispara sin lástima
contra el campamento donde Su Excelencia aguarda la respuesta. El emisario
rueda sobre el polvo como una flor macabra. El asedio se hace entonces más
riguroso. Se interrumpe el flujo de agua, se impide la llegada de cualquier
alimento, hasta se espantan las aves que vuelan cerca de la fortaleza para
impedir su caza. Dos días después, en la oscuridad de la noche los hombres de
Rodil comienzan a arrastrar a sus muertos hasta las torres de la fortaleza,
muerden las esquinas de la carne consumida, la saborean, la mastican, la
tragan con sombra en sus ojos, ríen sin contenerse. Espantosa risa en el sereno
aleteo de la noche. Antes, esos mismos muertos eran lanzados al mar como
uno de los tantos desperdicios que iba dejando la guerra del honor. Bancos de
tiburones hambrientos trepaban entonces por los acantilados, navegaban en la
espuma salada, se daban su banquete español. Pero ahora ya no era
concebible semejante desperdicio. Los cadáveres, frescos todavía, algún
consuelo al estómago podían ofrecer bajo las locas lámparas del cielo quieto,
negro, sereno en el aullido de las fieras. Los dientes descubiertos, las manos
afanosas, las risas secretas en las torres oscuras, cada quien con su trozo de
cadáver escondido en su refugio. Masticar pellejo y dormir con los ojos
abiertos al lado de las almas tendidas en el arenal.
Llega la noche del vigésimo día, pero los cañones continúan tronando. El
sonido de la guerra se expande, sube de pronto hasta las bulliciosas calles de
Lima. La guerra, esa colada misteriosa que todo lo toca, lo unta, lo
estigmatiza con su guante de loca perdida. En Lima las manos tiemblan en las
calles, los dedos yerran, no encuentran lo suyo, los labios se cierran,
apretados.
Y llega la madrugada del cuadragésimo día. Esqueleto viviente, Rodil
continúa azotando con sus puños el centro de la tostada arena del fuerte.
Orina en el cuenco de sus manos, bebe sus orines, lanza carcajadas que dan miedo. Se detiene, ordena de inmediato fusilar a los dubitativos, a los que se
sientan a meditar en los palacetes, allá en los rincones. Las calderas braman
en la bodega, el vapor da un brusco giro en el agua espesa. Su Excelencia
chupa su lengua, saborea su aliento metálico, con una de sus manos espanta
un mosquito que visita su frente tostada por la fiebre:
Y ve cuando los hombres de Rodil ya no lanzan sus cadáveres hacia los
acantilados del mar, sino que se entretienen conversando con ellos,
murmurando junto a ellos viejas canciones, limpiándolos del polvo, de la
sangre en cascarones secos con que están adornados. Moribundos soldados
contemplando los cadáveres consumidos por el hambre, la sed, el olvido. Ve
los soldados esculcar la piel de los muertos, el pelo revuelto, limpiarlos de
piojos, de alimañas merecidas durante todos los días del encierro. Y ve
cuando esos mismos soldados vuelven a arrastrar los cadáveres hasta sus
refugios de arriba, donde bajo las locas lámparas encendidas en el cielo
cantan cosas tristes, ríen, comen de sus ropas raídas, desprenden a dentelladas
largas tiras de pellejo, chupan las apófisis de los huesos tan fulgurantes como
el liso marfil. Rodil se entera. Sospecha de lo que sus hombres hacen a
escondidas, ordena fusilar a media docena de ellos para escarmiento de los
pocos hombres que le quedan. Morir es mejor, dice. Pero en la noche de ese
mismo día los cuerpos de los ajusticiados son arrastrados de nuevo hasta los
refugios, devorados con fruición en medio de cantos pánicos. Desmoronado,
mantenido de pies sólo por la misteriosa fuerza que otorga el honor, Rodil
firma la rendición con los primeros disparos del alba de uno de los tantos días
que siguieron al cuadragésimo día del comienzo del sitio. El vapor se
tambalea de nuevo en el lecho del río:
Su Excelencia carraspea, limpia su garganta, vuelve a espantar el
mosquito que chupa en su frente, se rasca. Ahí está, delante de sus ojos, el
hombre más digno de la tierra. Lo ve salir de la fortaleza, tambaleante,
sostenido por el sueño de unos cuantos sobrevivientes. No quiere hablar. Sube
a la fragata que se ha dispuesto para su partida, lo ve adentrarse en la mar.
José Ramón Rodil parte cargado de honores, llora su derrota, retorna a su
tierra española para siempre. Fiebre, largas caravanas de cosas que la fiebre
empuja:
Una de las naves de la ventana se azota con el viento. Su Excelencia
levanta su cabeza, respira hondo, observa distraído la oscuridad. Delante de
sus ojos está Jorge Washington, quien ha venido hasta las costas del Perú para
traerle de obsequio una medalla.
—¿Jorge Washington?
—Sí, míralo, míralo al pobre picado por los mosquitos, mírale el pellejo.
—No es él, él jamás vino al Perú, ¿cómo podría ser él?
—¿Y esa medalla? A ver, dime, ¿y esa medalla?
—¡Quita de ahí, quédate con eso!
Fondeada en el puerto está la fragata United States. Su Excelencia
recuerda su Carta de Jamaica, duda, sube por fin a bordo para participar de
una colación en su honor. La nave de la ventana vuelve a azotarse con más
fuerza que antes, Su Excelencia se incorpora en su camastro. Asomada en
ella, borrosa fotografía, se observa la imagen de una joven:
—Perdón, señor, me llamo Jeannette.
—¿Jeannette?
—Sí, Excelencia, de los Hart de Connecticut.
—¡Oh, señora mía!
El United States continúa balanceándose en las aguas del puerto peruano.
Su Excelencia queda sentado de un brinco, frota sus ojos, toca su frente,
siente que la fiebre huye con la polvareda del sueño. Lejos, muy lejos
empieza a amanecer. Una gran grieta de frutas anaranjadas rompe por el
oriente, carga con sábanas lilas, las cuelga, las extiende como redes húmedas
sobre los árboles y los alambres verdes. Sí, amanece. Se pone de pies, va
hasta el platón de peltre donde lava su rostro, delante del espejo ordena su
cabello apelmazado, blanco en las sienes de cal. Recuerda las imágenes de la
noche, sonríe. Retoma al camastro, recoge la bolsa con el dinero y la regresa a
su sitio en la valija:
—Tengo hambre, ¡coño!
—¿Hambre, tú?
—Sí, ¿y qué?
—Hea, hea, vete al diablo, no te burles.
El espejo brilla con la luz del alba, las manos secas de Su Excelencia
continúan alisando el mantel de lino con que el corazón ha ocultado sus
grietas.
Su Excelencia siente que el aire del camarote se refresca de pronto, que un
viento misterioso visita las cosas, sus manos con un frío de hielo. Viento
cruzado que levanta los volantes de las cobijas, que pone a temblar los pliegos
de papel puestos en su escritorio de campaña. Algo brilla, ve cuando en la
ventana desaparece el rostro de Jeannette Hart, la niña de Connecticut, cuando
es sustituido por la visión de un viejo amigo. El rostro aparecido no es en
realidad muy fiel, nítido, pero algo hay en él capaz de despertar aquel
sentimiento de confianza que despide todo lo conocido por el reconocimiento. Como en los sueños, donde sucede que las cosas corresponden y no
corresponden al mismo tiempo. Enconchado en lienzos que tienen la
apariencia de una fresca mortaja recién salida de debajo del limo húmedo, sus
párpados barridos por un extraño polvo derretido, el amigo en la ventana
mueve los labios:
—Hey, oye, deberías ahora mismo convertirte en el Bonaparte de
América del Sur, ¡upa, upa!
Su Excelencia retrocede, siente miedo. Un miedo diferente de aquel que
muchas veces pudo haber experimentado en las batallas, sobre el lomo de
convulsionados ríos, a lo largo de los caminos oscuros. Y muy distinto del
que viene de sufrir ante la visión de José Ramón Rodil en la fortaleza del
Callao, espectro en vida, pellejos sueltos, flojos, dientes brillantes en la noche
de la antropofagia, de la misteriosa golosina de las apófisis de los huesos de
brillante azúcar, el sonido de la mar al fondo, la mar en lo hondo al fondo del
enigma. Es el miedo que brota de la tentación, terror a la lámpara donde el
insecto se quema para siempre.
De pronto alguien empuja al hombre que asoma en la ventana, lo hace a
un lado con el codo, brilla en la escena. La franja anaranjada que se desdibuja
en el oriente con el perfeccionamiento del día destapa el rostro de una mujer:
es María Antonia, su hermana más querida. Su Excelencia da un paso atrás,
tiembla, quiere huir. Sus manos se agitan como ramas de hojas extendidas.
María Antonia ventea sus labios:
—¿Me estás oyendo?
Su voz recorre el recinto del dormitorio, se apaga aleteando como hecha
de sábanas húmedas. Su Excelencia no deja de temblar:
—Mírame, ¿eres tú?
—¿Y quién más, majadero? Ven, acércate, óyeme lo que te voy a advertir.
—¿Advertir?
—Sí, te acaban de enviar una comisión con el encargo de ofrecerte una
corona.
—¿Qué?
—Una corona, así como lo estás escuchando, una corona, ¿no sabes lo que
es eso?
—¡Locos, están locos!
—Son tus amigos, recíbelos como merecen pero cuidado con ese tipo de
tentaciones, ¿estamos?
—Deja, despreocúpate, para qué una corona en medio de todo este mar de
cenizas.
—No lo olvides, tu verdadero título es el de Libertador, todo lo demás
sobra, te deshonrará a ti y a todos nosotros.
Su Excelencia se carcajea:
—¿Libertador? Mírame, mírame aquí sumido en la pobreza, en la
enfermedad más cruel, camino del destierro. ¿Libertador?
—Calma, ten paciencia.
—¿Es a este túmulo de ruinas a lo que tú llamas el Libertador?
María Antonia no escucha, habla:
—Ser el Libertador ha puesto tu nombre entre los más grandes de la tierra,
debes rechazar a todo aquel que te hable de coronas.
La imagen empieza a desaparecer:
—¡Quédate, hermana, no te marches así! ¿Por qué me haces eso?
Vacío.
La ventana queda desocupada, un helado viento de flores desaparecidas
ocupa el espacio.
Su Excelencia lleva una de sus manos a su frente de pajas frescas,
constata que la fiebre ha huido. Tambalea, busca apoyo en los objetos, en los
mamparos. El vapor se estabiliza, retorna a su punto de equilibrio:
—Y pensar que muchos me calumniaron de querer una corona para mis
sienes, ¡perros!
Va hasta su valija, cambia su pañuelo sucio por uno nuevo. Aquellos
pañuelos suyos de lienzo, todos marcados con sus iniciales. Distintivo que
María Antonia bordó un día con hebras de su propio cabello. Da varios pasos
en redondo, traza líneas imaginarias en el piso, ojea de nuevo la ventana.
Duda, decide salir.
Afuera lo esperan todos en grupo. Junto a Palacios, sentados en sus patas
traseras, descansan el rubio y el bayo del color de la paja. Su Excelencia hace
ostentación de agilidad, salta por encima de los aparejos y las escalerillas
enrolladas, toma a Fernando por el brazo. Comienza a caminar en dirección a
la popa, a barlovento, siente que el viento se enreda en el ensortijado de su
nuca, ríe. Está jovial, liviano, parece otro en el naranjal de siempre. El coronel
Santana los sigue. Un poco más atrás camina Palacios.
—¡Toc-toc!
Suenan los dedos:
—¡Psss, psss!
Los perros corren a su lado.
La mañana está despejada pero en la distancia flota una espesa formación
de nubes que marcha rumbo al sur, continente adentro. Nubes que vienen de la mar, prolongación del encanto. Los hombres llegan a la popa. Allí el viento
es casi frío, Su Excelencia se envuelve en una manta que trae colgada al
cuello:
—Ha sido una noche difícil, ¡qué noche!
Fernando hace un gesto:
—¿Difícil?
—Larga, cerrada de presagios, de visiones, me dan miedo estas noches.
—Es su salud, señor, usted no come, está débil, y así no se puede.
—No lo sé, pero cuanto he visto es verdadero, no saben ustedes lo que he
visto.
Fernando hace otro gesto:
—¿Lo que ha visto?
—¿Y qué? He comenzado a ver con claridad lo que me espera, eso es
todo, estoy viendo el fin de todo esto.
No es fácil comprender, no es diminuto mirar sin rubor los ojos abatidos
del tío consumido por el hastío de los últimos días, su mirada que ya no es la
misma de antes. Callado, Fernando sólo observa el chorro de agua que brota
de debajo del casco de la embarcación, la espuma que se forma junto al
timón, aquel líquido espeso pintado por los fangos del invierno derretido,
cordilleras barridas, laderas, paisaje de daguerrotipo. A prudente distancia,
Santana y Palacios fingen jugar con los perros. Un escuadrón de patos azules
de plumas brillantes, aceitosas, cruzó sobre el chorro de humo de las
chimeneas, se hundió en las ciénagas que el río forma por el costado de babor.
Atrás, chillando, procurando cazar al vuelo los excrementos de los patos,
pasan las cagacelas. Limpias, brillantes cagacelas que comen mierda en pleno
vuelo como cereal en el cielo. Desde la media noche Su Excelencia no tose,
respira con holgura. Ahora no tiene calentura. Fernando no deja de pensar:
—Tío, ¿no quiere usted comer alguna cosa?
Su Excelencia sonríe:
—Ya vuelves con eso, ¡vaya, vaya!
—¿Y qué? Es algo que usted debería intentar de cualquier modo.
—Te pones pesado, muchacho, qué pesado te pones con esa cantaleta.
—Morirá de hambre, eso es todo. ¿Se quiere matar? ¿Es eso lo que
quiere?
—Tienes razón, quizás un poco de fruta.
—¿De verdad? ¿Lo dice usted seriamente?
Su Excelencia palmotea en los hombros de su sobrino:
—Yo soy un hombre serio, hijo, toda la vida lo he sido.
—Sería ideal, un poco de fruta sería algo ideal.
—Me lavará el estómago, ¿no es eso?
—Iré al comedor, le diré a Bernardino que lo traiga todo hasta aquí.
—No, espera, iremos todos.
—¡Hurra! ¿Ya mismo?
—Hey, hey, ¿qué te pasa? ¡Deja!
—Como usted diga, tío, lo importante es que logre pasar alguna cosa.
Su Excelencia guarda silencio, mira al cielo donde el viento a comenzado
a depositar grandes bancos de nubes, murmura en el vacío:
—No es comiendo sino vomitando como se arreglan ciertas cosas.
—¿Qué cosas, señor?
—Estos entuertos que me empujan al destierro, que me tiran ceniza a la
cara.
—Si es así, ¿por qué entonces no lo hace de una vez?
—¿Qué?
—Echarlo todo afuera, ¿no lo dijo pues?
—Oh, sí, vomitar, lo haré en la mar, deja, lo haré en la mar, ya llegará el
momento.
—Perdón, tío, usted es terco.
Su Excelencia sonríe:
—Tú no sabes nada, hijo, es que mi bilis ya no es bilis.
—¿Qué entonces?
—Atrabilis, eso es, de eso que llaman atrabilis.
—¿Atrabilis?
—Hastío, ¿no has oído hablar de esa cosa?
Al vuelo, las cagacelas atrapan en sus picos de pala el excremento que
supura por el trasero de los patos. El cielo huye con las aves. Aves de cielo en
las aves nubes.