La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 9 de 51

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La ceniza del Libertador

Nueve

 

Amanece.

El aire es casi frío, en la distancia brilla el alba como un blando telón de

arena, empiezan a espolvorearse las sombras. Cantan las primeras aves, las

iniciales, aquellas que la noche que huye va despertando a gotas, hace gritar

en sus nidos, aletear tímidamente en las ramas. Una gran franja anaranjada se

insinúa al oriente. Rayón de luz como de frutas que chorrean, lámpara de

todos los días. Es que termina la primera noche a bordo. Noche misteriosa,

confusa, borrón sin límite entre lo verdadero y lo soñado. ¿Acaso lo soñado

no es también lo verdadero? Quizás, sí, cierto, señor. Pero las máquinas que

braman en la bodega, la rueda de aspas que gira en la proa no son cosas

soñadas, señor. Son mecanismos verdaderos que empujan el navío, que lo

arrastran con su cascarón hacia su destino. Durante la noche, Su Excelencia

estuvo visitado por la espesura de la fiebre, el temblor, las visiones íntimas.

Aquellas cosas que nunca faltan cuando se está delante de una situación

límite. Y no se desnudó. Prefirió permanecer recostado de espaldas en el

camastro, vestido con su uniforme de campaña como a la espera de una

conspiración de último momento. Tiene la sensación de haber dictado la

correspondencia, pero no sabe si aquello en realidad es apenas un sueño. Ya

no lo sabe. ¡Un día es tanto tiempo! Tanto, que a veces parece la vida entera.

Avanzada la noche, cuando calculó que las agujas del reloj señalaban en el

cuadrante el comienzo de un nuevo día, sintió moridera. Vacío de brillo en su

estómago, sabor metálico en sus vísceras, hastío de todo, ausencia de

cualquier anhelo de vivir. No está seguro, pero jura haber estado asomado en

la ventana atrapando imágenes, distraído entre murmullos con el rápido paso

de las sombras de los árboles clavados en la orilla. Poco después se recuerda

tumbado de nuevo en su camastro:

—Necesito navegar un par de días y chiz.

—¿Qué?

—Vomitar, eso es, echarlo todo por la borda, no veo el momento.

—¿Y qué? ¿Con eso qué diablos, eh, qué diablos?

—Déjate, chúpate el ojo, pues aliviarte. ¿Qué más quieres? —Deberías

cantar, hace tanto tiempo no cantas ¿qué te pasa? Conversar a solas es bueno,

alisar los manteles con que el corazón se ha tendido, divertido.

Se incorpora, va hasta su valija, la abre. Busca entre sus camisas la bolsa

con las monedas del viaje, murmura un verso en francés, retorna al camastro.

Es Voltaire, su fantasma que navega a tientas. Todavía recita un verso de

Voltaire. Se recuesta, pone la bolsa con el dinero en el hueco de su estómago,

dormita:

—¿Cuánto tienes, caraqueño?

—Deja, qué te importa, ¡coño!

—Ja, ja, ni lo del viaje, ¿cuánto vamos?

—Ríete de tu madre, vete, ¡vete al diablo!

—¿Cuánto?

—Adivínalo.

—Ya no tienes ni un centavo, ni un cachivache que vender, ya no tienes

nada.

—¿Y qué?

Conversar a solas continúa siendo como dejar que el viento barra cierto

polvo escondido.

Ha vendido de urgencia sus medallas de oro, su vajilla, sus caballos, logró

acumular sólo 17.000 pesos para atender los gastos del viaje. Con tan poca

cosa no habrá de llegar demasiado lejos, pero Su Excelencia comprende que

el paso de los días terminará de poner en su sitio las cosas accidentales. Del

dinero inicial le resta sólo la mitad. De ninguna manera han sido elevados los

gastos obligatorios pero las limosnas voluntarias lo han arruinado todo.

Durante su travesía de Santafé hasta Honda, donde embarcó, debió compartir

parte de su dinero con militares amigos caídos en desgracia con quienes

tropezó en el camino. Termina de recitar el verso de Voltaire, murmura:

—¡Guachs! Vomitar y ya está, aliviado el hombre. Y después ver qué

pasa.

Introduce una de sus manos en la bolsa, hace que las monedas desfilen en

secreto por sus dedos como sobre el espeso ronroneo de los contadores de

ovejas. Van pasando por las yemas los astros de oro, por el pensamiento los

signos del cálculo. Siente que en las esquinas de sus ojos se acumula algo de

agua, limpia el desperdicio con el dorso de su mano desocupada. Y se pierde

entre las fiebres, visitado de imágenes como quien ingresa de pronto en una

floresta desconocida donde parte de las presencias guardan sin embargo cierta

fidelidad a la memoria:

José Ramón Rodil. Lo ve, ensangrentado bajo su transparente piel,

enseñando los huesos de su esqueleto. Huesos arropados por un pellejo flojo,

seco, consumido. Rodil plantado en el centro de la fortaleza donde jamás lo

vio, aquella fortaleza de piedra que cuidaba el paso hacia el Callao:

—¡Vengan por mí, no me entregaré, malnacidos! —grita.

Su Excelencia está cansado de estos aullidos, espera paciente la rendición.

Se pavonea bajo los encortinados, se pasea magnánimo por los corredores del

balcón donde aguarda. Juega ropilla, tresillo, bebe con moderación unas

cuantas copas de Madera, ríe, escucha de lejos el estruendo de los cañones, de

la fusilería en el lugar del sitio. Envía un emisario suyo con la oferta de un

indulto generoso, espera la respuesta.

Pero Rodil está enceguecido, desea la muerte, la prefiere. No quiere

retornar vencido a su tierra española. Y cuando la muerte se ama ella viene

sin escrúpulos, serenamente. El emisario que Su Excelencia ha enviado llega

a la puerta, se anuncia. El portal de la fortaleza se abre lo justo, entra. Rodil

viene a su encuentro, lee el ofrecimiento de amnistía que se le hace, empieza

a llorar. Nunca antes se le había insultado de semejante modo:

—¿Amnistía? Cómetela, americano infeliz, ven aquí, sácame, sácame si

eres capaz.

Se tumba en el piso, se arrastra de cólera, golpea la tierra polvorienta con

ambos puños cerrados. Se incorpora, agarra su espada, ordena sujetar por los

brazos al portador del mensaje de paz. El emisario gime, Rodil lo atraviesa de

lado a lado. Enseguida lo hace llevar a la catapulta y lo lanza afuera desde la

parte más elevada del fuerte. Con sus ojos aún agónicos el emisario rueda a

los pies de Su Excelencia. Cae boca abajo, salpica los muros blancos con su

última sangre. Voltean el cuerpo: clavado con un puñal a su pecho el hombre

trae el papel con el ofrecimiento de aquella rendición decorosa. Pero Rodil se

ha cuidado de agregar al papel su última determinación escrita, firmada con

su puño:

—¡Americano, sácame de aquí si puedes, cómete tu amnistía!

Su Excelencia putea, patea en el piso. Salta, se esponja como un toldo el

polvo del verano. Da vueltas en redondo, ordena de inmediato a sus hombres

apretar aún más el sitio a la fortaleza que nunca antes se había rendido a

manos de nadie. Es un lugar sagrado junto al mar, soplado siempre por un

misterioso cielo azul sereno. El último rigor del sitio acaba de comenzar.

Llega la noche del décimo día y los cañones del sitio continúan tronando.

Diez días continuos escuchando aquellos golpes secos en la piedra, viendo el

plomo derretirse inútilmente, la arenisca saltar. En la ciudad nadie duerme, todos tiemblan mientras conversan. Temblor en las manos, en los labios,

flojera en los músculos. Pero allá, en el centro de la fortaleza, Rodil da vueltas

enloquecido, arroja plantas de espuma por los labios. Una vez más Su

Excelencia prueba el envío de otro de sus hombres ofreciendo a Rodil plenas

garantías para su vida, su honor, una amnistía generosa, digna. La puerta se

abre lo justo, el emisario cumple su misión. Rodil lee el nuevo ofrecimiento,

lo considera aún más indigno:

—Qué quieres tú, americano, ¿por qué me maltratas así? ¡Ven, ven a

sacarme tú mismo de aquí! —grita.

Manda aprehender al portador del mensaje, ríe sobre sus ojos

despavoridos, lo introduce dentro del cañón principal y lo dispara sin lástima

contra el campamento donde Su Excelencia aguarda la respuesta. El emisario

rueda sobre el polvo como una flor macabra. El asedio se hace entonces más

riguroso. Se interrumpe el flujo de agua, se impide la llegada de cualquier

alimento, hasta se espantan las aves que vuelan cerca de la fortaleza para

impedir su caza. Dos días después, en la oscuridad de la noche los hombres de

Rodil comienzan a arrastrar a sus muertos hasta las torres de la fortaleza,

muerden las esquinas de la carne consumida, la saborean, la mastican, la

tragan con sombra en sus ojos, ríen sin contenerse. Espantosa risa en el sereno

aleteo de la noche. Antes, esos mismos muertos eran lanzados al mar como

uno de los tantos desperdicios que iba dejando la guerra del honor. Bancos de

tiburones hambrientos trepaban entonces por los acantilados, navegaban en la

espuma salada, se daban su banquete español. Pero ahora ya no era

concebible semejante desperdicio. Los cadáveres, frescos todavía, algún

consuelo al estómago podían ofrecer bajo las locas lámparas del cielo quieto,

negro, sereno en el aullido de las fieras. Los dientes descubiertos, las manos

afanosas, las risas secretas en las torres oscuras, cada quien con su trozo de

cadáver escondido en su refugio. Masticar pellejo y dormir con los ojos

abiertos al lado de las almas tendidas en el arenal.

Llega la noche del vigésimo día, pero los cañones continúan tronando. El

sonido de la guerra se expande, sube de pronto hasta las bulliciosas calles de

Lima. La guerra, esa colada misteriosa que todo lo toca, lo unta, lo

estigmatiza con su guante de loca perdida. En Lima las manos tiemblan en las

calles, los dedos yerran, no encuentran lo suyo, los labios se cierran,

apretados.

Y llega la madrugada del cuadragésimo día. Esqueleto viviente, Rodil

continúa azotando con sus puños el centro de la tostada arena del fuerte.

Orina en el cuenco de sus manos, bebe sus orines, lanza carcajadas que dan miedo. Se detiene, ordena de inmediato fusilar a los dubitativos, a los que se

sientan a meditar en los palacetes, allá en los rincones. Las calderas braman

en la bodega, el vapor da un brusco giro en el agua espesa. Su Excelencia

chupa su lengua, saborea su aliento metálico, con una de sus manos espanta

un mosquito que visita su frente tostada por la fiebre:

Y ve cuando los hombres de Rodil ya no lanzan sus cadáveres hacia los

acantilados del mar, sino que se entretienen conversando con ellos,

murmurando junto a ellos viejas canciones, limpiándolos del polvo, de la

sangre en cascarones secos con que están adornados. Moribundos soldados

contemplando los cadáveres consumidos por el hambre, la sed, el olvido. Ve

los soldados esculcar la piel de los muertos, el pelo revuelto, limpiarlos de

piojos, de alimañas merecidas durante todos los días del encierro. Y ve

cuando esos mismos soldados vuelven a arrastrar los cadáveres hasta sus

refugios de arriba, donde bajo las locas lámparas encendidas en el cielo

cantan cosas tristes, ríen, comen de sus ropas raídas, desprenden a dentelladas

largas tiras de pellejo, chupan las apófisis de los huesos tan fulgurantes como

el liso marfil. Rodil se entera. Sospecha de lo que sus hombres hacen a

escondidas, ordena fusilar a media docena de ellos para escarmiento de los

pocos hombres que le quedan. Morir es mejor, dice. Pero en la noche de ese

mismo día los cuerpos de los ajusticiados son arrastrados de nuevo hasta los

refugios, devorados con fruición en medio de cantos pánicos. Desmoronado,

mantenido de pies sólo por la misteriosa fuerza que otorga el honor, Rodil

firma la rendición con los primeros disparos del alba de uno de los tantos días

que siguieron al cuadragésimo día del comienzo del sitio. El vapor se

tambalea de nuevo en el lecho del río:

Su Excelencia carraspea, limpia su garganta, vuelve a espantar el

mosquito que chupa en su frente, se rasca. Ahí está, delante de sus ojos, el

hombre más digno de la tierra. Lo ve salir de la fortaleza, tambaleante,

sostenido por el sueño de unos cuantos sobrevivientes. No quiere hablar. Sube

a la fragata que se ha dispuesto para su partida, lo ve adentrarse en la mar.

José Ramón Rodil parte cargado de honores, llora su derrota, retorna a su

tierra española para siempre. Fiebre, largas caravanas de cosas que la fiebre

empuja:

Una de las naves de la ventana se azota con el viento. Su Excelencia

levanta su cabeza, respira hondo, observa distraído la oscuridad. Delante de

sus ojos está Jorge Washington, quien ha venido hasta las costas del Perú para

traerle de obsequio una medalla.

—¿Jorge Washington?

—Sí, míralo, míralo al pobre picado por los mosquitos, mírale el pellejo.

—No es él, él jamás vino al Perú, ¿cómo podría ser él?

—¿Y esa medalla? A ver, dime, ¿y esa medalla?

—¡Quita de ahí, quédate con eso!

Fondeada en el puerto está la fragata United States. Su Excelencia

recuerda su Carta de Jamaica, duda, sube por fin a bordo para participar de

una colación en su honor. La nave de la ventana vuelve a azotarse con más

fuerza que antes, Su Excelencia se incorpora en su camastro. Asomada en

ella, borrosa fotografía, se observa la imagen de una joven:

—Perdón, señor, me llamo Jeannette.

—¿Jeannette?

—Sí, Excelencia, de los Hart de Connecticut.

—¡Oh, señora mía!

El United States continúa balanceándose en las aguas del puerto peruano.

Su Excelencia queda sentado de un brinco, frota sus ojos, toca su frente,

siente que la fiebre huye con la polvareda del sueño. Lejos, muy lejos

empieza a amanecer. Una gran grieta de frutas anaranjadas rompe por el

oriente, carga con sábanas lilas, las cuelga, las extiende como redes húmedas

sobre los árboles y los alambres verdes. Sí, amanece. Se pone de pies, va

hasta el platón de peltre donde lava su rostro, delante del espejo ordena su

cabello apelmazado, blanco en las sienes de cal. Recuerda las imágenes de la

noche, sonríe. Retoma al camastro, recoge la bolsa con el dinero y la regresa a

su sitio en la valija:

—Tengo hambre, ¡coño!

—¿Hambre, tú?

—Sí, ¿y qué?

—Hea, hea, vete al diablo, no te burles.

El espejo brilla con la luz del alba, las manos secas de Su Excelencia

continúan alisando el mantel de lino con que el corazón ha ocultado sus

grietas.

Su Excelencia siente que el aire del camarote se refresca de pronto, que un

viento misterioso visita las cosas, sus manos con un frío de hielo. Viento

cruzado que levanta los volantes de las cobijas, que pone a temblar los pliegos

de papel puestos en su escritorio de campaña. Algo brilla, ve cuando en la

ventana desaparece el rostro de Jeannette Hart, la niña de Connecticut, cuando

es sustituido por la visión de un viejo amigo. El rostro aparecido no es en

realidad muy fiel, nítido, pero algo hay en él capaz de despertar aquel

sentimiento de confianza que despide todo lo conocido por el reconocimiento. Como en los sueños, donde sucede que las cosas corresponden y no

corresponden al mismo tiempo. Enconchado en lienzos que tienen la

apariencia de una fresca mortaja recién salida de debajo del limo húmedo, sus

párpados barridos por un extraño polvo derretido, el amigo en la ventana

mueve los labios:

—Hey, oye, deberías ahora mismo convertirte en el Bonaparte de

América del Sur, ¡upa, upa!

Su Excelencia retrocede, siente miedo. Un miedo diferente de aquel que

muchas veces pudo haber experimentado en las batallas, sobre el lomo de

convulsionados ríos, a lo largo de los caminos oscuros. Y muy distinto del

que viene de sufrir ante la visión de José Ramón Rodil en la fortaleza del

Callao, espectro en vida, pellejos sueltos, flojos, dientes brillantes en la noche

de la antropofagia, de la misteriosa golosina de las apófisis de los huesos de

brillante azúcar, el sonido de la mar al fondo, la mar en lo hondo al fondo del

enigma. Es el miedo que brota de la tentación, terror a la lámpara donde el

insecto se quema para siempre.

De pronto alguien empuja al hombre que asoma en la ventana, lo hace a

un lado con el codo, brilla en la escena. La franja anaranjada que se desdibuja

en el oriente con el perfeccionamiento del día destapa el rostro de una mujer:

es María Antonia, su hermana más querida. Su Excelencia da un paso atrás,

tiembla, quiere huir. Sus manos se agitan como ramas de hojas extendidas.

María Antonia ventea sus labios:

—¿Me estás oyendo?

Su voz recorre el recinto del dormitorio, se apaga aleteando como hecha

de sábanas húmedas. Su Excelencia no deja de temblar:

—Mírame, ¿eres tú?

—¿Y quién más, majadero? Ven, acércate, óyeme lo que te voy a advertir.

—¿Advertir?

—Sí, te acaban de enviar una comisión con el encargo de ofrecerte una

corona.

—¿Qué?

—Una corona, así como lo estás escuchando, una corona, ¿no sabes lo que

es eso?

—¡Locos, están locos!

—Son tus amigos, recíbelos como merecen pero cuidado con ese tipo de

tentaciones, ¿estamos?

—Deja, despreocúpate, para qué una corona en medio de todo este mar de

cenizas.

—No lo olvides, tu verdadero título es el de Libertador, todo lo demás

sobra, te deshonrará a ti y a todos nosotros.

Su Excelencia se carcajea:

—¿Libertador? Mírame, mírame aquí sumido en la pobreza, en la

enfermedad más cruel, camino del destierro. ¿Libertador?

—Calma, ten paciencia.

—¿Es a este túmulo de ruinas a lo que tú llamas el Libertador?

María Antonia no escucha, habla:

—Ser el Libertador ha puesto tu nombre entre los más grandes de la tierra,

debes rechazar a todo aquel que te hable de coronas.

La imagen empieza a desaparecer:

—¡Quédate, hermana, no te marches así! ¿Por qué me haces eso?

Vacío.

La ventana queda desocupada, un helado viento de flores desaparecidas

ocupa el espacio.

Su Excelencia lleva una de sus manos a su frente de pajas frescas,

constata que la fiebre ha huido. Tambalea, busca apoyo en los objetos, en los

mamparos. El vapor se estabiliza, retorna a su punto de equilibrio:

—Y pensar que muchos me calumniaron de querer una corona para mis

sienes, ¡perros!

Va hasta su valija, cambia su pañuelo sucio por uno nuevo. Aquellos

pañuelos suyos de lienzo, todos marcados con sus iniciales. Distintivo que

María Antonia bordó un día con hebras de su propio cabello. Da varios pasos

en redondo, traza líneas imaginarias en el piso, ojea de nuevo la ventana.

Duda, decide salir.

Afuera lo esperan todos en grupo. Junto a Palacios, sentados en sus patas

traseras, descansan el rubio y el bayo del color de la paja. Su Excelencia hace

ostentación de agilidad, salta por encima de los aparejos y las escalerillas

enrolladas, toma a Fernando por el brazo. Comienza a caminar en dirección a

la popa, a barlovento, siente que el viento se enreda en el ensortijado de su

nuca, ríe. Está jovial, liviano, parece otro en el naranjal de siempre. El coronel

Santana los sigue. Un poco más atrás camina Palacios.

—¡Toc-toc!

Suenan los dedos:

—¡Psss, psss!

Los perros corren a su lado.

La mañana está despejada pero en la distancia flota una espesa formación

de nubes que marcha rumbo al sur, continente adentro. Nubes que vienen de la mar, prolongación del encanto. Los hombres llegan a la popa. Allí el viento

es casi frío, Su Excelencia se envuelve en una manta que trae colgada al

cuello:

—Ha sido una noche difícil, ¡qué noche!

Fernando hace un gesto:

—¿Difícil?

—Larga, cerrada de presagios, de visiones, me dan miedo estas noches.

—Es su salud, señor, usted no come, está débil, y así no se puede.

—No lo sé, pero cuanto he visto es verdadero, no saben ustedes lo que he

visto.

Fernando hace otro gesto:

—¿Lo que ha visto?

—¿Y qué? He comenzado a ver con claridad lo que me espera, eso es

todo, estoy viendo el fin de todo esto.

No es fácil comprender, no es diminuto mirar sin rubor los ojos abatidos

del tío consumido por el hastío de los últimos días, su mirada que ya no es la

misma de antes. Callado, Fernando sólo observa el chorro de agua que brota

de debajo del casco de la embarcación, la espuma que se forma junto al

timón, aquel líquido espeso pintado por los fangos del invierno derretido,

cordilleras barridas, laderas, paisaje de daguerrotipo. A prudente distancia,

Santana y Palacios fingen jugar con los perros. Un escuadrón de patos azules

de plumas brillantes, aceitosas, cruzó sobre el chorro de humo de las

chimeneas, se hundió en las ciénagas que el río forma por el costado de babor.

Atrás, chillando, procurando cazar al vuelo los excrementos de los patos,

pasan las cagacelas. Limpias, brillantes cagacelas que comen mierda en pleno

vuelo como cereal en el cielo. Desde la media noche Su Excelencia no tose,

respira con holgura. Ahora no tiene calentura. Fernando no deja de pensar:

—Tío, ¿no quiere usted comer alguna cosa?

Su Excelencia sonríe:

—Ya vuelves con eso, ¡vaya, vaya!

—¿Y qué? Es algo que usted debería intentar de cualquier modo.

—Te pones pesado, muchacho, qué pesado te pones con esa cantaleta.

—Morirá de hambre, eso es todo. ¿Se quiere matar? ¿Es eso lo que

quiere?

—Tienes razón, quizás un poco de fruta.

—¿De verdad? ¿Lo dice usted seriamente?

Su Excelencia palmotea en los hombros de su sobrino:

—Yo soy un hombre serio, hijo, toda la vida lo he sido.

—Sería ideal, un poco de fruta sería algo ideal.

—Me lavará el estómago, ¿no es eso?

—Iré al comedor, le diré a Bernardino que lo traiga todo hasta aquí.

—No, espera, iremos todos.

—¡Hurra! ¿Ya mismo?

—Hey, hey, ¿qué te pasa? ¡Deja!

—Como usted diga, tío, lo importante es que logre pasar alguna cosa.

Su Excelencia guarda silencio, mira al cielo donde el viento a comenzado

a depositar grandes bancos de nubes, murmura en el vacío:

—No es comiendo sino vomitando como se arreglan ciertas cosas.

—¿Qué cosas, señor?

—Estos entuertos que me empujan al destierro, que me tiran ceniza a la

cara.

—Si es así, ¿por qué entonces no lo hace de una vez?

—¿Qué?

—Echarlo todo afuera, ¿no lo dijo pues?

—Oh, sí, vomitar, lo haré en la mar, deja, lo haré en la mar, ya llegará el

momento.

—Perdón, tío, usted es terco.

Su Excelencia sonríe:

—Tú no sabes nada, hijo, es que mi bilis ya no es bilis.

—¿Qué entonces?

—Atrabilis, eso es, de eso que llaman atrabilis.

—¿Atrabilis?

—Hastío, ¿no has oído hablar de esa cosa?

Al vuelo, las cagacelas atrapan en sus picos de pala el excremento que

supura por el trasero de los patos. El cielo huye con las aves. Aves de cielo en

las aves nubes.