La ceniza del Libertador
Cuatro
Se escucha el primer golpe, seco, contundente. Santana acaba de azotar la
puerta con la empuñadura de su sable desnudo. Luego se escuchan el segundo
y el tercero. El viento continúa barriendo la cubierta, las máquinas hacen lo
suyo en la bodega. Un escuadrón de pájaros de piedra vuelve a pasar por el
cielo y se desgrana a estribor, como lloviendo grandes gotas oscuras. Los
juncos de la ciénaga se agitan y una fina condensación de chillidos es
arrastrada por el mismo viento que barre las tablas. Santana golpea por cuarta
vez, con gran estruendo. Atraído por el acontecimiento, alguien asoma a lo
lejos en la dirección del castillo de proa. Y, sin más, comienza a caminar
hacia las inmediaciones del puente. Trae puesto su uniforme de cocinero. Su
mirada, inimitable y única, parece recordarle algo a Su Excelencia: aquel
hombre tiene un ojo negro y azul verdoso el otro, y su piel es oscura sin ser
del todo negra.
—¿Puedo ser útil en algo, general?
Su Excelencia lo repasa de arriba abajo, como leyendo de un libro:
—Necesito información, negro, toda la información, toda.
—¿Información?
—Sí, sobre ciertos asuntos confusos de este viaje, aquí todo es oscuro.
—La tendrá, Excelencia, no faltaba más.
—Empecemos entonces: ¿ésta es la puerta que conduce arriba?
Perplejo, el hombre parpadea por un solo ojo:
—Supongo que sí, señor, eso es lo que he oído decir.
—¿Cómo así que lo supones?
—Es que su pregunta me toma por sorpresa y yo aquí sólo soy el cocinero
nada más.
—Respóndeme, ¿sí o no?
El coronel Santana no deja de batir su sable desnudo. De sus ropas brota
un olor rancio que el viento se encarga de barrer.
—En realidad nunca he subido, señor, pero creo recordar que ésta es la
puerta por la que usted pregunta, alguien lo dijo alguna vez, a ver, a ver…
—¡Necesito datos concretos, carajo! ¿Quién fue ese alguien?
—Tal vez un tío de mamá, en realidad ahora es todo tan confuso, ha
pasado tanto tiempo.
—Y, ¿viaja con nosotros ese tal tío tuyo?
—De mamá, Excelencia, de mamá.
—¡Bueno, de quien sea!
—Oh, no, ojalá, el pobre hombre ya murió. Era un auténtico navegante,
un hombre de verdad, valía la pena haberlo conocido ese tal tío.
—Deja a un lado tus comentarios, estamos en otra cosa, me pones la
cabeza a dar vueltas.
—Qué vergüenza, qué vergüenza esta débil memoria que todo lo
confunde, señor, es que han pasado ya tantos años.
El hombre no se atreve a mirar a los ojos de nadie. Sus manos húmedas,
agarran la tela del delantal. Santana pide autorización para preguntar y la
obtiene:
—¿Afirma usted no haber subido nunca? A ver, ¿es eso cierto?
—Es la verdad, señor, no conozco arriba, sólo me ocupo de mis cosas.
—No lo entiendo.
—Muy sencillo, muy sencillo, esa puerta nunca ha sido abierta ni para
bien ni para mal, nunca delante de mis ojos ha sido abierta, tampoco sé si es
posible abrirla.
—¿Fue sellada acaso?
—Es posible, tantas cosas son posibles, señor, en estos tiempos puede
pasar cualquier cosa.
Santana se observa radiante, juega la que considera su mejor partida en los
últimos meses:
—Siendo así, ¿cómo consigue entonces la gente subir y bajar?
—¿La gente?
—Sí, la tripulación, los pasajeros.
—Está equivocado, señor, arriba no hay gente alguna, ¿quién lo dijo?
Santana arriesga su mejor pieza:
—¿Cómo puede usted asegurarlo de ese modo si nunca ha estado allí?
—¡Oh! Tiene usted razón, coronel…
—Santana.
—Coronel Santana, en realidad lo que yo afirmo es muy escaso, sólo lo
poco que he escuchado decir por ahí, eso nada más, una verdadera miseria.
Santana gruñe:
—Y, ¿qué es exactamente lo que usted ha oído decir? ¡Dígalo, dígalo de
una vez!
—Que arriba sólo existen dos o tres salones abandonados donde se
guardan algunos archivos, desperdicios y, por supuesto, grandes ratas de mar.
Ya sabe usted que en nuestros barcos no pueden faltar esos tales animales.
—¿Qué?
—Eso mismo, papeles viejos y ratas, eso es todo.
—¿Grandes ratas?
—Exactamente, si las viera. A veces bajan a la cocina descolgándose por
los lazos. Durante la noche esas sogas que usted está viendo no dan abasto,
suben y bajan por ahí como por un corredor esas malditas bestias.
Santana escupe el piso y con la suela de su bota derecha hace desaparecer
la saliva.
—Tócame la frente —murmura Su Excelencia al oído de su sobrino,
como si de repente hubiera perdido todo interés en el asunto. Se me explota la
cabeza.
—¿Tiene calentura?
—No lo sé, no lo sé, pero ahora mismo me siento como perdido en un
arenal de fuego. Tengo palpitación, ¡oye, oye! ¿Es que no estás oyendo? Deja
la mano quieta.
El vapor pita, hace sonar una especie de claxon triste y hondo que se
extiende por unos segundos pero que enseguida comienza a desaparecer como
polvareda en el reposo de un claustro encerrado. Grupos de aves ocultas
hierven en las ramas y en instantes retornan a su estado invisible. Una chalupa
con tres bogas desnudos aparece a babor, lejana, arrinconada contra la orilla.
Se empuja con dificultad río arriba. Los bogas saludan, agitan sus manos,
sueltan carcajadas que las máquinas de la bodega no permiten oír pero que la
mirada registra en sus gestos. Después, la chalupa desaparece. Santana vuelve
a escupir en el tablado de cubierta:
—Y, ¿qué me dice usted entonces del alboroto de arriba? —pregunta al
hombre vestido de cocinero—. ¿Tiene alguna explicación a la mano?
—¿Alboroto?
Los ojos del hombre iluminan de negro y de azul, según el ángulo de la
mirada:
—¿Acaso no lo escuchó? ¿Y ahora sale con que no ha escuchado nada?
¡Todos lo oímos, todos!
—¿Habla usted de algún alboroto en especial?
—¡Cómo especial!
—Sí, coronel…
—¡Santana!
—Perdón, coronel Santana, lo pregunto porque aquí en el navío son
frecuentes ciertos alborotos pero eso no es nada, en realidad eso no significa
nada, no se preocupen por eso.
—Hablo de tropas arriba.
—¡Cállate, Santana! ¡Eres un imbécil! —interrumpió Su Excelencia.
Santana deja de balancear su sable desnudo y entierra sus ojos en el suelo:
—Sólo quería saber si…
—¡Basta!
—¿Tropas arriba?
—Olvídalo, negro —dice Su Excelencia—, el coronel Santana a veces se
despista del pensamiento.
El cocinero vuelve a apretar su delantal con ambas manos:
—De todos modos estén ustedes tranquilos pues arriba son comunes
ciertos desórdenes, atribuidos siempre a las ratas que pululan entre los
desperdicios. Un día de estos el capitán tendrá que disponer un aseo general.
Tarde o temprano tendrá que hacerlo, sí, tarde o temprano, de lo contrario
terminarán por tomarse el vapor esos animales.
Fernando se recuesta al oído de Su Excelencia.
—¿Se siente usted bien? Oiga, tío, lo noto mareado, cójase bien, no sea
que se caiga.
—Sí, sí, por supuesto que estoy bien.
—¿Puedo estar seguro?
—Nunca he sabido de gente allá arriba, nunca, señores, pueden estar
tranquilos. Si la hubiese, ya se habría sabido, eso es de ahí.
—Sí, puedes estar seguro, no estoy mareado.
—Sólo ratas, ¡y de qué tamaño!
—Tío, debería usted comer ya mismo alguna cosa. Su estómago
permanece casi vacío desde ayer, y así no se puede.
—¿Cómo no haberlas en semejante desorden? Papeles, eso es lo que
comen.
—¿Comer?
—Sí, algo de fruta o un buen caldo.
—Ayer no más debí destripar una que se escondió en el escaparate donde
se guardan los cereales y las provisiones del viaje.
—No, en realidad no deseo comer, sólo pensarlo me produce náusea.
—Tío, usted asegura encontrarse bien pero yo en cambio lo observo
demasiado pálido.
—Los humores hijo, los humores, y esta maldita atrabilis.
—Cuando esos animales se juntan a corretear parecen compañías enteras
de reclutas.
—La atrabilis y este calor infernal. Tócame la frente, tócame, ¿si lo ves?
—¿Fiebre?
—Sobre todo durante la noche. A veces parecen regimientos completos,
locos, perdidos en la oscuridad, y son solo escuadrones de ratas, no se
preocupen.
Santana observa los ojos del cocinero pegados con goma en las esquinas,
negro el uno y azul verdoso el otro en el centro de un rostro quemado por la
raza y los largos días, y lo hace sin pronunciar palabra. Un nuevo acceso de
tos parece aproximarse. Su Excelencia siente que adicionalmente la calentura
se apodera de sus vísceras, de su piel. Arriba el sol, cada vez más elevado,
escalando hacia el pozo azul. No sabe él a qué atenerse, duda de todo cuanto
cree haber visto y escuchado. ¿Sería cierto que visitó las minas de Santa Ana,
donde el mineral de plata brilló en las galerías subterráneas en respuesta a las
lámparas de aceite de los mineros ingleses? ¿Podría estar seguro de haber
visto a Jean-Baptista Boussingault en medio de aquella caravana silenciosa
que se confundió con la niebla de la sabana, vestido como un niño
desamparado con su uniforme militar, sin sospechar siquiera que con los años
ocuparía la presidencia de la Academia de Ciencias de París? ¿Habría visto
además, se preguntó, con sus propios ojos al coronel Patrick Campbell el de la
Legión Británica, sollozando por él y agitando en la bruma de talcos
transparentes su sombrero de húsar aguerrido?
Son las fiebres las que ahora tejen sus dudas, aquellas penumbras como
grandes manteles sacudidos entre el polvo. De repente todo parece confuso.
Lo de ayer, ya no es. Un gran comercio de recuerdos lo confunde todo, lo
revuelve todo en un triste azul gris de calendario donde los días se
transforman en ripio de sótano, hasta borrar por completo aquel sentimiento
de certeza que suelen dejar en el alma los acontecimientos verdaderos. Ya
viene la calentura, se dice. Luego da esta orden:
—¡Exijo ver al capitán ya mismo! ¡Se acabó esta mierda, que venga el
capitán!
El cocinero consuela de nuevo sus manos en el delantal. Inclina su cabeza
y duda por unos instantes. Sus ojos ya no brillan como antes:
—Pienso que será un asunto imposible de lograr, señor —dice por fin.
—¡Cómo imposible! ¡Lo exijo como un derecho!
—No es cosa mía, Excelencia, pero los que saben de estos asuntos
afirman que es casi imposible conseguirlo, sobre todo por estos últimos días.
—¡No veo por qué razón deba ser así!
—Usted tiene razón, señor, pero a veces las cosas más sencillas se
complican. No parece lógico pero es así.
—¿No tiene él, acaso, una oficina donde despachar? A ver, dilo, ¿dónde
es que ese tal capitán despacha?
—Es de suponer que así sea, señor, pienso que en efecto podría ser así,
claro está, todos los capitanes tienen un lugar en los navíos, eso se sabe,
supongo que en este caso también es así.
—¿Es de suponer? ¿Y me sales con eso?
—Pues eso es lo que dicen pero en realidad nunca lo he visto, eso es lo
que pasa, yo aquí sólo soy el cocinero, señor, y eso ya explica bastante las
cosas, ¿no lo cree?
—Dime al menos su nombre, vamos por partes, dime su nombre, negro
imbécil.
—¿Su nombre?
—¡Por supuesto, cabrón, su nombre!
—Sólo sé que le dicen «el capitán».
—¿El capitán?
—Así es, el capitán por aquí, el capitán por allá. Todos nosotros lo
conocemos de ese modo, en realidad nunca hemos necesitado de su nombre
para nada. Aquí el nombre es lo de menos, eso es lo que parece.
Su Excelencia no sale de su asombro:
—¡Dime la verdad, carajo! ¿Viaja él con nosotros ahora?
—Por supuesto, señor, ¿cómo podría no hacerlo si el navío está en
movimiento? ¡No faltaba más!
Fernando no termina de entender:
—En todos los viajes el capitán se presenta de primero, es una regla de
oro de la navegación —dice.
—Usted tiene razón señor, pero en este caso particular he oído decir que
el capitán tiene excusa.
—¿Qué dices? ¿Que el capitán tiene excusa?
—Bueno, es algo que se rumora por ahí desde hace sólo unos meses.
—¡Todo en usted es confuso, negro miserable! —increpó Fernando.
—¡Déjalo, déjalo hablar, déjalo!
El cocinero arrastra sus ojos por el suelo:
—Se trata de un rumor algo maluco, Excelencia.
—¡Cómo maluco, habla!
—Dicen que el capitán enfermó hace ya varios meses, yo no sé, pero eso
es lo que dicen por ahí.
—¿Y el muy irresponsable se atreve a conducir el navío en semejantes
condiciones? —interviene Fernando.
—Déjalo, te lo ordeno, no lo interrumpas.
—Si Su Excelencia no me ordena lo contrario, preferiría considerar que
con lo dicho ya es suficiente.
—¡De ninguna manera!
—Fuera de lo ya dicho es demasiado poco lo que resta, señor.
—Lo necesito todo de una vez, absolutamente todo.
El cocinero vuelve a sentir que sus mejillas se encienden:
—No debería usted obligarme, señor, es injusto.
—¡Habla, carajo, vomítalo todo de una vez!
—Dicen que la enfermedad es asunto de abajo, yo no sé si ustedes me
entienden.
—¡Cómo de abajo!
—Bueno, usted sabe…
—¿De las pelotas?
—Ja, ja, ja, no me haga reír, Excelencia, usted siempre con sus cosas,
nononó, no me haga reír, ja, ja, ja…
—¿De las pelotas? ¿De veras que se trata de eso?
—Eso es lo que dicen, sisisí, no me haga reír, señor, jajajá, nononononó,
Excelencia, qué cosas suceden en este mundo.
—No estamos para carcajadas, negro, mira este viaje, mira este viaje en
tinieblas, y encima te ríes.
—Es cierto, perdóneme usted, se lo ruego, pero es que no resisto escuchar
ciertas cosas.
El cocinero deja de reír:
—Pero en este caso parece que las responsables no han sido las mujeres,
señor, las pobres no han tenido nada que ver en el asunto al menos por esta
vez.
—¡Oh! Por supuesto que no.
—Dicen que contrajo el mal de un modo muy particular, y eso es lo raro.
—¿Un ángel acaso?
—Nonononono, ¡ja, ja! No se burle de mí, Excelencia, créamelo.
—¿Los pajaritos entonces?
El cocinero pone cara de acontecimiento:
—Los documentos, señor, dicen que todo se debe a los documentos de
arriba.
—¡Cómo los documentos!
—Así parece. Los médicos que lo han atendido al capitán no consiguen
salir de su asombro y aseguran que se trata de una contaminación
generalizada allá arriba.
—Ahí están pintados esos cabrones.
—Médicos importantes, Excelencia, no lo crea, de Cartagena y Santa
Marta, y hasta de Mompox.
—Deja ahí las cosas, negro, déjalas quietas que todos son iguales. Son
muebles de lujo simplemente, deja eso así.
—No diga eso, señor, no diga eso, podría parecer injusto.
Un escuadrón de patos salvajes cruza el cielo. Su Excelencia tambalea,
cierra y abre sus ojos. Aún no sabe con certeza si Bernardino existe o si sólo
es un espíritu supurado por las altas fiebres. Está temblando.