La ceniza del Libertador
Cincuenta y uno
San Pedro.
Sombras, muchas sombras bajo los imaginados tamarindos, los samanes
próximos. Pájaros que escalan los troncos, que picotean aquellas hormigas
invisibles, toc, toc. Arriba, vestida de un luminoso verde, esa iguana observa
acezante desde las ramas. Un gran viento de mediodía barre las hojas y
soporta en su sábana transparente el canto de las aves. Muchos pájaros, tantos
sonidos en redondo. Lejos el trapiche no se detiene, la destilería perfuma.
Adentro los morteros trabajan en la esperanza de lo que ya es inútil. Su
Excelencia no sale de su modorra:
—¿Qué cosa está leyendo usted, doctor?
Reverend hace a un lado el periódico:
—Noticias de Francia, mi general.
—¿Referentes a la revolución de julio?
—Así es, señor.
—¿Gustaría usted volver a Francia?
—De todo corazón, mi general.
—Pues bien, póngame usted bueno, doctor, iremos juntos a Francia.
Las noches se confunden con los días. Una informe masa de tiempo
invade los sentidos, borra toda frontera. Del calendario caen las hojas al patio,
entran en la circulación del viento, van a confundirse con los desperdicios de
los tamarindos y desaparecen. Diciembre avanza. Lejos, en la bahía, truenan a
veces los tristes mugidos de los vapores que buscan fondo apacible, que
zarpan. Cae la noche, nada en el viento se detiene, los grillos inician su
concierto.
Al oscurecer a través del portal aparece el sonido de una campanilla. Los
ojos de Su Excelencia escrutan en la dirección del puente: el indígena
anunciado desde la tarde se acerca portando una lámpara de aceite y otro a su
lado hace sonar una campana de mano. Atrás, el cura de Mamatoco carga con
sus cosas sagradas. Su Excelencia ha preferido recibir los sacramentos de
aquellas manos humildes.
Abre su boca, come el pan. Recibe el óleo en la frente, tiembla. A su lado
todos los generales de alto rango se encuentran presentes. Terminada la
ceremonia Su Excelencia comienza a leer la proclama que ha preparado para
despedirse de la patria. Tose, tiembla, se conmueve. No puede terminar él
mismo, busca una butaca y se sienta. Bajo las lámparas su semblante asusta,
la luz de fósforo de sus ojos titila. Vientos que vienen de adentro soplan sobre
ella, la agonizan. Su labio inferior cuelga con sus cáscaras secas encima del
mentón. El auditor de guerra recibe la proclama en sus manos, termina de
leerla: yo bajaré tranquilo al sepulcro, dice. Son las últimas palabras escritas
para despedirse de la patria, de América, del universo que ahora ignora cómo
muere, cómo se derrumba junto a la mar de mierda de su destierro. Yo bajaré
tranquilo al sepulcro. Sepulcro, ésa es la palabra que lo hace saltar de su silla,
que le pone sus ojos de fuego:
—Sí, al sepulcro, escúchenlo ustedes, al sepulcro, que es lo que me han
proporcionado mis conciudadanos, pero yo los perdono. Ojalá yo pudiera
llevar conmigo el consuelo de que permanezcan unidos.
Sombras, chillido de grillos en los troncos de los samanes, de los
imaginados tamarindos. De nuevo se confunden los días con las noches, otra
vez el calendario muda sus hojas. A veces, alimentada por aceites que vienen
de extraños sitios, la luz de fósforo de los ojos de Su Excelencia se abrillanta.
Pero con la llegada del crepúsculo vuelve a titilar, a debilitarse con los vientos
que soplan desde la bahía:
—¿José?
Palacios corre a su lado:
—¿Sí, Excelencia?
—Acompáñame, quiero dar un paseo por la casa.
—Es tarde, señor, hay demasiada brisa en los patios.
Su Excelencia sonríe:
—Y, ¿qué más da? Vamos, corre conmigo, a ver, a ver, ¡tú no sabes
correr!
Reverend observa a distancia, conversa con Fernando y con algunos
militares de alto rango. Lo ven caminar, se miran a los ojos, sienten que algo
extraño les alivia el pecho. Pero con el primer traspiés todo se arruina. Su
Excelencia tose, aflige la casa, arrastra sus botas en el piso de ladrillo
quemado, todo lo percibe como en un último sueño:
La ventana de hierro de la biblioteca, afuera las estrellas. Los muebles con
sus libros, en el centro la mesita ovalada de repisa de mármol, de patas talladas. A los lados dos vitrinas de vidrio llenas de libros. En la esquina otro
mueble de madera rojiza con patas como de garras de león y adornos dorados:
—Dime una cosa, José.
—¿Sí?
—¿Hasta cuándo podré ver estos objetos? ¡Dímelo, dímelo ya mismo!
—No lo sé, general, pero usted va mejorando.
—Sí, eso es cierto, yo estoy perfectamente, sigamos.
Atraviesan el cuarto de fumar, salen al patio de atrás y por éste al
comedor. Un viento cargado de minerales y sales marinas penetra por dos
grandes claraboyas y alborota el cabello blanco que se enrosca en las sienes
de Su Excelencia. Allí los muebles de tejido de mimbre, las vitrinas con la
vajilla:
—¡Mira, mira!
—¿Qué, general?
—Cómo qué, cabrón, mi caballo, ¿no lo ves?
El caballo se acerca, resopla, toma con sus belfos de las manos de Su
Excelencia el manojo de apio que le es ofrecido y parte en tropel camino de la
caballeriza del fondo:
—¿Lo viste?
—Sí, Excelencia, lo vi, qué lindo es.
—Todavía está hermoso, ¿no es cierto?
—Todavía, señor.
Su Excelencia voltea a mirar:
—¿Por qué me miras así?
—Cómo, general.
—Así, asustado.
—De ninguna manera, señor, cómo se le habría de ocurrir semejante cosa,
sigamos.
—Vamos, vamos por allí, sígueme, ¡mira qué lindo! Anita, Anita, ¿dónde
te has metido?
Otra vez desaparece toda frontera entre los días y las noches. Oscuridad
en redondo, una gran luna en el centro del cielo. En la casa se duerme, gran
silencio. Afuera los grillos con sus flautas, viento empozado en los patios de
adentro. Una hora atrás un gran navío tronó en la bahía. Reverend permanece
en vela, Su Excelencia apenas dormita. Viene de un ataque de tos, de altas
fiebres. Pero ha comenzado a sudar y ahora descansa. De pronto, desde el
aposento contiguo en el corredor del cruce de los vientos, se escucha:
—¡Vámonos, vámonos, esta gente no nos quiere en esta tierra, vámonos,
muchachos, lleven mi equipaje a bordo de la fragata! Anita, Anita, ¿ya estás
aquí? ¿Por qué no dices nada entonces?
Reverend corre, abre la puerta y observa que Su Excelencia habla en
sueños. En aquel rincón un gran sapo invisible se esponja, se atraganta con
sus anuncios. Es el sapo de la muerte:
La misma confusión en las ideas, aberración en la memoria. De la cama a
la hamaca, de la hamaca a la cama. Pulso febril, tos, expectoración, calor en la
cabeza, hielo en los extremos. Sopor casi continuo, respiración estertorosa,
palabras balbuceantes.
Amanece.
Su Excelencia despierta, casi percibe la alborada en la rejilla de madera de
la ventana. A su lado un asiento. Mira el tejado de madera de su cama, el
toldillo de gasas blancas que todo lo envuelve. Extiende su mano, ya no sabe
qué es verdadero en todo aquello, qué es lo que viene ahora desde el pasado
arrastrándose por la arena de aquel mar de su destierro. Mueve sus labios,
siente que sólo él se escucha, que sólo él mismo responde con imágenes
rápidas. Imágenes que preguntan, imágenes que responden. Ya ni los ojos
alumbran. La luz de fósforo que en aquellos días había se ha quemado. Pero
sus pulmones todavía chupan, maman viento, éter sideral. El gran sapo de la
muerte sale de debajo de los muebles, recorre la alcoba, tira la leche en
redondo, salpica el piso, los espejos. Por los rincones oscuros, todavía no
visitados por el alba que con tanta dificultad brilla en la ventana, brota la voz
de la estética del que muere a solas respondiéndose él mismo sus propias
dudas:
—Ana, carajo, Anita del alma, ¿qué haces ahí sentada que no vienes aquí?
Desvarío, orines detenidos, hipo, estupor en el rostro, semblante
hipocrático, hielo en los extremos, pulso miserable.
Sube el sol.
Ningún día es el último pero éste es el día. Afuera existe tanto silencio en
las bocas, clausura en los hábitos pálidos. Un gran viento manchado que viene
de los lupanares de la gloria barre las hojas de los tamarindos invisibles que
se confunden con las páginas arrancadas a los calendarios. Luces, enigmáticos
rebrillos en el patio, lejanías desocupadas que de pronto nacen en las manos
abiertas, extendidas. Hojas de patio, de esas que lo son todo en el corazón del
desamparo, tristeza de lo transparente que al fin llega: la muerte. Pero los
trapiches de afuera no se detienen, muelen lo suyo, la destilería perfuma más
que nunca. Envuelta en aquellos vapores la muchacha vuelve a cantar. Su Excelencia la escucha, agita su pañuelo, se despide para siempre sin verla. Es
la vida que debe proseguir.
—¿La oyeron ustedes, cabrones? ¿La oyeron?
El más grande de todos los solsticios llega a su máxima altura, cruza,
comienza a bajar. Sobre la arena, allá en la bahía donde se cocina el suelo,
todos los procesos siderales del agua se cumplen. Olas van, olas vienen.
Portentosas ventanas titilantes donde vimos lo que nunca llegó, puertas que
esperan visitas imposibles. La vida es siempre algo inconcluso. Una gran
lengua salada moja esas escamas brillantes, los blancos trocitos de arena,
aquellas vacías conchas de nácar. Junto al muelle una caravana de perros
hambrientos se debate por las vísceras frescas del último pez. Alborotan en
redondo, enseñan sus dientes, se reparten las vísceras espolvoreadas de arena.
Son los perros de San Bartolomé.
Entre tanto, en San Pedro acaba de empezar el último ronquido.
El sapo de la muerte trepa el asiento, salpica con su leche los quemados
ladrillos del piso, la ropa que cuelga en el espaldar. Salta a la cama, busca el
calor de las sábanas, desaparece. Su Excelencia ilumina sus ojos por última
vez, ni él mismo sabe qué es aquello que percibe en medio de la niebla que de
repente ciega el aposento. Y nada ve, pues ya nada es apremiante en la
curvatura de los rostros que se ofrecen, de los muebles, de los árboles
perdidos para siempre.
—¡Lleven mi equipaje a bordo de la fragata, vámonos, vámonos
muchachos que aquí no nos quieren!
El facies se torna más hipocrático que nunca, el ronquido ni se escucha:
—¡Quiero vomitar! ¿Qué pasa?, ¿quién echó a volar toda esta maldita
ceniza? ¿Por qué me echan encima toda esta ceniza?
Su Excelencia sueña apenáis, se detiene para siempre en el largo sopor de
un cosmos encendido en cada ojo suyo de cristal. Los hombres de la muerte
vienen corriendo, entran, destapan el cadáver, lo voltean y alzan los
recipientes de la mesa del gran convite. Bajo los platos vacíos vuelven a
aparecer los orificios en el mantel. La camisa de muerto de Su Excelencia
también está rota.
En el muelle los perros se reparten las vísceras. Ríen, muestran sus
dientes, lanzan tarascadas. La patria nace a su modo. Arriba, en el vapor la
música estalla para siempre.
FERNANDO CRUZ KRONFLY nació en Buga, Colombia, en 1943. Es
doctor en derecho y ciencias políticas, y profesor universitario. Entre sus
obras se encuentran Falleba (Premio Villa de Bilbao 1979) y La obra del
sueño.
Terminaste La ceniza del Libertador
Fernando Cruz Kronfly
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