La ceniza del Libertador
Veinticinco
De pronto Su Excelencia se convierte en un desperdicio lejano, ausente. Es
otro hombre en sólo unos instantes. Y como un sonámbulo que acaba de
levitar de las sábanas hacia el centro del aposento se hunde en la madera,
huye. Ya nada vale la pena, piensa. Corazón en pulpa, pensamiento cortado
en filetes tibios. Viene de la rabia de sentirse vilipendiado, confundido en el
miserable espejo de los papeles. Pero ya nada importa. ¿Qué podría importar?
Y siente que acaba de bajar otra vez a esa serenidad a la que no se acostumbra
pero donde sabe que debe comenzar a vivir de ahora en adelante.
En los campos de batalla la patria es siempre algo simple de definir: la
lanza que se clava en el vientre, en el pecho enemigo; la fuga de cualquier
Valdés; la imagen luminosa de un Rodil abandonando la fortaleza del Callao
con el pellejo pegado a sus huesos, ¡hey!, ¡hey!, espantado, ¡hey!, ¡hey!,
tambaleando en el centro del viento enrarecido, cantando su delirio de
fantasma resucitado, murmurando los himnos de la muerte, su barco de
maderas podridas, de telas rotas hundiéndose en el azul, rumbo a España. La
patria es también el trazo de la bala en la noche, su humo, las compañías
marchando al abismo cegadas por el mal de las nieves perpetuas, los caballos
espumosos mostrando sus tripas que barren el polvo, sus intestinos, chillando
por los desfiladeros bajo las manchas sombras de las alas de los cóndores,
corpulentos pájaros hambrientos que brotan de las cuevas salpicando el aire
con su hediondez; los bailes, las coronas de laurel, las contradanzas. ¿La
gloria?
Por todo esto valía la pena vivir.
¿Valía la pena?
Por todo esto y por las cartas secretas que los correos arrastraban
atravesando las noches, los días, de un mar al otro o desde la arena tibia hasta
la helada ceniza de los volcanes para decir ven, ven junto a mí, ven ahora.
Todo esto era la patria. Y lo es aún para el coronel Santana ahora que
acompaña a Su Excelencia en este viaje de bajada. Un triste descenso en
procura de la mar, ¡vaya bajada! Pero algo le dice al coronel que aquella patria que él mismo había ayudado a imaginar con sus cartas, con sus secretos
guardados ya no era la misma de ahora. Más allá del crujiente vapor nacía
otra patria, esa que otros hombres vomitados por las puertas de los colegios
señoriteros tenían ya a su disposición allá en Santafé. Viendo el rostro de Su
Excelencia, Santana percibe de repente que algo agoniza para siempre, que
otra lógica se impone de ahora en adelante. Intuye que, terminadas las
guerras, la estirpe de los héroes comienza a ser desplazada por la raza de los
legisladores, hombres puntilludos de las íes. Raza novedosa, engominada,
cargada de arabescos en la lengua. Sigilosa, atenta al brillo de la hebilla y
dispuesta a morir si es necesario por un extraño ser: la ley. No es, por lo tanto,
una estirpe cobarde, torpe, no. Fíjate bien, escucha: es como si el coronel
estuviese descubriendo el nacimiento de una nueva alquimia de los ritos, las
formas, los protocolos vacíos. De modo que, silenciadas las armas, los héroes
se ven de pronto sin lenguaje, sin palabra concreta, pues en los salones de la
patria los engominados, los sigilosos del orden sustituyen la verdad por la
forma, la informalidad por los procedimientos pomposos, la naranja por la
cáscara.
Los hombres de las leyes cabecean sobre las tildes
Beben de una leche de letras vacías
¿Qué fue de lo hondo?
Ellos con sus papeles amontonando otra clase de patria
Quedándose con todo
Chorreando de su gomina amarilla hasta un suelo todavía
manchado por la tibia sangre
Empujados río abajo los héroes ya no saben si resignarse o si lanzar un último
coletazo. Sería posible pero ya nada vale la pena. Sólo soñar con un pensil,
lugar invisible, morir con honor, vomitar a tiempo. Acusados de transgredir el
inasible espíritu de la ley, los héroes deben defenderse ahora de ser tratados
como traidores, proseguir un viaje a ciegas hacia donde todo es desconocido:
—En realidad ya no sé qué es lo que vale la pena. Pienso que nada
positivo sacamos con tumbar esa puerta.
Fernando no cree aquello que escucha:
—Tranquilícese, tío, piense bien las cosas.
La lejanía de Su Excelencia es total. Se niega a hablar pero sus manos no
tiemblan como antes. Hastío, realismo, soberbia, todo junto. De pronto,
rechinando sus dientes, recoge su mirada y ríe:
—¿Ya se han visto ustedes?
Fernando y Santana están en ropas de dormir:
—¡Hey!, ¡hey!, ¿y además de todo se burla de nosotros?
—Oigan, majaderos, búsquense unas mujeres que los bañen y los pongan
en su punto.
—¡Mal hombre!
—¿Y pensaban echar abajo esa puerta así como están vestidos? ¡No me
hagan reír!
Hay risas, lánguida fantasía en los labios. A poco suenan carcajadas. Los
coroneles Fernando y Santana visten todavía sus ropas de dormir, sus gorros
de noche colgando en el cuello. Gorros como de recoger limosna en las
iglesias, verdes, terminados en punta. Se miran, vuelven a reír. Los pantalones
de Santana están manchados entre las piernas, chorreados de algo espeso,
rotos en una de sus rodillas:
—Vete, corre a dejar esa vergüenza en el taburete.
Fernando y Santana desfilan, esconden sus cabezas:
—Hey, rápido, señores, ya nos veremos en el comedor.
A espaldas de Su Excelencia queda Palacios. Ya se ha acomodado los
pantalones en su sitio:
—Vamos, José.
—¡Psss, psss!
—Sopla, dame acá un empujón.
La mano de Su Excelencia agarra el antebrazo de Palacios, los perros
corretean, olfatean la punta de las bolas:
—Vamos a la barandilla, ¿qué te pasa?
—Hace frío, señor.
—Mi estómago va muy bien, el otro día andaba demasiado mal, ¿lo
recuerdas?
—Gracias a Dios.
—¡Corre, vamos, corre conmigo!
—General…
—¿Lo has olvidado? Apuesta conmigo, ¡vamos!
Su Excelencia avanza, trota hasta la desembocadura del pasillo, asoma a
cubierta, se detiene:
—¿No te lo decía? ¡Tú no sabes correr!
Envuelto en su frazada se hunde en la niebla del amanecer. Sus ojos
fulgen con cierta alegría, miran pasar algunos pájaros erráticos.