La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 46 de 51

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La ceniza del Libertador

Cuarenta y seis

 

Encima del comedor, de las ideas confusas, del atolondramiento. Un viento

raro agita el biombo, da gualdrapazos en ese percal almidonado que hace de

falsa puerta. Sombras, pequeñas lámparas abatidas. Un primer escuadrón de

mariposas de paño, gigantes, trata de alcanzar la luz de la lámpara que cuelga

encima de nuestras cabezas. Viene del otro lado, no entiende la presencia del

vidrio y estalla en el cristal limpio a la misma altura de la lámpara. Chorrea

una goma amarilla. El hombre de la mesa de estribor brota del olvido,

murmura en voz audible a todos:

—¡Pobres animales!

Un segundo escuadrón repite el enigma y estalla contra el vidrio

embadurnado. Cuerpos de goma, esponjosos. Los labios de Su Excelencia

tiemblan, sus ojos tienen sueño de asco. Y ve de nuevo sus ejércitos perdidos,

desperdiciados por la puna helada, avanzando a ciegas en medio de una

cortante lluvia de arena de copos de nieve. Todos con sus fusiles como

guitarras, con sus rostros embolsados en sus mochilas rotas por causa de los

temporales de arena, de granizo. Vio sus pómulos reventados, sangrantes, sus

ojos de acuario donde flotaban pústulas amarillas, verdosas, cantando todos

las contradanzas de la libertad, ciegos. Y los vio rodar por los abismos,

convertidos en gritos, caer a las musgosas mesetas mil metros abajo donde los

cóndores abren sus picos, aletean y hasta riñen por la disponibilidad de las

carroñas humanas. El hombre todavía observa el espectáculo de las

mariposas, Su Excelencia responde:

—Sí, pobres animales.

—Vienen de la libertad, venían de allá y mírelas usted mismo empeñadas

en este bochornoso espectáculo. ¿Por qué diablos tienen que venir a

reventarse aquí?

Su Excelencia no desea ahondar más las cosas, sólo piensa en el

ultimátum, en el asalto de mañana. Sin embargo, algo lo empuja a decir:

—Vienen de los pantanos, de la oscuridad de esos pantanos, señor.

—¿De las ciénagas?

—Eso dicen.

—¿Por qué entonces vienen a estrellarse de este modo? Allá, en las

ciénagas, estaban bien. ¿Por qué entonces esa necesidad de venir a morir así?

¿No es ése un misterio, señor?

—La luz, señor, es por la luz.

—Oh, ¡la maldita luz!

Ambos sonríen.

Un nuevo contingente de mariposas revienta en el vidrio atraído por la

lámpara de adentro:

—Mírelas, Excelencia, ¡mírelas otra vez!

—Mientras haya luz siempre será así, señor, parece doloroso pero es así.

—Es mejor mirar a otro lado, pensar en otra cosa.

—Sí, buenas noches, es tarde.

El hombre se levanta de su sitio, viene donde Su Excelencia, le extiende

su mano:

—Buenas noches, general, que descanse.

Palacios estrecha la vigilancia, los perros se movilizan en redondo. Las

manos se despiden, se juntan. El hombre es lento, ojos de pozo quieto,

demora su mano, habla despacio:

—Yo permaneceré aquí toda la noche, general, casi no duermo, en mi

oficio debo andar muy atento, demasiado atento a todo.

—¿Toda la noche?

—Bueno, es un decir, hasta la madrugada, en realidad es el calor aquello

que no me permite dormir.

La mano del hombre todavía aprieta, amigable. Su voz baja de tono,

confiesa:

—Tengo una baraja.

—Usted, ¿una baraja aquí?

—Sí, para ropillar.

Su Excelencia sonríe:

—Si lo hubiese sabido antes.

—No importa, aún hay tiempo, podríamos jugar una partida, ¿no lo cree?

—No, ya es tarde, buenas noches, me siento fatigado, el día ha sido tan

agitado.

—Si acaso no conciba el sueño, no dude en regresar, general, yo estaré

aquí.

—Gracias, buenas noches.

—No lo olvide, general, aún hay tiempo.

Tiempo oscuro, confuso, cargado de enigmas que crecen con la

proximidad de la noche. A lo lejos brilla un relámpago mudo, callado, traza el

cielo. Se iluminan los manglares. Se navega ahora por un lugar estrecho,

espeso. Las máquinas empujan con mayor fuerza y la estructura cruje. De

champán a vapor, toda una metamorfosis. Obra del sueño. De vez en cuando

sus ojos perciben luces en las orillas, tal vez pequeños poblados, caseríos

alumbrados por lámparas votivas, quietas en el milagro del tiempo. Pero

ahora domina una total negrura. Ni luna, casi ni estrellas, ese luminoso cereal

que a veces se desperdicia en el cielo. Nubes, nubes, nubes, altas y bajas.

Abajo, en el francobordo, invisibles en la línea de flotación, avanzan los

bogas, esperan callados la llegada de las órdenes. Su Excelencia piensa en

ellos, los imagina apretados contra los barrancos húmedos, asediados por el

peligro. Arranca su mano, se despide de nuevo:

—Debo irme.

—También conozco los secretos del tresillo, general.

—¿Del tresillo también?

—Eso mismo, aquí estaré, sería un honor antes de llegar a la mar.

—Buenas noches.

—Descanse usted, general, buenas noches.

Afuera llovizna. Poco, pero llovizna. El paso de Su Excelencia es rápido,

su pecho se agita. Pasa junto a Fernando, junto a Santana y sigue de largo.

Dobla, ingresa al pasillo de los camarotes. Abre la puerta, entra, cierra.

Afuera queda Palacios con los perros. La ventana entreabierta. Allí hay algo.

Algo móvil, lento en sus movimientos:

Mira la corona que él mismo coloca en sus sienes, pobre ejemplo de una

costumbre pasada de moda. Lo dice, lo piensa. Escucha la apoteosis de

Francia enloquecida. Piensa en la esclavitud de su patria, en la fama que

habría de ganar quien la arrastrase a la libertad. Y vuelve a ver las mariposas

en el vidrio del comedor. La historia se había cumplido, fugaz, casi en sueños.

Ya ni siquiera recordaba el comienzo de todo. Pero, lo que ahora percibe en la

ventana ofrece la doble imagen de la fascinación, de la repulsión más honda:

un hombre como tal vez nunca antes la historia conoció, apoltronado en su

trono de miseria, ofreciendo el deplorable espectáculo de coronarse él mismo.

Triste en su soledad. La corona cae, rueda, suena sobre las piedras como un

tarro viejo. La imagen llora en la ventana, avergonzada. Es la imagen de un

dios abandonado en una isla despoblada, vapor a la deriva de sus propias

ambiciones de un día. De pronto, sorda, brota por el costado opuesto la voz

del otro día. Agazapada, viene del rincón de los baúles:

Modorra, hay modorra en sueño. La cabeza caliente, los extremos fríes.

Dos o tres horas de sueño a prima noche pero con inquietud. El resto de la

noche desvelado, conversando solo. Por la mañana las ideas algo confusas,

conversando a ratos con alguna serenidad. La tos aumentó, expectoró un poco

más. Pulso febril, apretado. Se muda a cada rato de la cama a la hamaca, de la

hamaca a la cama, quejidos continuos, pero si se le pregunta responde que

está bien, que nada le aqueja. Aberración en la memoria. La voz de Reverend

se hace más nítida.

Sentado en su camastro, Su Excelencia da su espalda a la imagen que

navega en la ventana vacía. De nuevo siente que recorre su camarote la

estética de la muerte. Austeridad en el dolor, valor, soledad asumida, ninguna

desesperanza. Mira sus manos:

—¡Hey!, ¿son ustedes?

Frota la una con la otra, siente los huesos en su evidencia, los cartílagos,

el pellejo flojo, ríe:

—Pues óiganme de una vez, no creo, no creo en nada de cuanto ustedes

han hecho.

Las manos callan.

Viento, soplo cálido que empuja por debajo de la puerta un papel. Va por

él, lee:

 

Si acaso desea jugar una mano de ropilla, o de tresillo, venga al comedor. Aún hay tiempo.

 

Y se vuelve a ver jugando de pies, aventurando cartas, caminando por la

alcoba al mismo tiempo que juega, trazando trayectorias frenéticas, partiendo

la alcoba en todas las direcciones imaginables. Putea, patea el piso, tira lejos

los naipes, el dinero de las apuestas, muge de rabia, se marcha azotando la

puerta. Acaba de perder.

Afuera, bañada en una extraña espuma lunar, Manuela canta La

Libertadora. Vuelve a mirar sus manos, toca uno a uno sus huesos evidentes,

los cartílagos, el pellejo demasiado flojo. No cree en ellas, en aquello que

ellas hicieron un día. Pero esas manos suyas aún están ahí, cargan con la

gloriosa pena de cuanto fueron haciendo, dejando para una historia que lo

recibiría a él como sueño, no como biología. Morir, apagarse delante de todas

las manos incapaces, descomponerse, oler a carroña podrida, licuarse,

pulverizarse para siempre. Todo ello en soledad, la fama a un lado, la gloria

sentada en la poltrona, ella esponjada respondiendo por una vida en fuga. Ya

no más corazón, tampoco pensamientos, instantes de pasión, dolor, felicidad,

ya no más nada. Sólo un fino polvo que el viento más leve barrerá.

Una ráfaga de viento trae a la ventana el sentimiento de una extraña

humedad que invade el aire, olor de sal, de caldos minerales.

—¡La mar, la mar, sí, ven aquí, húndeme!

El vapor sabe dónde va:

—¡Vomitaré!

En su vientre los humores se revuelven, se agitan. Arriba resplandece la

fiesta, chorrea a través de las hendijas. Minués tristes, contradanzas españolas

de letras libertarias, aquellos perfumes de un día, toda la melaza del amor.

También arriba, en el aposento contiguo, se reúne de urgencia el Congreso

Nacional.