La ceniza del Libertador
Cuarenta y seis
Encima del comedor, de las ideas confusas, del atolondramiento. Un viento
raro agita el biombo, da gualdrapazos en ese percal almidonado que hace de
falsa puerta. Sombras, pequeñas lámparas abatidas. Un primer escuadrón de
mariposas de paño, gigantes, trata de alcanzar la luz de la lámpara que cuelga
encima de nuestras cabezas. Viene del otro lado, no entiende la presencia del
vidrio y estalla en el cristal limpio a la misma altura de la lámpara. Chorrea
una goma amarilla. El hombre de la mesa de estribor brota del olvido,
murmura en voz audible a todos:
—¡Pobres animales!
Un segundo escuadrón repite el enigma y estalla contra el vidrio
embadurnado. Cuerpos de goma, esponjosos. Los labios de Su Excelencia
tiemblan, sus ojos tienen sueño de asco. Y ve de nuevo sus ejércitos perdidos,
desperdiciados por la puna helada, avanzando a ciegas en medio de una
cortante lluvia de arena de copos de nieve. Todos con sus fusiles como
guitarras, con sus rostros embolsados en sus mochilas rotas por causa de los
temporales de arena, de granizo. Vio sus pómulos reventados, sangrantes, sus
ojos de acuario donde flotaban pústulas amarillas, verdosas, cantando todos
las contradanzas de la libertad, ciegos. Y los vio rodar por los abismos,
convertidos en gritos, caer a las musgosas mesetas mil metros abajo donde los
cóndores abren sus picos, aletean y hasta riñen por la disponibilidad de las
carroñas humanas. El hombre todavía observa el espectáculo de las
mariposas, Su Excelencia responde:
—Sí, pobres animales.
—Vienen de la libertad, venían de allá y mírelas usted mismo empeñadas
en este bochornoso espectáculo. ¿Por qué diablos tienen que venir a
reventarse aquí?
Su Excelencia no desea ahondar más las cosas, sólo piensa en el
ultimátum, en el asalto de mañana. Sin embargo, algo lo empuja a decir:
—Vienen de los pantanos, de la oscuridad de esos pantanos, señor.
—¿De las ciénagas?
—Eso dicen.
—¿Por qué entonces vienen a estrellarse de este modo? Allá, en las
ciénagas, estaban bien. ¿Por qué entonces esa necesidad de venir a morir así?
¿No es ése un misterio, señor?
—La luz, señor, es por la luz.
—Oh, ¡la maldita luz!
Ambos sonríen.
Un nuevo contingente de mariposas revienta en el vidrio atraído por la
lámpara de adentro:
—Mírelas, Excelencia, ¡mírelas otra vez!
—Mientras haya luz siempre será así, señor, parece doloroso pero es así.
—Es mejor mirar a otro lado, pensar en otra cosa.
—Sí, buenas noches, es tarde.
El hombre se levanta de su sitio, viene donde Su Excelencia, le extiende
su mano:
—Buenas noches, general, que descanse.
Palacios estrecha la vigilancia, los perros se movilizan en redondo. Las
manos se despiden, se juntan. El hombre es lento, ojos de pozo quieto,
demora su mano, habla despacio:
—Yo permaneceré aquí toda la noche, general, casi no duermo, en mi
oficio debo andar muy atento, demasiado atento a todo.
—¿Toda la noche?
—Bueno, es un decir, hasta la madrugada, en realidad es el calor aquello
que no me permite dormir.
La mano del hombre todavía aprieta, amigable. Su voz baja de tono,
confiesa:
—Tengo una baraja.
—Usted, ¿una baraja aquí?
—Sí, para ropillar.
Su Excelencia sonríe:
—Si lo hubiese sabido antes.
—No importa, aún hay tiempo, podríamos jugar una partida, ¿no lo cree?
—No, ya es tarde, buenas noches, me siento fatigado, el día ha sido tan
agitado.
—Si acaso no conciba el sueño, no dude en regresar, general, yo estaré
aquí.
—Gracias, buenas noches.
—No lo olvide, general, aún hay tiempo.
Tiempo oscuro, confuso, cargado de enigmas que crecen con la
proximidad de la noche. A lo lejos brilla un relámpago mudo, callado, traza el
cielo. Se iluminan los manglares. Se navega ahora por un lugar estrecho,
espeso. Las máquinas empujan con mayor fuerza y la estructura cruje. De
champán a vapor, toda una metamorfosis. Obra del sueño. De vez en cuando
sus ojos perciben luces en las orillas, tal vez pequeños poblados, caseríos
alumbrados por lámparas votivas, quietas en el milagro del tiempo. Pero
ahora domina una total negrura. Ni luna, casi ni estrellas, ese luminoso cereal
que a veces se desperdicia en el cielo. Nubes, nubes, nubes, altas y bajas.
Abajo, en el francobordo, invisibles en la línea de flotación, avanzan los
bogas, esperan callados la llegada de las órdenes. Su Excelencia piensa en
ellos, los imagina apretados contra los barrancos húmedos, asediados por el
peligro. Arranca su mano, se despide de nuevo:
—Debo irme.
—También conozco los secretos del tresillo, general.
—¿Del tresillo también?
—Eso mismo, aquí estaré, sería un honor antes de llegar a la mar.
—Buenas noches.
—Descanse usted, general, buenas noches.
Afuera llovizna. Poco, pero llovizna. El paso de Su Excelencia es rápido,
su pecho se agita. Pasa junto a Fernando, junto a Santana y sigue de largo.
Dobla, ingresa al pasillo de los camarotes. Abre la puerta, entra, cierra.
Afuera queda Palacios con los perros. La ventana entreabierta. Allí hay algo.
Algo móvil, lento en sus movimientos:
Mira la corona que él mismo coloca en sus sienes, pobre ejemplo de una
costumbre pasada de moda. Lo dice, lo piensa. Escucha la apoteosis de
Francia enloquecida. Piensa en la esclavitud de su patria, en la fama que
habría de ganar quien la arrastrase a la libertad. Y vuelve a ver las mariposas
en el vidrio del comedor. La historia se había cumplido, fugaz, casi en sueños.
Ya ni siquiera recordaba el comienzo de todo. Pero, lo que ahora percibe en la
ventana ofrece la doble imagen de la fascinación, de la repulsión más honda:
un hombre como tal vez nunca antes la historia conoció, apoltronado en su
trono de miseria, ofreciendo el deplorable espectáculo de coronarse él mismo.
Triste en su soledad. La corona cae, rueda, suena sobre las piedras como un
tarro viejo. La imagen llora en la ventana, avergonzada. Es la imagen de un
dios abandonado en una isla despoblada, vapor a la deriva de sus propias
ambiciones de un día. De pronto, sorda, brota por el costado opuesto la voz
del otro día. Agazapada, viene del rincón de los baúles:
Modorra, hay modorra en sueño. La cabeza caliente, los extremos fríes.
Dos o tres horas de sueño a prima noche pero con inquietud. El resto de la
noche desvelado, conversando solo. Por la mañana las ideas algo confusas,
conversando a ratos con alguna serenidad. La tos aumentó, expectoró un poco
más. Pulso febril, apretado. Se muda a cada rato de la cama a la hamaca, de la
hamaca a la cama, quejidos continuos, pero si se le pregunta responde que
está bien, que nada le aqueja. Aberración en la memoria. La voz de Reverend
se hace más nítida.
Sentado en su camastro, Su Excelencia da su espalda a la imagen que
navega en la ventana vacía. De nuevo siente que recorre su camarote la
estética de la muerte. Austeridad en el dolor, valor, soledad asumida, ninguna
desesperanza. Mira sus manos:
—¡Hey!, ¿son ustedes?
Frota la una con la otra, siente los huesos en su evidencia, los cartílagos,
el pellejo flojo, ríe:
—Pues óiganme de una vez, no creo, no creo en nada de cuanto ustedes
han hecho.
Las manos callan.
Viento, soplo cálido que empuja por debajo de la puerta un papel. Va por
él, lee:
Si acaso desea jugar una mano de ropilla, o de tresillo, venga al comedor. Aún hay tiempo.
Y se vuelve a ver jugando de pies, aventurando cartas, caminando por la
alcoba al mismo tiempo que juega, trazando trayectorias frenéticas, partiendo
la alcoba en todas las direcciones imaginables. Putea, patea el piso, tira lejos
los naipes, el dinero de las apuestas, muge de rabia, se marcha azotando la
puerta. Acaba de perder.
Afuera, bañada en una extraña espuma lunar, Manuela canta La
Libertadora. Vuelve a mirar sus manos, toca uno a uno sus huesos evidentes,
los cartílagos, el pellejo demasiado flojo. No cree en ellas, en aquello que
ellas hicieron un día. Pero esas manos suyas aún están ahí, cargan con la
gloriosa pena de cuanto fueron haciendo, dejando para una historia que lo
recibiría a él como sueño, no como biología. Morir, apagarse delante de todas
las manos incapaces, descomponerse, oler a carroña podrida, licuarse,
pulverizarse para siempre. Todo ello en soledad, la fama a un lado, la gloria
sentada en la poltrona, ella esponjada respondiendo por una vida en fuga. Ya
no más corazón, tampoco pensamientos, instantes de pasión, dolor, felicidad,
ya no más nada. Sólo un fino polvo que el viento más leve barrerá.
Una ráfaga de viento trae a la ventana el sentimiento de una extraña
humedad que invade el aire, olor de sal, de caldos minerales.
—¡La mar, la mar, sí, ven aquí, húndeme!
El vapor sabe dónde va:
—¡Vomitaré!
En su vientre los humores se revuelven, se agitan. Arriba resplandece la
fiesta, chorrea a través de las hendijas. Minués tristes, contradanzas españolas
de letras libertarias, aquellos perfumes de un día, toda la melaza del amor.
También arriba, en el aposento contiguo, se reúne de urgencia el Congreso
Nacional.