La ceniza del Libertador
Cuarenta y tres
Gentes del pueblo. Montan en canoas, son muchos hombres. Su Excelencia
desenfunda su pistola, camina del brazo de Palacios hasta la barandilla.
Camina y piensa. Su mirada continúa siendo serena, vaga. Quieta en los
objetos, hastío de muchos días. Tiembla de frío, respira difícil. Al asomar su
rostro al vacío siente el golpe del viento. Su pelo está más blanco que ayer,
sus arrugas más hondas, su labio inferior más feo, repisa herida. Al verlo, la
multitud estalla:
—¡Libertador!, ¡libertador!
Aquellos hombres son de los suyos.
Uno de ellos comanda la operación y ordena silencio. El mandato se
cumple en el acto. Río quieto, alba en las riberas clavadas de árboles, canto de
pájaros que renace. El hombre amarra un papel a una piedra, da vuelta a su
brazo, la arroja. Sube el guijarro, cae a la cubierta. El papel dice:
Provenimos de las orillas del río. Pudimos enterarnos de la conspiración de la medianoche por medio de un pájaro mensajero. Una paloma, una gallinaciega, un búho. Recorrieron los poblados, todos los poblados de la ribera y fueron dejando el aviso. Estaban nerviosos los animales, cantaron por fuera del tiempo, lo comprendimos todo. Volaron en la noche los que son diurnos, cantaron diferente los búhos, pudieron ver las gallinaciegas y lo entendimos todo en el acto. Y aquí estamos. Venimos a ofrecernos como soldados para lo que usted disponga. Ordene usted, Excelencia, lo que sea del caso.
La piedra, aquel papel son una verdadera joya. Su Excelencia murmura:
—Ya tenemos las tropas para el asalto, míralas, míralas abajo.
Hace un gesto, llama a Santana. El coronel llega corriendo, escucha la
orden:
—Trae acá lo necesario para dictarte un mensaje.
Santana vuela al camarote, busca en el escritorio de campaña y regresa en
instantes cargado con todos los implementos:
—Estoy listo.
—Copia, copia.
Dicta:
Oportunamente comunicaré a ustedes mis planes. Permanezcan en orden, guarden silencio, esperen. Gracias por venir. Si mi vida tiene algún sentido todavía, no dudo al decir que es a causa de este pueblo admirable del que ustedes hacen parte. Hoy, como en septiembre, quienes me rodean con calor son las gentes más humildes. Gracias.
Firma, amarra el mensaje al guijarro y lo lanza a su lugar de origen. El
guijarro describe una parábola, cae. El hombre de abajo lee el mensaje,
sonríe. Levanta su mano, señal de que lo ha comprendido todo, transmite a los
suyos las primeras instrucciones. Se agazapan de inmediato en sus puestos,
total silencio. Fuman, algunos queman hojas de tabaco, mastican. Silencio.
Las canoas se juntan al casco, reducen la distancia, navegan como apéndices
invisibles para no ser advertidas desde arriba. De pronto desaparecen, de
pronto se advierten como transparentes paquetes de niebla. Se han
mimetizado.
En medio de la niebla del alba Su Excelencia ve aparecer de pronto la
imagen de Manuela. Viste de húsar, monta un caballo de riendas de plata.
Resplandece en el castillo de proa y se desvanece junto al puente. Al escapar
de nuevo a lo invisible deja a cambio de su imagen una fragancia de
chamusquina que hiela la sangre. Lleva en su frente, fresco aún, el zapatazo
de Carujo. Detrás de su caballo avanza Jonotás, Jonotás, arrastrando ella el
pálido cadáver del coronel Fergusson eternamente muerto en su sueño.
Amanece la fiebre.
Desde las sombras del mismo instante del alba, Francisco de Paula
extiende su mano amarilla, rodeado como está de generales y coroneles en el
centro de la plaza. Su Excelencia sonríe, lo deja allí con su mano extendida al
vacío, mordiendo su bigote engominado. Era el comienzo del fin. El escenario
de la rabia y del cálculo.
Sobre las sienes la fiebre es como un pálido brillo.