La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 18 de 51

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La ceniza del Libertador

Dieciocho

 

Mira los baúles, el edredón fermentado que cubre el camastro, el brillo de la

madera de su escritorio. Todo aquello bañado por la saliva violeta del

crepúsculo. Color de rara tristeza, piensa. Y vuelve a ver las tardes de su

infancia en San Mateo, espolvoreadas como panes serenos con aquel mismo

tono le luz.

Entre tanto la ventana permanece abierta a la visión del río. Pasan los

mismos árboles de hace cinco días, se calcan las ciénagas, los pájaros, pero en

realidad nada es idéntico. Extensos manglares en formación, aguas en secreto

movimiento. De vez en cuando un guáymaro, un cámbulo, un búcaro donde la

sombra del día esconde la diferencia, el borde, el color. Percibe los esquemas,

los entiende. Mompox ha quedado atrás, su griterío. No ha vuelto a salir de su

camarote. Ha preferido permanecer oculto, meditando en la carta de la

mañana. Un documento para ser pensado, se dice. Quizás sea mejor no

comentar nada de ella todavía. Es mejor.

La carta contiene juicios que sin ser interesantes podrían resultar

peligrosos. ¿Quién será ese tal Uldarico Clavel? No lo sabe. Ni lo adivina

siquiera. Además, ¿cómo pudo haber llegado esa carta a su camarote? El día

es como un líquido dentro del cual se piensa. Un líquido que huye sin

pensarlo hasta que de repente cambia de color.

Por la ventana la tarde oscurece. Y con la llegada de la noche el ruido del

vapor se hace más sordo, espeso. Van siendo casi las siete pero en el

horizonte todavía existe algo de luz. Escasa, deshilachada en las ramas pero

ahí está. Las naves de la ventana fulgen relativamente quietas, ligeramente

agitadas sin embargo por la acción del viento, por el vaivén del vapor. ¿Serán

los árboles los principales fantasmas del miedo, lo móvil en el corazón de lo

invisible?

—No, hijo, no son los árboles —dice una voz. ¿Por qué tendrían que ser

los árboles?

Su Excelencia siente frío, pesado granizo en la boca de su estómago.

Revisa el camarote, ojea los cuatro costados donde las sombras son como animales agazapados. No ve a nadie. Pero de pronto en la ventana se dibuja

alguien. Inicialmente parece el triste vestigio de un animal. Segundos más

tarde se insinúan los rasgos principales: se trata de un hombre desorganizado

que lleva puestas misteriosas prendas de sacerdote:

—¡Oh!, ¡no es posible!

El viejo ríe:

—Todo es posible, hijo, todo en el mundo es posible.

—Mi querido Robinson, ¿tú aquí?

—Calma, calma.

—Te hacía muerto.

—¿Muerto? ¿Muerto yo?

—Sí, no había vuelto a tener noticias tuyas, ¿qué querías?

—Muerto he vivido.

La voz de Robinson es firme, escarpada. Sus ojos como de piedra

brillante. Las manos secas, huesudas. Robinson viene del ser y de nada.

Durante su ausencia ha debido desempeñarse como traductor, nodriza,

mecánico de imprentas, maromero en un circo del Cáucaso, destilador de

mentas y otros licores, maestro:

—No sabes la falta que me has hecho por estos últimos tiempos, viejo, si

vieras.

—Lo sentí, no miento, lo alcancé a sentir, por eso mismo he venido de

prisa.

—La infamia de estos últimos días no tiene nombre.

—Nada tiene nombre, hijo, déjate de bobadas, nada, la vida no da para

más.

—Y me he sentido hastiado de todo, Robinson, hasta de aquello que más

he amado, tengo miedo.

El viejo vuelve a reír:

—Calma, calma, deja que la sabiduría descienda lentamente sobre tus

sienes como debe ser, no te afanes.

—Robinson…

—¿Sí?

—No puedo con la memoria, no puedo, me pesa demasiado.

—¿Qué dices?

—¿Recuerdas el patio de nuestra casa en Caracas?

—¡Cómo no habría de recordarlo!

—Era tan sereno, ¿lo recuerdas?

—Últimamente yo también he vuelto a ese patio, no me lo habrás de creer

pero así ha sido.

Su Excelencia no puede impedir que sus manos empiecen a temblar:

—¡Lindos tiempos aquéllos!

—Recuerdo que te leía en voz alta a la sombra de los nísperos, ¿lo

recuerdas acaso?

—¿Era el Emilio?

—Así es, carajo, no lo has olvidado.

Su Excelencia camina, se aproxima a la ventana. Desde allí la imagen se

percibe más nítida:

—¿Y qué diablos haces con esos trapos encima? ¿Estás loco?

El viejo se mira de arriba abajo, carcajea:

—¿No los conocías acaso?

—No, nunca los vi.

—Son de cuando me decían padre Antonio.

—¿Tú?

—Sí, franciscano, ¿no lo recuerdas?

Robinson suelta otra carcajada que retumba dentro del camarote. Su

Excelencia mira a los costados, duda, calcula el alboroto. Luego acompaña las

carcajadas del viejo, tose, ríe de nuevo con prudencia. Hace tantos meses que

no ríe. Cierra sus ojos, entra en la plenitud de la risa franca, regresa. Ahora

Robinson viste un traje diferente, su mirada es otra:

—Vengo de una pena demasiado honda —dice el viejo.

—De una pena, ¿tú?

—Sí, acabo de perder a mi mujer.

—¿Qué dices?

—Eso mismo, como lo estás escuchando.

—¿Aquella que conocí un día?

—No, otra nueva, mi niña de Francia, tal vez no la conociste.

—Oh, Robinson, ¡cuánto lo siento!

—Una fresquísima adolescente de París, si la hubieras visto, un verdadero

pimpollo.

—No lo puedo creer, viejo sinvergüenza.

—No resistió las fiebres, hijo. Murió como un pollito en mis brazos.

—Nunca me avisaste nada, eres un ingrato.

—A eso he venido, acaba de morir, ¿qué quieres?

—¿Qué dices?

—Como lo oyes, aquí en el Magdalena, en este mismo sitio por donde

ahora vamos.

En la ventana brilla cierta luz diferente:

Su Excelencia ve a la niña de Francia recostada en los brazos de

Robinson. Trae sus ojos perdidos en la serenidad de las fiebres. Encima de

una pequeña mesa destartalada descansa el alambique donde hasta ayer ella

destiló aquellos licores que vendía de casa en casa para conseguir lo del viaje

en compañía del viejo sabio. Al lado de la niña los trajes de Robinson dan la

impresión de total ruina, total indigencia, total desorden. Bañado en sudor, el

pimpollo convulsiona, picotea inconsciente los dedos del viejo, expira.

Robinson llora callado, bendice su frente, besa sus labios agrietados, se la

echa al hombro:

—No pudo con sus ilusiones —murmura.

Desde la ventana, Su Excelencia observa cuando ambos casi desaparecen

en el horizonte. Y cuando, sobre la orilla del río, el viejo empieza a abrir la

tumba como una sombra callada. Luego todo se evapora entre lejanía y

colores:

 

Polvo en las mejillas rotas

Rojo de lápiz en los labios de amoratado humo detenido Claustro

en los brazos

¡Tun! ¡Tun!

El tiempo que era demasiado ya ni siquiera existe

Ni sopla por el lado de las ilusiones ni nada

¡Tun! ¡Tun!

La tierra invita a la fiesta del sueño

Traen regalos en cajones de tablas

Habla el cedro

¡Tun! ¡Tun!

Bailan las palas

La niña de Francia cae de bruces a la fiesta final con su alambique

en los brazos

 

Lo que desaparece es porque ha sido. Vuelve la fiebre:

De arriba chorrea la música de las primeras contradanzas. Ahí está de

nuevo el Regimiento de las Milicias Pardas. Su Excelencia sacude su cabeza,

coloca una de sus manos en su frente. Fiebres vesperales, cálidas visitas de

calenturas crepusculares que se inician con las primeras brisas de la noche. Sudor denso después, espuma de bajamar, maleza salada del amanecer que

refresca la espalda, los flancos, las sienes blanqueadas.

La música va en ascenso.

Suenan los instrumentos que anuncian el comienzo del baile. Varias

parejas brotan al centro del salón, pisan la imaginaria línea en redondo, dejan

caer al suelo algunos cabos de vela. Enseguida saltan encima, zapatean, cae

una copa al piso, se rompe. Corren los criados, se escucha la barredura de los

desperdicios. Vuelve la calma.

Ahora descienden los perfumes como filtraciones en medio del piso de

tablas. Las mujeres chillan, alborotan como en los tiempos del génesis, se

agitan en delgadas risas de seres que se ocultan del placer dejando siempre

una señal en el camino, una miga de pan en el bosque de Pulgarcito. A

cambio de eso, los hombres arrastran sus pesadas botas, van donde ellas, las

besan en el cuello, en las manos del dulce pantano. Ellas ríen de nuevo, se

esconden pero dejan ver dónde lo hacen. En respuesta los hombres avanzan

torpemente, las arrastran al centro del salón. Otras dos copas se rompen en el

suelo. Vienen los criados y recaudan los desperdicios. Por las grietas del

techo rezuma el licor que había en las copas rotas. Su Excelencia reconoce el

gusto del San Lúcar, se tumba en el camastro. Mastica sus dientes, se revuelca

de rabia. De estar arriba, ahora todas las mujeres serían suyas. Y con

seguridad una de ellas vendría a él, altanera, del brazo de don Juan de Larrea.

Una muchacha con trote de potranca, altiva, de ojos atropellados. El viejo

Larrea hace una reverencia.

—Le presento a usted a la señora de Thorne, general.

Su Excelencia se mueve como un pavo en celo en el atrio de la catedral de

San Pedro:

—¿La señora de Thorne?

—Manuela de Thorne, señor.

—¡Dulce señora mía!

La boca besa las manos: extraño privilegio de las manos, dulce abyección

de los labios. Su Excelencia trata de recordar:

—Podría jurar que la he visto a usted antes, señora.

—¡No es posible!

—Sí, créamelo, esta misma tarde desde mi caballo.

—¡Qué vergüenza!

—¡Oh!, ¿de modo que es usted la misma adorable mujer que casi me

tumba de la cabalgadura?

—No siga, general, no siga usted, me ha hecho avergonzar.

Manuela de Thorne está radiante. Y Su Excelencia cree estar viendo a la

misma persona que le arrojó al rostro aquella corona de laureles en la tarde de

ese mismo día cuando hacía su entrada triunfal por las calles de Quito.

—No fue mi culpa, general, estaba excitada por los acontecimientos,

créamelo, jamás había visto a un hombre como usted.

—Hermoso gesto de su parte, señora.

—¿Me perdonará?

—¡Oh!, señora mía, no diga eso, fue en realidad un honor para mí.

—Gracias general, es usted un verdadero hombre.

Manuela es altanera. Sonríe, hace descender el párpado azul de su ojo

izquierdo, pica la mueca, la picardía, muerde su labio inferior, suspira como

atragantada de flores. Toma por fin al viejo Larrea por el brazo, hace un gesto

cargado de enigmas y se aleja del lugar. De ida saluda a la diestra, cuaja

insinuaciones a la siniestra, habla tan sonora que se la puede escuchar a

distancia. Finge estar en lo suyo, lela en los ojos mismos, en los labios de sus

interlocutores. Pero desde todos los sitios hasta donde la ruleta del festín la

conduce se las arregla para observar cuanto Su Excelencia hace, con quién

habla, a quién toma de las manos, dónde se posan sus pequeños y tristes ojos

negros.

Arriba el baile se toma más intenso. Una mujer zangolotea el currulao,

divierte a las tropas que la rodean, hacen la fiesta en redondo de su cuerpo

exaltado. Cinco copas más ruedan por el suelo. Las botas de los generales y

de otros oficiales las trituran contra las tablas antes de que pueda llegar la

servidumbre. Su Excelencia golpea la almohada con los puños, siente que

llora. Rema la rabia en su mar. De repente, Jonotás lanza un grito desgarrador,

irrumpe en el salón dispuesta a ejecutar la maroma mortal que muchos

oficiales le imploran. Están ebrios, exhiben sus labios rajados por las huellas

del vino. Ahí está el coronel Fergusson, rojo irlandés hinchado de alcohol,

palmoteando las contorsiones de Jonotás:

La esclava tiene sus esclavos, se los merece.

Jonotás se dispone a bailar en cuclillas hasta dejar sus genitales impresos

en el piso. Viste de soldado, lleva amarrado a su cabeza aquel trapo rojo de

siempre. Sin embargo, para la ejecución de la maroma mortal ella debe

cambiar su uniforme de húsar por una falda de amplios pliegues. Corre a su

alcoba y regresa vestida de mujer. A su lado alborota el almizcle, un

penetrante talco de pestilencias orgánicas. Manuela corre a su lado, le entrega

una copa llena de vino que Jonotás desocupa de un envión. Luego se lanza al

centro del salón. Se contorsiona, hace que su baba ilumine el fervor de su boca. Ruedan los clarinetes, toda la oficialidad se agolpa en redondo. Jonotás

danza febril, ordena flujos de relámpagos sobre su cuerpo. Entra en éxtasis,

brama, baja lentamente al centro de la tierra, tiembla. Besa el piso, se levanta,

huye como loca por los corredores, carcajea: como dos grandes cascos de

naranja brillan sus genitales en el suelo eterno.

Fergusson palmotea, arroja espuma por su boca, rueda encima de una

silla, se duerme ebrio. Y casi todas las mujeres que todavía permanecen en la

Quinta empiezan perplejas a desfilar hacia sus casas, como golpeadas por el

puño de una transgresión de donde jamás podrán regresar. En un rincón, Su

Excelencia lo observa todo, permisivo. Ahora la música de las contradanzas

cobra nueva fuerza, se eleva al cielo como en el gran baile de la resurrección

de la carne. Su Excelencia despabila sus ojos, da un salto, queda sentado en el

borde del camastro. Azota con sus botas el piso, putea:

—Mi gloria, mi gloria, ¿por qué la destruyen?

El esfuerzo del grito pone a silbar su pecho. Tose. Tos seca al principio

que después se desgarra. Como si en sus pulmones hubiesen muros de papel

mojado que se estuviesen viniendo abajo. Cortinas viejas, gobelinos, lirios de

trapo, percales podridos, a causa del polvo de las ventanas, tablas blandas. Y

se queda sin aire, suspendido de repente en una especie de limbo orgánico.

Pasan los segundos, se juntan los instantes en el tibio líquido del tiempo que

corre, no respira. No puede hacerlo a pesar de la desmedida órbita de sus ojos.

Arriba los oficiales alborotan, juntan con láminas de metal las palmas de sus

manos. Pero las carcajadas de Jonotás superan todo escándalo. Corre la leche

del tiempo, se cuaja en cada pálpito, en el lomo nevado de cada instante. El

aire no entra en los pulmones. Blando, Su Excelencia empieza a doblarse en

el camastro como una vela derretida:

—¡Me muero!

Y ve la luz eterna:

Una luz que es como una mariposa que acaba de brotar en un cristal de

hielo. Más allá de esa luz observa una puerta. Portal abierto hacia un gran

fondo helado, petrificado por la acción de la muerte, de los extensos días

despoblados:

—Es cierto, es cierto, la muerte es fría, qué fría es la maldita muerte.

 

Toda muerte pone en fuga cualquier tibieza

La mano asombra por lo perdido

El labio desciende a lo inconcluso

El pie agarrota

Hasta la exaltación espanta

Nada existe tan frío como el instante en que el fuego se apaga en

el ser

 

La puerta que Su Excelencia percibe es como un dios que bate él mismo las

naves. Ve los rostros de sus abuelos, las imágenes de sus antepasados. Todo

está en orden, bañado por la nostalgia de las fotografías. Venteado sin

embargo por una brisa helada, misteriosa. Hacia el fondo la visión es aún más

nítida a pesar de la profundidad en perspectiva. Van y vienen gatos, pájaros

esponjados, animales de fósforo con grandes cornamentas. Ahí está la isla de

Santo Domingo, barrida por un sol infiltrado. Las arenas brillantes. Corre el

año de 1550 y sus viejos parientes ya han puesto sus pies en la isla. Van hacia

Caracas, enrolados en el servicio de la Gobernación. Más atrás escucha la

madrugada del 13 de octubre. Una madrugada en el mar, en medio de los

sargazos temblorosos del Caribe:

Gente muy fermosa:

Los cabellos no crespos, salvo corredios y gruesos, como sedas de

caballo, y todos de la frente y cabeza muy ancha más que otra generación que

fasta aquí haya visto, y los ojos muy fermosos y no pequeños y ellos ninguno

prieto, salvo de la color de los canarios.

—¡Dios mío, déjame morir serenamente por el inmenso amor de esta

patria que he fundado, déjame morir!

Las piernas muy derechas, todos a una mano, y no barriga, salvo muy bien

hecha.

Ellos vinieron a la nao con almadías, que son hechas del pie de un árbol,

como un bargo luengo, y todo en un pedazo, y labrado muy a maravilla según

la tierra, y grandes en que en algunas de ellas venían cuarenta o cuarenta y

cinco hombres, y otras más pequeñas, fasta haber de ellas en que venía un

solo hombre. Remaban con una pala como de fornero, y anda a maravilla.

Y si se trastorna, luego se echan todos a nadar y la enderezan y vacían con

calabazas que traen con ellos. Traían ovillos de algodón filado y papagayos y

azagayas y otras cositas que sería tedio de escribir, y todo daban por cualquier

cosa que se los diese. Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y

vide que algunos de ellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que

tienen a la nariz, y por señas pude entender que yendo al Sur o volviendo la

isla por el Sur, que estaba allí un Rey que tenía grandes vasos de ellos y tenía

mucho. Trabajé que fuesen allá, y después vide que no entendían en la idea.

Determiné de aguardar fasta mañana en la tarde y después partir para el

Sudeste a buscar el oro y piedras preciosas. ¡Ay! Don Cristóbal, don

Cristóbal.

Su Excelencia respira.

Puede por fin arrastrar un poco de aire a sus pulmones cuando la lumbre

del extremo del corredor comienza a brillar con mayor intensidad y el viento

se toma cuanto más frío. Rueda por el suelo. Putea de nuevo, rabioso. Se

inclina, agarra la manta que le sirve de abrigo en sus incursiones a la cubierta,

se arropa. Camina en cuatro patas hasta la puerta, espera. Sabe que no debe

salir en esas condiciones. Gana fuerzas. Toma la cerradura, se apoya en ella,

consigue ponerse de pies. Aguarda unos instantes, todos los instantes

necesarios. Seguro de no volver a rodar por el suelo abre la puerta, sale. Una

bocanada de viento lo empuja contra el mamparo, lo azota. Y ríe. No puede

dejar de reír:

—¡Puta la vida!

La bocanada de tiento se lo engulle. Salir al viento es como salir a la vida.

Y vuelve a reír. No sabe por qué, pero vuelve a reír. De pronto canta, lo hace

como un pájaro enfermo con una voz de muerto cubierto de cenizas. Canta,

canta. La cabeza de Su Excelencia es ahora más blanca que al comienzo del

viaje.