La ceniza del Libertador
Dieciocho
Mira los baúles, el edredón fermentado que cubre el camastro, el brillo de la
madera de su escritorio. Todo aquello bañado por la saliva violeta del
crepúsculo. Color de rara tristeza, piensa. Y vuelve a ver las tardes de su
infancia en San Mateo, espolvoreadas como panes serenos con aquel mismo
tono le luz.
Entre tanto la ventana permanece abierta a la visión del río. Pasan los
mismos árboles de hace cinco días, se calcan las ciénagas, los pájaros, pero en
realidad nada es idéntico. Extensos manglares en formación, aguas en secreto
movimiento. De vez en cuando un guáymaro, un cámbulo, un búcaro donde la
sombra del día esconde la diferencia, el borde, el color. Percibe los esquemas,
los entiende. Mompox ha quedado atrás, su griterío. No ha vuelto a salir de su
camarote. Ha preferido permanecer oculto, meditando en la carta de la
mañana. Un documento para ser pensado, se dice. Quizás sea mejor no
comentar nada de ella todavía. Es mejor.
La carta contiene juicios que sin ser interesantes podrían resultar
peligrosos. ¿Quién será ese tal Uldarico Clavel? No lo sabe. Ni lo adivina
siquiera. Además, ¿cómo pudo haber llegado esa carta a su camarote? El día
es como un líquido dentro del cual se piensa. Un líquido que huye sin
pensarlo hasta que de repente cambia de color.
Por la ventana la tarde oscurece. Y con la llegada de la noche el ruido del
vapor se hace más sordo, espeso. Van siendo casi las siete pero en el
horizonte todavía existe algo de luz. Escasa, deshilachada en las ramas pero
ahí está. Las naves de la ventana fulgen relativamente quietas, ligeramente
agitadas sin embargo por la acción del viento, por el vaivén del vapor. ¿Serán
los árboles los principales fantasmas del miedo, lo móvil en el corazón de lo
invisible?
—No, hijo, no son los árboles —dice una voz. ¿Por qué tendrían que ser
los árboles?
Su Excelencia siente frío, pesado granizo en la boca de su estómago.
Revisa el camarote, ojea los cuatro costados donde las sombras son como animales agazapados. No ve a nadie. Pero de pronto en la ventana se dibuja
alguien. Inicialmente parece el triste vestigio de un animal. Segundos más
tarde se insinúan los rasgos principales: se trata de un hombre desorganizado
que lleva puestas misteriosas prendas de sacerdote:
—¡Oh!, ¡no es posible!
El viejo ríe:
—Todo es posible, hijo, todo en el mundo es posible.
—Mi querido Robinson, ¿tú aquí?
—Calma, calma.
—Te hacía muerto.
—¿Muerto? ¿Muerto yo?
—Sí, no había vuelto a tener noticias tuyas, ¿qué querías?
—Muerto he vivido.
La voz de Robinson es firme, escarpada. Sus ojos como de piedra
brillante. Las manos secas, huesudas. Robinson viene del ser y de nada.
Durante su ausencia ha debido desempeñarse como traductor, nodriza,
mecánico de imprentas, maromero en un circo del Cáucaso, destilador de
mentas y otros licores, maestro:
—No sabes la falta que me has hecho por estos últimos tiempos, viejo, si
vieras.
—Lo sentí, no miento, lo alcancé a sentir, por eso mismo he venido de
prisa.
—La infamia de estos últimos días no tiene nombre.
—Nada tiene nombre, hijo, déjate de bobadas, nada, la vida no da para
más.
—Y me he sentido hastiado de todo, Robinson, hasta de aquello que más
he amado, tengo miedo.
El viejo vuelve a reír:
—Calma, calma, deja que la sabiduría descienda lentamente sobre tus
sienes como debe ser, no te afanes.
—Robinson…
—¿Sí?
—No puedo con la memoria, no puedo, me pesa demasiado.
—¿Qué dices?
—¿Recuerdas el patio de nuestra casa en Caracas?
—¡Cómo no habría de recordarlo!
—Era tan sereno, ¿lo recuerdas?
—Últimamente yo también he vuelto a ese patio, no me lo habrás de creer
pero así ha sido.
Su Excelencia no puede impedir que sus manos empiecen a temblar:
—¡Lindos tiempos aquéllos!
—Recuerdo que te leía en voz alta a la sombra de los nísperos, ¿lo
recuerdas acaso?
—¿Era el Emilio?
—Así es, carajo, no lo has olvidado.
Su Excelencia camina, se aproxima a la ventana. Desde allí la imagen se
percibe más nítida:
—¿Y qué diablos haces con esos trapos encima? ¿Estás loco?
El viejo se mira de arriba abajo, carcajea:
—¿No los conocías acaso?
—No, nunca los vi.
—Son de cuando me decían padre Antonio.
—¿Tú?
—Sí, franciscano, ¿no lo recuerdas?
Robinson suelta otra carcajada que retumba dentro del camarote. Su
Excelencia mira a los costados, duda, calcula el alboroto. Luego acompaña las
carcajadas del viejo, tose, ríe de nuevo con prudencia. Hace tantos meses que
no ríe. Cierra sus ojos, entra en la plenitud de la risa franca, regresa. Ahora
Robinson viste un traje diferente, su mirada es otra:
—Vengo de una pena demasiado honda —dice el viejo.
—De una pena, ¿tú?
—Sí, acabo de perder a mi mujer.
—¿Qué dices?
—Eso mismo, como lo estás escuchando.
—¿Aquella que conocí un día?
—No, otra nueva, mi niña de Francia, tal vez no la conociste.
—Oh, Robinson, ¡cuánto lo siento!
—Una fresquísima adolescente de París, si la hubieras visto, un verdadero
pimpollo.
—No lo puedo creer, viejo sinvergüenza.
—No resistió las fiebres, hijo. Murió como un pollito en mis brazos.
—Nunca me avisaste nada, eres un ingrato.
—A eso he venido, acaba de morir, ¿qué quieres?
—¿Qué dices?
—Como lo oyes, aquí en el Magdalena, en este mismo sitio por donde
ahora vamos.
En la ventana brilla cierta luz diferente:
Su Excelencia ve a la niña de Francia recostada en los brazos de
Robinson. Trae sus ojos perdidos en la serenidad de las fiebres. Encima de
una pequeña mesa destartalada descansa el alambique donde hasta ayer ella
destiló aquellos licores que vendía de casa en casa para conseguir lo del viaje
en compañía del viejo sabio. Al lado de la niña los trajes de Robinson dan la
impresión de total ruina, total indigencia, total desorden. Bañado en sudor, el
pimpollo convulsiona, picotea inconsciente los dedos del viejo, expira.
Robinson llora callado, bendice su frente, besa sus labios agrietados, se la
echa al hombro:
—No pudo con sus ilusiones —murmura.
Desde la ventana, Su Excelencia observa cuando ambos casi desaparecen
en el horizonte. Y cuando, sobre la orilla del río, el viejo empieza a abrir la
tumba como una sombra callada. Luego todo se evapora entre lejanía y
colores:
Polvo en las mejillas rotas
Rojo de lápiz en los labios de amoratado humo detenido Claustro
en los brazos
¡Tun! ¡Tun!
El tiempo que era demasiado ya ni siquiera existe
Ni sopla por el lado de las ilusiones ni nada
¡Tun! ¡Tun!
La tierra invita a la fiesta del sueño
Traen regalos en cajones de tablas
Habla el cedro
¡Tun! ¡Tun!
Bailan las palas
La niña de Francia cae de bruces a la fiesta final con su alambique
en los brazos
Lo que desaparece es porque ha sido. Vuelve la fiebre:
De arriba chorrea la música de las primeras contradanzas. Ahí está de
nuevo el Regimiento de las Milicias Pardas. Su Excelencia sacude su cabeza,
coloca una de sus manos en su frente. Fiebres vesperales, cálidas visitas de
calenturas crepusculares que se inician con las primeras brisas de la noche. Sudor denso después, espuma de bajamar, maleza salada del amanecer que
refresca la espalda, los flancos, las sienes blanqueadas.
La música va en ascenso.
Suenan los instrumentos que anuncian el comienzo del baile. Varias
parejas brotan al centro del salón, pisan la imaginaria línea en redondo, dejan
caer al suelo algunos cabos de vela. Enseguida saltan encima, zapatean, cae
una copa al piso, se rompe. Corren los criados, se escucha la barredura de los
desperdicios. Vuelve la calma.
Ahora descienden los perfumes como filtraciones en medio del piso de
tablas. Las mujeres chillan, alborotan como en los tiempos del génesis, se
agitan en delgadas risas de seres que se ocultan del placer dejando siempre
una señal en el camino, una miga de pan en el bosque de Pulgarcito. A
cambio de eso, los hombres arrastran sus pesadas botas, van donde ellas, las
besan en el cuello, en las manos del dulce pantano. Ellas ríen de nuevo, se
esconden pero dejan ver dónde lo hacen. En respuesta los hombres avanzan
torpemente, las arrastran al centro del salón. Otras dos copas se rompen en el
suelo. Vienen los criados y recaudan los desperdicios. Por las grietas del
techo rezuma el licor que había en las copas rotas. Su Excelencia reconoce el
gusto del San Lúcar, se tumba en el camastro. Mastica sus dientes, se revuelca
de rabia. De estar arriba, ahora todas las mujeres serían suyas. Y con
seguridad una de ellas vendría a él, altanera, del brazo de don Juan de Larrea.
Una muchacha con trote de potranca, altiva, de ojos atropellados. El viejo
Larrea hace una reverencia.
—Le presento a usted a la señora de Thorne, general.
Su Excelencia se mueve como un pavo en celo en el atrio de la catedral de
San Pedro:
—¿La señora de Thorne?
—Manuela de Thorne, señor.
—¡Dulce señora mía!
La boca besa las manos: extraño privilegio de las manos, dulce abyección
de los labios. Su Excelencia trata de recordar:
—Podría jurar que la he visto a usted antes, señora.
—¡No es posible!
—Sí, créamelo, esta misma tarde desde mi caballo.
—¡Qué vergüenza!
—¡Oh!, ¿de modo que es usted la misma adorable mujer que casi me
tumba de la cabalgadura?
—No siga, general, no siga usted, me ha hecho avergonzar.
Manuela de Thorne está radiante. Y Su Excelencia cree estar viendo a la
misma persona que le arrojó al rostro aquella corona de laureles en la tarde de
ese mismo día cuando hacía su entrada triunfal por las calles de Quito.
—No fue mi culpa, general, estaba excitada por los acontecimientos,
créamelo, jamás había visto a un hombre como usted.
—Hermoso gesto de su parte, señora.
—¿Me perdonará?
—¡Oh!, señora mía, no diga eso, fue en realidad un honor para mí.
—Gracias general, es usted un verdadero hombre.
Manuela es altanera. Sonríe, hace descender el párpado azul de su ojo
izquierdo, pica la mueca, la picardía, muerde su labio inferior, suspira como
atragantada de flores. Toma por fin al viejo Larrea por el brazo, hace un gesto
cargado de enigmas y se aleja del lugar. De ida saluda a la diestra, cuaja
insinuaciones a la siniestra, habla tan sonora que se la puede escuchar a
distancia. Finge estar en lo suyo, lela en los ojos mismos, en los labios de sus
interlocutores. Pero desde todos los sitios hasta donde la ruleta del festín la
conduce se las arregla para observar cuanto Su Excelencia hace, con quién
habla, a quién toma de las manos, dónde se posan sus pequeños y tristes ojos
negros.
Arriba el baile se toma más intenso. Una mujer zangolotea el currulao,
divierte a las tropas que la rodean, hacen la fiesta en redondo de su cuerpo
exaltado. Cinco copas más ruedan por el suelo. Las botas de los generales y
de otros oficiales las trituran contra las tablas antes de que pueda llegar la
servidumbre. Su Excelencia golpea la almohada con los puños, siente que
llora. Rema la rabia en su mar. De repente, Jonotás lanza un grito desgarrador,
irrumpe en el salón dispuesta a ejecutar la maroma mortal que muchos
oficiales le imploran. Están ebrios, exhiben sus labios rajados por las huellas
del vino. Ahí está el coronel Fergusson, rojo irlandés hinchado de alcohol,
palmoteando las contorsiones de Jonotás:
La esclava tiene sus esclavos, se los merece.
Jonotás se dispone a bailar en cuclillas hasta dejar sus genitales impresos
en el piso. Viste de soldado, lleva amarrado a su cabeza aquel trapo rojo de
siempre. Sin embargo, para la ejecución de la maroma mortal ella debe
cambiar su uniforme de húsar por una falda de amplios pliegues. Corre a su
alcoba y regresa vestida de mujer. A su lado alborota el almizcle, un
penetrante talco de pestilencias orgánicas. Manuela corre a su lado, le entrega
una copa llena de vino que Jonotás desocupa de un envión. Luego se lanza al
centro del salón. Se contorsiona, hace que su baba ilumine el fervor de su boca. Ruedan los clarinetes, toda la oficialidad se agolpa en redondo. Jonotás
danza febril, ordena flujos de relámpagos sobre su cuerpo. Entra en éxtasis,
brama, baja lentamente al centro de la tierra, tiembla. Besa el piso, se levanta,
huye como loca por los corredores, carcajea: como dos grandes cascos de
naranja brillan sus genitales en el suelo eterno.
Fergusson palmotea, arroja espuma por su boca, rueda encima de una
silla, se duerme ebrio. Y casi todas las mujeres que todavía permanecen en la
Quinta empiezan perplejas a desfilar hacia sus casas, como golpeadas por el
puño de una transgresión de donde jamás podrán regresar. En un rincón, Su
Excelencia lo observa todo, permisivo. Ahora la música de las contradanzas
cobra nueva fuerza, se eleva al cielo como en el gran baile de la resurrección
de la carne. Su Excelencia despabila sus ojos, da un salto, queda sentado en el
borde del camastro. Azota con sus botas el piso, putea:
—Mi gloria, mi gloria, ¿por qué la destruyen?
El esfuerzo del grito pone a silbar su pecho. Tose. Tos seca al principio
que después se desgarra. Como si en sus pulmones hubiesen muros de papel
mojado que se estuviesen viniendo abajo. Cortinas viejas, gobelinos, lirios de
trapo, percales podridos, a causa del polvo de las ventanas, tablas blandas. Y
se queda sin aire, suspendido de repente en una especie de limbo orgánico.
Pasan los segundos, se juntan los instantes en el tibio líquido del tiempo que
corre, no respira. No puede hacerlo a pesar de la desmedida órbita de sus ojos.
Arriba los oficiales alborotan, juntan con láminas de metal las palmas de sus
manos. Pero las carcajadas de Jonotás superan todo escándalo. Corre la leche
del tiempo, se cuaja en cada pálpito, en el lomo nevado de cada instante. El
aire no entra en los pulmones. Blando, Su Excelencia empieza a doblarse en
el camastro como una vela derretida:
—¡Me muero!
Y ve la luz eterna:
Una luz que es como una mariposa que acaba de brotar en un cristal de
hielo. Más allá de esa luz observa una puerta. Portal abierto hacia un gran
fondo helado, petrificado por la acción de la muerte, de los extensos días
despoblados:
—Es cierto, es cierto, la muerte es fría, qué fría es la maldita muerte.
Toda muerte pone en fuga cualquier tibieza
La mano asombra por lo perdido
El labio desciende a lo inconcluso
El pie agarrota
Hasta la exaltación espanta
Nada existe tan frío como el instante en que el fuego se apaga en
el ser
La puerta que Su Excelencia percibe es como un dios que bate él mismo las
naves. Ve los rostros de sus abuelos, las imágenes de sus antepasados. Todo
está en orden, bañado por la nostalgia de las fotografías. Venteado sin
embargo por una brisa helada, misteriosa. Hacia el fondo la visión es aún más
nítida a pesar de la profundidad en perspectiva. Van y vienen gatos, pájaros
esponjados, animales de fósforo con grandes cornamentas. Ahí está la isla de
Santo Domingo, barrida por un sol infiltrado. Las arenas brillantes. Corre el
año de 1550 y sus viejos parientes ya han puesto sus pies en la isla. Van hacia
Caracas, enrolados en el servicio de la Gobernación. Más atrás escucha la
madrugada del 13 de octubre. Una madrugada en el mar, en medio de los
sargazos temblorosos del Caribe:
Gente muy fermosa:
Los cabellos no crespos, salvo corredios y gruesos, como sedas de
caballo, y todos de la frente y cabeza muy ancha más que otra generación que
fasta aquí haya visto, y los ojos muy fermosos y no pequeños y ellos ninguno
prieto, salvo de la color de los canarios.
—¡Dios mío, déjame morir serenamente por el inmenso amor de esta
patria que he fundado, déjame morir!
Las piernas muy derechas, todos a una mano, y no barriga, salvo muy bien
hecha.
Ellos vinieron a la nao con almadías, que son hechas del pie de un árbol,
como un bargo luengo, y todo en un pedazo, y labrado muy a maravilla según
la tierra, y grandes en que en algunas de ellas venían cuarenta o cuarenta y
cinco hombres, y otras más pequeñas, fasta haber de ellas en que venía un
solo hombre. Remaban con una pala como de fornero, y anda a maravilla.
Y si se trastorna, luego se echan todos a nadar y la enderezan y vacían con
calabazas que traen con ellos. Traían ovillos de algodón filado y papagayos y
azagayas y otras cositas que sería tedio de escribir, y todo daban por cualquier
cosa que se los diese. Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro, y
vide que algunos de ellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que
tienen a la nariz, y por señas pude entender que yendo al Sur o volviendo la
isla por el Sur, que estaba allí un Rey que tenía grandes vasos de ellos y tenía
mucho. Trabajé que fuesen allá, y después vide que no entendían en la idea.
Determiné de aguardar fasta mañana en la tarde y después partir para el
Sudeste a buscar el oro y piedras preciosas. ¡Ay! Don Cristóbal, don
Cristóbal.
Su Excelencia respira.
Puede por fin arrastrar un poco de aire a sus pulmones cuando la lumbre
del extremo del corredor comienza a brillar con mayor intensidad y el viento
se toma cuanto más frío. Rueda por el suelo. Putea de nuevo, rabioso. Se
inclina, agarra la manta que le sirve de abrigo en sus incursiones a la cubierta,
se arropa. Camina en cuatro patas hasta la puerta, espera. Sabe que no debe
salir en esas condiciones. Gana fuerzas. Toma la cerradura, se apoya en ella,
consigue ponerse de pies. Aguarda unos instantes, todos los instantes
necesarios. Seguro de no volver a rodar por el suelo abre la puerta, sale. Una
bocanada de viento lo empuja contra el mamparo, lo azota. Y ríe. No puede
dejar de reír:
—¡Puta la vida!
La bocanada de tiento se lo engulle. Salir al viento es como salir a la vida.
Y vuelve a reír. No sabe por qué, pero vuelve a reír. De pronto canta, lo hace
como un pájaro enfermo con una voz de muerto cubierto de cenizas. Canta,
canta. La cabeza de Su Excelencia es ahora más blanca que al comienzo del
viaje.