La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 50 de 51

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La ceniza del Libertador

Cincuenta

 

Su Excelencia es depositado en un cajón de pisos de secas pajas, dejado ahí

por manos delicadas para ser conducido a San Pedro. Ramas como nubes

dulces, pajas frescas, esponjosas, inofensivas. Cuántas albas en los ojos,

cuántas tardes sentado en el paisaje de la ventana que nunca llegó, cuántas

noches en duermevela. Sueña él con muchos días imaginarios, tal vez

verdaderos en que anduvo por ahí a la deriva del destino, humedecido por las

evaporaciones de las ciénagas de Turbaco, señalado en la piel por las sales

marinas de Cartagena, Barranquilla, Soledad, Sabanilla. Días y noches de

extravío, perdido a solas en medio de un tumulto de adulaciones, de vientos

cargados de presagios, de ríos de palabras, de papeles amarillos. A su lado,

Fernando. Al otro lado, Palacios con sus perros:

—Hey, Fernando, llévame a Sabanilla.

—Estamos en Sabanilla.

—Llévame entonces mar adentro, quiero cantar, hace tanto tiempo que no

lo hago.

—No puedo, tío, ahora mismo vamos hacia Santa Marta.

—Llévame ya mismo mar adentro, deseo vomitar, a eso he venido.

—El bergantín espera, tío, ya no hay tiempo.

—¿Vamos para Santa Marta?

—Sí, para Santa Marta.

—Chulo, asómate, ¿sabes una cosa?

Fernando se inclina, asoma su rostro por el orificio lateral del cajón donde

Su Excelencia ha sido depositado como un animal enfermo:

—¿Qué?

—Que deseo conocer ahora mismo ese país que nunca he visto, eso es

todo.

—¿Cuál, señor?

—Santa Marta, la Sierra Nevada donde dicen que existen climas

templados para mí, climas como los de Ocaña.

—Ya veremos, tío.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

—No es por nada, señor, no es por nada.

—Llévame a los infiernos, carajo, no me obliguen ustedes a permanecer

donde no puedo ni quiero vivir, ¡sácame de aquí, quiero irme lejos!

—Vamos, señor, el bergantín aguarda.

Cuatro hombres corpulentos alzan el cajón de pisos de paja, lo llevan, lo

traen. Pero el bergantín Manuel también hace parte ya de las cosas pasadas,

de aquella historia cumplida, acaba de fondear en Santa Marta. Sabanilla ha

quedado atrás, el viaje doloroso ha concluido. Su Excelencia es puesto en

tierra firme, echado de espaldas en el cajón de pisos de paja. Son las siete y

media de la noche. A su lado, como en sueños, desfilan lámparas de aceite

que alumbran las piedras amusgadas, las patas de algunos caballos lentos.

Pasa también el follaje de las plantas. Una suave brisa que viene del morro

refresca su frente donde desde las siete brillan los carbones de la fiebre en

llamas. Del rincón de las pajas, de las ramas como dulces nubes de azúcar,

brota aquella voz de mortecina:

Cuerpo muy flaco, extenuado, semblante adolorido. Constante inquietud

de ánimo, voz ronca, tos profunda con esputos viscosos de color verde. Pulso

comprimido. Todo indica que el enfermo sufre de padecimientos morales.

El cajón se balancea y los pies de los hombres que lo cargan crujen en las

piedras. Definitivamente la noche es fresca, el viento sopla a la altura del

anda. Los hombres dan la vuelta y llegan a un sitio donde se detienen. Luces

de otras lámparas, golpes en las puertas que se abren, tumultos, expresiones

de asombro y un zaguán fresco donde el cajón tropieza contra los muros de

piedra blanqueada. Adentro del contraportón el patio con su olor de

yerbabuena, de apio, de toronjil. Dulces olores de otros días, presencias de

pasados tiempos. Como en sueños, Su Excelencia observa pasar abajo los

cuadros del piso de ladrillo quemado, las junturas barridas, húmedas aún, las

bases de los pilares redondos. Y allá, en la gotera del patio, el musgo, esas

violetas escondidas, los pequeños caracoles de diminuto cascarón alargado

recorriendo el borde de los terrones mojados. Los cargueros avanzan por el

corredor, tropiezan en el pilar de la esquina y doblan hacia la alcoba principal.

De una viga cuelga una jaula de madera donde duermen ya unos canarios. La

jaula está cubierta con un trapo azul. Arriba, por el roto del patio, se observa

el brillante cereal de las estrellas esparcidas en el cielo por la mano de un

pastor invisible.

El cajón es descargado en el piso y Su Excelencia siente que unos brazos

amigos lo sacan de ahí para colocarlo donde el olvido no alcanza a ver. Pajas adheridas a sus ropas, a su pelo revuelto. Hojas secas como dulces nubes de

miel se pegan a su pellejo flojo, a las salientes de sus huesos. Habla no se

sabe qué cosas, escucha el concierto de todos los sonidos de la noche. Hay

grillos en el patio, pasos que van y vienen afanosos, infernal sonido de

morteros de porcelana en el aposento de al lado. Pero sobre todo un hondo

silencio, aquel quieto pasmo en todos los ojos que lo ven y no creen.

 

Noches

Días como noches que pasan abanicando sus rotas velas

Gualdrapazos nocturnos en el decorado de las ventanas en ruinas

Esos gnomos con sus babas hirvientes asomados en el papel de

colgadura de la alcoba

De los aposentos contiguos

Hasta en el gran salón de las lámparas apagadas

Noche interminable en el país de las grandes fiebres

De la tos

Tiempo de sol cuando los ávidos ojos procuran lo último de cada

cosa con la vieja ternura de un paisaje de niños que no se

saben vistos por las hendijas

Días enteros asomado él a la ventana que nunca llegó

Sólo lluvia de fuego en el lejano paisaje de la mar

Ni siquiera cumplido el designio del vómito sideral

El deseo del Gran Vómito

La estética de la muerte que apaga afanosa los últimos fósforos

Vámonos, vámonos

 

Pasan los días y todo se amasa en un mismo saco. El hastío ya no consigue

separar lo que fue la gloria de otro tiempo de lo que es su ruina de ahora. Su

Excelencia apenas respira con dificultad, abre sus párpados despellejados y

deja ver el fósforo que la biología aún se da el lujo de mantener encendido.

Hasta que un día de diciembre Su Excelencia despierta delante del portal

de San Pedro. Un viejo bonachón de grandes barbas le da la bienvenida y le

entrega un manojo de llaves. Su Excelencia las toma, hace un esfuerzo

sobrehumano pero las llaves golpean contra el piso de secas pajas del cajón

donde es transportado. Fernando permanece a su lado y Palacios no se separa

del otro costado por donde sopla ese viento que hace flamear las orejas de los

perros. Arriba, en las ramas verdes de los tamarindos, un concierto de pájaros

invisibles:

—¡Hey, José, asómate! ¿Es que piensan dejarme aquí?

Palacios corre junto al cajón, asoma sus ojos:

—¿Qué desea, señor?

—¿Sabes una cosa?

—Sí, diga usted.

—Me siento perfectamente, hoy correremos por estos países. ¿Todavía

sabes correr como antes? ¡Qué va, ya no sabes correr!

—Correremos, señor.

—Nos iremos a la Sierra Nevada, eso es, de paraje en paraje.

Atento, el médico se acerca:

—¿Se le ofrece algo a Su Excelencia?

—Hablaba no más, doctor, admiraba este país de San Pedro.

—Es fresco, Excelencia, apacible como ninguno, ya verá usted lo mejor

que se sentirá.

Su Excelencia se queda mirando los ojos de Reverend:

—Dígame una cosa, doctor.

—¿Sí?

—¿Y usted qué vino a buscar a estas tierras?

—¡La libertad, Excelencia, la libertad!

Los labios de Su Excelencia tiemblan resecos, dibujan una enigmática

sonrisa:

—Y, dígame, dígame la verdad, ¿la encontró usted?

—Sí, mi general, la encontré.

—Ya lo ve, ya lo ve, usted es más afortunado que yo, doctor, yo todavía

no la he podido encontrar.

Pájaros en concierto, viento, aquella ligera llovizna de verano que barre el

polvo arenoso depositado en las hojas marchitas. Lejos, muy lejos, el hondo

mugido de un vapor que zarpa en la bahía. Junto a los muros de la casa el

trapiche muele la caña. Más atrás, en la edificación de la destilería, una

muchacha canta entre los perfumes. Es la vida que no se detiene:

—¿La oyeron?, ¿la oyeron ustedes?