La ceniza del Libertador
Diez
En ese momento un espacioso portón de viento se abre arriba, pasa barriendo
la cubierta de encima y empuja hasta la popa el final de una contradanza. El
bombo se detiene, el clarinete sopla unos cuantos registros más, aletea, se
extingue. La fiesta de arriba ha terminado. Sorprendida por el alba del día
pero acaba de terminar. El sol canta por las ventanas invisibles, empuja en los
hombros, sacude el encortinado. Con plomo en los pies comienza a
escucharse el desfile de los invitados que todavía permanecen en la espesa
goma del salón. Tin, tin, suenan las copas vacías, chorreadas de San Lúcar.
Ebrios en la flor del alba que huye, perfumados en la gardenia que el sol
maceró, los últimos invitados se abrazan a sus enamoradas que hablan más de
la cuenta, que supuran carcajadas que son en realidad chillidos de animales
golosos, bestias en celo, húmedos labios, vientres deseosos de todo oprobio,
dulce mal, de todo vilipendio, de ser arrastrados a los matorrales del lecho
para la cuestión de la cópula, de los rosolis perfumados en las mesitas de
noche.
Licores de rosas
Estruendo de ramas que se quiebran
Blancas mesitas de noche vestidas en la oscuridad del recinto
Aleteo en los labios
Aquel instante del líquido
Aquel fervor gemido
La caída a ese otro lugar donde todo es lo mismo
Pero donde todo comienza de nuevo
Una gran luna que dobla en el horizonte de toldas de yemas rotas
Un coro de lobos en el centro de semejante luz
Amor y sueño
Pero el viento que viene de arriba no sólo arrastra los sonidos del final de la
fiesta sino también los perfumes, extrañas filtraciones que bajan por las ranuras de la madera machimbrada de los pisos. Lelo en la popa,
ensimismado en la niebla que pasa junto con los pájaros, Su Excelencia
vuelve a ver las aguas del Mediterráneo. Y, en medio de ellas, un barco que se
dirige a Grecia:
—¡Hey, hey, miren aquello!
Nadie escucha su voz, pues la visión es sólo un instante interno, fulgor de
lo íntimo. Aquel barco que Su Excelencia observa cruzar más allá de la popa
lleva su nombre escrito en un costado. Su nombre, letra a letra, cubierto por
esa brisa brillante y miserable que llaman la gloria. Al comando de aquel
navío que viaja rumbo a Grecia va un hombre. Un hombre que ha
enloquecido por culpa de su ejemplo, por causa de la idea de la libertad. Ha
decidido ir a luchar por la libertad, lo ha dejado todo atrás. Su Excelencia lo
observa pensativo en la popa, agita su bicornio azul:
—Hey, bey, quién eres, ¿quién eres tú que conduces un navío que lleva mi
nombre?
El hombre escucha desde su popa, se agarra a la barandilla:
—¿Que quién soy? Pues soy poeta, si lo quieres saber, ¿qué pasa?
—¿Poeta?
—Sí, ¿y qué? ¿Es que está prohibido a los poetas salir mar adentro?
Los gritos de popa a popa se derriten en el agua encrespada:
—Está bien, pero es que no entiendo, no entiendo nada.
—¿Qué es lo que no entiendes?, a ver, dilo de una vez, pobre hombre.
—Pareces ir a la guerra, eso es lo que veo.
—Así es.
—¿De ese modo? ¿Vas a la guerra de ese modo? No entiendo esa sonrisa
de loco.
—¡Cómo de ese modo!
—Yo vengo de la guerra mientras tú marchas a ella, no entiendo nada de
lo que está pasando.
El hombre se carcajea:
—Déjese usted de bobadas, ¿de qué otro modo podría ser? Estamos en el
mundo, hombre, ¿qué otra cosa quieres?
Su Excelencia también ríe:
—¿Y a qué crees tú que vas?
—Voy a morir por la libertad, eso es todo, por la libertad de Grecia.
Tengo derecho.
—¿Vas a luchar por la libertad o a morir por la libertad? ¡Dilo, dilo, fuerte
que casi no oigo!
—¡A morir!
—Estás loco, vete, vete rápido a tu muerte, pero borra de tu barco mi
nombre, sólo te pido eso.
—¿Cómo? ¿Tu nombre? No me hagas reír, mira tus ropas, eres un
pordiosero, eso es lo que eres, no me hagas reír.
—Dime tu nombre, olvídalo, era una broma, pero dime por favor tu
nombre.
—¿Mi nombre? Lord Byron, señor.
—¡Suerte, suerte!
—Dizque tu nombre, mira bien qué locuras dices, corre a mirarte en el
espejo, eso mismo es lo que debes hacer.
—Olvídalo, olvídalo.
—¡Dizque tu nombre! ¿Estás loco? ¡Tú eres el loco, tú!
La visión huye.
Fernando toma a su tío por el brazo, lo invita al comedor; Sopla el viento,
el cielo se llena de una espesa fauna de aves. Pasan otros patos, loros, águilas
de pajaritos en la cresta, lentos garzones blancos, rosados. Las cagacelas
atisban, cazan al vuelo las escupas de estiércol de las otras aves, las tragan:
—¡Mira las cagacelas, míralas!
El hombre que se tambalea en la popa camino del entoldado de proa, cuyo
nombre escribió Lord Byron en el pecho de su nave de guerra antes de ir a
morir a Grecia, es el mismo que ahora murmura bajo la visión de las
cagacelas voraces en el cielo. Un hombre del color del cobre, de pelo
apelmazado, consumido en el hastío de los días, en cuyo honor Jorge
Washington ordenó a Gilbert Stuar dibujar una diminuta imagen con su firma.
Caminando, arrastrando sus botas, pateando los bultos de los aparejos de
cáñamo, el cubo de brea, los recuerdos toman cuerpo, se enriquecen, gritan
vivaces como papagayos en sus varas, se transforman en otras imágenes más
vivas, ya no son lo sucedido en limpio aunque lo sucedido continúa siendo lo
mejor de su verdad renacida en la edición:
—¿Dices que lo recordado no es lo mismo que lo sucedido? Hablar a
solas es como devorar alimentos invisibles.
Doblan, hacen a un lado el biombo de percal, entran al comedor. Las
mesas están listas: tendidas, limpias. En la mesa del fondo, a estribor, todos
ven de nuevo al hombre de los recipientes de metal de la noche anterior. Se
entretiene él con una taza de café, fuma en una pipa. Tabaco perfumado,
fumarola que invade el recinto, da vueltas, busca el roto de la puerta:
—Míralo, míralo fumando.
—¡Ufff!
—¡No tolero ese tal almizcle!
Santana se acerca a Su Excelencia:
—General, ¿quiere usted que le hable al señor?
El hombre despierta, sin más levanta sus ojos:
—No es necesario —dice—. Si es por el humo no hay problema alguno.
Coloca su pipa en la mesa, algunas cenizas apagadas ruedan encima del
mantel, expiran. El hombre habla lo justo, lo necesario. Sus gestos son
medidos, lindan lo imprescindible. Ha levantado sus ojos del sitio donde antes
los tenía, en la lectura, traza un ademán cordial que todo lo refresca, regresa a
lo suyo. Usa lentes de aro negro, delgado, el espesor de los vidrios indica una
miopía avanzada. Labios delgados, frescos, saludables, siempre húmedos,
rosados. Buen color en los pómulos, piel sana en lo visible, pestañas crespas,
cejas gruesas, espesas, un lunar de carne en una de ellas, barba cerrada, azul
en las mañanas, negra en las tardes. Talco de caspa en los hombros de paño,
en el cristal de sus lentes. Corriendo aparece Bernardino. ¿Dos simples
visiones?
—Perdón, perdón, buenos días, Excelencia, buenos días mis coroneles.
Coro de saludos:
—¿Qué nos tienes?
Bernardino termina de ajustar sus guantes. ¿Existe en realidad?
—Café fresco, huevos al gusto, arepas de maíz.
Fernando interviene:
—Su Excelencia desea algo de fruta.
—¡Oh!, ¡por supuesto! A ver, a ver, algo de fruta…
—Di, qué frutas tienes, di.
—Bueno, a ver, mango, naranja, papaya. Perdón, la papaya no está muy
dulce.
Su Excelencia piensa como entre florestas:
—Quizás naranja.
Bernardino está radiante, brilla tanto como lo invisible a la luz de otros
días.
—¿En jugo?
—No, para morder. Dicen que comidas las frutas son mejores que
bebidas.
—¿Sin cáscaras?
—Eso sí, sin cáscaras.
Bernardino extiende sus brazos alas:
—¿Y para ustedes?
—Lo que usted dijo, ¿no es así, coronel?
Santana despierta:
—¿Qué?
—Café, huevos fritos, tortas de maíz, ¿no es así?
—¡Eso, eso!
Bernardino se inclina, ajusta de nuevo sus guantes, gesto repetido, vicio,
corre a la cocina. En ese momento cruza por la puerta del comedor una
sombra. Palacios da el aviso, procura mantener en su lugar a los perros
excitados:
—¿Vieron ustedes?
—¿Qué?
—¡La sombra!
—¡Cómo la sombra!
—Sí, aquélla, la que acaba de cruzar por aquí, ¿es que están ciegos?
Santana salta, gana la puerta, ve cuando la sombra dobla por el pasadizo
auxiliar. Desenfunda su sable, corre en su búsqueda. Fernando y Palacios
permanecen en guardia, atentos.
Cuando Santana llega hasta el pequeño salón y dobla por el pasadizo del
fondo, tropieza de pronto con el hombre de la levantadora de seda roja del
otro día:
—¿Usted aquí?
—Buenos días, coronel, perdone mi indumentaria pero es que apenas
amanece, ¿me buscaba?
—Vimos una sombra, no sabía que se trataba de la suya.
—Descuide, lo comprendo, lo comprendo, en la mañana se forman
muchas sombras, eso es frecuente en el invierno, bajando por el río hay tantas
visiones, eso es tan natural.
Bajo el brazo el hombre carga su portafolio. Lo abre, busca afanoso entre
los papeles, se deleita con el manoseo interno de los documentos, las tintas,
los cartones secantes, los sellos. De pronto hace el que recuerda:
—Ah, a propósito que lo veo, coronel, el capitán manda a excusarse ante
Su Excelencia, es una pena, créamelo.
—Mi general desea verlo.
—Lo verá, descuide, lo verá tal vez al caer la tarde, aunque sea por un
instante, descuide usted.
Santana mira a los lados:
—Durante toda la noche debimos soportar lo de arriba.
—¿Lo de arriba?
—El alboroto ese, ¿es que acaso no lo escuchó?
—¡Oh! ¡La fiesta, válgame Dios!
—¿Cuál fiesta, cómo se atreve?
—Perdón, el ensayo.
—Pero es que también escuchamos ese miserable pliego de calumnias
contra Su Excelencia.
—¿Pliego de calumnias?, ¿es eso exactamente lo que oigo? No puede ser,
eso sí que no puede ser.
—Exactamente.
—Pues, si es así, eso no debe continuar de ninguna manera.
El hombre saca de su portafolio un pliego, una pluma, un frasco de tinta,
escribe. Chupa su lengua, goza su oficio, golosina en sus ojos. Al terminar
extiende el pliego:
—Firme, firme aquí, coronel, por favor.
—¿Qué? ¿Que firme qué?
—¡Cómo qué! Pues la petición para que se inicie ya mismo una
investigación exhaustiva sobre todo este asunto. No permitiremos que las
calumnias prosperen a bordo, y mucho menos en relación con el honor de Su
Excelencia.
Santana no entiende:
—Las escuchamos, señor, todos nosotros las escuchamos, venían de
arriba.
—Exactamente, eso será lo propio de la investigación.
—¿Puedo subir?
El hombre del portafolio sonríe:
—¿Arriba? Por supuesto, no faltaba más. Y, ¿cuándo?
—Ya mismo, ya mismo, señor.
—¡Oh!, coronel, no sea así, cómo se le ocurren esas cosas, ahora es
imposible, todo está en desorden, no me haga eso.
—Sospecho de lo que pasa arriba, eso es todo.
—No me haga reír, coronel, es injusto, se lo juro, nunca he oído algo más
injusto, válgame Dios. ¿Me firmará?
Santana firma, los ojos del hombre brillan como nunca:
—¡Ah! Olvidaba lo más importante, cómo pudo haberme ocurrido.
—¿Qué?
—¿Recuerda usted la petición del pasaporte que Su Excelencia me firmó
ayer?
—¿Que si la recuerdo? ¡Pues claro, hombre!
—Fíjese usted, no sirve, se trata de una verdadera desdicha.
—¿No sirve?
—¡Muerta, es como si estuviese muerta!
—¿Cómo, qué ha sucedido?
—Olvidamos los timbres, cómo le parece, está muerta. Es triste admitirlo
pero es así, muerta.
Santana agita sus brazos, grita:
—¡Pero, hombre, no hay timbres a bordo!
—Eso es lo que usted cree, coronel, eso es lo que usted imagina, pero no
es así, no está del todo descompuesto el mundo, mire, aquí los tengo. ¿No los
ve?
El hombre palmotea en su portafolio, fija sus ojos en él, Santana
parpadea:
—Qué me dice, ¿tiene usted sellos allí?
—Soy un hombre previsivo, coronel, ¿qué se ha creído?
—¿De verdad los tiene?
El hombre vuelve a palmotear en su portafolio, pone a brillar sus pupilas:
—Por supuesto que sí, ja, ja, aquí los tengo, ¿no siente su perfume?
Abre el portafolio. De un bolsillo secreto saca nervioso una pequeña
cartera. Introduce sus dedos, selecciona al tacto el valor de los sellos, los pone
en la mesita. Guarda la cartera, saca el documento firmado por Su Excelencia
en relación con su pasaporte, se acurruca, lo extiende en sus rodillas. Pasa los
sellos por su lengua, los pega. ¡Raros sellos para la época! Una vez todo en
regla, le entrega el documento a Santana:
—Tenga, tenga la bondad, coronel, recíbame usted.
Santana recibe el papel, no entiende:
—Qué bago, señor, ¿qué hago con él ahora?
—Muy sencillo, pues vuelva a ponerlo en mis manos, así de fácil.
—¿De nuevo en sus manos?
—¿Y qué quiere? Se supone que el trámite debe comenzar de nuevo, ¿no
es así? Recuérdelo usted, estamos en un país de leyes, no lo olvide.
—¿Usted se encargará?
—De todo, absolutamente de todo, pierda cuidado, Su Excelencia se
merece lo mejor de parte de sus súbditos.
Santana regresa el documento a las manos del hombre, este lo introduce
dentro del portafolio, se despide:
—Le ruego me disculpe, coronel, debo poner el documento en el correo lo
antes posible.
Se aleja.
Santana sigue al hombre en su recorrido, está mareado. Lo ve salir al
pasadizo exterior; observa cuando se detiene en un lugar escondido entre el
comedor y la popa, cerca a la estructura del puente. Ve cuando abre su
portafolio, cuando de espaldas al paisaje coloca el documento en un sitio
donde sus ojos no llegan. Una ráfaga levanta su bata de seda, pone a la vista
sus rodillas, sus piernas huesudas. Puesto el documento en el lugar invisible,
el hombre se escurre, desaparece por un costado, Santana corre, se oculta para
ver. De pronto una paloma desciende sobre su cabeza, vuela hasta una especie
de repisa, toma en su pico los papeles, alza el vuelo. Ve pasar la paloma junto
a las chimeneas, dar una vuelta en redondo del segundo piso. Al final
desaparece por el lado de la popa. El correo acaba de partir.