La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 29 de 51

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La ceniza del Libertador

Veintinueve

 

 

Es mediodía:

Toda la mañana la ha pasado tratando de controlar la respiración para

evitar un nuevo acceso de tos. Ronca, carga flema. Siente la amenaza

constante de algo que es como la tela de una cortina vieja que se descuelga.

No sabe si ha dormido, si solamente ha pensado triste durante largas jornadas.

La música casi desapareció arriba, vaporizada en la resolana del día, por lo

que puede estar más tranquilo. Sin embargo todo arriba es igual. Pasan

regimientos de un lado al otro, truenan órdenes de mando, chorrean notas

destempladas, perfumes rancios de vez en vez. No son reconocibles las voces

pero todo indica que entre ellas se han mezclado últimamente las de sus

peores enemigos. Amenaza la lluvia. ¿Sueña?

Sale a cubierta. Dentro del camarote el calor resulta insoportable. Camina

hasta el castillo de proa acompañado a distancia por Palacios, el bayo y el

rubio. Allí el aire, aunque cálido, por poco desató el acceso de tos que viene

evitando desde las horas de la mañana. Trae fiebre. El ciclo de la calentura

avanza hacia su gloria. Es algo que lo asedia en determinados momentos del

día: a la medianoche, al crepúsculo, al mediodía. Todo en él se cumple dentro

de un riguroso sistema de ciclos orgánicos: su corazón, tic-tac, comprimido

pero regular, sus fiebres de fijos horarios, su estómago difícil pero previsible,

su tos siempre inminente, agazapada junto a cada palabra, compañera de

todos los instantes.

La hora de la fiebre ha llegado. Acostumbrado a su padecimiento debe

rendirse ante ella. Vestida con su camisón donde los ojos cristalizados ven

tantas cosas misteriosas, parece una señora puntual que todos los días empuja

la leche, el pan a la puerta. A la medianoche nadie la iguala murmurando en la

alcoba con su frente adornada de diademas de carbones encendidos. Pasan las

horas, conversa en un tono monocorde de estufa que cocina con el prestigio

de su rescoldo. Sin saberse exactamente de qué modo, hacia las tres de la

madrugada ella se duerme y entran sus ayudantes con abanicos, trapos

mojados. Hacia las seis, cuando amanece a través del brillante polvo suspendido en las grietas ya todo está bien. Hay sudor en los flancos, en la

ropa, pero el estado general resulta aceptable. Ocurre el desayuno: algo de

fruta, agua con apio, la prueba del queso, del pan. Hacia las diez comienza a

sentir frío, erizadera. Frío interior nacido en la almendra del hueso. Una hora

después las mandíbulas saltan, comen de sus propios dientes. A las doce

meridiano la fiebre toca su concierto, los tenores y los bajos abren sus bocas

en éxtasis. De arriba baja el bochorno, el viento se detiene en las ramas, los

pájaros acicalan sus plumas a la sombra, escuchan correr las rápidas fuentes.

Huye el apetito, hasta la ilusión de vivir. A la una de la tarde ya no sabe

exactamente quién es. Observa muchas cosas del pasado, disfrazadas pero

reconocibles. Cosas que le producen alegría pero también hastío. No desea

dormir pero la biología lo abandona en un sopor equivalente a la inconciencia.

Los minutos desaparecen, la vida entra en un piélago sereno donde los

fantasmas no asustan, se limitan a flotar suspendidos en la luz de los

corredores como seres amigables. De pronto, al final de una larga bajada, Su

Excelencia comienza a despertar de su torpor. No necesita consultar su reloj

para saber que van siendo las cuatro. Ha vuelto a sudar, está fresco. Pero sus

músculos parecen venir de una ceremonia donde debieron ser flagelados.

Vuelve la alegría, los ojos recuperan cierto brillo de humedad. Bebe agua

filtrada, remoja las cáscaras tostadas que hay en sus labios, en su lengua. En

ocasiones consigue pasar algún alimento sólido. Conversa con cierto ánimo,

traza proyectos para el porvenir. Proyectos de largo, mediano, de corto plazo.

Dibuja con sus manos sobre el mantel mucho de aquello que aún falta por

hacer, ríe. Hace chanzas a sus amigos, pronuncia palabras de grueso calibre,

deja que las horas escapen.

Sin darse cuenta del asunto del tiempo vuelve a sentir frío. Y sin consultar

su reloj adivina que ya van siendo las seis. Lejos, el sol rueda. Es la peor hora

del día. Su cuerpo, su piel se erizan, tiembla como un animal atrapado en una

cueva. Ahora el frío se asocia a la tristeza, al sereno hastío del momento. Y

cae en una hondura misteriosa de la que no cree poder salir. Todo deseo se

espanta, se malogra al teñirse con la acuarela del horizonte. Reza. Es el

momento de unirse a algo que vislumbra en un lugar extraño donde el corazón

tiene más tino que inteligencia. La señora del camisón de fuego ya ha vuelto,

está en el jardín apañando leña, juntando troncos para el fuego de la noche.

Llama a la puerta, entra, está en su casa y se mueve con entera libertad. Fiebre

y sombra se juntan. Crece la noche, la señora hace las camas, el fuego inicial,

deja todo listo y va al patio donde canta lejana. Hacia las nueve hay un

espacio maravilloso, una especie de valle preliminar a las altas montañas del fuego. Allí soplan frescos vientos. Tan frescos que a veces Su Excelencia

siente frío. Las ropas están húmedas por dentro. Se muda, comprueba en las

flexiones la densidad de las flagelaciones. Pero su mente está limpia, continúa

trazando utopías. Bebe agua filtrada con cocimientos de apio, cidrón, toronjil,

orégano. Plantas sabias. Devora algo sólido, boga cuando puede media taza

de sustancia de palomas, mira las estrellas, recita en francés algunos versos.

El cielo vuelve a ser el mismo enigma de siempre, agradable a los ojos

acostumbrados a mirar desde la ventana, prometedor al sentido de la utopía.

Fija sus ojos en el cereal que brilla, identifica en su lugar a su adorable

Venus:

—¿Eres tú el planeta, o lo soy yo en cuanto al lugar donde nace la

pregunta?

Siente que la memoria del amor lo invade:

—¡Estoy solo, inmensamente solo de todo amor!

Como en los momentos más solitarios de su gloria ni siquiera le interesa

la respuesta. Siente que avanza a ciegas por el cauce de un río sobre cuyas

aguas espesas se acuestan los troncos de los árboles, las selvas más espesas de

todo el universo. Del lado de la proa sube ya el esponjoso almizcle de la mar.

Mar lejana, aún invisible. Arriba los movimientos continúan. La música del

baile todavía suena como si viniese de un viejo salón olvidado donde se

ofrecen lánguidas tazas de té en la mañana de alguna terraza soleada.

De pronto llega el anuncio del frío. La travesía por el valle de los frescos

vientos termina, todo indica que van siendo las once de la noche. Las

mandíbulas crepitan, los ojos parecen vidrio, detenidos en la semisombra de

los espejos. La mujer del camisón encendido ha retomado del patio, coloca

arrumes de leña en sus sitios preferidos. El camarote toma un color especial

donde el rojo predomina. Su Excelencia aceza, busca afanoso la placenta del

lecho y se envuelve en aquellas natas primitivas. La misma modorra, la

lengua algo trabajosa, calor en la cabeza y los extremos fríos, pulso frecuente,

apurado, respiración estertorosa. Sus músculos se agitan. Abandona el

camastro, da una vuelta, regresa a él. Abre la ventana.

Desde las sombras recibe la visita de quienes acuden para verlo. El reloj

avanza, tic-tac. Retornan los sonidos del baile, crece el movimiento de las

tropas. Los regimientos alborotan con sus trompetas. Vuelven las

contradanzas, los minués, los currulaos. Chorrean los perfumes espesos,

limpios y frescos. Se escucha el menudo chillido de las mujeres en celo y más

atrás el espeso ronquido de las bestias que las persiguen por los aposentos.

Suenan los pañuelos, los besos en las manos, carraspea la ropa almidonada en su contacto con las mesas, otras manos, otros vestidos almidonados, las

alfombras. Su Excelencia suda, conversa con sus visitantes. El tiempo avanza,

vuelve a percibirse su tic-tac, como salido de pronto del olvido, donde el

alboroto de arriba lo había empujado. Mira la señal, lo comprende todo: son

las tres.

La mujer que hace el fuego de las fiebres toma sus cosas, abre la puerta,

escupe y sale. Su Excelencia está fresco, desciende suavemente al sueño de la

baja edad media de la madrugada. La calentura huye, aquella leña se apaga.

Amanece, brilla el sol en la misma ventana en ese idéntico polvo derretido de

las grietas. Su Excelencia hace flexiones, comprueba no sin cierta tristeza el

progresivo deterioro de sus músculos:

—¡Mierda, casi me caigo!

La vida retorna, vuelve a mostrar cierto sentido.

Pero con el paso de unas cuantas horas la fiebre se esponja una vez más.

Asedia. Los ojos de Su Excelencia vuelven a ser de vidrio, sus labios pierden

de nuevo toda humedad. El horario del cuerpo parece implacable. Un hondo

escalofrío le recuerda que ya van siendo las once de la mañana y que todo

debe volver a empezar. Sonríe:

Toda esperanza se pierde, fracasa en la fumarola de la arena que chorrea

en la clepsidra. Es mediodía:

De pronto Su Excelencia se encuentra junto a la barandilla, de regreso del

castillo de proa, de donde el fuerte viento lo puso en fuga cuando amenazó

con desatar aquella tos. La los no es como la fiebre, viene en cualquier

momento, asalta, carece de horario. Cuando llega, toda relación con la

atmósfera se interrumpe y el cuerpo entra en una especie de interinidad

mortal. Hay agonía. Después ocurre algo que es como el equivalente de un

acto de entrega generosa a lo implacable. Y Su Excelencia muere, queda de

trapo. Pero cuando eso sucede es porque ha empezado ya mismo a revivir a

causa de una delgada corriente de aire que se filtra por la boca, por las gratas

ventanas. La relación con la atmósfera se instaura de nuevo. Y sólo entonces

recuerda que algo cuelga en sus labios. Corre a esconder ese algo, limpia con

su pañuelo, mira a los lados. Vuelve a mirar el pañuelo, revisa el desperdicio

y siente desconsuelo: la sangre ha pintado. Tiene miedo.