La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 15 de 51

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La ceniza del Libertador

Quince

 

De regreso al camarote el camino no es tan penoso como antes. Es extraño

pero algo que ocurre en su cuerpo lo hace menos penoso. El caldo empuja

desde el vientre, arde en las tripas como un zarzal seco y las imágenes son

entonces frescas en la ventana. Su Excelencia está más animoso:

—¡Psss! ¡Psss!

Acaricia la cabeza de sus mastines.

Como a través de un cedazo roto de todos lados chorrea el resplandor de

una luna diferente. Luz expulsada, lejana y próxima al mismo tiempo en la

bajamar del cielo. De repente, aterrizada de invisibles anaqueles, todos

observan cuando una paloma viene a posarse en el sitio acondicionado para la

correspondencia. Picotea casi encima de sus propias patas, enseña el nervio de

sus alas, rebrinca. Luego levanta vuelo. En sus garras lleva un rollo de

papeles:

—¡Miren, miren aquello!

—¡Una paloma!

—Es el correo, quizás sea el correo.

—Pero es extraño —comenta Fernando.

—¿Extraño?

—Sí, es de noche, ¡no es posible!

La paloma da una vuelta completa en redondo del vapor y desaparece por

el costado de estribor:

—¡Ha desaparecido!

—Quizás voló hacia arriba, ¿no lo creen?

—¿Hacia arriba?

—Tal vez no, no estoy seguro, no vi la trayectoria.

—Yo pienso que voló hacia Santafé.

—¿En plena oscuridad?

Todos callan.

 

Las manos enemigas cagan su enigma amarillo

Dejan abandonados los granos encima de las azoteas confusas

Pica el ojo desprevenido

Baja el veneno al vientre como el sol al incendio donde se tuesta

La lejanía

Paloma, paloma, paloma dímelo

¿Qué se hizo tu vuelo que era como hecho de blancas tejas?

 

Su Excelencia llega a la puerta de su camarote, se despide, desaparece detrás

del madero. Sólo sobrevive en la pupila la niebla luminosa que chorrea de la

lámpara. Arriba el baile enseña sus facciones, cobra una fuerza que humilla.

Se danza al compás de la música del Regimiento de las Milicias Anaranjadas.

Sólo se tocan aires de la tierra que las parejas más jóvenes bailan, despachan a

brincos sobre el piso de tablas. Se filtra el polvo como un césped gris hecho

de finos granos, y con él se cuelan también los perfumes. Su Excelencia

agarra su cabeza entre sus manos, se tumba en el camastro. Abre la ventana y

vuelve a tumbarse de espaldas, lelo en la noche:

Y observa uno a uno iluminados los objetos de su aposento. Ahí están los

baúles del viaje, su escritorio de campaña, la mesa con el platón donde manos

imaginarias vienen a lavar sus máculas, su valija de efectos personales, el

asiento donde ella reposa convertida casi en una sombra de veladura. Siente

un ruido, un resoplido, tiembla:

Al lado de sus baúles de viaje, saliendo del mamparo de madera, ve venir

su caballo. Su Excelencia da un salto, queda sentado en el borde del camastro:

—¡Ven, ven Pastor! ¿Qué te pasa?

El caballo atraviesa el mamparo, termina de salir, resopla, cabecea

extrañando el aliento de los objetos próximos, rema con sus manos. Rema

suave, como lloviznando pasos suaves en redondo de un pequeño lugar. Baja

y sube su cabeza, manojo de tallos de apio que rebrinca. Su cola cepillada es

algo que flota perdurable. Vienen y van las orejas:

—¡Ven aquí! ¿Es que no te acuerdas? ¡Ven, ven!

Su Excelencia tiende su mano, brota el heno, el carretón, la alfalfa. Pastor

resopla, reconoce el olor del fantasma:

—¡Acércate más, carajo!

Sobre la mesa de noche brilla un plato de porcelana donde Fernando trajo

por la mañana unas ramas de apio, de yerbabuena. Su Excelencia camina

hasta él, agarra el manojo en sus manos y se aproxima al animal:

—Toma.

Pastor agita su cabeza, da un paso adelante y estira sus belfos de

terciopelo grueso. Muerde, resopla, comienza a desaparecer:

—¡Quédate, carajo, no te vayas! ¿Por qué me haces eso?

Flota la cola cepillada, brilla el anca blanca. Desde el mamparo tapizado

con papel de colgadura Pastor vuelve a mirar, resopla. Fieles al efecto del

reflejo en el espejo sus ojos duplican la lámpara encendida. Suena un golpe en

la ventana:

—¿Quién vive?

Su Excelencia gira en sus tacones, ve la imagen que ha golpeado: la

cabellera, la cofia de encaje en su frente, los labios tiernos y aquellos ojos tan

perdidos:

—¡Teresa! ¿Ahora eres tú? ¿De verdad que ahora eres tú?

Tiembla. Un frío de náuseas filtra la ventana, pesada página donde la

fiebre anota sus tibias cosas. Camina hacia ella, lentamente, temeroso de

llegar a alterar la serenidad de la imagen. Llega al camastro, se arrodilla en las

sábanas. De cerca, Teresa sonríe. Está vestida como en aquel mes de mayo en

Madrid, cuando la fiesta de bodas. Después el manto nupcial se transforma en

un sombrero de alas y Teresa recupera la imagen de aquel día en la Coruña,

cuando junto con él embarcó rumbo a Caracas. Quiere palparla pero Teresa lo

detiene:

—Espera un momento, amor, espera, no me toques, me volvería polvo en

un instante, deja quieta esa mano.

Su Excelencia queda paralizado:

—En el nombre de Dios, ¿a qué has venido?

—Sufro.

—En el nombre de Dios, respóndeme con claridad, ¿a qué has venido?

—Ni cuerpo, ni sentimientos, ni manos para tocarte me dejó la vida que

perdí. Nada, nada me ha dejado.

—¡Respóndeme, carajo!

—Sentí que me llamabas, sí, eso fue.

—¡Oh! ¡Dios mío!

—No temas de mí, ¿qué te pasa?

—¡Hace tantos, tantísimos años!

La imagen de Teresa se deteriora, duerme su propia desaparición. Ahora

es sustituida, de lienzo a lienzo, por la de una mujer de mirada de mucho

mundo:

—¿Qué?

La imagen sonríe, muestra sus dientes perfectos, los labios pintados,

perfectos:

—De nuevo en el nombre de Dios, ¿quién eres? ¿Qué diablos es lo que

está pasando?

—¡Adivínalo!

—Respóndeme, ¿quién eres en medio de ese miserable borrón, eh?

—Haz un esfuerzo, niño, recuérdalo, qué ingrato eres: ¿Por qué te han

echado ceniza encima?

—¿Tú?

—Recuerda, fue en París.

Su Excelencia pierde la paciencia:

—¡Cerraré la ventana!

—No, aguarda un instante, no puedes hacerme eso.

—Por última vez, respóndeme en el nombre de Dios, ¿quién eres?

—Fanny.

—¿Fanny? ¡No puede ser, no puede ser!

—¡Oh! ¿Es tanta mi desfiguración?

—¡Ven, ven, no te vayas!

Una ráfaga azota la ventana. Cruje la madera, los dientes mastican otros

dientes. Y todo queda de repente tan vacío como lo estaba al atardecer,

cuando desde allí Su Excelencia pudo ver el agua escrita en la orilla, los

árboles gigantes, aquellas colonias de pájaros cayendo en el aire como rápidas

piedras.

Confusión en las ideas, aberración en la memoria. Nada de despejo. Hipo,

extremidades frías. Arriba la fiesta se perfecciona. Su Excelencia tiene la rara

certeza de haber hablado durante horas. De haber hablado a solas poniendo a

volar sus manos, enseñando sus dientes amarillos. Está amaneciendo como

sin noche previa, sin condición alguna.

La fiebre ha ido a la esquina por su pan para el desayuno, por tabacos,

pero volverá. Hay duermevela.