La ceniza del Libertador
Cuarenta y cinco
Entra Fernando, sale Palacios. La puerta se cierra y Su Excelencia ordena a su
sobrino que ocupe el escritorio:
—Siéntate, te dictaré algo. Fernando dispone todo rápidamente.
—Estoy listo, tío.
—A ver, copia:
Capitán: a partir de este instante, siendo las siete de la noche del 27 de mayo, concedo a usted y a su tripulación un ultimátum de 24 horas exactas para que se me permita, con mis hombres, subir a la segunda planta. Vencido el plazo procederé de inmediato por las vías de hecho.
Asombro.
—¿Lo firmará usted mismo, tío?
—Presta acá eso, firmaré.
Firma, tiembla la mano de Su Excelencia:
—¡Vamos, vamos!
—¿Dónde?
—Vamos a la puerta, entregaremos el ultimátum personalmente.
—Yo iré, tío.
Yo también iré, vamos, ¿se te ha olvidado correr? ¡Hea!, ¡tú no sabes
correr!
Sale adelante.
En cubierta el viento comienza a refrescar. La fiebre sube al techo, tuesta.
Sienes secas, labios rotos, encascarados. Camina apoyado a los mamparos,
agarrado a los aparejos, tambalea, mimetiza su debilidad en los naturales
movimientos del navío. Sólo agua por alimento, gotas en la lengua, chorritos
en la calcinada pulpa de los labios. Agua de apio, de yerbabuena, de toronjil.
Palacios se une a Fernando, trae los perros. Llegan a la puerta donde Santana
monta guardia. Su Excelencia señala con la mano:
—¡Golpea! ¡Golpea de una vez!
Santana saca su sable y azota la puerta. Al cuarto golpe algo suena del
otro lado. Cadenas, sables que huyen, metales. Una barra se desliza entre argollas, chirría. Alguien tose detrás, arrastra pesadamente sus zapatos. De
pronto comienza a abrirse la pequeña ventanita del otro día. Huele mal. Sopla
a carroña, a sopas avinagradas en lejanas cantinas, aguamasas. La ventanita
termina de abrirse y aparece la misma mano sobre los mismos ojos ocultos,
tapados. La voz del hombre es ronca, casi ni se escucha, sale como abriéndose
paso entre grandes masas de flema:
—¿Otra vez ustedes?
Su Excelencia putea, patea el suelo:
—¡Cómo que otra vez, cabrón, necesito al capitán!
—¿Al capitán? Oh, ¿y para qué?
—Hey, hey, viejo, ¿qué te pasa? ¿Es que no sabes quién soy?
—Ocurre que no veo, señor.
—Debo entregarle un documento, este ultimátum.
—¿Este ultiqué?
—¡Ultimátum, cabrón!
El hombre tose, limpia su garganta:
—Yo mismo se lo llevaré, deme acá eso, señor, el capitán está ciego.
Santana grita:
—¿Ciego?
—Ciego, definitivamente ciego, es una desgracia, una verdadera desgracia
lo que ha ocurrido, la enfermedad no se ha podido detener.
—¿Y el viaje? ¿Qué pasará con el viaje?
—¿El viaje? No se preocupe, amigo, ya casi llegamos, no olvide que el
agua baja y no se devuelve, hombre, ¿qué le pasa?
Adentro el ruido de los papeles contra los remolinos del viento remeda un
concierto de pífanos. Silbos, pífanos locos. Viento que se hiere en los bordes,
en los filos de las hojas abiertas, en las páginas sueltas. Pasa, tropieza, se
rompe. Carne cortada, tasajeada. El hombre ni se da por enterado. Parece
estar acostumbrado a ese silbido infernal:
—Y, ¿de qué diablos trata esa hoja?
Fernando interviene:
—Su Excelencia le está dando al capitán un ultimátum de 24 horas para
que le permitan subir.
—Oh, gracias, gracias, deme acá eso, prometo que lo pondré en sus
manos.
—Aquí lo tiene.
El hombre hace una pausa:
—A ver, a ver, un momentico, ¿están ustedes seguros de que el
documento se encuentra en regla?
—¿Cómo? ¿Cómo en regla?
—Firmado, señores, y con sus sellos bien puestos, debidamente
cancelados los timbres. Apuesto a que lo han olvidado todo.
Nadie puede entender. Santana se aproxima al roto:
—Se trata de un ultimátum, chivo cornudo, ¿no lo entiende?
—¿Chivo?
—¡Un ultimátum! ¿No sabe acaso lo que es eso? ¿Es que no ha
entendido?
—Calma, calma, cumplo con mi deber, no deseo que ese papel les sea
devuelto por simples vacíos de forma, ¡bastantes papeles tenemos ya!
—Llévelo así, no interesa, ¿cómo podría interesar?
—Están advertidos, es cosa de ustedes, a ver, deme acá.
La otra mano del hombre asoma por el roto, agarra el documento, lo
arrastra:
—¿Algo más?
—Sí, ¡métetelo por el tubo!
Santana no puede contenerse. El hombre se despide, desaparece:
—Buenas noches, señores.
Nadie responde.
Un banco de niebla asoma por la proa, se desliza junto al puente rumbo al
castillo de popa. Su Excelencia está aturdido, siente que se extravía en el
tiempo. Y ve el salto del agua. Grandes moles de piedra, el río, la imagen del
indio con su palo labrado, un gran abismo al frente. El salto del Tequendama,
catarata profunda, misteriosa. Más allá del borde está Boussingault, a su lado
el médico Richard Cheyne, otras personas. Renoir, un óleo de Renoir. De
pronto todo se modifica, la campiña ya no es una campiña donde la luz hace
ensayos mágicos: en el borde de una inmensa mole de piedra Su Excelencia
ve la imagen de un soldado de uniforme impecable, de bigotes espesos, de
aquellos que se cortaron a los generales españoles después de la batalla de
Ayacucho. El soldado brinca en las piedras húmedas, amusgadas, resbalosas,
casi cae. Grita. El aullido rebota en lo profundo, hace eco. El soldado ríe. El
grito, la risa son cosas para reconocer: es Manuela vestida de soldado, de
bigotes arrancados a los cadáveres de la guerra, su adorable loca jugando a la
muerte sobre las rocas resbalosas:
Boussingault corre, arranca a Manuela la botella de champaña de donde
ella bebe sin medida, la junta a su cuerpo, le habla, intenta disuadirla. Manuela entra en lucha, arrastra a don Juan Baptista hasta un lugar aún más
peligroso. El médico Cheyne va en auxilio y juntos consiguen llevar a
Manuela donde espera la cesta con los alimentos, el vino, los lienzos tendidos
en la hierba. La adorable loca se lanza al suelo, ríe a carcajadas, hace mohínes
de burla. Está bebida, acaricia la palidez de Boussingault, se recuesta en su
hombro. Caen varias botellas al vacío. Niebla, luz en la niebla de la sábana
helada, sueño, pan esponjado sobre los lienzos tendidos en la hierba, botellas
de Madera, de Burdeos. ¿Renoir?
No, América.
La noche se orina encima de todos.