La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 19 de 51

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La ceniza del Libertador

Diecinueve

 

Santana corre al encuentro de Su Excelencia pero éste rehúsa:

—¡Deja!

—Está usted demasiado pálido, general.

—Es el fantasma de las lámparas, ¿no lo estás viendo? Yo estoy bien,

como nunca.

—¿Las lámparas?

—¿Y es que lo dudas?

—Ya nos estaba comenzando a preocupar con su silencio de casi todo el

día, tío.

—Dormía, dormía, eso es todo.

—Gracias a Dios, eso le sentará bien, dormir es como volver a nacer

Fernando interviene:

—El escándalo de arriba se torna cada vez más desesperante, tío, ¿cómo

pudo usted dormir?

—No quiero hablar de eso, ¡déjate!

—Es casi una afrenta, señor.

—He dicho que no deseo hablar más de eso ahora, ¿lo entiendes?

Todos callan ante el brillo de tantas flores negras en los ojos, también en

los labios. El camino a seguir es confuso. Su Excelencia no distingue los

objetos a determinada distancia, titubea, siente que hasta le estorba la

compañía de los suyos:

—¿Saben ya algo del capitán?

Santana corre a responder:

—Absolutamente nada, señor.

Humo en las palabras gastadas, en lo inútil de tanta esperanza convencida

de su eficacia. El bayo y el rubio muerden en vano la goma de las manos de

Su Excelencia. Han corrido a su encuentro, alborotan, juegan con el flojo

pellejo de sus manos. En respuesta, Su Excelencia aprieta sus húmedos

hocicos, arruga el cartílago de aquellas orejas casi de cartón. Los perros

gruñen con cariño, saltan, dan una vuelta en redondo. Jadean, chupan su baba:

—Nada aún, ¿cabrones?

—Bueno, lo de siempre, que continúa enfermo.

—¡Psss, psss!

—Déjalos, José, déjalos jugar.

—Del correo ni agua, señor.

—¿Ni del pasaporte?

—Hemos revisado el casillero tres veces y nada.

—¿Nada??

—Nada, señor, nada.

Su Excelencia recuerda la carta que le fue deslizada bajo la puerta en la

mañana y siente que ha pasado demasiado tiempo desde entonces. Cuántas

cosas sucedidas, cuánta luz difusa entre los trapos humeantes, cuánto

desperdicio. No dirá nada de aquella carta. Ya llegará el momento de hablar:

—Y, ¿de la libranza?

—Como si hubiese desaparecido, señor.

—No consigo explicarme tanta demora, definitivamente no lo consigo.

Su Excelencia camina sin rumbo fijo. ¿Dónde ir?

—Es por el correo, tío, en el invierno el correo es un desastre, por todas

partes se riega el agua.

—¿Sólo por el correo?

—No otra cosa podría ser. No veo por qué razón el presidente Caycedo

habría de arrepentirse a última hora.

—Es posible que lo esté consultando todo con sus amigos.

—¿Consultando el presidente? ¿Consultando un pasaporte?

—Quizás no quiere comprometerse de modo individual.

—¿Para lo de un pasaporte?

Su Excelencia sonríe. Existe viento fresco, ayudado por la velocidad del

vapor en las cada vez más espesas sombras de la noche. Ninguna visión de

pájaros o de otros animales a barlovento. Ruidos sí, cantos en las orillas,

aullidos como quejidos, música de selva en el mejor momento de la vigilia

salvaje cuando todo despierta en las pupilas agrandadas, dilatadas. Su

Excelencia respira hondo, vuelve a sonreír:

—Olvidas que no se trata en este caso de cualquier pasaporte.

Oscurecidos por una rara miel los cuerpos avanzan por cubierta. Dibujan

su sombra en las tablas chorreadas de aceite, inventan movimientos que son

como de párpados de hojas. Fernando teme hablar, se decide por fin:

—Todos desean que se vaya usted de la patria, tío, ¿no es así?

—No todos, no todos, ¿qué te pasa?

—No hablo de sus amigos, señor, eso se entiende.

—Lo entiendo, lo comprendo perfectamente, déjalo así.

—¿Entonces?

—Tengo enemigos que me quieren ver aquí, precisamente porque

suponen que me marcho para reagrupar mis fuerzas y regresar luego en son de

venganza.

—¡Es inaudito!

—Pero es cierto, casi que lo estoy viendo en la lógica de los últimos

silencios, se trata de un lenguaje muy nítido.

Fernando se detiene:

—¿Podrán en realidad creerlo así?

—Por supuesto que sí. Aquí me tendrán encerrado, acorralado a su antojo,

vigilado de cerca en todos mis movimientos. Me tendrán en sus manos.

—Nada de eso es tan sencillo, señor, no lo crea.

—Te equivocas, la envidia es una máquina a todo vapor que la historia de

la humanidad aún no reconoce en su exacto valor.

—¿Qué dice usted?

—Nada, hijo, déjate de tanto trigo en la boca, pareces un pájaro.

—¿Qué? ¿Un pájaro?

—Cállate, deja que el corazón siga latiendo a su antojo, bey, ¡déjalo!

Fernando guarda silencio. Un arrume de dudas amarra su lengua,

confunde el parque donde corretean a libertad sus pensamientos. ¿Qué diablos

decir, responder? Sin proponérselo, el grupo ha comenzado a deslizarse hacia

el comedor Viene alumbrado por las lámparas que manos invisibles ya

encendieron pero también por la agónica luz del crepúsculo que alcanza a

humedecer la cubierta como una amarga esponja. ¿Por qué razón misteriosa

todos los crepúsculos habrán de ser siempre así? Desde allí, en la envoltura de

la brisa, el baile de arriba ya casi ni se escucha. ¿Tal vez porque al

descampado el eco no es tanto o porque el bramido de las calderas cobra allí

mayor significación? Quizás. Además, se sabe que el viento actúa como una

barredora que arrastra feliz tanto lo del reino del oído como lo del reino del

olfato. De pronto el biombo del comedor casi que puede tocarse. Su

Excelencia apaña todo el cielo en sus ojos, se enconcha en la frazada que lo

arropa, emite un suspiro:

—Comeré alguna cosa, sí, eso haré, vamos, vamos de una vez.

Busca la barandilla de babor, se apoya. Orienta su mirada hasta donde

Palacios aguarda, lo llama a su lado con un gesto casi invisible, extiende su

brazo derecho encima de sus hombros, lo arropa:

—Vamos a hacer algo por la patria, señores, ¿qué les pasa?

Todos sonríen. El bayo y el rubio parecen entender el alcance de lo

decidido. Corren adelante, atraviesan el biombo, regresan saltando. Hay

contento. Fernando y Santana toman la delantera. Atrás, Su Excelencia casi se

confunde con el cuerpo de Palacios:

—¿Sabes una cosa, José?

—Diga usted, señor.

—¿Sabes que mi deseo de marcharme es verdadero? No estoy engañando

a nadie.

—Siendo suyo así debe ser, general, ¿cómo podría ser de otro modo?

—Han pisoteado mi gloria, José, mi gloria, estoy hastiado.

Palacios siente que Su Excelencia reduce la velocidad de la marcha:

—No se puede pisotear ninguna gloria, señor, es imposible.

—¿Qué dices?

—Es que la gloria debe ser como ciertas nieblas, de esas que todos

sabemos que están ahí pero que son impalpables.

—¡Ja, ja! No digas bobadas, hombre, tú no sabes nada de la gloria, ¿quién

te dijo? Todavía eres como un niño.

—No ha sido asunto mío pero la he vivido por los bordes, señor. No sabe

usted lo que yo he sentido con cada trompeta, con cada hoja de laurel que ha

caído en su honor, se me paran los pelos.

—¡Hablas como un loco! ¿Quién te ha enseñado tanto desperdicio?

La mirada de Palacios no tiene antecedentes: ¿está viendo?

—Es cierto, señor, siento que digo bobadas, perdóneme.

—No importa, ¡habla!

—Es que mis ideas son simples, general, ¿qué quiere? Desperdicios sin

brillo, comparo con la naturaleza, eso es todo, nada más sé hacer.

—¡Te lo ordeno!

Tiembla de amor la descompuesta voz de Su Excelencia, ordena a su

modo, dispone el confuso universo de lo poco que el destino le ha dejado a su

disposición. José ya lo conoce todo de memoria, lo adivina, respira tranquilo

como un lirio que un corazón desesperado acaba de pisotear:

—¿Qué podría yo decir?

—Hablábamos de la gloria. José, y decías algo.

—¡Ah!, ¡así es, de esa niebla que llaman gloria, je, je!

—Me la han pisoteado, ¿no lo ves?

—Lo veo todo, señor, por supuesto que lo estoy viendo todo.

—Tú no ves nada, José.

—Hablemos de otra cosa, general.

—¿Niebla entonces, carajo? ¿Niebla?

—No, niebla no, nada de eso.

—¿Qué? ¿Qué? ¡Dilo!

—Niebla no, tal vez sombra en un espejo empañado, uno mismo en él, yo

no sé.

—¡No sabes nada, estás loco!

—Es cierto, siento que usted me hace decir cosas demasiado confusas,

señor, vámonos de aquí.

—Continúa, carajo, ¿qué entonces?

El biombo del comedor ya ha sido atravesado por Fernando y por el

coronel Santana. Los perros van y vienen:

—No lo sé, es que no es nada fácil.

—¿Ni niebla ni espejo? No sirves para nada. ¿Entonces qué?

—Agua.

—¡Cabrón de mierda!

Su Excelencia se resiste a entrar, tiembla.

 

La Gloria no es ninguna señora amontonada para siempre en

algún sitio

Ella en cambio es a duras penas lo ajeno más ausente

Lo que no pertenece sino al reino de la desaparición:

La trompeta al fin calla

El laurel trasciende el imperio del polvo invisible

El oro cambia de manos con el comercio de los sentimientos

Nada queda

¿Entonces?

Recordar, recordar, recordar

He ahí el gesto

La almendra del secreto

Recordar pues del recuerdo algo queda

Aunque sea un poco de calumnia para comer con la espesa sopa

en la mesa del último día

Eso tan solo

 

—¡Cuando llegue a la mar treparé en una barcaza y me largaré a lo mío! ¿Lo

sabías ya?

Palacios ya no tiene la mirada de antes:

—Debería usted hacerlo de una vez, señor, ¿qué espera?

—No puedo de ningún modo, necesito la ayuda de la mar en la boca de mi

estómago, ¿no lo sabes?

—Lo sé, pero no hago sino pensar en las muchas angustias que usted

podría evitarse con sólo un pequeño esfuerzo.

El biombo está ahí, templado por el viento. Por debajo se derrama la luz

de las lámparas como un líquido sereno que dignifica el ser de las tablas. Del

otro lado del biombo figuran las mesas, los asientos. Reman despacio tantas

sombras. Lejos, en las orillas crece la sinfonía de aquella otra fauna que

despierta empujada por la oscuridad. Fauna misteriosa para la que la noche es

como el mejor de los días, que procura la sangre donde duerme oculta, se

agazapa bajo los hongos, atisba desde la casa de lo invisible que se desplaza

pisando las hojas, quebrando las ramas. Palacios siente que Su Excelencia se

enconcha aún más en su frazada, se junta a su cuerpo:

—¿Recuerda Su Excelencia el patio de la casa en San Mateo?

—¿Que si lo recuerdo?

—Sí, el viento, todo aquello, ¿todavía lo recuerda?

—¿El patio? ¿El viento? ¿Qué es lo que estás diciendo?

—Aquellas cosas, señor, todo, ¿lo recuerda?

—Sí, sí, ¿qué te sucede?

—Qué patio más fresco era, ¿no es verdad? Yo todavía lo cargo aquí en el

pecho.

—¡Venteado, carajo!

—Y aquellos nísperos siempre en movimiento.

—¿Qué te pasa, cabrón?

—No lo sé, pero siento miedo, no hago más que pensar en Hipólita, en

estos días no he hecho otra cosa.

Su Excelencia tiembla. Sabe perfectamente que el recuerdo en bruto es un

veneno de difícil consumo, que atraganta. Dentro de él, casi siempre lo mejor

de su vida retoma atropelladamente, con todas sus viejas formas alteradas.

Pero también sabe que sin recuerdo no habría llanto alguno. Lo ha visto así en

los animales, aún en los más próximos a su vida, que sufren pero no lloran

porque cada instante pasado ya no existe para ellos.

—Yo también, José, hasta creo haberla visto a la vieja, no te asustes.

—¿Visto?

—¿No me crees?

—No diga bobadas, general, que en usted esas cosas no lucen.

—¡Mamá Hipólita!

—¿Qué hará ahora? ¿Qué hará ahora la pobre vieja?

—Reza, José, reza, carajo, reza.

Una ráfaga bate el biombo:

—¿Y recuerda usted la fuente del patio?

—¿La fuente?

—Cómo sonaba de lejos, señor, era una dicha.

—Yo la escuchaba desde el dormitorio cuando había paz en la casa.

—¿La fuente?

—¡Qué fuente, carajo, qué diablos! Hablo de Hipólita.

Palacios escupe en el suelo:

—¿Volverá usted de su viaje algún día, general??

—Sí, pienso que sí, regresaré cuando todas las cosas se hayan calmado.

—¿A San Mateo?

—Sí, a esos vientos del patio, tal vez sea bueno volver.

—Ya no serán los mismos de otros días, señor.

—Tampoco nosotros lo seremos, José, despreocúpate.

—No me haga caso, general.

—También para entonces hasta los mismos árboles habrán cambiado, ¿no

lo crees?

Palacios vuelve a sentir que sus ojos están mirando de un modo diferente:

—¿Recuerda usted las hojas que se arrastraban por el suelo y que de niño

lo hacían llorar de miedo? No se me haga el bobo, general, ¿recuerda eso?

—¿Las hojas?

—Años después yo las recogía, con una pala mientras usted leía, ¿no lo

recuerda?

—No eran las mismas, José, no seas pendejo.

—Bueno, eran otras, de acuerdo, eran otras.

—No lo recuerdo.

—Yo sí.

—Y, ¿qué de especial tenían aquellas malditas hojas?

—¿De especial?

—Sí, ¿por qué las recuerdas?

—No, por nada, bobadas mías. Al que recuerdo es al maestro Simón

cuando leía para usted bajo los árboles.

—¡Oh, mi Robinson!

—Lindos tiempos, señor, deberían volver.

—Todavía no éramos nosotros, cabrón, ¿no es verdad?

La mano de Palacios hace el biombo a un lado:

—Recordar es bueno, general, es como llorar en seco.

—¡Cabrón de mierda!

—Por ahí debe andar la señora Manuela, ¿no es cierto?

—Déjala, déjala quieta, ¡uff! No vengas ahora con eso.

La luz de las lámparas baña los dos cuerpos que entran al recinto. Tan

rotos como un trapo inservible.