La ceniza del Libertador
Cuarenta y ocho
Fernando camina adelante, lámpara en mano. Las escaleras son estrechas,
empinadas. Su Excelencia asciende liviano, ágil, es otro. Desde la iniciación
del asalto está que no se reconoce. Pero el ciclo orgánico de las fiebres debe
cumplirse, comienza ya. Son las siete, la calentura reseca los labios y trae
cristal a los ojos, debilidad general.
Por las escaleras abajo sopla el viento como por un orificio subterráneo.
Suspendidos en ese viento bajan, suben papeles, hojas sueltas, documentos,
cintas, frascos de tinta, papeles secantes. Trámite de cosas funcionarías. Polvo
en el centro de todo ese vaivén. Cajones con libros, folletines, más polvo.
Arriba, al término de la escalera, aparece un recibidor casi a oscuras. En una
repisa clavada al mamparo izquierdo agoniza una lámpara de aceite. Allí el
viento sopla más fuerte. La distribución del espacio resulta difícil, confusa.
Uno de los bogas permanece al final de la escalera pero los otros siguen
detrás de Su Excelencia. La música no ha dejado de sonar, pero en ella hay
algo extraño: viene siempre de otro sitio, de un lugar diferente de donde se
está. Ahí vuelven las contradanzas. Contradanzas superpuestas a los minués, a
los valses, a los aires de dirección inglesa. Desde abajo la música se
escuchaba arriba, se la adivinaba exactamente en ese mismo sitio. Pero ahora
los sonidos están más arriba, más a los lados, dispersos, distribuidos en un
espacio confuso, inasible:
—¡Óiganla, óiganla!
Santana tropieza, da traspiés, despide un olor fétido que se empoza en
aquel encierro. El viento que sopla no viene de ninguna ventana, no existe a
causa de corriente alguna que se forme en el vacío de las puertas. Es un viento
que en realidad sustituye al estilo, a la manera de hacer las cosas. Algo que
sostiene, que lleva y trae, algo invisible donde se suspende el tejemaneje de la
materia que va y viene: papeles, sellos, timbres, cartones secantes, frascos con
tintas, plumas, cajones con libros, polvo, santo polvo de la patria. La música
está y no está.
Cuando los hombres de Su Excelencia ocupan el recibidor, un ruido de
botas, de zapatos amarrados con cintas escapa de ese lugar, se interna en fuga
hacia el primer aposento en tinieblas. Tropel de hombres perfumados:
—¿Oyeron ustedes?
—Sí, tío, por allí, por allí.
—¡Levanta esa lámpara, carajo, levántala!
—¡Por allí, por ese roto!
Entran por el roto.
Aquí en cambio el polvo es más denso, los papeles más ceremoniosos,
solemnes. Amplios libros que se abren, cuyas hojas pasan como los días sin
conocer el afán, plumas que se levantan, sumergen sus labios en los pozos de
tinta de los frascos, ríen, trazan fresco lo suyo en las páginas. Aplausos. Otro
papel se levanta, ajusta su corbatín de seda, limpia el polvo que los años han
ido dejando en su textura, en sus solemnes renglones vacíos, carraspea.
Aplausos. Del otro lado surge un papel amarillo desleído, deshecho, un papel
ciertamente respetable. Peina sus cabellos de ceniza, tose ceremoniosamente,
se deja escuchar en aquel silencio donde la música parece ajena. Nada dice,
nada que pueda escucharse pero las hojas del salón permanecen atentas a su
lenguaje de viejas destilaciones. La hoja amarilla se dobla, expira, baja a su
cajón. Cinco páginas jóvenes adornadas con sus sellos funerarios en el pecho
se aproximan, derraman aceite de lacre, santifican el sitio y leen de memoria
lo tantas veces dicho. Una lluvia de flores de papel sepulta el lugar. Aplausos.
Bajo las flores de papel, sepultadas por las páginas que soplan por el suelo
grandes ratas devoran esquinas de libros, copulan, chillan.
Cuando los hombres de Su Excelencia invaden el recinto, un tumulto de
pasos invisibles huye a la recámara contigua. Un sudor frío baja por todas las
frentes. Arriba no hay hombres, definitivamente no hay gente allí pero el
tejemaneje es ya tan autónomo que es como si la hubiese. Un pesado sueño
amenaza los párpados. La fiebre se instala con su sinfonía. Cristal en el
cristalino, opacidad, humedad en fuga en la mirada triste:
—Huyeron por allí, ¿no es cierto?
—Sí, tío, escúchelos, vamos de prisa, se escapan.
—¿Hay alguien en la escalera?
Santana sale de atrás:
—Un boga que dejé de centinela, señor.
—¡Vamos, vamos! Vamos entonces.
Palacios cubre la espalda de Su Excelencia, pistola en mano. Su cabello
rubio, crespo, parece de cenizas a causa del polvo. Sus ojos azules brillan en lo oscuro:
—¡Psss, psss!
Los perros tropiezan, corretean locos, persiguen el almizcle de los
roedores.
—¡Levanta esa lámpara, cabrón! Me estás quemando los ojos.
—La tengo levantada, señor.
—¡Sube entonces la intensidad de esa lumbre!
—Ya no da más, tío.
—¡Sopla entonces ese cristal!
—¡Ffff, ffff!
Clavado al pórtico del recinto contiguo, Fernando tropieza un aviso:
Dormitorio.
—¡Por aquí, por aquí!
—¿Dormitorio?
—Lee, imbécil, lee.
—¡Vamos, vamos de prisa!
En cada movimiento suyo, Santana despide un olor de carroña de meses
sin agua. Ropas repetidas, chorreadas, avinagradas. Su Excelencia chupa aire:
—¡Quítate de ahí, quítate!
El Dormitorio:
—¿Capitán?
Nadie responde. Un tumulto de pasos de papel desocupa el recinto, huye a
otros lugares inexistentes. Más allá no siguen otros espacios, alcobas,
pasadizos. Mamparo ciego, muro final. Una ventana de vidrio permite ver el
río. Ventana amplia. Abajo el alcázar de proa, la cuchara comiendo la sopa
del río. Más allá de la lámpara que trae Fernando, la luna existe en el brillo de
las sábanas que cubren el lecho vacío, de las carpetas, del lustre que recubre
los muebles de cedro. Silencio total, la música afuera muy leve, los perfumes
del baile muy tenues, el tin tin de las copas casi inaudible. Pero en el
dormitorio el silencio asusta:
—¿Capitán?
Ninguna respuesta.
Los controles del vapor están ahí, encendidos, abandonados. Varias hojas
escritas vienen del recinto de atrás, rodean el lecho. Se leen ellas mismas,
toman apuntes que escriben como comiendo, van a la ventana. Recostada en
su camastro, una página dicta, da órdenes. Frascos de tinta, cartones secantes,
plumas, sellos, timbres, cintas tricolores, de todo. Hay de todo. Invisible, el
gobierno del vapor cumple sin embargo con todo lo suyo. Su Excelencia ha quedado atrás en la historia. Los papeles sonríen, mastican su tinta, muestran
sus condecoraciones. Ellos se sienten la patria, son la patria. Su Excelencia
sabe que muere, que su vida ya no tiene sentido alguno. Va a la ventana:
Delante de sus ojos aparecen las primeras luces del puerto. Gigantescas
lámparas de aceite cuelgan en los palos del muelle:
—¡Llegamos, llegamos!
Vieron pardelas, juncos verdes junto a la nao. Vieron los de la carabela
Pinta una caña y un palo, y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía con
hierro, y un pedazo de caña y otra hierba que nace en tierra, y una tablilla. Los
de la carabela Niña también vieron otras señales de tierra y un palillo cargado
de escaramujos. Con estas señales respiraron y alegráronse todos.
Todos se agolpan en la ventana:
—Llegamos, ¿de verdad llegamos?
—Sí, miren, ésa es la mar, ¡óiganla, óiganla!
La mar de la muerte.
Desde su lecho de ciego un papel ejerce el poder, resopla esponjado.