La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 35 de 51

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La ceniza del Libertador

Treinta y cinco

 

Detrás de la puerta fulgen ruidos como de cadenas arrastradas, oxidadas

trancas de acero que se levantan y caen luego sobre el polvo que transpira en

las camas de los cerrojos. Y todos escuchan cuando un viento de huracán

empuja miles de hojas de papel. Son pliegos fijos de libros abiertos, que pasan

veloces de un lado al otro como revisados por una mano invisible. También

hay hojas sueltas arrancadas de aquellos libros, desprendidas de las repisas

adheridas a los mamparos. A espaldas de los papeles batidos se escucha al

huracán empujar esos frascos llenos de tintas de colores, aquellos sellos de

madera, de caucho, de metal, las plumas de escritorio, la goma, los lacres para

los documentos, los rancios portafolios. De pronto el alboroto se hace más

lejano, casi delgado, hasta que al final sólo se escucha un silbo tenue como de

suaves brisas que pasan de estribor a babor lamiendo el lomo de un afilado

pergamino. Su Excelencia despierta:

—¿Qué ha sucedido?

—¿De qué, tío?

—Cómo de qué, ¡mira, mira!

El hombre de la levantadora roja que debió cambiar por sus ropas

elegantes, por su bastón, ya ha desaparecido:

—¿Qué se hizo ese chivo?

—Voló.

Las fiebres han vuelto. Están en su mejor momento, encienden luces en

las sienes. De repente el vapor entra en una especie de violento torbellino, se

balancea, hace que todos pierdan su equilibrio y que deban agarrarse a los

aparejos embreados para no rodar por el suelo. Palacios corre, dispone sus

manos y hasta sus brazos en un gran gesto de auxilio. Aquellos ademanes del

mayordomo son rehusados mediante otros gestos y todo vuelve a la calma.

Por el francobordo hierve la espuma, sube hasta asomar en el piso de la

cubierta donde se transforma en agua. El líquido se desliza en el piso aceitoso

hasta llegar cerca del puente, va y viene, toma diferentes rutas brillantes, comienza a evaporarse y retorna al olvido. Su Excelencia suelta sus manos de

los aparejos:

—Iré al camarote, estoy fatigado, han sucedido tantas cosas.

Todos guardan silencio.

Y camina. Camina apoyado a los mamparos del puente, hace a un lado los

aparejos de cáñamo que parecen haberse descolgado más de lo debido. Mira

hacia el castillo de popa y frota sus ojos. Vuelve a mirar, agachado, siente el

perfume animal de la bosta fresca que el viento arrastra, la amalgama de

tantas sombras que le vienen de lejos, que le llegan bajo el bordado: ve venir

sus caballos. Pastor rebrinca al frente. Sí, es Pastor. Lo reconoce por el modo

como hace lujos con sus manos, como pisa, como despliega su cola peinada,

por la manera como resopla. Tantas veces lo vio, lo enceló en el azúcar de sus

propias manos. Pastor avanza adelante, comanda el grupo. Son cerca de una

docena de caballos los que vienen, imagen que parece repetirse en doce

espejos puestos en fila de mayor a menor. De arriba, manos invisibles lanzan

papeluchas que caen al agua. Lenguas de fuego inflamadas por la ponzoña,

que bajan al cauce del río hasta casi confundirse con el agua. Pero un

inesperado soplo que viene del lado de babor las eleva de nuevo, las empuja

hasta la orilla. Arrastra aquellas papeluchas más allá de los manglares, de las

ciénagas pobladas de insectos, de aves de extraños cantos, de cocodrilos con

sus bocas abiertas llenas de moscas verdes. Las papeluchas difaman, esto es

lo que sostienen:

Ha llegado a Santafé la liviana, la loca, la coqueta Madame du Berry.

Viene a hacer su vida al lado de Su Excelencia. Ella, la mujer del pobre

cornudo de Thorne que pretende coronarse de emperatriz, la gran meretriz de

América, ella, la que no sabe ocupar su sitio, la que ha vuelto al lado de su

ciego amante el Emperador de América. Ella, la puta loca.

De pronto las papeluchas desaparecen. Una nube de pájaros locos queda

aleteando donde las papeluchas estaban. Su Excelencia siente frío, hondo frío

bajo el sol. Un frío desconocido. La estética de la muerte vuelve a dejar su

baba en la visión de todas las cosas. No hay agua que lave esa baba, que sea

capaz de regresarlo todo hasta el otro lado del hastío, donde la vida pudiese

recobrar su sentido, la más pequeña esperanza. A espaldas suenan los pasos

lentos de Palacios, la acezante respiración de los perros:

—¿Viste aquello, José?

—¿Qué, señor?

—¿Cómo qué?, ¡las papeluchas, hombre, las papeluchas!

—¿Cuáles papeluchas?

—Las que acaban de ensombrecer el cielo, míralas, míralas allí.

—¿Aquéllas? Son golondrinas, señor, mírelas, son golondrinas.

Su Excelencia vuelve a percibir la estética de la muerte asomada en cada

detalle, sonríe:

—Sí, las golondrinas, carajo, pero las papeluchas también.

—Cómo no, señor, cómo no.

—Siento frío, José. ¿Tú tienes frío?

—Hace calor, general, ¿ha dicho frío?

—Ya lo sé, ya lo sé.

—Frío con calor, eso es posible, a veces pasa.

—¿Puedes ver el arco iris, José?

—Dónde, dónde, señor.

—Míralo, allá, sobre los manglares, ¿no lo estás viendo?

—Así es, señor, acabo de verlo.

—¡No me mientas!

—Lo veo, señor, mírelo, mírelo ahí.

—¿De verdad que lo estás viendo?

—Sí, general, mírelo ahí, por supuesto que lo estoy viendo.

La mano de Palacios miente en el aire, señala lo inexistente. Pero aún así

los caballos pasan de largo, a babor, se en rutan hacia el castillo de proa.

Pastor se detiene. Su Excelencia lo reconoce, sabe que es él. Tantas, tantas

veces lo ha tenido en sus manos, tantas veces le ha dado cristales de azúcar,

cereales en el cuenco de sus manos. Pastor resopla, estira sus belfos, trata de

alcanzar una rama de apio. El manojo aparece en el viento, se dibuja. Pastor

resopla delante de él, lo toma en sus belfos y parte al galope.

—¿Lo has visto, José?

—¿Qué otra cosa, general?

—¿Cómo qué otra cosa?, a Pastor, ¡míralo!

—¿Su caballo? ¿A Pastor?

—No, a mi vaca, ¡cabrón!

—Sí, lo he visto, pasó por ahí, señor, pasó por ahí, es que estaba mirando

para el cielo.

—No me mientas, Josesito, no seas tan chulo, no sabes ni mentir.

Palacios sitúa sus ojos en la misma dirección donde Su Excelencia tiene

puestos los suyos:

—Por supuesto que lo he visto, señor, no estoy mintiendo.

—¡Oh!, muero, muero de hastío, muero de total hastío.

—No diga cosas así, señor, dan dolor.

—¡No puedo, carajo, no puedo! ¿Cuándo veré la mar?

La puerta del camarote está ahí.

Su Excelencia se despide de Palacios, corre a tumbarse en su camastro.

Atrás suena la puerta entre los acontecimientos del pasadizo en sombras,

golpea embombada por el viento que se destuerce en la ventana, en las ropas

profundas y hasta en las sábanas cuyo brillo enloquece. En el silencio que

crece más allá del sordo bramido de las máquinas surge de nuevo aquella voz

del otro día. Palabra que chorrea de los muros, de los misteriosos lugares de

tinieblas. La voz habla así:

Desde la mañana hasta el mediodía ha padecido de ideas algo confusas,

conversa a ratos con precaria serenidad. La tos aumenta, expectora un poco

más. El pulso siempre febril, apretado. Frío en los extremos, calor en la

cabeza. La gana de comer casi inexistente, sed ninguna. Pronto regresa la

misma confusión en las ideas, aberración en la memoria. Un pequeño delirio

se percibió cerca de las seis. Nada de despejo en todo el día, los orines están

detenidos, el hipo no cede. Pulso miserable.

La voz se desvanece en lo suyo hasta desaparecer. Muro adentro, la

estética de la muerte borda ropas frescas, prepara algo. Su Excelencia tiembla.

Va hasta su escritorio de campaña, desea garabatear alguna cosa. Pero a

su pensamiento no llega idea alguna. Sólo arriman párpados pesados, grandes

ruidos de árboles, silbos de vientos, chapoteo de animales en las aguas

reprobables de las ciénagas sulfurosas, calor de carbones, hilos atados con

nudos indescifrables, tanta maravilla, semejante oprobio, hojas secas que el

viento barre. Doblado en la tabla de su escritorio Su Excelencia encuentra un

papel. Lo extiende, lo aplana con ambas manos, lo alumbra: es el pliego de

cargos en su contra. Nunca lo conoció antes pero ahora lo tiene en sus manos

por la primera vez:

La metamorfosis de este hombre no tiene comparación: de patriota sin

tacha se ha convertido en un pobre ambicioso. El viaje al Perú lo ha perdido

definitivamente, pues hasta le ha hecho mudar lo mejor de sus ideas políticas

de otros tiempos. Sus triunfos, los honores casi divinos que se le han

prodigado, los desmedidos encomios, todo esto le ha trastornado su cabeza y

le ha hecho concebir el proyecto de dominar los pueblos a expensas de sus

libertades, convertido en un abominable emperador Acaba de redactar una

Constitución Política detestable, evidentemente contraria a sus principios de

otras épocas. Ha usado el lenguaje de la moderación sólo para engañar a los

incautos. Sin rubor alguno anula de repente sentencias de los Tribunales

Civiles, poniendo en libertad a los condenados, y hasta ha confesado que él no podía restablecer el orden y reunir las partes dislocadas de la República

gobernando con arreglo a las leyes y a la Constitución. Delante de este

despropósito no hemos hecho otra cosa que insistir en la guarda de la Ley, de

la Constitución que él se empeña en desconocer. De este modo, Su Excelencia

camina en procura de un poder omnipotente, y a espaldas nuestras se burla

por la adhesión que profesamos hacia las leyes. Para él, todos los funcionarios

públicos son ignorantes, los diputados al Congreso unos pobres necios, locos

o enemigos de la independencia, la Constitución únicamente un código de

necedades y las leyes la ignominia de Colombia. Cada día que amanece nos

amenaza con marcharse para siempre, dejándonos, según él, sumidos en el

caos. Y cree asustamos con pequeñeces de ésas. Se burla de los colegiales

ilustrados, a quienes califica de locos. Durante las campañas del Sur cometió

el crimen de ir más allá de las fronteras autorizadas por el Congreso,

arrastrando sus ejércitos camino de la aventura y procurando no la libertad de

esas tierras sino su propia gloria, la satisfacción de su vanidad insaciable,

como ocurrió en el Perú. Violó reiteradamente el artículo 191 de la

Constitución, nuestro retrato fue apuñalado y luego fusilado por sus

lugartenientes y edecanes. Nos ha creído cómplices y hasta autores directos

de la conspiración contra su vida, y desde entonces no sabe qué hacer para

causar nuestra deshonra. No ha vuelto a cursamos invitación para asistir a los

convites y celebraciones de etiqueta que últimamente ha dado en su Quinta. Y

cuando el cónsul de Inglaterra ofreció un convite en nuestro honor, se excusó

de asistir para no premiamos con su presencia y prestigio. Vencidos como

fuimos en la votación para presidir la Convención de Ocaña, celebró nuestra

derrota, en Bucaramanga, donde entonces se encontraba, en medio de bailes,

alborotos nocturnos y convites. Habla el idioma del señor que reprende a sus

siervos, del general acostumbrado a mandar soldados que obedecen ciegos.

Celebró a solas la infamia del coronel Crofston, cuando ordenó al pelotón de

fusilamiento que abriese fuego contra el muñeco de trapo con el que me

compararon aquella noche, en aquella fiesta ocurrida en la Quinta de la Sáenz.

Finalmente nos ha perseguido, encarcelado bajo acusación de conspirar contra

su vida. Es en esta mansión del despotismo donde existe ahora el

Vicepresidente de Colombia, vilipendiado por el hombre más ambicioso que

nosotros hayamos conocido nunca.

Su Excelencia terminó de leer, lanzó el papel al suelo:

—¡Hijueputas!

Arriba comienza de nuevo la fiesta. Aquel cuaderno de Guitarra de

Carmen Caycedo vuelve a abrirse y el Regimiento de las Milicias Pardas interpreta La Libertadora. Chorrea la música, las grietas son como de agua en

las tablas del techo. La contradanza ocupa el espacio. Suena la música de

Boyacá, sube la fiebre. Desde los muros brota de nuevo la voz:

Nada de despejo en todo el día, orines detenidos, el hipo no cede. Pulso

miserable.

Su Excelencia se incorpora en su lecho, vuelve a desplomarse:

—¡Vamos, vámonos muchachos, vámonos que aquí no nos quieren!

Afuera todo es igual.