La ceniza del Libertador
Treinta y cinco
Detrás de la puerta fulgen ruidos como de cadenas arrastradas, oxidadas
trancas de acero que se levantan y caen luego sobre el polvo que transpira en
las camas de los cerrojos. Y todos escuchan cuando un viento de huracán
empuja miles de hojas de papel. Son pliegos fijos de libros abiertos, que pasan
veloces de un lado al otro como revisados por una mano invisible. También
hay hojas sueltas arrancadas de aquellos libros, desprendidas de las repisas
adheridas a los mamparos. A espaldas de los papeles batidos se escucha al
huracán empujar esos frascos llenos de tintas de colores, aquellos sellos de
madera, de caucho, de metal, las plumas de escritorio, la goma, los lacres para
los documentos, los rancios portafolios. De pronto el alboroto se hace más
lejano, casi delgado, hasta que al final sólo se escucha un silbo tenue como de
suaves brisas que pasan de estribor a babor lamiendo el lomo de un afilado
pergamino. Su Excelencia despierta:
—¿Qué ha sucedido?
—¿De qué, tío?
—Cómo de qué, ¡mira, mira!
El hombre de la levantadora roja que debió cambiar por sus ropas
elegantes, por su bastón, ya ha desaparecido:
—¿Qué se hizo ese chivo?
—Voló.
Las fiebres han vuelto. Están en su mejor momento, encienden luces en
las sienes. De repente el vapor entra en una especie de violento torbellino, se
balancea, hace que todos pierdan su equilibrio y que deban agarrarse a los
aparejos embreados para no rodar por el suelo. Palacios corre, dispone sus
manos y hasta sus brazos en un gran gesto de auxilio. Aquellos ademanes del
mayordomo son rehusados mediante otros gestos y todo vuelve a la calma.
Por el francobordo hierve la espuma, sube hasta asomar en el piso de la
cubierta donde se transforma en agua. El líquido se desliza en el piso aceitoso
hasta llegar cerca del puente, va y viene, toma diferentes rutas brillantes, comienza a evaporarse y retorna al olvido. Su Excelencia suelta sus manos de
los aparejos:
—Iré al camarote, estoy fatigado, han sucedido tantas cosas.
Todos guardan silencio.
Y camina. Camina apoyado a los mamparos del puente, hace a un lado los
aparejos de cáñamo que parecen haberse descolgado más de lo debido. Mira
hacia el castillo de popa y frota sus ojos. Vuelve a mirar, agachado, siente el
perfume animal de la bosta fresca que el viento arrastra, la amalgama de
tantas sombras que le vienen de lejos, que le llegan bajo el bordado: ve venir
sus caballos. Pastor rebrinca al frente. Sí, es Pastor. Lo reconoce por el modo
como hace lujos con sus manos, como pisa, como despliega su cola peinada,
por la manera como resopla. Tantas veces lo vio, lo enceló en el azúcar de sus
propias manos. Pastor avanza adelante, comanda el grupo. Son cerca de una
docena de caballos los que vienen, imagen que parece repetirse en doce
espejos puestos en fila de mayor a menor. De arriba, manos invisibles lanzan
papeluchas que caen al agua. Lenguas de fuego inflamadas por la ponzoña,
que bajan al cauce del río hasta casi confundirse con el agua. Pero un
inesperado soplo que viene del lado de babor las eleva de nuevo, las empuja
hasta la orilla. Arrastra aquellas papeluchas más allá de los manglares, de las
ciénagas pobladas de insectos, de aves de extraños cantos, de cocodrilos con
sus bocas abiertas llenas de moscas verdes. Las papeluchas difaman, esto es
lo que sostienen:
Ha llegado a Santafé la liviana, la loca, la coqueta Madame du Berry.
Viene a hacer su vida al lado de Su Excelencia. Ella, la mujer del pobre
cornudo de Thorne que pretende coronarse de emperatriz, la gran meretriz de
América, ella, la que no sabe ocupar su sitio, la que ha vuelto al lado de su
ciego amante el Emperador de América. Ella, la puta loca.
De pronto las papeluchas desaparecen. Una nube de pájaros locos queda
aleteando donde las papeluchas estaban. Su Excelencia siente frío, hondo frío
bajo el sol. Un frío desconocido. La estética de la muerte vuelve a dejar su
baba en la visión de todas las cosas. No hay agua que lave esa baba, que sea
capaz de regresarlo todo hasta el otro lado del hastío, donde la vida pudiese
recobrar su sentido, la más pequeña esperanza. A espaldas suenan los pasos
lentos de Palacios, la acezante respiración de los perros:
—¿Viste aquello, José?
—¿Qué, señor?
—¿Cómo qué?, ¡las papeluchas, hombre, las papeluchas!
—¿Cuáles papeluchas?
—Las que acaban de ensombrecer el cielo, míralas, míralas allí.
—¿Aquéllas? Son golondrinas, señor, mírelas, son golondrinas.
Su Excelencia vuelve a percibir la estética de la muerte asomada en cada
detalle, sonríe:
—Sí, las golondrinas, carajo, pero las papeluchas también.
—Cómo no, señor, cómo no.
—Siento frío, José. ¿Tú tienes frío?
—Hace calor, general, ¿ha dicho frío?
—Ya lo sé, ya lo sé.
—Frío con calor, eso es posible, a veces pasa.
—¿Puedes ver el arco iris, José?
—Dónde, dónde, señor.
—Míralo, allá, sobre los manglares, ¿no lo estás viendo?
—Así es, señor, acabo de verlo.
—¡No me mientas!
—Lo veo, señor, mírelo, mírelo ahí.
—¿De verdad que lo estás viendo?
—Sí, general, mírelo ahí, por supuesto que lo estoy viendo.
La mano de Palacios miente en el aire, señala lo inexistente. Pero aún así
los caballos pasan de largo, a babor, se en rutan hacia el castillo de proa.
Pastor se detiene. Su Excelencia lo reconoce, sabe que es él. Tantas, tantas
veces lo ha tenido en sus manos, tantas veces le ha dado cristales de azúcar,
cereales en el cuenco de sus manos. Pastor resopla, estira sus belfos, trata de
alcanzar una rama de apio. El manojo aparece en el viento, se dibuja. Pastor
resopla delante de él, lo toma en sus belfos y parte al galope.
—¿Lo has visto, José?
—¿Qué otra cosa, general?
—¿Cómo qué otra cosa?, a Pastor, ¡míralo!
—¿Su caballo? ¿A Pastor?
—No, a mi vaca, ¡cabrón!
—Sí, lo he visto, pasó por ahí, señor, pasó por ahí, es que estaba mirando
para el cielo.
—No me mientas, Josesito, no seas tan chulo, no sabes ni mentir.
Palacios sitúa sus ojos en la misma dirección donde Su Excelencia tiene
puestos los suyos:
—Por supuesto que lo he visto, señor, no estoy mintiendo.
—¡Oh!, muero, muero de hastío, muero de total hastío.
—No diga cosas así, señor, dan dolor.
—¡No puedo, carajo, no puedo! ¿Cuándo veré la mar?
La puerta del camarote está ahí.
Su Excelencia se despide de Palacios, corre a tumbarse en su camastro.
Atrás suena la puerta entre los acontecimientos del pasadizo en sombras,
golpea embombada por el viento que se destuerce en la ventana, en las ropas
profundas y hasta en las sábanas cuyo brillo enloquece. En el silencio que
crece más allá del sordo bramido de las máquinas surge de nuevo aquella voz
del otro día. Palabra que chorrea de los muros, de los misteriosos lugares de
tinieblas. La voz habla así:
Desde la mañana hasta el mediodía ha padecido de ideas algo confusas,
conversa a ratos con precaria serenidad. La tos aumenta, expectora un poco
más. El pulso siempre febril, apretado. Frío en los extremos, calor en la
cabeza. La gana de comer casi inexistente, sed ninguna. Pronto regresa la
misma confusión en las ideas, aberración en la memoria. Un pequeño delirio
se percibió cerca de las seis. Nada de despejo en todo el día, los orines están
detenidos, el hipo no cede. Pulso miserable.
La voz se desvanece en lo suyo hasta desaparecer. Muro adentro, la
estética de la muerte borda ropas frescas, prepara algo. Su Excelencia tiembla.
Va hasta su escritorio de campaña, desea garabatear alguna cosa. Pero a
su pensamiento no llega idea alguna. Sólo arriman párpados pesados, grandes
ruidos de árboles, silbos de vientos, chapoteo de animales en las aguas
reprobables de las ciénagas sulfurosas, calor de carbones, hilos atados con
nudos indescifrables, tanta maravilla, semejante oprobio, hojas secas que el
viento barre. Doblado en la tabla de su escritorio Su Excelencia encuentra un
papel. Lo extiende, lo aplana con ambas manos, lo alumbra: es el pliego de
cargos en su contra. Nunca lo conoció antes pero ahora lo tiene en sus manos
por la primera vez:
La metamorfosis de este hombre no tiene comparación: de patriota sin
tacha se ha convertido en un pobre ambicioso. El viaje al Perú lo ha perdido
definitivamente, pues hasta le ha hecho mudar lo mejor de sus ideas políticas
de otros tiempos. Sus triunfos, los honores casi divinos que se le han
prodigado, los desmedidos encomios, todo esto le ha trastornado su cabeza y
le ha hecho concebir el proyecto de dominar los pueblos a expensas de sus
libertades, convertido en un abominable emperador Acaba de redactar una
Constitución Política detestable, evidentemente contraria a sus principios de
otras épocas. Ha usado el lenguaje de la moderación sólo para engañar a los
incautos. Sin rubor alguno anula de repente sentencias de los Tribunales
Civiles, poniendo en libertad a los condenados, y hasta ha confesado que él no podía restablecer el orden y reunir las partes dislocadas de la República
gobernando con arreglo a las leyes y a la Constitución. Delante de este
despropósito no hemos hecho otra cosa que insistir en la guarda de la Ley, de
la Constitución que él se empeña en desconocer. De este modo, Su Excelencia
camina en procura de un poder omnipotente, y a espaldas nuestras se burla
por la adhesión que profesamos hacia las leyes. Para él, todos los funcionarios
públicos son ignorantes, los diputados al Congreso unos pobres necios, locos
o enemigos de la independencia, la Constitución únicamente un código de
necedades y las leyes la ignominia de Colombia. Cada día que amanece nos
amenaza con marcharse para siempre, dejándonos, según él, sumidos en el
caos. Y cree asustamos con pequeñeces de ésas. Se burla de los colegiales
ilustrados, a quienes califica de locos. Durante las campañas del Sur cometió
el crimen de ir más allá de las fronteras autorizadas por el Congreso,
arrastrando sus ejércitos camino de la aventura y procurando no la libertad de
esas tierras sino su propia gloria, la satisfacción de su vanidad insaciable,
como ocurrió en el Perú. Violó reiteradamente el artículo 191 de la
Constitución, nuestro retrato fue apuñalado y luego fusilado por sus
lugartenientes y edecanes. Nos ha creído cómplices y hasta autores directos
de la conspiración contra su vida, y desde entonces no sabe qué hacer para
causar nuestra deshonra. No ha vuelto a cursamos invitación para asistir a los
convites y celebraciones de etiqueta que últimamente ha dado en su Quinta. Y
cuando el cónsul de Inglaterra ofreció un convite en nuestro honor, se excusó
de asistir para no premiamos con su presencia y prestigio. Vencidos como
fuimos en la votación para presidir la Convención de Ocaña, celebró nuestra
derrota, en Bucaramanga, donde entonces se encontraba, en medio de bailes,
alborotos nocturnos y convites. Habla el idioma del señor que reprende a sus
siervos, del general acostumbrado a mandar soldados que obedecen ciegos.
Celebró a solas la infamia del coronel Crofston, cuando ordenó al pelotón de
fusilamiento que abriese fuego contra el muñeco de trapo con el que me
compararon aquella noche, en aquella fiesta ocurrida en la Quinta de la Sáenz.
Finalmente nos ha perseguido, encarcelado bajo acusación de conspirar contra
su vida. Es en esta mansión del despotismo donde existe ahora el
Vicepresidente de Colombia, vilipendiado por el hombre más ambicioso que
nosotros hayamos conocido nunca.
Su Excelencia terminó de leer, lanzó el papel al suelo:
—¡Hijueputas!
Arriba comienza de nuevo la fiesta. Aquel cuaderno de Guitarra de
Carmen Caycedo vuelve a abrirse y el Regimiento de las Milicias Pardas interpreta La Libertadora. Chorrea la música, las grietas son como de agua en
las tablas del techo. La contradanza ocupa el espacio. Suena la música de
Boyacá, sube la fiebre. Desde los muros brota de nuevo la voz:
Nada de despejo en todo el día, orines detenidos, el hipo no cede. Pulso
miserable.
Su Excelencia se incorpora en su lecho, vuelve a desplomarse:
—¡Vamos, vámonos muchachos, vámonos que aquí no nos quieren!
Afuera todo es igual.