La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 8 de 51

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La ceniza del Libertador

Ocho

 

Salen a cubierta sin probar los alimentos, abandonan los platos servidos en la

mesa. Pajes, naves, desperdicios intocados. En un rincón, Bernardino apenas

consigue ser iluminado por las lámparas que cuelgan del techo. Los guantes

de espesos bordados que el negro usa impiden ver que una de sus manos es

blanca carateja, la otra negra. Al salir, el biombo de percal flamea como una

bandera clavada en la puerta. Palacios aguarda con sus perros, todos buscan la

puerta que conduce al segundo piso. Corre el viento. Un soplo húmedo que

parece venir de las ciénagas próximas, cargado de aromas de animales, de

plantas acuáticas. Delante de la puerta, Su Excelencia ordena al coronel

Santana:

—¡Golpea, golpea con el sable, tumba eso!

Después del tercer golpe la puerta comienza a sonar como una campana.

Es entonces cuando no se sabe exactamente por dónde aparece a espaldas de

Palacios un hombre muy bien vestido, que chorrea aún las aguas perfumadas

de un baño reciente. Rostro fresco, ropas olorosas, fragantes a colonias

francesas. En una de sus manos el hombre carga un portafolio:

—Heme aquí a las órdenes de Su Excelencia, es un honor para toda la

tripulación poder servir a ustedes, señores.

Se inclina, da un paso atrás como en los bailes de lujo. Su Excelencia gira

en sus botas, queda delante del aparecido:

—¿Quién es usted?

—El abogado de a bordo, Excelencia, hago las veces de secretario y estoy

a su mandar.

—Si es así, exijo ver al capitán, ¡quiero verlo ya mismo!

El hombre da otro paso atrás, sonríe:

—Oh, por supuesto, nada más natural. El capitán arde en deseos de bajar

y se excusa de no haberlo podido hacer hasta el momento. Usted ya sabe,

Excelencia, cómo son estas cosas.

—¿Qué dice usted? ¡Sepa de una vez que exijo verlo ya mismo!

—Calma, señor, no es usted quien debe ir a él sino el capitán quien debe

bajar. Su Excelencia se lo merece todo.

—¡Subiré!

El hombre traza otra gran inclinación, sopla encima de sus uñas brillantes:

—Usted manda aquí, Excelencia, pero el capitán se sentirá desgraciado si

usted estropea su dicha de bajar a saludarlo como es debido para hacerle

entrega de las llaves del navío. Es un rito, señor, pero de todos modos

demasiado significativo para quienes se dedican a estas travesías, créamelo.

—Me inquieta lo que está sucediendo arriba.

—¿Arriba? ¿Algo malo?

—¿Cómo? Escúchelo usted mismo, ¿no es ése el alboroto de un baile?

El hombre ladea su oreja, hace el que escucha:

—Ejemm, ejemm, así parece, pero eso en realidad no es nada que deba

preocuparlo.

—Explíquese, explíquese entonces.

—Ahora mismo se prepara una recepción en su honor, Excelencia, ésa es

la verdad, se trata de una sorpresa, eso es todo.

Santana agita libremente sus brazos, el viento barre la pestilencia:

—¿Una recepción a bordo?

—Tenía prohibido anticipar alguna cosa al respecto pero ustedes mismos

me han obligado a hacerlo. Espero que me guarden la debida reserva, se los

ruego.

Su Excelencia está desconcertado. Sus motivos de inquietud se

desvanecen de pronto como la niebla en el viento que barre los bosques.

Arriba se prepara una recepción en su honor, eso es todo. Es cierto que no

desea él fiesta alguna, celebración alguna en su nombre, pero no deja de

agradarle aquella lejana señal de solidaridad en mitad del río. Su labio inferior

sube basta tocar el tostado borde de su boca, sus ojos aminoran su fuego de

antes. Está feliz. Arriba, el Regimiento Fijo de Cartagena da iniciación a otra

contradanza. El alboroto del baile ocupa los vacíos espacios del río:

—De todos modos debo ver al capitán, se trata de un asunto

particularmente importante.

El hombre vuelve a soplar encima de sus uñas:

—Dígalo, Excelencia, diga de qué se trata, yo estoy para servirlo.

—Hablo de mi pasaporte, señor.

—¿Su pasaporte?

Su Excelencia sonríe:

—¿Y qué quiere? Puesto que me marcho de estas tierras debo tener en

regla mis papeles, ¿no es así?

—Lamento su determinación, general, pero conozco al pie de la letra mis

deberes. No estoy aquí para lamentarme sino para servirlo, diga, diga usted

qué debo hacer.

—Necesito mi pasaporte, eso es todo.

—¡Oh!, ¡no me diga que no lo tiene!

—Pues no lo tengo.

—¡Vaya, vaya!

El hombre abre su portafolio, busca afanoso, saca una hoja en blanco.

Toma la pluma, la moja en el tintero que destapa en el suelo, se acurruca.

Pone el portafolio en sus rodillas, extiende la hoja vacía, escribe. Agota la

tinta, humedece de nuevo la pluma en el frasco, vuelve a escribir. Piensa,

moja, traza signos en el papel. Ríe a solas, revuelve el líquido del frasco,

escurre la pluma en el borde que chorrea, escribe veloz. Lee en silencio lo

escrito, brilla con gestos de aprobación, tapa el frasco, ordena todo en su

portafolio, extiende el papel:

—Firme aquí, Excelencia.

—¿Y eso qué es?

—Oh, perdón, lo olvidaba, se trata de la petición escrita en relación con su

pasaporte.

—¡Preste acá!

Su Excelencia lee en voz alta de principio a fin:

—¿Y es preciso todo esto?

—Ejemm, bueno, es mejor que las cosas se tramiten por escrito, como

debe ser. De ese modo dejan sus huellas, sus frescas huellas. No olvide usted,

Excelencia, que la patria apenas nace, y es mejor que nazca bien.

Su Excelencia no responde, sonríe, firma a cambio. La contradanza deja

de sonar, el baile se detiene. Chorrean por las hendijas polvos perfumados,

baja el aroma de los vinos, el tin-tin de las copas que circulan. Vuelve el

viento. Abajo en la bodega se escucha el sordo bramido de las calderas. El

silencio de arriba las rescata del olvido. De pronto truena una voz. El baile se

parte en dos filas, por el centro desfilan algunos hombres corpulentos,

pesados, que arrastran sus botas, sus espuelas en el piso. La fiesta termina

para dar paso a ciertos actos oficiales. Parece una reunión del gabinete de

gobierno. Los pasos atraviesan el salón, entran en el recinto contiguo. El

coronel Santana agarra a Su Excelencia por el brazo:

—¿Está escuchando usted eso, general?

—Perfectamente, cabrón, perfectamente.

—Se ha suspendido el baile, señor.

—Oye, oye, quédate quieto.

Fernando se acerca:

—No me gusta eso, tío, no me gusta para nada eso que está pasando.

—Tampoco a mí.

—¿Reconoce las voces, tío, las identifica?

—¡Schsss! ¡Deja de hablar, carajo!

En el silencio una gran voz sobresale, los labios de Su Excelencia

tiemblan:

—Oigan, oigan ustedes ese pliego de calumnias, resulta que ahora soy yo

el conspirador. ¿Habían visto algo peor?

—¡Malnacidos!

—¡Miserables!

—¿Saben ustedes lo que son esos? ¿Saben lo que son?

—¿Qué, Excelencia?

—¿Cómo qué? Unos niños, unos niños locos, eso es lo que son.

En lo confuso de los acontecimientos, el hombre del portafolio desaparece

llevándose consigo la petición escrita que Su Excelencia firmó en relación

con su pasaporte. Discretamente, nada dice al retirarse. Se deslizó utilizando

la espalda de todos. Fernando es el primero en percibir su ausencia:

—¡Huyó!

Su Excelencia queda suspendido en el aire, tose. Lleva ambas manos a su

pecho, destroza las flores que agarra. Está ahogado. La fiebre sube, baja la

espuma de su clara de huevo, atormenta con su fogón encendido en las sienes,

en los puntos declives del cuerpo. Es lo mismo que ha ocurrido en estos

últimos días cuando empieza la noche.

La tos se incrementa, debe Su Excelencia recibir el concurso de su

sobrino, del coronel Santana, de Palacios para no doblarse contra el muro de

tablas próximo a la puerta donde han estado dando golpes en procura de ser

atendidos. Golpes inútiles, desperdicios al viento. Ya nadie recuerda al

desaparecido, nadie piensa en él. Hasta huye de la escena la exigencia de

subir donde el capitán. Ahora se trata de que Su Excelencia se debate por

lograr el más leve contacto con el aire, la más insignificante proporción. Sus

ojos se inyectan, brotan a la superficie del flojo pellejo pálido como dos

semillas redondas. Retorna la espuma amarilla, cubre la torta de los labios.

Espuma más espesa que antes señalada con discretos puntos bermejos. En lo

más elevado de la curva, cuando los músculos se aflojan, el acceso empieza a ceder. Chorrea un sudor frío, los pulmones se serenan, retornan a lo suyo. El

sudor no es sudor, es sólo una corriente de frío en la piel. Un frío extraño en

medio de la calentura. Tampoco es frío. Es apenas el modo como se expresa

el rompimiento de la relación que existe entre la biología de sangre tibia y el

cosmos sideral. Su Excelencia respira, sus pulmones ya no saltan en

espasmos, se inflan lentamente, trabajosamente. Los ojos pierden sangre,

vuelven a sus sitios en sus nidos. Pero, contra toda ilusión, en el borde de los

labios la espuma se perfecciona. Torpor en el corazón por aquella espuma a

causa de la visión de aquel signo. Su Excelencia da la vuelta, evita los ojos de

quienes lo acompañan. Saca su pañuelo, hace a un lado el apoyo de quienes lo

sostienen en pie, limpia el desperdicio:

—Iré a reposar.

Silencio.

Como puede comienza a caminar. Abajo, en el piso, las tablas embreadas

reproducen su sombra de largas toldas. Pasos lentos pasos. Tose adolorido, se

detiene, vuelve a caminar. Pasa bajo el puente, siente sobre su cabeza el

balanceo de dos grandes lámparas que cuelgan en los baos de la cubierta de

encima. Patea el cubo de brea, suspira, avanza basta la zona donde cuelgan

los aparejos de cáñamo, los lazos, las escalerillas dobladas como bultos en el

suelo. Desde allí mira el paisaje:

—Señor Caycedo, señor Caycedo, mándeme usted el pasaporte que me

prometió. ¿Qué le pasa? Mándemelo usted, ¡hey, hey!

Su Excelencia conversa en el vacío, murmura, imagina sus cartas de los

próximos días, se anticipa a los acontecimientos. Sin el pasaporte su salida de

la patria no es posible. Sus enemigos lo desean en el destierro, pero el

documento no llega:

—¿Tan pronto se olvidó usted de su promesa, señor Caycedo? Vamos,

vamos, es sólo un papel, no pueden ustedes estropear de semejante modo mi

última voluntad, se trata tan sólo de un cochino papel.

Su Excelencia murmura, observa ensimismado la herida que deja el vapor

en las aguas del río más allá del alcázar de popa. Se recuesta, entretiene sus

ojos en el balanceo del ancla que cuelga en un macizo madero, recupera la

marcha. Todos lo siguen a prudente distancia, tienen miedo. Junto a Palacios

los perros saltan, juegan, muerden los aparejos. Su Excelencia llega a la

desembocadura del pasadizo de los camarotes, dobla. Pasa junto al pequeño

salón de estar, llega a la puerta. Abre, entra en el dormitorio, empuja.

Adicional a su propia fuerza, el viento azota. Tambalea, se escurre entre los bultos, sonríe. De rodillas en el lecho abre la ventana hacia la noche que

empieza. Luego se tumba:

Y ve a Jonotás bajo las lámparas encendidas de algún instante del pasado.

Visión diabólica, entretenida, de todos modos independiente de sus fiebres

vesperales. Jonotás vestida de soldado, mugrienta, exhalando su vaho mortal.

Perfume de vinagre en los años de la piel, de fermento de pocas aguas.

Orines, heces adheridas al pellejo durante una meritoria labor de décadas:

—¡Hey! ¿Qué haces allí?

Jonotás sonríe, ríe, carcajea. Visibles, ahí están en su rostro los registros

de la viruela de un día. Nítidos como los orificios dejados por los meteoros en

la arena de un astro agitado, cráteres de impacto en el polvo seco. Su pelo

jamás ordenado, recortado con tijeras como el de un hombre, amarrado en la

imagen con aquel trapo de siempre. Ella da la vuelta, camina. Y la ve

descender por las calles de Quito a espaldas de Palacios, junto a los perros. El

rubio barcino y el bayo del color de la paja seca, los mismos animales que

ahora corretean en cubierta desde el entoldado de popa hasta el castillo de

proa. Los mismos que acaban de morder los aparejos de cáñamo, las

escalerillas enrolladas como bultos en el suelo. Pero en la visión que se dibuja

en la ventana se cumple la noche. Alta noche helada atravesada por nieblas

bajas. Palacios lleva en sus manos una carta para Manuela: «Ven, ven junto a

mí, ven ahora». Jonotás ríe la picardía, carcajea, rompe la noche:

—¿Su Excelencia? Mírenlo, mírenlo, manda otra vez por sus albóndigas.

Es tanta la risa que parece ebria:

—Mi general tiene afán en la tripa, ¡jua, jua, jua!

Encima de los techos acolchonados por la niebla ve de repente la imagen

de una virgen triste. Es el rostro de Josefina Aispuru. Más arriba, en un trono,

permanece sentado Simón Sáenz. En un recodo del camino, despeinada en la

nuca por la fuerza del viento que brota en las esquinas, Jonotás comienza a

dar saltos. Sus tetas brincan, rebrincan como frutas sucias dentro de su

mugrienta casaca de soldado. Está imitando a alguien, se burla de ese alguien

en el enigma de la noche:

—Qué afán, qué urgencias no tendrá mi general en su longaniza, ¡jua, jua,

jua!

Oculto, desaparecido en las sombras, don Basilio el sereno de la esquina

grita:

—¡Ave María, las dos y sereno!

Las dos de la madrugada.

Jonotás ya casi no puede hablar a causa de la risa, se contorsiona en el

piso, abre sus piernas encima de las piedras bañadas por la escarcha que

parece polvo de azúcar. Levanta su falda, se acurruca, hunde su pubis hasta

tocar el suelo:

—¡Oh! ¡Cómo me fascina sentir el hielo en los labios!

Palacios corre, los perros lo siguen.

Afuera, el vapor continúa partiendo en dos tajos la corriente del Río

Grande de la Magdalena.

—¡Oh! ¡Qué maldita fascinación la mordedura de este hielo!

La niebla de la madrugada baja su telón.