La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 42 de 51

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La ceniza del Libertador

Cuarenta y dos

 

Medianoche.

Despierta sobresaltado, escucha ruidos en el pasillo. Sonidos que no

corresponden a los conocidos pasos de Palacios, a las botas de Fernando, de

Santana. No sabe cómo pudo incorporarse pero está sentado en el borde del

camastro, espera. De pronto los ruidos se hacen más leves, lejanos. Luego

desaparecen sepultados por el bramido de las máquinas en la bodega, por

aquella música del baile de arriba. Contradanzas, valses, minués. Copas,

botellas de vino, jarras con rosolis. Madera, Burdeos, desciende por las

hendijas el buqué, aquel humo de los cigarrillos. No hay movimiento alguno

de tropas pero se cuchichea mucho. Un gran murmullo universal. Mira el reloj

y comprueba que va siendo la una de la madrugada. Hay fiebre. Toda la fiebre

del mundo vuelta ceniza en su frente, hastío. Se pone de pies, va hasta la mesa

de noche, bebe gotas de agua. Agua filtrada. Siente ardor en el borde de sus

labios y encuentra que falsean las cáscaras de las cicatrices al contacto con la

humedad. Regresa al camastro y con un pañuelo seca la brillante orilla de

sudor que se forma en su frente. Ha comenzado a sudar. Buena, amada señal.

Signo de la calentura que huye:

—¡Ufff, ufff!

Se dispone a tenderse de nuevo cuando escucha otros ruidos, esta vez más

contundentes, afirmativos. Luego oye una voz:

—¿Quién vive?

Es la voz de uno de sus centinelas del Palacio de Gobierno, en Santafé. La

reconoce, escucha cuando es silenciada de una sola cuchillada. Afuera hay

gran alboroto de personas que corren arrastrando sus sables. Un asalto,

piensa. El centinela gime, se ahoga, cae al suelo de un golpe. Palpa de nuevo

su frente, siente que la fiebre aún está ahí, espera. Debe terminar de cumplirse

el ciclo orgánico. Los pasos del asalto se escuchan más próximos. Vienen por

el pasadizo del comedor, de la cocina, de la repostería. El bayo color pajizo,

el rubio barcino corren, ladran junto a las escaleras y en las puertas de los

aposentos principales. Un soldado anda por el tejado de la vecindad, se agazapa. Luna llena. Luna de amplias, generosas visiones. La voz de una

mujer se mezcla con los acontecimientos y le implora que salte a la calle, que

brinque por la ventana, que escape cuanto antes. Salta. Los conspiradores

rompen la puerta de la recámara contigua, equivocan su rumbo. Han sido

engañados por la mujer, vuelven sobre ella. Uno de ellos patea su frente, la

injuria. Otro con acento de matón francés propone escapar. De pronto suena

la voz de Fergusson cuando ocupa el pasillo de los camarotes, cuando da

gritos, cuando pregunta por él:

—Excelencia, Excelencia, ¿qué ha sucedido?

Los asaltantes tropiezan con él y uno de ellos descarga un pistoletazo en

su frente. Fergusson gime, su cuerpo cae de espaldas, rueda. Queda dormido,

hermoso, fresco en su instantánea eternidad. Arriba crece el cuchicheo. Su

Excelencia corre a la puerta, abre. Palacios está ahí:

—¿Está usted vivo, general?

—Muerto, catire, muerto, ¿no me ves?

—Gracias a Dios, venga conmigo, ¡corra!

—¿Qué sucede?

—Un asalto, señor, venga conmigo, rápido.

—¿Un asalto?

—Contra su vida, ya han huido, pero venga ya mismo conmigo, vamos.

—¿Escaparon los cabrones?

—Huyeron despavoridos.

Su Excelencia va por sus armas de fuego, se cubre con una manta:

—¡Vamos por ellos!

Con el segundo paso se detiene:

—¿Dónde están mis coroneles?

—Custodiando la puerta, señor.

—¿La puerta? ¿Cuál puerta?

—La que conduce arriba, por donde escaparon esos cabrones, allí están.

—¿Huyeron hacia arriba? ¡Claro, claro, ya se los había dicho!

—Sí, los vimos, los vimos cerrar la puerta, yo mismo los vi, eran varios.

—¿Dejaron heridos?

—No, todo está en orden.

Pasos rápidos por el pasadizo, por cubierta. Llegan junto a la puerta.

Fernando está armado:

—El asalto vino de arriba, tío, ahora las cosas parecen más claras.

—Ya lo sé, ya lo sé.

Santana está agitado y despide un olor de mortecina que el viento barre:

—¿Tumbo esa mierda? ¿La echo al suelo de una vez?

—No, coronel, todavía no.

—Acaban de huir, señor, están arriba.

—Deja, deja, ya lo sé.

Su Excelencia habla bajo junto a los oídos de sus coroneles:

—Debemos preparar el asalto de modo que sea perfecto, la historia no nos

perdonará el más leve error.

—Y ahora, ¿qué hacemos ahora?

—Monten guardia hasta el amanecer.

—Deberíamos subir ya mismo, tío, óigalos arriba.

—Deja, deja, ya llegará el momento.

—Hace frío, tío, cúbrase.

La mirada de Su Excelencia no corresponde al momento: serena, vaga y

lejana, quieta en el pozo del desengaño. Deja a sus coroneles montando

guardia, toma a Palacios por el brazo y lo lleva hasta la barandilla:

—¿Sabes que estoy herido, José?

—¿Herido? ¿Dónde?

—Aquí, en el alma, ¿no lo estás viendo?

—Lo entiendo, señor.

—Esos puñales, esas botas en los corredores, esos sables, esos gritos…

—Gracias a Dios no lo tocaron, señor, venían con las peores intenciones.

—¿Qué dices? Hubiese preferido un pistoletazo en el cuello.

—¡Malnacidos!

La imagen de la noche de septiembre brilla en el agua, salpica la cubierta.

Hay frío en la barandilla y el héroe está a punto de toser. Agarra el tubo,

siente que el espasmo desaparece, ríe:

—Ven, ven conmigo.

Toma por el brazo a Palacios y viene a sentarse en un cubo de madera

bajo el cobertizo del puente. Espera, tiembla de frío, mastica sus dientes.

Palacios se impacienta:

—Debería usted regresar al camarote, hace frío.

—Déjame, déjame, aquí estoy bien.

—Iré a la cocina, Bernardino podría prepararle algún bebedizo caliente.

—No, quédate ahí, quédate.

Pasan los minutos, el vapor avanza. Minutos lentos en un principio pero

ligeramente más rápidos después. Minutos, minutos horas. Nubes

blanqueadas, entintadas lilas. ¿Amanece?

De pronto se escuchan voces abajo. Vienen de abajo, del agua. Palacios

salta, corre a la barandilla y regresa con la noticia:

—¡General, estamos rodeados de canoas por todas partes!