La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 34 de 51

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La ceniza del Libertador

Treinta y cuatro

 

Golpes secos, azotes con los nudos de la huesuda mano empuñada. Más allá

del quinto golpe, cuando Santana se alista para descargar su sable contra el

metal de los marcos laterales, se escucha una voz que brota de atrás:

—Buenas tardes, señores, ¿en qué puedo servirles?

Todos dan la vuelta. Allí está el hombre de la levantadora roja. Su

Excelencia casi lo empuja con el pecho:

—Vamos, vamos, ¿de nuevo usted?

El hombre afina sus modales:

—Excelencia, qué grato es volverlo a ver, ¿de qué se trata ahora?

—¡No toleraré más enigmas en mi propia nariz!

—Calma, mucha calma, ya veo que insiste usted en subir, ¿no es así?

—¡Tengo derecho!

—Tiene usted razón, toda su razón, pero existen órdenes superiores en

contra que supongo conocidas de usted.

—No las entiendo, no las acepto.

—Hablo de la determinación del Congreso Nacional.

—¡Métetela por el tubo, quítala de allí!

El hombre carraspea, limpia su garganta. Frota sus manos y mira a los

lados. Arriba el cielo es azul mientras en las orillas la vegetación se observa

espesa, cerrada, de un color verde oscuro:

—Perdóneme, general, pero creo que le han informado mal.

—¿Informado mal? Vea, vea usted con lo que sale ahora, ¡se me prohíbe

subir!

—De ninguna manera, ahí está el asunto, no se trata de una prohibición.

—¿Cómo le llama a eso, cabrón?

—Es que carece de todo sentido hacerlo, señor. Arriba sólo hay

desperdicios, basura, ratas de mar. Todo está en desorden, los pisos no pueden

ya con el polvo y los papeles, si usted lo viera, da lástima.

—¡Eso!, ¡eso!, ¡quiero verlo todo! ¡De eso se trata!

—¡Oh!, no conviene.

—No conviene a qué, dímelo, ¿a qué?

—A su salud, señor.

Su Excelencia se tambalea:

—¿Quiere que le diga una cosa de una vez? Sospecho de usted, sospecho

de todo este miserable enigma.

—Cálmese, cálmese Excelencia, yo pienso que el capitán…

—¿Cuál capitán? ¿Cuál chulo? A ver, ¿dónde está ese tal capitán?

—El señor capitán, señor, nada menos, el hombre que nos conduce en este

viaje, hablo de él.

—¡No creo en él, no lo he visto!

—¿Desea usted verlo? ¿Así que ése es el problema?

—¿Cómo? Por supuesto que sí, de inmediato, ¡ya mismo!

Un remolino de viento infla de pronto las prendas de vestir, despeina. El

hombre se abraza, pone sus manos en los muslos, impide que se levanten los

vuelos de su batón de seda, habla más lento:

—Perdón, miren ustedes qué viento más imprudente, casi me lanza al

vacío, por poco me deja con el campanario a la vista, ¡jo, jo! Espérenme aquí,

corro a vestirme como es debido, ya mismo vuelvo.

Parte en carrera. Las máquinas truenan en la bodega, los aparejos de

cáñamo se balancean, brillan con el día a causa de la brea. De pronto el

hombre se detiene, da la vuelta y grita:

—¡En cinco minutos estaré de regreso!

Su Excelencia avanza un paso, gallo de pelea vestido de colores:

—Está bien, está bien, pero al sexto minuto derribaremos esa puerta,

¿entendido? ¿Queda entendido?

—¡No será necesario, señores, ya regreso!

Y se perdió.

En menos de seis minutos el hombre está de vuelta. Elegante, vaporizado.

De su piel, de sus ropas se desprende un suave olor de perfume. Trae saco y

pantalón, todo de grueso paño azul oscuro, viene como asomado a un jardín.

Zapatos amarrados con lazos de cinta, un alfiler de brillantes en el centro del

pecho, chaleco, leontina en la faltriquera izquierda y en la derecha un racimo

de llaves de cornerina. Camisa pechona de cuello de encaje, lazo azul a modo

de corbatín. En el hueso de su nariz, frágiles lentes de montura de oro,

delgados aros, en realidad un monóculo. Ha peinado su bigote, el pelo de su

cabeza con gomina brillante que desprende una fragancia de minuciosas

cajitas guardadas. El hombre se coloca delante de la puerta, se apoya en su

bastón, llama con cierto canto:

—¿Capitán?

Su Excelencia sonríe mientras Santana salta adelante:

—Hey, ¿y sí cree usted que alguien responderá a esta pobre flauta?

—¿Cómo flauta?

—Digo, ¿a ese gritito de gato?

El hombre se impacienta, gira como espantapájaros en el eje de su bastón

de oro:

—Y, ¿lo duda? No olvide que en el mundo de los viajes abundan las

claves, coronel, no lo olvide.

Y cuando dijo «claves» su voz tomó un acento especial.

—¿Cuánto tiempo debemos aguardar?

—Paciencia, por favor, Excelencia, mucha paciencia.

—¡Acabo de preguntarle cuánto tiempo debemos aguardar!

—Un momento, volveré a llamar, es extraño.

Tose, carraspea, llama:

—¿Capitáaan?

No termina de cerrar su boca cuando algo suena detrás de la puerta.

Santana empuña su sable guardado.

—¡Ya viene! ¿Oyeron eso? Pues bien, ya viene, eso era todo.

Chirrido.

Todos escuchan cuando alguien empuja el pasador de un viejo picaporte.

Caen sales minerales envejecidas, arruinadas por el tiempo, por la clausura de

los grandes momentos de olvido. Polvo, cáscaras de una vieja pintura, de un

lejano barniz, de una tostada brea expuesta al climaterio del río. Oxidación,

sufrimiento de las cosas, cierto gozo de la muerte mineral:

Una diminuta ventana se abre en el costado izquierdo de la puerta.

¿Ojo?

¿Roto?

Luz del otro lado del enigma a la altura de nuestras cabezas. El hombre

del bastón retrocede:

—¿Capitán?

Por la diminuta ventana aparece sólo una mano. Una mano vieja que

oculta los ojos de un rostro curtido, embalsamado en la tinta de los viajes.

Nariz curva, ganchuda, por cuyas ventanas soplan rudas matas de pelo. En el

labio superior un bigote espeso cuyas puntas chorrean aún la grasa de una

sopa fría:

—Perdonen la demora, señores, pero estaba almorzando.

Su Excelencia avanza, agita ambos brazos, aparta con energía los

obstáculos, se aproxima al roto:

—¿Es usted el capitán?

—¿El capitán? Oh, no, de ninguna manera, señor, yo no soy el capitán.

—¿Quién entonces?

El hombre no retira su mano de encima de sus ojos ocultos.

—Sólo soy un ayudante, señor, ¿en qué puedo servirle?

—¿Y el capitán?

—Es una lástima, pero él continúa imposibilitado para bajar, ahora mismo

descansa.

—¡Necesito verlo, es una orden!

El hombre del otro lado permanece sereno, casi sonríe, no quita su mano

de encima de sus ojos. Mano curtida, biombo asoleado sembrado de pecas, de

cáscaras en las cicatrices. Mueve sus labios:

—Temo que no se va a poder, señor.

—¡Hey!, ¡hey!, ¡creo que tú no sabes quién soy!

—Lo sé, señor, pero el capitán se ha quedado sin ojos, ¿qué hago yo?

—¿Cómo?

El hombre dibujó algo que pareció una sonrisa:

—Bueno, es un decir nada más, una clave de viaje.

La ventana no tiene más de medio palmo cuadrado, y en ella a duras penas

sólo cabe la cuarta parte del rostro de un hombre. Ahí está esa nariz con sus

naves donde soplan matas de pelos de alambre, ese labio de encima cubierto

con aquel bigote ensopado, aquella mano curtida enneblinando los ojos. Su

Excelencia ni se atreve a hablar. Fernando y Santana se miran, bajan sus ojos

al suelo donde brilla la brea derretida. Palacios monta guardia por el flanco de

atrás acompañado de los perros. Sobre las cabezas de todos cuelgan los

aparejos, tantos nudos de tantos lazos. En el cielo despejado las golondrinas

parecen piedras negras que alguien lanza desde las orillas. De pronto vuelve a

hablar la boca del otro lado de la puerta:

—Bueno, ¿y qué es lo que se ofrece?

Su Excelencia parece despertar de un misterioso sueño:

—¡Subir, subir, subir ya mismo!

—¿Subir? ¿Es eso lo que he oído?

—¡Subir, exactamente eso, subir!

—Sería un lamentable error, señor, se podrían ustedes enfermar, están

contaminadas hasta las ratas, créanmelo, no exagero, hasta las ratas.

Su Excelencia grita:

—¡No creo, no creo en esa famosa enfermedad, quítate de ahí, abre ya la

puerta, ábrela!

—Yo no miento, señor, ¿por qué habría de hacerlo?

—Si no abres, derribaremos esa puerta, subiremos por nuestros propios

medios.

El hombre del otro lado duda unos instantes pero luego habla:

—¿Es usted el Caballero de Colombia?

—¡Soy el presidente, cabrón!

—Es un honor, es un verdadero honor, y lloro de sólo pensar que lo tengo

a usted delante y no puedo verlo. Toda mi vida quise conocerlo a Su

Excelencia, pero ya no tengo ojos para hacerlo, es una desgracia, una

verdadera desgracia.

—Déjate ver, quita esa mano de allí, quítala.

Estoy ciego, señor, yo también me he contaminado, ¿no lo ve?

—¡Hea! ¡No te creo!

El hombre se disculpa, pide a todos que por favor se retiren a prudente

distancia y separa su mano de encima de sus ojos:

—Mire usted, mire usted mismo, general, debe convencerse de una vez

por todas.

Rotos, estoraques en la cuenca del ojo, ventanas vacías, despobladas de

toda soberbia, de toda imagen en el espejo, de cuánta ruina. Lejanía de todo lo

perdido donde crece la medianoche del viejo archivador junto a su lámpara

quieta, ciega, arrume de papeles que el viento empozado clasifica, tintas,

mangas sucias por el polvo en los codos, en las muñecas de trapo de las

manos, sellos, tablas de escritorio donde se vilipendia la patria que viene de la

guerra del honor, donde ella se domestica, donde agoniza entre perfumes y

distinguidos calzados de hebilla, dulces brillantinas en los bigotes de doble

sentido, en el pelo. Dentro de los rotos desocupados hay restos de tejido

viscoso, residuos del universo del otro lado, el mundo de arriba dibujado,

trazado en relieve. Todos retroceden, gimen. El hombre de la diminuta

ventana vuelve a colocar su mano encima de sus ojos, enneblina el enigma:

—¿Se convence usted ahora, Excelencia?

—¡Pobre, pobre hombre, no es posible!

Los labios del hombre del otro lado del enigma tiemblan, parecen morder

el espesor de un tabaco inexistente. De pronto cobran firmeza, permiten que

una lengua manchada deje allí alguna humedad, abandone un aliento, babas

brillantes que se queman en la cáscara del borde exterior. Luego esos mismos

labios hablan:

—Dígame Florentino, general, pertenezco a la familia de los Florentinos,

¿no lo recuerda?

Nadie escucha. La visión de aquellos ojos lo ha trastornado todo:

—Y, ¿así mismo se encuentra el capitán?

—¿El capitán? Oh, no, él está bajo tratamiento especial, no ha llegado aún

tan lejos.

—¿Se quedará él ciego también?

—¿Y quién habría de saberlo? Ni Dios mismo, señores, pero de todos

modos cualquier cosa que ocurra sucederá después del fin de esta travesía,

despreocúpense ustedes, ya estamos cerca, ya pronto llegaremos, ¡nch!, ¡nch!,

el curso del viaje es más veloz que el curso de la enfermedad ¿no les parece?,

¡nch!, ¡nch!

La lengua del hombre es la de un pájaro que asea su pico en la rama.

Fernando acaba de sacar su pañuelo, escupe el piso y hace desaparecer la

saliva con la suela de su bota. Pasa el lienzo sobre sus labios, murmura:

—Conjuntivitis, conjuntivitis de la peor, eso, eso es.

El hombre del otro lado del enigma vuelve a depositar cristales de baba en

el borde exterior de sus labios. Las babas se evaporan, las cicatrices brillan y

dejan ver de pronto la estética de la muerte. Diminutos espejos se quiebran

allí, donde la lengua trapea:

—¿Conjuntivitis? ¡Oh no! No es eso. Dicen que es un mal muy antiguo

transmitido por el contacto con los papeles viejos, eso es todo.

Santana se mira las manos:

—¿Por el papel?

—Lo ignoro, coronel, pero eso es lo que dicen.

—¡Podredumbre, eso es!

—¿Podredumbre? ¿Dijo usted podredumbre?

El hombre muerde una de las cáscaras secas que flotan en sus labios, la

arrastra adentro, la come. Aquella boca vuelve a temblar:

—Excelencia, ¿puedo retirarme? Estoy fatigado, créamelo.

Nadie responde.

El hombre entiende y cierra la pequeña ventana. Al otro lado cae el

picaporte, se escuchan esas pisadas subiendo la escalera. Una escalera de

cámara de pequeños travesaños. Después los oídos tiemblan, las manos

buscan sus apoyos naturales, los ojos ya no saben ni qué cosas hacen La

estética de la muerte ha dejado su baba en la transparente visión de las cosas.

Y no habrá en adelante agua suficiente para lavar aquella baba, para expulsar de allí esa certeza desconcertante. El vapor parece más veloz que nunca en el

centro del río. Ya llegan las sales de la mar. ¿Y, la muerte?

—¿Qué? ¿Qué?

Humo, llovizna, ceniza de agua.