La ceniza del Libertador
Treinta y nueve
La mañana continúa fresca, reciente en la niebla de nunca acabar. Su
Excelencia sale a cubierta y vuelve a ver lo invisible:
Adelante marcha Manola Madroño:
Aquella oreja limpia, en la otra un zarcillo menudo. Después percibe un
movimiento, ligera modificación súbita del sitio donde nada hay, donde todo
es posible. Los aparejos cuelgan y el viento produce sus gualdrapazos en el
biombo del comedor, vela extendida en la puerta por donde pasan los cuerpos.
Más alto en el cielo el sol brilla en las tablas, derrite la brea. Tantos
fantasmas, tanta ilusión en el tejido: la modificación intempestiva del lugar
produce su efecto. Allí está Isabel Soublette, la hermana del general, fresca en
la mañana de las frutas, de la desocupación de su vientre de tierra, envuelta en
una sábana casi transparente. Va camino de los pozos del Orinoco donde ríe
altanera. Salta desnuda, rebrinca, brincan sus pechos duros, puntudos. ¿Más
atrás?
Otra mujer pisa la madera, pies menudos. Es Josefina Núñez, su adorable
Pepita de las estrellas. Monta su caballo, aúpa las huestes en aquellas duras
jornadas de la guerra que al desaparecer lo fueron dejando solo, lo fueron
abandonando a la inutilidad de un tiempo vacío, a la inclemencia de otra
lógica: la lógica de los escritorios. Tibia, a su lado, la piel de Josefina tenía
sentido en las frescas noches del llano. Blancas, sus manos también ofrecían
sentido cuando transparentaban la sangre misteriosa en la hoguera donde
crepitaban los insectos, allí donde las mariposas se encendían fugaces como
fósforos vivientes. ¿Más atrás?
Diminuta, diminuta muñeca que brota de su hamaca y pisa la alfombra
descalza. Viene él de su lado, proviene de resucitar en sus besos bajo las
estrellas del papel de colgadura de su aposento. Todo en la batalla fue
perfecto, hasta la humareda final. Es ella, sí, Anita Lenoit. Se coloca discreta
en la formación de fila india que avanza por la cubierta, que desfila desde el
castillo de popa en dirección a la vieja estructura de la proa. Trae uno de sus vestidos preferidos. Un vestido esponjado, lleno de viento en sus flancos. ¿Y,
más atrás?
Jeannette Hart, la muchacha de Connecticut. Brota de la popa, rebota en el
piso de la cubierta, alegre. Busca con sus ojos azules el amparo de papá, cuyo
sombrero se agita en la barandilla de aquel barco fondeado a babor. Jeannette
Hart, lisa, esquiva, bañada por una rara espuma. Ella, manejando ese gesto,
aquel venturoso estigma de niña desprotegida que lo confunde todo, que
amasa como pan al más duro. Muerde sus labios, como pajitas tostadas que
acaba de arrancar por la ventanilla de un coche en marcha. ¿Y, detrás?
Bernardina. Todo en ti amor, tú siendo todo. Palabras que los labios de Su
Excelencia pronunciaron un día y que sus manos escribieron tantas, tantas
veces. Todo en ti amor, tú siendo todo, tú la única. Palabras enigmáticas,
solitarias, supuradas por el corazón en esa ventana podrida de la boca que
enamora a ciegas en el pecho del inconcluso, palabras locas puestas a
disposición del amor por cuya alabanza toda mujer resulta bienvenida, única
en la dispersión, imposible, fugaz en el pecho del que desde siempre se sabe
desterrado, del desengañado que se busca afanoso en los espejos, en vano en
los vidriosos ojos de la amante. Bernardina, tú, tú, todo en ti amor, tú siendo
todo, tú la única. Palabras que todas sus cartas llevaron por los campos
húmedos, también por los polvorientos. Voces locas que sus labios repitieron
hasta la muerte, de belfo en belfo, de pecho en pecho, única verdad del
huérfano inconcluso que se busca siempre más allá, en la misteriosa ventana
que nunca llegó. De nuevo, amorosa, se pavonea la estética de la muerte. ¿Y,
más al fondo? Aquella catedral donde se consume abochornado, niño, cáscara
que se quema bajo los efectos de la gloria, de la deificación que nunca buscó,
procuró. De nuevo ella, Bernardina, paseándose coqueta en la pantalla de sus
sentidos. De pronto alguien rompe la escena, babea el suelo, atrapa la presa:
es Florentino. Viene herido, se irá herido para siempre. Florentino el
enamorado se llevará el sobrante, la abierta herida quemante de ser el segundo
hombre en la posesión exclusiva de la carne, cargará hasta su cueva con los
desechos. Y no lo perdonará jamás.
La fila es perfecta, intachable, pero incompleta. Faltan allá muchas otras
mujeres. De pronto vuelve a modificarse la disposición de las cosas, hay
movimiento en el tumulto. Arrastrando la cola de su vestido aparece su prima
Fanny. Habla en francés, saborea su lengua tan dulce como una golosina de
altas frambuesas. Se pavonea distante propietaria de la sangre, sobradora.
Finalmente suena todo el alboroto. Cargando un látigo brota de las aguas
de la popa una mujer que viene rodeada por docenas de gatos, un oso joven, varios pájaros cantores, una esclava tan linda que parece pintada y otra a su
lado vestida de soldado, maloliente, perversa en la rota señal de sus labios,
fiel y oculta, un trapo rojo amarrado en su cabeza. Grita:
—¡Largo de aquí, perras, yo soy la Sáenz!
Todas corren, se espantan, desaparecen en lo invisible. Ha llegado la
Sáenz también, agitando su látigo en las sombras.
Cierra el desfile mamá. Su espalda tiene la curvatura de la muerte, tose. A
su lado, Hipólita. Trae las tetas desnudas en el campanario, arrastra
pesadamente sus sandalias, murmura cosas casi de ceniza.
El sol sube y la fiebre es como un canto. Su Excelencia desaparece él
mismo en ese olvido infinito de todos los acontecimientos sucedidos, de todas
las cosas amadas, deseadas, temidas. Un olvido que es igual a la memoria
pero en la dimensión del hastío.