La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 39 de 51

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La ceniza del Libertador

Treinta y nueve

 

 

La mañana continúa fresca, reciente en la niebla de nunca acabar. Su

Excelencia sale a cubierta y vuelve a ver lo invisible:

Adelante marcha Manola Madroño:

Aquella oreja limpia, en la otra un zarcillo menudo. Después percibe un

movimiento, ligera modificación súbita del sitio donde nada hay, donde todo

es posible. Los aparejos cuelgan y el viento produce sus gualdrapazos en el

biombo del comedor, vela extendida en la puerta por donde pasan los cuerpos.

Más alto en el cielo el sol brilla en las tablas, derrite la brea. Tantos

fantasmas, tanta ilusión en el tejido: la modificación intempestiva del lugar

produce su efecto. Allí está Isabel Soublette, la hermana del general, fresca en

la mañana de las frutas, de la desocupación de su vientre de tierra, envuelta en

una sábana casi transparente. Va camino de los pozos del Orinoco donde ríe

altanera. Salta desnuda, rebrinca, brincan sus pechos duros, puntudos. ¿Más

atrás?

Otra mujer pisa la madera, pies menudos. Es Josefina Núñez, su adorable

Pepita de las estrellas. Monta su caballo, aúpa las huestes en aquellas duras

jornadas de la guerra que al desaparecer lo fueron dejando solo, lo fueron

abandonando a la inutilidad de un tiempo vacío, a la inclemencia de otra

lógica: la lógica de los escritorios. Tibia, a su lado, la piel de Josefina tenía

sentido en las frescas noches del llano. Blancas, sus manos también ofrecían

sentido cuando transparentaban la sangre misteriosa en la hoguera donde

crepitaban los insectos, allí donde las mariposas se encendían fugaces como

fósforos vivientes. ¿Más atrás?

Diminuta, diminuta muñeca que brota de su hamaca y pisa la alfombra

descalza. Viene él de su lado, proviene de resucitar en sus besos bajo las

estrellas del papel de colgadura de su aposento. Todo en la batalla fue

perfecto, hasta la humareda final. Es ella, sí, Anita Lenoit. Se coloca discreta

en la formación de fila india que avanza por la cubierta, que desfila desde el

castillo de popa en dirección a la vieja estructura de la proa. Trae uno de sus vestidos preferidos. Un vestido esponjado, lleno de viento en sus flancos. ¿Y,

más atrás?

Jeannette Hart, la muchacha de Connecticut. Brota de la popa, rebota en el

piso de la cubierta, alegre. Busca con sus ojos azules el amparo de papá, cuyo

sombrero se agita en la barandilla de aquel barco fondeado a babor. Jeannette

Hart, lisa, esquiva, bañada por una rara espuma. Ella, manejando ese gesto,

aquel venturoso estigma de niña desprotegida que lo confunde todo, que

amasa como pan al más duro. Muerde sus labios, como pajitas tostadas que

acaba de arrancar por la ventanilla de un coche en marcha. ¿Y, detrás?

Bernardina. Todo en ti amor, tú siendo todo. Palabras que los labios de Su

Excelencia pronunciaron un día y que sus manos escribieron tantas, tantas

veces. Todo en ti amor, tú siendo todo, tú la única. Palabras enigmáticas,

solitarias, supuradas por el corazón en esa ventana podrida de la boca que

enamora a ciegas en el pecho del inconcluso, palabras locas puestas a

disposición del amor por cuya alabanza toda mujer resulta bienvenida, única

en la dispersión, imposible, fugaz en el pecho del que desde siempre se sabe

desterrado, del desengañado que se busca afanoso en los espejos, en vano en

los vidriosos ojos de la amante. Bernardina, tú, tú, todo en ti amor, tú siendo

todo, tú la única. Palabras que todas sus cartas llevaron por los campos

húmedos, también por los polvorientos. Voces locas que sus labios repitieron

hasta la muerte, de belfo en belfo, de pecho en pecho, única verdad del

huérfano inconcluso que se busca siempre más allá, en la misteriosa ventana

que nunca llegó. De nuevo, amorosa, se pavonea la estética de la muerte. ¿Y,

más al fondo? Aquella catedral donde se consume abochornado, niño, cáscara

que se quema bajo los efectos de la gloria, de la deificación que nunca buscó,

procuró. De nuevo ella, Bernardina, paseándose coqueta en la pantalla de sus

sentidos. De pronto alguien rompe la escena, babea el suelo, atrapa la presa:

es Florentino. Viene herido, se irá herido para siempre. Florentino el

enamorado se llevará el sobrante, la abierta herida quemante de ser el segundo

hombre en la posesión exclusiva de la carne, cargará hasta su cueva con los

desechos. Y no lo perdonará jamás.

La fila es perfecta, intachable, pero incompleta. Faltan allá muchas otras

mujeres. De pronto vuelve a modificarse la disposición de las cosas, hay

movimiento en el tumulto. Arrastrando la cola de su vestido aparece su prima

Fanny. Habla en francés, saborea su lengua tan dulce como una golosina de

altas frambuesas. Se pavonea distante propietaria de la sangre, sobradora.

Finalmente suena todo el alboroto. Cargando un látigo brota de las aguas

de la popa una mujer que viene rodeada por docenas de gatos, un oso joven, varios pájaros cantores, una esclava tan linda que parece pintada y otra a su

lado vestida de soldado, maloliente, perversa en la rota señal de sus labios,

fiel y oculta, un trapo rojo amarrado en su cabeza. Grita:

—¡Largo de aquí, perras, yo soy la Sáenz!

Todas corren, se espantan, desaparecen en lo invisible. Ha llegado la

Sáenz también, agitando su látigo en las sombras.

Cierra el desfile mamá. Su espalda tiene la curvatura de la muerte, tose. A

su lado, Hipólita. Trae las tetas desnudas en el campanario, arrastra

pesadamente sus sandalias, murmura cosas casi de ceniza.

El sol sube y la fiebre es como un canto. Su Excelencia desaparece él

mismo en ese olvido infinito de todos los acontecimientos sucedidos, de todas

las cosas amadas, deseadas, temidas. Un olvido que es igual a la memoria

pero en la dimensión del hastío.