La ceniza del Libertador
Dieciséis
Palacios llama a la puerta desde hace rato. Su Excelencia despierta, salta,
queda sentado en el borde del camastro. Han pasado cuatro días pero nada
parece cambiar. Arriba continúan los mismos movimientos de tropas y
durante las noches se acentúan los signos de la fiesta, pero el peligro que una
vez se presintió en todo aquello parece haber desaparecido. Con el paso de los
días cuaja la costumbre. Del capitán se pudo saber que todavía padece de
misteriosas condensaciones purulentas en sus ojos, por lo que se teme que la
contaminación se ha tornado de verdad resistente a las medicinas
convencionales. Pero todo indica que el viaje no se suspenderá de ningún
modo. Palacios vuelve a golpear la puerta. Su Excelencia limpia con sus
manos las cuadras de sus ojos, organiza maquinalmente su pelo y camina
tropezando los objetos, casi cegado por la luz que inunda la ventana. Abre la
puerta:
—¿Qué es la joda, carajo?
—Perdone usted la interrupción, general, pero ahora mismo estamos
pasando por Mompox.
—¡Cómo ha de ser!
—Ahí lo tiene, mírelo usted mismo, mírelo, mírelo, ¿no lo recuerda?
Casas blancas brillantes bañan su sombra en el río. Sobre la orilla la
multitud se agolpa. Su Excelencia sale a cubierta donde la luz abunda como
rota basura de espejos. Camina hasta la barandilla, se agarra con fuerza. Ha
dormido vestido una vez más. Apelmazado, su cabello muestra la señal de la
almohada. Con una mano intenta de nuevo organizar su pelo y con la otra se
sostiene en pie. Y en el borrón de sus sentidos ve, escucha la apoteosis, el
griterío de la multitud que pronuncia su nombre. Toda la población se ha
volcado sobre la orilla. Los ancianos, los niños, las mujeres, los hombres.
Baten sus manos, sus trapos de colores, sus herramientas de trabajo. Han
venido los sastres, los peluqueros, los herreros. También los artesanos de las
sillas de mimbre con sus muebles de bordadura, los trabajadores del oro
mostrando las calzas de sus dientes, las piedras engastadas en los anillos de filigrana donde el día se abrillanta. Todos gritan, saludan al hombre que
avanza solitario rumbo a la mar en procura de un instante de silencio, de paz.
Tan solo de una porción de lejanía para poder morir.
Blancas casas visibles en el detenido humo de la luz
Muros, paredes secantes de lentas tintas de ojos
De tintas verbales paralizadas en el chorro de la boca
Cartones blancos ahítos de tintas, de vísceras diarias
Pueblo mío de todos los lugares
En cada piedra tuya un corazón extendido
En cada cáscara de cal esa bala insigne, ese amor, aquel suspiro
del intestino
Muros, patios como desadoloridos hospitales de árboles, almas
niñas tan sueltas en lo sombrío
Tan sueltas
Tanto como la niebla de aquello que no se tiene o se tuvo algún
día
Paredes secantes de tantas vidas
Donde todo pasa Permanece.
De repente el vapor acelera como obedeciendo a una inesperada urgencia.
Mompox es puerto obligado en la ruta pero todo indica que esta vez el navío
no se habrá de detener ni siquiera en cumplimiento de una escala técnica. En
las orillas crece la multitud. Algunos agitan ahora inmensas hojas de plantas
que han teñido con acuarelas y cales de diferentes colores. Es la gloria.
Desde el momento en que el vapor atraviesa una línea imaginaria en el
río, comienza a caer una espesa lluvia de flores: siemprevivas, violetas, lirios
del campo, campanas, carretones empujados desde los páramos, clavellinas.
Lustrosas, las aguas se ven cubiertas de reflejos, vaporizadas de perfumes que
vienen de las lejanas tormentas del tiempo.
El vapor vuelve a doblar su velocidad.
Un escuadrón de aves diminutas agrieta el cielo despejado. Chillando
agujas, los pajaritos picotean la cabeza de un gavilán en fuga. El gavilán
avanza, tasajea la claridad en zigzag, fija sus ojos en los acontecimientos de
abajo. Da una vuelta en redondo perdiéndose por el lado de estribor,
reaparece por el alcázar de popa. Sobre su cabeza los diminutos pájaros no
dan tregua, no deben descansar hasta expulsarlo de su territorio. El gavilán se
detiene, cometa suspendido, gira. Encrespa sus plumas, agudiza la mirada. En
el cielo azul hace su siesta de pesadilla. Los pájaros ganan altura, cagan desde arriba en los ojos del gavilán. Vilipendiado, el gavilán emprende de nuevo la
fuga, se hace pequeño en el horizonte, desaparece:
—José, ¿qué voy a hacer con estas tripas? A ver, dímelo, ¿qué hago con
este buche?
¿Voz, murmullo, pensamiento interior?
Nadie escucha, pues desde las orillas chorrea el espeso calostro de la
apoteosis que vomita su nombre, sus raras hazañas. Muchos de aquellos
hombres enseñan en lo alto sus armas de fuego, disparan al vacío. Por todos
los graderíos de tierra pulpa comienzan a bajar columnas de húsares armados
que corren a ocupar los champanes estacionados en la ribera. Son los soldados
empobrecidos, mutilados por la guerra, cuyos uniformes de otros tiempos
salpican el suelo destrozados por la podredumbre. Vienen descalzos,
famélicos, aunque dispuestos a volver a morir una vez más por la gloria de
esa cosa fresca y sangrienta que ellos conocían con el nombre de patria. Cosa
abierta, destripada, amada. En instantes, aquellos champanes se ponen en
movimiento, rumbo al vapor que cruje en el centro del río empujado por la
cuchara delantera cuya velocidad se ha duplicado de nuevo. Las calderas
trabajan a toda máquina, el humo se atropella en las chimeneas, el cielo se
empaña como un párpado que rueda encima de las cenizas secas. Dentro del
pecho, Su Excelencia escucha el martillo que golpea la esponja más púrpura.
Delante de sus antiguos soldados y sin acariciar ningún falso sueño, Su
Excelencia siente que sus ojos son visitados por densas caravanas de
imágenes que trotan por los callejones:
Ve otra vez el pequeño campamento de Jauja, apasible en las azoteas de
un aire detenido, frío. Al fondo las moles de piedra custodiadas por desiertos
de arena. Más arriba, en lo imposible, las cumbres nevadas, los volcanes, las
fumarolas por donde supura la tierra su bilis. Viene del triunfo de Junín y se
tropieza de bruces con una noticia que le encalambra los ojos:
—Y, ¿qué se sabe de Santafé?
—Lo peor, general.
—¿Cómo lo peor?
—Sí, lea usted mismo el correo, léalo no más, léalo.
Su Excelencia lee, permanece mudo, mastica sus propios dientes. Putea,
patea el piso. Camina de un extremo al otro del salón, arrastra más de lo
debido los tacones de sus botas como sucede cuando pierde el control. Va
hasta la esquina del canapé, regresa a la otra esquina. Y de paso por el mueble
del centro barre con el puño de su mano derecha las copas que hay encima:
—¿Cómo pudo haber sido posible?
Las copas estallan en el piso.
Perpleja en un rincón, Manuela sabe de memoria que debe esperar un
poco la curva de la temperatura. Su Excelencia recorre de nuevo el salón,
pisotea los vidrios rotos, clava en ellos sus ojos. Sólo entonces ella decide
hablar:
—¿Qué ha sucedido?
—¡Lo peor! ¡Lo peor!
—Dímelo.
Su Excelencia tiembla:
—No podrás siquiera imaginarlo.
—Habla de una vez, por Dios, ¿qué ha pasado?
—Ese miserable consiguió finalmente lo que tanto buscaba.
—¿Qué?
—El Congreso acaba de revocarme la Ley de Autorización.
—¡Es él, es él!
—Sin duda.
—No lo entiendo, acabas de derrotar a los ejércitos del Rey.
—Sí, pero quieren impedirme que me corone de gloria en Ayacucho.
—¡No lo entiendo, no lo puedo entender! ¿Es así como piensan la patria?
Manuela exhibe espuma en el borde de sus labios. Un borrón de espuma,
aquella grieta siniestra en el centro de su frente. Sus ojos fusilan los objetos,
su pecho tiembla:
—Yo te lo dije, debiste matarlo a tiempo, yo te lo dije tantas veces.
—La miserable envidia será aquello que nos perderá para siempre.
—¡Malnacido!
Manuela viste un traje rosado debajo del cual su piel resulta mucho más
lechosa. Piel quiteña, de blanco lodo insurgente. Acaba de cambiar su
uniforme de húsar por ese traje rosa, para aquietar con su resplandor el natural
nerviosismo de Su Excelencia en vísperas de la batalla definitiva contra los
ejércitos del Rey. Amando, jugando, haciendo alboroto, Su Excelencia piensa
mejor que nunca, encuentra siempre otras alternativas, superiores estrategias.
Es una ley de su alma. En su sabiduría de hondo olfato, Manuela entiende que
debe sosegar a su hombre vestida de mujer y no de soldado. Antes de la
guerra nada mejor que el espectro del amor. Pero la noticia de Santafé lo
acaba de estropear todo. Arrinconados contra los glaciares aguardan los
prestigiosos regimientos de Burgos, Gerona, Fernandinas. Lo mejor de
España. Están armados hasta los dientes y cantan himnos sin reposo para
poner a circular su sangre congelada en medio de los altos hielos. Perfectamente uniformados, profesionales del bien y del mal, aquellos
soldados se acicalan delante de espejos que ellos mismos se fabrican
poniendo a congelar agua de las vertientes en pequeñas cacerolas redondas. Y
permanecen tranquilos, agazapados en la niebla que el imperio colonial
prolonga desesperadamente, atolondrados por la falsa ilusión de que las tropas
americanas jamas irán por ellos hacia legiones donde hasta el terciopelo de
los frailejones gotea escarcha. Todo ocurría entonces como si el Rey,
arrinconado en su orgullo herido, acabase de ordenar a sus tropas vivir al pie
de los volcanes, más allá de todas las nubes conocidas, para conservar al
menos la gloria de papel de permanecer en América aunque fuese de aquel
modo. Pero Su Excelencia era un raro perro de caza dispuesto a ir hasta el
final.
Manuela sabe perfectamente que eso es lo que Su Excelencia viene
soñando de tienda en tienda, de noche en noche, cuando hacia la madrugada
conversa a solas, emite órdenes locas que son como piedras rodando por los
callejones:
—¡Fusílalo!
Su Excelencia no responde. Observa los muros, la grieta de humedad que
chorrea del techo, las copas rotas en el suelo, la guirnalda que la brisa fresca
forma en la cortina del ventanal. Y ordena al correo abandonar el salón:
—No puedo hacerlo, tú lo sabes perfectamente, simplemente no puedo
hacerlo.
—¿Cómo que no puedes?
—No está en mí.
—Pero es tu enemigo escondido y tienes ahora en tus manos toda la
gloria, todo el poder militar, es el momento de hacerlo.
—De llegarlo a hacer perdería en un instante toda mi gloría y pasaría a la
historia como un tirano despreciable, ¿lo entiendes?
Manuela no puede impedir que la espuma continúe acumulándose en el
borde de sus labios:
—¿Qué harás?, ¿qué harás entonces?
—No lo sé.
—¿Regresarás a Santafé?
—¡No lo sé, no lo sé!
Los pequeños champanes se separan de la orilla del río, en travesía y
comienzan a navegar rumbo al vapor principal donde Su Excelencia arruga el
cuenco de sus ojos para ver mejor la lejanía. Mompox brilla bañado de leches
secas. Muros blancos resplandecientes en la mañana, techos amusgados, salpicados por la caca memoriosa de las golondrinas. Caen al agua las
siemprevivas, las violetas, las clavellinas, los lirios del campo, aquellos
carretones traídos de la sierra. Por las puertas de las casas brotan tantas
vasijas cargadas de otras flores que las mujeres y los jóvenes derraman en el
agua. Tanto el valor principal como los pequeños champanes flotan ahora
sobre un territorio esponjado de flores. En la proa inundada de una paz triste,
la cuchara come alucinada una rápida sopa de perfumes, pistilos, polen y
abejas arrastrados desde la floresta. Como humo suelto, toda la gloria se
esponja.
La embarcación de Su Excelencia acaba de duplicar otra vez su velocidad,
truena. En el centro del río, donde fulge la línea imaginaria del viaje de la
buena ventura, la cicatriz se hace entonces más honda. Perplejos, los soldados
que acaban de subir a los champanes para ir a palpar aunque fuera la madera
de la popa, el miserable francobordo del vapor, observan que el navío de Su
Excelencia se pierde río abajo inalcanzable en medio del estruendo de sus
calderas.
Mompox va quedando atrás:
Blancos muros lejanos en el ojo donde la memoria sustituye a la
imagen
Secantes intervenidos por el secreto que campea en la leche de cal
Techos de barro, musgo encendido en las gracias del viento
De golondrinas cacas
Aquel chorro sangriento de los murciélagos locos en los mangos
de almíbar
La lejanía constante, siempre la lejanía de la ventana que nunca
llegó
Toda la cal dilatando esa claridad
El farol apagado en el borrón del tiempo
Pacientes sillas al descampado, asnos en los parques detenidos
Bosta callejera coronada de mariposas
La gota de sudor en el callejón de la frente que piensa
Aquel oro en la mano de la sarracena
La mano de Su Excelencia agarra la barandilla, agarra fuerte:
Vuelve a verse en Jauja sin poder abandonar el insomnio donde lo empuja
el recuerdo. He ahí el mismo vallecito del Alto Perú, calcado en lo que fue,
donde los vientos helados cristalizaban las aves en las madrugadas del
invierno. Han pasado varios días. Hay paz en la casa, pero Su Excelencia se pasea nervioso por los corredores a la espera del resultado en Ayacucho. El
Mariscal Antonio debió reemplazarlo al frente de sus tropas y marchó de
inmediato en busca de los ejércitos del Rey, pues su Excelencia decidió
respetar las órdenes llegadas de Santafé en el sentido de no ir más allá de lo
autorizado. Pasan los días, las noches, pero los correos no vienen con las
noticias de la batalla que decidirá la suerte del Rey en América. Desfilan las
nieblas, cruzan también los pájaros hilvanando aquella hierba donde pastan
como animales los ojos agónicos de quien permanece en la ventana:
Hasta que una tarde, con gran estruendo, alguien cae de bruces en las
gradas del portal. Acaba de desplomarse de su cabalgadura. Todavía habla
cosas incoherentes, sus ropas se observan picoteadas por las águilas, los
cóndores hambrientos. También su piel. Está boca abajo, inmóvil,
irreconocible. Pero cuando Su Excelencia da vuelta a su cuerpo con el pie
derecho, reconoce que se trata del capitán Alarcón. En sus manos agujereadas
por la acción de las larvas tiembla un papel firmado por el Mariscal Antonio:
—¡General, hemos derrotado al Rey de España!
Su Excelencia grita, brinca, corre a abrazar a Manuela mientras otros
atienden al capitán Alarcón. Ella viste de soldado, lleva puesto un tricornio
azul adornado con plumas amarillas a voluntad de su ingenio desocupado de
los últimos días. Su Excelencia baila con ella, salta, brinca una contradanza:
El general Valdés, y con él el Rey de España, acaban de ser derrotados
para siempre. Comienza en el mundo un nuevo periodo de su historia de loca
perdida. La tierra está abonada con tanta sangre que parece fértil. La guerra ha
terminado. ¿Terminado? No, apenas vuelve a comenzar. La boca de los
hombres es sólo una pobre huérfana en ausencia de la sangre.
Su Excelencia sirve dos copas de San Lúcar, bebe junto con Manuela. Sus
ojos atraviesan la muselina transparente que cuelga en la ventana del salón:
Ve al Rey.
Ve al Rey comiendo flores tristes que él mismo le extiende de sus manos
generosas, leales. Rodeado de sus soldados pomposos, célebres ellos en la
ruina de sus armas valientes, muertos como panes ahítos de levadura
fermentada, el Rey llora de rabia. Está abajo, colocado en anaqueles
inferiores, y desde arriba Su Excelencia lo observa con piedad. Pero, más
arriba aún, en una azotea escondida, ríen sus enemigos. Tapan sus bocas con
la mano, murmuran asuntos de lodo y brillo aparente. Acaban de salir de clase
y permanecen en la puerta de la escuela. Cóndores finos de cuello de pajarita,
de alas y picos acicalados. Muy pulcros, abanican sus alas extendidas al sol de
la plaza de San Bartolomé, dejan ver debajo sus códigos, sus leyes como cuchillos. Se pavonean, sacan las letras de los parágrafos, aceitan las tildes de
los incisos, paisajean la patria. Toda la patria que pronto será suya. Entre
tanto, allá en Jauja, Su Excelencia baila La Generala, chupa la boca de
Manuela agrandada por el espíritu del vino, no cabe en sus calzones. Busca la
carne y la encuentra: Manuela, ven. Y la señora del pobre viejo de Thorne
rebrinca como una potranca, ofrece su tricornio, chupa los labios de su héroe,
los párpados, desliza al suelo sus polvorientas ropas de húsar. A su lado,
Jonotás carcajea, alborota, baila lo demencial mismo hasta dejar el vaho de
sus genitales impreso en los brillantes recuadros del piso.
Serenos en su cálculo, los cóndores de la plaza de San Bartolomé
aguardan su oportunidad. Qué vergüenza, dicen. Qué vergüenza señores,
señoritas, no es nuestra culpa que ellos sean así.
La velocidad del vapor es tanta que pronto desaparecen las últimas
imágenes de Mompox. Como puede, Su Excelencia camina hasta la popa.
Desde allí agita sus manos perdidas, se despide de la multitud que ya ni se
percibe. Pero, como en Honda, de repente se escucha el trueno de una voz:
—¡Que cesen de inmediato los homenajes!
El grito espanta bandadas de pájaros antes mimetizados en la floresta de
las orillas:
—¡El tirano que baja por el río no es más que un nudo de ambiciones!
Su Excelencia parece no entender.
—Tío, tío, ¿escuchó usted?
—¡Es una infamia!
—¡Un nudo de ambiciones que sólo persigue su propia gloria!
—¡Malnacidos!
—Viene de arriba, ¿sí lo están oyendo?
—¿De arriba?
—No lo sé, es que no se sabe.
—Pienso que sí, de arriba, oigan, oigan.
—No, creo que de la orilla, me parece que es de aquella orilla.
—¡Miserables!
La voz vuelve a escucharse, esta vez más lejana, débil como si viniese de
un lugar oculto en el bosque, del lado de estribor donde brillan las aguas de
una ciénaga casi azul sembrada de lotos:
—¡Un dictador que sólo conoce el idioma del general acostumbrado a
gritar a sus soldados y a ser obedecido ciegamente! ¡Esa es la piltrafa humana
que huye por el río, no se equivoquen ustedes, no más flores!
Su Excelencia responde, grita, pero pronto debe desistir. Sus pulmones
comienzan a sentirse vacíos y en segundos lo sacude un espasmo. Un
espasmo mortal. Agarrado a la barandilla de popa tose hasta doblarse como
un trapo lavado. Tos seca en un principio, tos que al final cobra el sonido de
la flema que se desgarra de las paredes interiores. Vieja cal. Y pinta espuma
bermeja en el borde de sus labios. Una espuma que se apresura a retirar con
su pañuelo de lienzo:
—Si pudiese despacharlo todo de una vez —dice.
—Inténtelo ahora mismo, tío, aproveche.
—No puedo, ya te he dicho que no puedo.
—Existen pócimas, señor.
—¿Y es que no entiendes, carajo?
Vuelve a toser.
En la distancia, Mompox ya no existe.