La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 16 de 51

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La ceniza del Libertador

Dieciséis

 

 

Palacios llama a la puerta desde hace rato. Su Excelencia despierta, salta,

queda sentado en el borde del camastro. Han pasado cuatro días pero nada

parece cambiar. Arriba continúan los mismos movimientos de tropas y

durante las noches se acentúan los signos de la fiesta, pero el peligro que una

vez se presintió en todo aquello parece haber desaparecido. Con el paso de los

días cuaja la costumbre. Del capitán se pudo saber que todavía padece de

misteriosas condensaciones purulentas en sus ojos, por lo que se teme que la

contaminación se ha tornado de verdad resistente a las medicinas

convencionales. Pero todo indica que el viaje no se suspenderá de ningún

modo. Palacios vuelve a golpear la puerta. Su Excelencia limpia con sus

manos las cuadras de sus ojos, organiza maquinalmente su pelo y camina

tropezando los objetos, casi cegado por la luz que inunda la ventana. Abre la

puerta:

—¿Qué es la joda, carajo?

—Perdone usted la interrupción, general, pero ahora mismo estamos

pasando por Mompox.

—¡Cómo ha de ser!

—Ahí lo tiene, mírelo usted mismo, mírelo, mírelo, ¿no lo recuerda?

Casas blancas brillantes bañan su sombra en el río. Sobre la orilla la

multitud se agolpa. Su Excelencia sale a cubierta donde la luz abunda como

rota basura de espejos. Camina hasta la barandilla, se agarra con fuerza. Ha

dormido vestido una vez más. Apelmazado, su cabello muestra la señal de la

almohada. Con una mano intenta de nuevo organizar su pelo y con la otra se

sostiene en pie. Y en el borrón de sus sentidos ve, escucha la apoteosis, el

griterío de la multitud que pronuncia su nombre. Toda la población se ha

volcado sobre la orilla. Los ancianos, los niños, las mujeres, los hombres.

Baten sus manos, sus trapos de colores, sus herramientas de trabajo. Han

venido los sastres, los peluqueros, los herreros. También los artesanos de las

sillas de mimbre con sus muebles de bordadura, los trabajadores del oro

mostrando las calzas de sus dientes, las piedras engastadas en los anillos de filigrana donde el día se abrillanta. Todos gritan, saludan al hombre que

avanza solitario rumbo a la mar en procura de un instante de silencio, de paz.

Tan solo de una porción de lejanía para poder morir.

 

Blancas casas visibles en el detenido humo de la luz

Muros, paredes secantes de lentas tintas de ojos

De tintas verbales paralizadas en el chorro de la boca

Cartones blancos ahítos de tintas, de vísceras diarias

Pueblo mío de todos los lugares

En cada piedra tuya un corazón extendido

En cada cáscara de cal esa bala insigne, ese amor, aquel suspiro

del intestino

Muros, patios como desadoloridos hospitales de árboles, almas

niñas tan sueltas en lo sombrío

Tan sueltas

Tanto como la niebla de aquello que no se tiene o se tuvo algún

día

Paredes secantes de tantas vidas

Donde todo pasa Permanece.

 

De repente el vapor acelera como obedeciendo a una inesperada urgencia.

Mompox es puerto obligado en la ruta pero todo indica que esta vez el navío

no se habrá de detener ni siquiera en cumplimiento de una escala técnica. En

las orillas crece la multitud. Algunos agitan ahora inmensas hojas de plantas

que han teñido con acuarelas y cales de diferentes colores. Es la gloria.

Desde el momento en que el vapor atraviesa una línea imaginaria en el

río, comienza a caer una espesa lluvia de flores: siemprevivas, violetas, lirios

del campo, campanas, carretones empujados desde los páramos, clavellinas.

Lustrosas, las aguas se ven cubiertas de reflejos, vaporizadas de perfumes que

vienen de las lejanas tormentas del tiempo.

El vapor vuelve a doblar su velocidad.

Un escuadrón de aves diminutas agrieta el cielo despejado. Chillando

agujas, los pajaritos picotean la cabeza de un gavilán en fuga. El gavilán

avanza, tasajea la claridad en zigzag, fija sus ojos en los acontecimientos de

abajo. Da una vuelta en redondo perdiéndose por el lado de estribor,

reaparece por el alcázar de popa. Sobre su cabeza los diminutos pájaros no

dan tregua, no deben descansar hasta expulsarlo de su territorio. El gavilán se

detiene, cometa suspendido, gira. Encrespa sus plumas, agudiza la mirada. En

el cielo azul hace su siesta de pesadilla. Los pájaros ganan altura, cagan desde arriba en los ojos del gavilán. Vilipendiado, el gavilán emprende de nuevo la

fuga, se hace pequeño en el horizonte, desaparece:

—José, ¿qué voy a hacer con estas tripas? A ver, dímelo, ¿qué hago con

este buche?

¿Voz, murmullo, pensamiento interior?

Nadie escucha, pues desde las orillas chorrea el espeso calostro de la

apoteosis que vomita su nombre, sus raras hazañas. Muchos de aquellos

hombres enseñan en lo alto sus armas de fuego, disparan al vacío. Por todos

los graderíos de tierra pulpa comienzan a bajar columnas de húsares armados

que corren a ocupar los champanes estacionados en la ribera. Son los soldados

empobrecidos, mutilados por la guerra, cuyos uniformes de otros tiempos

salpican el suelo destrozados por la podredumbre. Vienen descalzos,

famélicos, aunque dispuestos a volver a morir una vez más por la gloria de

esa cosa fresca y sangrienta que ellos conocían con el nombre de patria. Cosa

abierta, destripada, amada. En instantes, aquellos champanes se ponen en

movimiento, rumbo al vapor que cruje en el centro del río empujado por la

cuchara delantera cuya velocidad se ha duplicado de nuevo. Las calderas

trabajan a toda máquina, el humo se atropella en las chimeneas, el cielo se

empaña como un párpado que rueda encima de las cenizas secas. Dentro del

pecho, Su Excelencia escucha el martillo que golpea la esponja más púrpura.

Delante de sus antiguos soldados y sin acariciar ningún falso sueño, Su

Excelencia siente que sus ojos son visitados por densas caravanas de

imágenes que trotan por los callejones:

Ve otra vez el pequeño campamento de Jauja, apasible en las azoteas de

un aire detenido, frío. Al fondo las moles de piedra custodiadas por desiertos

de arena. Más arriba, en lo imposible, las cumbres nevadas, los volcanes, las

fumarolas por donde supura la tierra su bilis. Viene del triunfo de Junín y se

tropieza de bruces con una noticia que le encalambra los ojos:

—Y, ¿qué se sabe de Santafé?

—Lo peor, general.

—¿Cómo lo peor?

—Sí, lea usted mismo el correo, léalo no más, léalo.

Su Excelencia lee, permanece mudo, mastica sus propios dientes. Putea,

patea el piso. Camina de un extremo al otro del salón, arrastra más de lo

debido los tacones de sus botas como sucede cuando pierde el control. Va

hasta la esquina del canapé, regresa a la otra esquina. Y de paso por el mueble

del centro barre con el puño de su mano derecha las copas que hay encima:

—¿Cómo pudo haber sido posible?

Las copas estallan en el piso.

Perpleja en un rincón, Manuela sabe de memoria que debe esperar un

poco la curva de la temperatura. Su Excelencia recorre de nuevo el salón,

pisotea los vidrios rotos, clava en ellos sus ojos. Sólo entonces ella decide

hablar:

—¿Qué ha sucedido?

—¡Lo peor! ¡Lo peor!

—Dímelo.

Su Excelencia tiembla:

—No podrás siquiera imaginarlo.

—Habla de una vez, por Dios, ¿qué ha pasado?

—Ese miserable consiguió finalmente lo que tanto buscaba.

—¿Qué?

—El Congreso acaba de revocarme la Ley de Autorización.

—¡Es él, es él!

—Sin duda.

—No lo entiendo, acabas de derrotar a los ejércitos del Rey.

—Sí, pero quieren impedirme que me corone de gloria en Ayacucho.

—¡No lo entiendo, no lo puedo entender! ¿Es así como piensan la patria?

Manuela exhibe espuma en el borde de sus labios. Un borrón de espuma,

aquella grieta siniestra en el centro de su frente. Sus ojos fusilan los objetos,

su pecho tiembla:

—Yo te lo dije, debiste matarlo a tiempo, yo te lo dije tantas veces.

—La miserable envidia será aquello que nos perderá para siempre.

—¡Malnacido!

Manuela viste un traje rosado debajo del cual su piel resulta mucho más

lechosa. Piel quiteña, de blanco lodo insurgente. Acaba de cambiar su

uniforme de húsar por ese traje rosa, para aquietar con su resplandor el natural

nerviosismo de Su Excelencia en vísperas de la batalla definitiva contra los

ejércitos del Rey. Amando, jugando, haciendo alboroto, Su Excelencia piensa

mejor que nunca, encuentra siempre otras alternativas, superiores estrategias.

Es una ley de su alma. En su sabiduría de hondo olfato, Manuela entiende que

debe sosegar a su hombre vestida de mujer y no de soldado. Antes de la

guerra nada mejor que el espectro del amor. Pero la noticia de Santafé lo

acaba de estropear todo. Arrinconados contra los glaciares aguardan los

prestigiosos regimientos de Burgos, Gerona, Fernandinas. Lo mejor de

España. Están armados hasta los dientes y cantan himnos sin reposo para

poner a circular su sangre congelada en medio de los altos hielos. Perfectamente uniformados, profesionales del bien y del mal, aquellos

soldados se acicalan delante de espejos que ellos mismos se fabrican

poniendo a congelar agua de las vertientes en pequeñas cacerolas redondas. Y

permanecen tranquilos, agazapados en la niebla que el imperio colonial

prolonga desesperadamente, atolondrados por la falsa ilusión de que las tropas

americanas jamas irán por ellos hacia legiones donde hasta el terciopelo de

los frailejones gotea escarcha. Todo ocurría entonces como si el Rey,

arrinconado en su orgullo herido, acabase de ordenar a sus tropas vivir al pie

de los volcanes, más allá de todas las nubes conocidas, para conservar al

menos la gloria de papel de permanecer en América aunque fuese de aquel

modo. Pero Su Excelencia era un raro perro de caza dispuesto a ir hasta el

final.

Manuela sabe perfectamente que eso es lo que Su Excelencia viene

soñando de tienda en tienda, de noche en noche, cuando hacia la madrugada

conversa a solas, emite órdenes locas que son como piedras rodando por los

callejones:

—¡Fusílalo!

Su Excelencia no responde. Observa los muros, la grieta de humedad que

chorrea del techo, las copas rotas en el suelo, la guirnalda que la brisa fresca

forma en la cortina del ventanal. Y ordena al correo abandonar el salón:

—No puedo hacerlo, tú lo sabes perfectamente, simplemente no puedo

hacerlo.

—¿Cómo que no puedes?

—No está en mí.

—Pero es tu enemigo escondido y tienes ahora en tus manos toda la

gloria, todo el poder militar, es el momento de hacerlo.

—De llegarlo a hacer perdería en un instante toda mi gloría y pasaría a la

historia como un tirano despreciable, ¿lo entiendes?

Manuela no puede impedir que la espuma continúe acumulándose en el

borde de sus labios:

—¿Qué harás?, ¿qué harás entonces?

—No lo sé.

—¿Regresarás a Santafé?

—¡No lo sé, no lo sé!

Los pequeños champanes se separan de la orilla del río, en travesía y

comienzan a navegar rumbo al vapor principal donde Su Excelencia arruga el

cuenco de sus ojos para ver mejor la lejanía. Mompox brilla bañado de leches

secas. Muros blancos resplandecientes en la mañana, techos amusgados, salpicados por la caca memoriosa de las golondrinas. Caen al agua las

siemprevivas, las violetas, las clavellinas, los lirios del campo, aquellos

carretones traídos de la sierra. Por las puertas de las casas brotan tantas

vasijas cargadas de otras flores que las mujeres y los jóvenes derraman en el

agua. Tanto el valor principal como los pequeños champanes flotan ahora

sobre un territorio esponjado de flores. En la proa inundada de una paz triste,

la cuchara come alucinada una rápida sopa de perfumes, pistilos, polen y

abejas arrastrados desde la floresta. Como humo suelto, toda la gloria se

esponja.

La embarcación de Su Excelencia acaba de duplicar otra vez su velocidad,

truena. En el centro del río, donde fulge la línea imaginaria del viaje de la

buena ventura, la cicatriz se hace entonces más honda. Perplejos, los soldados

que acaban de subir a los champanes para ir a palpar aunque fuera la madera

de la popa, el miserable francobordo del vapor, observan que el navío de Su

Excelencia se pierde río abajo inalcanzable en medio del estruendo de sus

calderas.

Mompox va quedando atrás:

 

Blancos muros lejanos en el ojo donde la memoria sustituye a la

imagen

Secantes intervenidos por el secreto que campea en la leche de cal

Techos de barro, musgo encendido en las gracias del viento

De golondrinas cacas

Aquel chorro sangriento de los murciélagos locos en los mangos

de almíbar

La lejanía constante, siempre la lejanía de la ventana que nunca

llegó

Toda la cal dilatando esa claridad

El farol apagado en el borrón del tiempo

Pacientes sillas al descampado, asnos en los parques detenidos

Bosta callejera coronada de mariposas

La gota de sudor en el callejón de la frente que piensa

Aquel oro en la mano de la sarracena

 

La mano de Su Excelencia agarra la barandilla, agarra fuerte:

Vuelve a verse en Jauja sin poder abandonar el insomnio donde lo empuja

el recuerdo. He ahí el mismo vallecito del Alto Perú, calcado en lo que fue,

donde los vientos helados cristalizaban las aves en las madrugadas del

invierno. Han pasado varios días. Hay paz en la casa, pero Su Excelencia se pasea nervioso por los corredores a la espera del resultado en Ayacucho. El

Mariscal Antonio debió reemplazarlo al frente de sus tropas y marchó de

inmediato en busca de los ejércitos del Rey, pues su Excelencia decidió

respetar las órdenes llegadas de Santafé en el sentido de no ir más allá de lo

autorizado. Pasan los días, las noches, pero los correos no vienen con las

noticias de la batalla que decidirá la suerte del Rey en América. Desfilan las

nieblas, cruzan también los pájaros hilvanando aquella hierba donde pastan

como animales los ojos agónicos de quien permanece en la ventana:

Hasta que una tarde, con gran estruendo, alguien cae de bruces en las

gradas del portal. Acaba de desplomarse de su cabalgadura. Todavía habla

cosas incoherentes, sus ropas se observan picoteadas por las águilas, los

cóndores hambrientos. También su piel. Está boca abajo, inmóvil,

irreconocible. Pero cuando Su Excelencia da vuelta a su cuerpo con el pie

derecho, reconoce que se trata del capitán Alarcón. En sus manos agujereadas

por la acción de las larvas tiembla un papel firmado por el Mariscal Antonio:

—¡General, hemos derrotado al Rey de España!

Su Excelencia grita, brinca, corre a abrazar a Manuela mientras otros

atienden al capitán Alarcón. Ella viste de soldado, lleva puesto un tricornio

azul adornado con plumas amarillas a voluntad de su ingenio desocupado de

los últimos días. Su Excelencia baila con ella, salta, brinca una contradanza:

El general Valdés, y con él el Rey de España, acaban de ser derrotados

para siempre. Comienza en el mundo un nuevo periodo de su historia de loca

perdida. La tierra está abonada con tanta sangre que parece fértil. La guerra ha

terminado. ¿Terminado? No, apenas vuelve a comenzar. La boca de los

hombres es sólo una pobre huérfana en ausencia de la sangre.

Su Excelencia sirve dos copas de San Lúcar, bebe junto con Manuela. Sus

ojos atraviesan la muselina transparente que cuelga en la ventana del salón:

Ve al Rey.

Ve al Rey comiendo flores tristes que él mismo le extiende de sus manos

generosas, leales. Rodeado de sus soldados pomposos, célebres ellos en la

ruina de sus armas valientes, muertos como panes ahítos de levadura

fermentada, el Rey llora de rabia. Está abajo, colocado en anaqueles

inferiores, y desde arriba Su Excelencia lo observa con piedad. Pero, más

arriba aún, en una azotea escondida, ríen sus enemigos. Tapan sus bocas con

la mano, murmuran asuntos de lodo y brillo aparente. Acaban de salir de clase

y permanecen en la puerta de la escuela. Cóndores finos de cuello de pajarita,

de alas y picos acicalados. Muy pulcros, abanican sus alas extendidas al sol de

la plaza de San Bartolomé, dejan ver debajo sus códigos, sus leyes como cuchillos. Se pavonean, sacan las letras de los parágrafos, aceitan las tildes de

los incisos, paisajean la patria. Toda la patria que pronto será suya. Entre

tanto, allá en Jauja, Su Excelencia baila La Generala, chupa la boca de

Manuela agrandada por el espíritu del vino, no cabe en sus calzones. Busca la

carne y la encuentra: Manuela, ven. Y la señora del pobre viejo de Thorne

rebrinca como una potranca, ofrece su tricornio, chupa los labios de su héroe,

los párpados, desliza al suelo sus polvorientas ropas de húsar. A su lado,

Jonotás carcajea, alborota, baila lo demencial mismo hasta dejar el vaho de

sus genitales impreso en los brillantes recuadros del piso.

Serenos en su cálculo, los cóndores de la plaza de San Bartolomé

aguardan su oportunidad. Qué vergüenza, dicen. Qué vergüenza señores,

señoritas, no es nuestra culpa que ellos sean así.

La velocidad del vapor es tanta que pronto desaparecen las últimas

imágenes de Mompox. Como puede, Su Excelencia camina hasta la popa.

Desde allí agita sus manos perdidas, se despide de la multitud que ya ni se

percibe. Pero, como en Honda, de repente se escucha el trueno de una voz:

—¡Que cesen de inmediato los homenajes!

El grito espanta bandadas de pájaros antes mimetizados en la floresta de

las orillas:

—¡El tirano que baja por el río no es más que un nudo de ambiciones!

Su Excelencia parece no entender.

—Tío, tío, ¿escuchó usted?

—¡Es una infamia!

—¡Un nudo de ambiciones que sólo persigue su propia gloria!

—¡Malnacidos!

—Viene de arriba, ¿sí lo están oyendo?

—¿De arriba?

—No lo sé, es que no se sabe.

—Pienso que sí, de arriba, oigan, oigan.

—No, creo que de la orilla, me parece que es de aquella orilla.

—¡Miserables!

La voz vuelve a escucharse, esta vez más lejana, débil como si viniese de

un lugar oculto en el bosque, del lado de estribor donde brillan las aguas de

una ciénaga casi azul sembrada de lotos:

—¡Un dictador que sólo conoce el idioma del general acostumbrado a

gritar a sus soldados y a ser obedecido ciegamente! ¡Esa es la piltrafa humana

que huye por el río, no se equivoquen ustedes, no más flores!

Su Excelencia responde, grita, pero pronto debe desistir. Sus pulmones

comienzan a sentirse vacíos y en segundos lo sacude un espasmo. Un

espasmo mortal. Agarrado a la barandilla de popa tose hasta doblarse como

un trapo lavado. Tos seca en un principio, tos que al final cobra el sonido de

la flema que se desgarra de las paredes interiores. Vieja cal. Y pinta espuma

bermeja en el borde de sus labios. Una espuma que se apresura a retirar con

su pañuelo de lienzo:

—Si pudiese despacharlo todo de una vez —dice.

—Inténtelo ahora mismo, tío, aproveche.

—No puedo, ya te he dicho que no puedo.

—Existen pócimas, señor.

—¿Y es que no entiendes, carajo?

Vuelve a toser.

En la distancia, Mompox ya no existe.