La ceniza del Libertador
Once
Santana regresa al comedor. Informa con afán todo lo acontecido, lo visto por
él. En ese instante Bernardino está colocando las naranjas en la mesa, los
pocillos con el café, los huevos fritos, las masas de maíz. Adicional, un
cuadro de queso. Delante de todo aquello Fernando otorga palmaditas de
felicidad:
—¡Qué espléndido paisaje, tío!
Su Excelencia voltea:
—Cuando el cuerpo todavía es joven cualquier cosa es paisaje, niño, eso
se sabe.
—Déjeme gozar, señor.
—Olvídalo, tienes razón, no está mal, ¿eh? Mira eso, mira eso.
Fernando duda, aplana el mantel suavemente:
—¿Cumplirá usted su promesa?
—¿Promesa?
—De comer, señor, ¿no lo recuerda?
—Oh, por supuesto, lo intentaré. ¿De lo contrario qué haré contigo?
Santana ocupa su puesto, Su Excelencia abanica con su mano en su nariz:
—¡Siéntate despacio, no revuelvas el aire!
Cuando Bernardino se retira a la cocina, Santana rinde un detallado
informe de lo sucedido. Habla bajo, confidencial. Nadie lo interrumpe.
Vocaliza, muerde las tortas, los huevos, bebe el café, pica el queso, habla de
nuevo, salpica el mantel. Su Excelencia se pierde, permanece ensimismado en
la presencia de nuevas imágenes. Lo recordado no es lo mismo que lo
sucedido, piensa, nunca es igual. Mientras Santana habla, Su Excelencia ve a
William Miller, el de Kent, destrozado. Todavía permanece encima de su
caballo, muestra aquellos ojos rotos, sangrantes, pero en sus labios supura una
risa que contagia. Viene de combatir contra Napoleón, acaba de pasar por
Argentina, rumbo al Perú, a sólo unos meses del desastre de Waterloo. Viste
los mismos uniformes lustrosos de las batallas de Europa aunque ahora esas
ropas se observan raídas a causa de la cortante arena de la puna helada. El rostro de William Miller parece hecho de viejas viruelas, cicatrizado encima
de otras señales. A su lado, ciego en medio de la estepa de hielo está
Monteagudo. Más atrás, Manuela. Su Excelencia los ve, árboles quietos,
guarda silencio. En cualquier momento vendrá el cornetazo, la batalla. Sabe
que está rodeado de tropas enemigas, no puede dormir dos noches seguidas en
un mismo sitio por razones de seguridad. Desde varias semanas atrás Su
Excelencia preside un gobierno ambulante que anochece al pie de un glaciar y
amanece al abrigo de otro. De pronto observa entre la niebla un batallón de
sus propios ejércitos, lo reconoce. Llevan la bandera, los uniformes que son.
La columna avanza despacio en línea recta hacia las cumbres nevadas. La
noche es clara, en el cielo espanta una luna redonda que hace espejo en la
arena del suelo. El batallón pasa allí, a pocos metros, no se detiene. Es
extraño pero no se detiene. Van cantando canciones de libertad. Durante el
día durmieron confundidos soñando que era de noche, ahora en la noche salen
a caminar en busca del sol. Van en procura del Gobierno Ambulante cuyo
contacto perdieron:
—¡Alto!
Su Excelencia sale al paso. El comandante de la columna atiende la orden,
todos montan sus fusiles:
—¿Quién vive?
—¡Soy yo!
El comandante reconoce la voz, se arrodilla en la arena:
—¡Mi general, mi general!
—¡Que tus húsares bajen esos fusiles!
—¡A discreción!
—¿Qué pasa?
—Nos hemos quedado ciegos, general, ya no tenemos ojos.
—¿Ciegos?
—La arena, los vientos, nos han roto los ojos, mire usted como hemos
quedado.
Ciegos. Todos aquellos húsares aguerridos traen sus ojos llenos de
cristales de arena que les destrozaron los párpados, la pulpa. Llevan más de
veinte días caminando extraviados en el vacío, procurando el Estado Mayor.
En el amanecer del quinto día, al subir a la puna para evitar ser vistos por el
enemigo, soportaron una tormenta de viento y arena que duró dos días con sus
noches. Cerraron sus ojos pero la arena comenzó a barrer la tela de los
párpados. Se protegieron con sus manos, pero la arena cortó el pellejo en
menos de media hora. Expuestos a la tormenta en seco, los ojos fueron reventando como globos de agua atravesados por finas agujas. Vinieron días
de canícula, noches de escarcha que soportaron a ciegas. Cantaron para
orientarse, caminaron a tientas. Pero, contra todos los esfuerzos, terminaron
perdiendo el sentido del tiempo:
—General, ¿es de día o de noche?
—Es de noche, coronel.
—¡Oh! Lo suponía, ¿no les dije, señores?
Habla a sus tropas de ojos vacíos.
En el fondo de todo, desfigurada, aparece Manuela:
—Fíjate lo que eres, un malnacido, sí, eso mismo es lo que eres.
Su Excelencia no puede entender:
—¿Qué sucede?
—¿Y lo preguntas? ¡Qué desenfado, anoche encontré en tu lecho este
pendiente de diamantes! ¿Qué me dices?
—¿En mi lecho?
—Y te haces el loco, como lo estás oyendo, ¡puto malnacido!
—No te azores, Manuelita, estás en un error, cálmate.
Manuela se encrespa, hace brillar sus uñas, se abalanza sobre su presa. En
el rostro de Su Excelencia aparece la sangre, heridas, arañazos que el viento
helado cicatriza en instantes:
—¡Manuelita, estás azorada, estás azorada!
Santana termina de rendir su informe, Su Excelencia todavía lo mira a los
ojos, no lo ve. Nada parece interesarle. Entre tanto pudo morder la carne de
una naranja, comerla completa. Lento, tragando gotas. Todas están felices, no
lo dicen pero lo denuncian con su brillo. No hay tos, tampoco fiebre. Arriba
ya ni se escuchan los movimientos de las tropas, los registros de los
clarinetes. Su Excelencia retira su plato, no toca la segunda naranja que
espera. Una naranja es bien poco en varios días pero el síntoma aún así parece
alentador. Fernando y Santana devoran lo suyo. Palacios monta guardia junto
al biombo de percal. Desayunará más tarde. Bernardino presencia el rito, se
acerca:
—¿Puedo retirar los platos?
Fernando mira en redondo los despojos, responde por todos:
—Sí, ya puedes hacerlo.
Bernardino hace un cumplido, levanta los platos, deja de último el de los
desperdicios de Su Excelencia:
—Este también, negro, ya terminé.
—¿Algo más, señor?
—Quizás un poco de agua, sí, tráeme acá un poco de agua, tengo la boca
como un trapo.
Bernardino duda, levanta por fin el plato donde se refleja el mentón de Su
Excelencia. Bajo la porcelana aparece un roto en el mantel limpio. Un orificio
que manos invisibles remendaron un día. Todos callan, bajan sus ojos ante la
vergüenza. En la mesa de estribor el hombre de los recipientes de metal
continúa leyendo. Fernando llama a Bernardino, busca distraer el motivo de
oprobio, murmura bajo:
—¿Y, aquél?
Bernardino bisbea:
—¿Ese loco? Pues ahí está desde ayer, mírelo, ni se mueve, parece hecho
de palo.
—¡Cómo desde ayer!
—Así como lo oye, señor, en toda la noche no se movió de su sitio.
—¿Si lo ves?
—Me hizo mantener encendidas las lámparas toda la noche con ese
cuento de sus apuntes, no me ha dejado ni dormir.
De pronto todos sienten cuando el hombre levanta sus ojos, saluda con un
gesto amable, pastorea uno a uno todos los objetos del lugar, retoma a lo
suyo:
—¿Si lo vieron?
Como salido de una floresta donde a voluntad estuviese perdido, Su
Excelencia pregunta a Santana:
—Y, el capitán, ¿en qué quedó lo de ese cabrón?
—El hombre de la levantadora me dijo que bajará en cualquier momento.
—¿Que bajará? ¿Eso dijo?
—Sí, eso fue lo que dijo esa gallina.
Se levantan, salen. En la mesa queda el mantel roto, remendado de afán,
triste flor dibujada en la maravilla de la imaginación. Un sol de miedo se
incorpora en el cielo despejado.
—¿Cuál gallina?
—Pues el secretario ese que parece un obispo, ¿no lo han visto?
—Y tú, ¿qué piensas?
—¿De qué, señor?
—¡Cómo de qué! ¿Bajará?
—No lo sé, no lo sé, general, aquí nadie sabe lo que puede pasar.
Junto a Su Excelencia los perros saltan nerviosos.