La ceniza del Libertador
Treinta y siete
De pronto observa que algo gira en su vientre. Una señal orgánica de aquellas
que casi nunca sintió durante aquel mayo invernal que ya casi termina:
—¡Coño, un viento!
Sonríe, se aparta del espejo:
—¡Hey, hey, estoy vivo!
Arroja el gas, siente que algo más queda pendiente. Suda frío, sabe que
tiene húmeda su piel, está contento. Reloj puntual, las fiebres han huido
después de cumplir su itinerario. El acta que Su Excelencia escuchó leer no es
un documento confuso de la medianoche sino de la inmediata alborada.
Nunca como ahora está seguro de ser cierto aquello que escuchó: su patria
pedía el destierro para él, lo empujaba al vacío. Está bien, señores, está bien,
murmura. Y ríe. Va a la letrina. Se sienta, piensa. Desnudo a medias, los
pantalones en los tobillos. De lejos, la puerta abierta, ve la mesa del comedor
con un gran florero en el centro. Una mesa larga, tendida, cubierta con un lino
color marfil. Hay cerca de una docena de puestos servidos, tres candelabros
equidistantes, cada uno de ellos con seis espermas rojas, torneadas. Cubiertos
de plata, platos de porcelana ribeteados en filigrana de oro. Porcelana blanca,
francesa, distinguida. Puja, salen otros gases. Alguien trae a la mesa los
condimentos: ají, pimienta. Le fascinan. Esa misma persona coloca después
una botella de Madera previamente descorchada. Su Excelencia se sirve,
bebe. ¡Glup! Puja. Los gases dan paso a los sólidos, él entona una canción.
Toe, toe, caen los sólidos en la taza. La letrina tiene claraboya, el viento de la
mañana sopla, barre los desperdicios. Arriba, como techo, el piso de encima,
las últimas botas urgentes, en fuga. Continúa con la canción, La Trinitaria.
Puja de nuevo, fracasa, lo recuerda todo en París:
¿Fanny Aristiguieta, la señora Villars?
Sí, ella. Es ella, brillante al lado del cabrón aquel de Beauharnais. Eugenio
Beauharnais. Aquella tarde bailó con ella, sintió de cerca sus labios
quemantes, ese raro equilibrio de sus movimientos, la hondura de aquellos
ojos, su voz:
¿Qué pensáis de mí? Responded con franqueza, le dijo ella un día. Y
como es siempre útil el conocerse, y saber lo que se puede esperar de sí, yo
me creeré feliz cuando la casualidad me presente un amigo que me sirva de
espejo.
—¿Espejo, yo?
Su Excelencia ríe, puja de nuevo. Toc. Suena el fondo de la letrina.
Vuelve a tararear La Trinitaria. Recuerda los labios de Fanny, su carne de
querer la vida, sus palabras hacia ella. El vapor se balancea, él debe apoyarse
en los mamparos del cubículo estrecho. Las espermas encendidas en la mesa
brillan más, alguien entra trayendo las carnes, las legumbres, las frutas
frescas. También la ensalada, que Su Excelencia observa no tan bien
preparada como él mismo hubiese podido hacerla. A su lado, animoso, se
aproxima Alejandro von Humboldt.
¿Alejandro von Humboldt?
Sí, es él. Viene del Orinoco, habla con él de muchas cosas de su patria, de
América. Su entusiasmo es contagioso, todo en todo, lecciones de ciencias
naturales mordiendo vino, carnes, bocados. Y le pregunta por las aguas, por
los pozos profundos del río más lindo del mundo, su río amado. Humboldt
responde empuñando su mano derecha, alzando el pulgar, diciendo muy
lindo, lindo como ninguno ese Orinoco, los peces, las plantas, las aves, la
llanura inmensa. Los dos beben de sus copas servidas. Burdeos, un vino tinto.
Toe, toe, caen al fondo de la letrina las últimas heces. Hay despejo, alegría.
Vuelve a cantar su contradanza, se detiene, murmura un vals. Aquel que bailó
apretado al cuerpo de Fanny, en París. Siente hambre, tiene fe. Está feliz.
Habla a solas:
—Si mi patria pide mi destierro no me iré, ¡eso sí que no!
—¿No me iré? ¿Resulta que ahora no me iré?
—No, de ninguna manera, es algo que va contra mi honor.
—Pero…
—¡Ningún pero, cabrón!
—Pero es que lo necesito, nadie sabe cuánto lo necesito.
—Sí, es posible, pero jamás expulsado.
—Mis amigos me piden que los apoye, me suplican sólo unos cuantos
días de espera.
—¿Qué amigos?, ya nada vale la pena.
—Aunque sea por ellos, juran que las cosas cambiarán, que todo volverá
de mi lado.
—No te dejes convencer.
—¿De mí, carajo?
De nuevo brota la voz, esta vez desde el oscuro rincón donde reposan los
baúles del viaje. Es la voz donde la estética de la muerte afila su cuchillo,
borda lo suyo:
Cuerpo flaco, extenuado. Semblante adolorido, inquietud de ánimo
constante. Voz ronca, tos profunda con esputos viscosos, verdes. Digestión
laboriosa. Dos o tres horas de sueño a la prima noche, el resto desvelado y
con pequeños desvaríos. Esta mañana hubo unos vómitos que Su Excelencia
atribuyó a una taza de leche de burra y no continuó tomándola. Mucho
desvelo. La mayor parte es un quejido continuo pero el paciente siempre
responde que está bueno.
Su Excelencia derrama la ponchera en la letrina, corre a vestirse: casaca,
pantalones y chaleco blancos. Una cinta negra al cuello, sombrero de paja. En
los pies botas de campaña. Feliz, habla como acompañado:
—Hasta jugaría una mesa de ropilla.
—¿Tú? ¿Ahora? ¿Una mano de ropilla?
—Y, ¿qué tiene?
—Vamos, te hacía contrariado.
—¿Contrariado? De ninguna manera, ¿olvidas que así pienso mejor mis
cosas?
—¿Ropilla? ¡Pendejo! Es más entretenido el tresillo.
—¿Juego a estas horas? No, mejor comeré alguna cosa.
Vuelve al espejo, sonríe, arregla su pelo alborotado por el peso del
desvelo y corre a cubierta.
Junto a la barandilla lo esperan los suyos. Al verlo aparecer se acercan
con prudencia. Su Excelencia saluda, hace un gesto que es todo un enigma, se
tambalea. Fernando responde, Santana lo hace detrás. Palacios se acerca, trae
los perros. Su Excelencia lo toma por el brazo:
—Vamos al comedor, José.
El día es claro, fresco, la niebla comienza a despejarse, huye de la
cenicienta superficie del río, de las orillas clavadas de manglares como
hombres de oscuros cuerpos:
—¿Sabes una cosa, José?
—¿Qué, general?
—¡Acabo de cagar!
—¿Cómo, cómo?
—Así como lo oyes.
—Pero eso está bien, muy bien, señor, ¡hurra!
—Tan bien, que mira cómo me tiene. ¡Parezco otro!
—¿Contento?
—Y saludable. En estos días mi estómago ha sido un desastre.
Palacios duda, por fin habla:
—Por no comer, señor, por no comer nada.
—Por eso y por otras cosas más hondas, tú lo sabes perfectamente.
Callan. La puerta del comedor está allí.