La ceniza del Libertador
Cuarenta
El crepúsculo.
Lejos, en el centro de la mirada por la proa a babor todos ven la aparición
de aquel caserío. Ya casi anochece, puente de luz bordado en lilas, pero el
brillo de los muros blanqueados alcanza a arrastrarse hasta el vapor. Limpio
fulgor de cal, de puertas pintadas abiertas al vientre de los patios donde un
gigante inofensivo sopla de tardecita. Han estado todos en la barandilla de
babor, lelos en las figuras del atardecer y en sus raras contribuciones a la
memoria que el silencio acrecienta. Reloj implacable, Su Excelencia siente
que la fiebre retorna. Tic-tac, tic-tac, suenan sus sienes. Tibia niebla del río,
de esa corriente que llaman la vida. Tic-tac. Viene Su Excelencia de una
nueva victoria sobre la tos. Un triunfo efímero de sólo un par de horas atrás.
Estuvo ahogado, desconectado de su relación con los potentes poderes del
aire. Tanto, que sus acompañantes debieron soplar, agitar sus manos, aquellos
trapos en su vecindad y hasta encima de su boca rígida, tostada, de su nariz
del color de las violetas. Toda la vida, su vida, toda la gloria, todas las
ilusiones condicionadas a un taco de flema. Además, pintó sangre en su
pañuelo, dejó allí una huella mucho más notoria que siempre, despreciable.
Pero el aire que de pronto comenzó a circular en predios de la barandilla de
babor, el despejo pulmonar que siguió a la crisis, el orgullo de aquella estética
de la muerte lo compusieron todo. La recuperación de Su Excelencia fue
notoria, casi mágica:
—¡Vamos, cabrones, vamos, corramos por cubierta, a ver, vamos!
Dio tres pasos, comenzó a tambalear, disimuló estar viendo quién sabe
cuántas cosas invisibles. Luego sintió la visita de la fiebre, sus pasos en la
andrajosa ventana asomada, en el zaguán, en los corredores de adentro.
Volvieron los ojos de cristal, aparecieron de pronto las cáscaras de cartón en
los labios y se hizo aún mayor la exigencia de su corazón. Ciertas o no, ahí
están todavía las paredes brillantes, las puertas pintadas donde de tardecita los
gnomos entristecidos soplan desde el patio, las ventanas abiertas a los aposentos, aquellas vasijas sembradas de novios de flores tostadas, de azaleas
dobles, de agapantos:
—¡Miren, miren!
—¿Qué?
—¿Qué? ¡Pues aquel caserío! ¿No lo están viendo acaso?
El coronel Santana no desea hablar, está sentido. Pero la visión imprevista
de aquel montón de casas le hace olvidarlo todo. En semejantes condiciones
de abandono, en aquel crucero de enigmas cuatro casas pobladas son
compañía. Santana comienza a saltar:
—¿Qué día es hoy?
Fernando no necesita hacer la cuenta:
—Estamos a 26 de mayo.
—¿26 de mayo? ¡Uff!
—A once días de la partida, a once días, ¿qué les parece? El coronel
Santana deja de saltar, hace algunos cálculos:
—Siendo así, aquello debe ser Gambote, ¿no es cierto?
—¿Gambote?
—Sí, plumón, ¿no lo ves?
Su Excelencia ríe:
—¿Hasta cuándo? No conoce la patria, coronel, todavía no la conoce.
—¿No es acaso Gambote?
—¡Turbaco, hombre, Turbaco!
—¿Vamos ya por Turbaco? ¡Madre mía!
—Míralo bien, míralo bien, conozco este camino tanto como los trazos de
mi mano, mira la torrecita de la iglesia.
De pronto el caserío desaparece de los ojos, huye tras una densa cortina de
negros manglares. Cuajada de vegetales quietos, esponjados en la aparente
preparación de su sueño. Pasa arriba un escuadrón de aves acuáticas, se
hunde. Aves pesadas, hinchadas de grasa, refractarias a toda humedad, a la
penetración de todo viento, herméticas. Atrás, quedadas en el último encanto
de un pez, de un renacuajo, de un insecto, pasan las del final como cerrando el
día. En ese instante todos escuchan una voz inasible que llena el río, un
enigma más en el viaje:
Vieron pardelas y un junco verde junto a la nao. Vieron los de la Pinta
una caña y un palo, y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía un hierro,
y un pedazo de palo y otra hierba que nace en tierra y una tablilla. Los de la
Niña también vieron otras señales de tierra y un palillo cargado de
escaramujos. Esta tierra vido primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana; puesto que el Almirante, a las diez de la noche, estando en el castillo
de popa, vido lumbre, aunque fue cosa tan cerrada que no quiso afirmar que
fuese tierra. Y era como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba, lo
cual a pocos pareciera ser indicio de tierra. Por lo cual cuando dijeron la
Salve, rogó el Almirante que hiciesen buena guardia sus marineros en el
castillo de proa, y mirasen bien por la tierra, y que al que le dijese primero
que vía tierra le daría luego un jubón de seda, sin las otras mercedes que los
reyes habían prometido, que eran diez mil maravedíes de juro a quien primero
la viese, eso dijo don Cristóbal.
Y la vieron:
—Miren de nuevo, mírenlo ahí otra vez, ¡hurra!
Espeso, Turbaco aparece, reaparece en las sombras tibias. A un lado los
negros manglares y sobre la proa el cauce abierto, Turbaco al fondo. Abajo,
infinita, el agua de vidrio poblada de luciérnagas. Ciénagas, aguas ciénagas.
El vapor viene de describir casi una vuelta completa en el río para observar
las pardelas, los juncos verdes tropezando la quilla, el francobordo, las cañas
y los palos eternos flotando, los palillos labrados en la oscuridad de los
tiempos, los gestos de lo hermoso simple que dejan las manos, aquellas
tablillas cargadas de tantos escaramujos, lo que fue y lo que será pudriéndose
en el agua de todos los días.
—¡Turbaco a la vista!
Con estas señales respiraron más dulce
Alegráronse todos
Anduvieron en este día hasta puesto el sol en la balaustrada
Veintisiete leguas
Felices en la visión de las algas, las cañas, aquellas hierbas
Las tablillas cargadas de escaramujos
Las tristes cosas labradas
Felices
—¡Hurra!
Santana salta, no puede contenerse, joya que crece en su raído estuche de
terciopelo.
Aquel caserío está al alcance de las manos.
Invisible en un principio, sobre las orillas del río se percibe ahora la
multitud. Agitan sus lanzas, sus cobijas de colores, los pañuelos, esos
sombreros de paja tejidos por la filigrana, las palmas de sus manos donde hay
cenicientas hojas de plátano, amplias como sábanas hojas de malanga y hasta de balso de semillas de sueño. Dentro del vapor las lámparas ya fueron
encendidas. Una administración invisible lo hizo todo, como lo ha venido
consiguiendo desde siempre. La orilla es nítida, el crepúsculo todavía es
suficiente. La apoteosis total. El viento bate las ropas que se extienden casi
solas, que se ofrecen, las manos tendidas, aquellas hojas donde como en un
sonajero suenan tantas cosas. Pero la velocidad de las máquinas se
incrementa, el vapor trepida y el humo supura por los tubos inalcanzables.
Humo negro, afanoso. Se repite de pronto lo sucedido en Mompox. Igual que
entonces, el vapor huye veloz, las orillas son apenas rápidas líneas confusas.
Al pie de la barandilla Su Excelencia agita sus manos, responde a la
apoteosis. Muchos gritan, le piden que regrese, que por favor no los abandone
ahora. Su Excelencia baja los párpados, no responde. De nada servirá si se
queda. De todos modos la patria que desaparece a sus espaldas ya no es la
misma de antes, no podrá volver a ser la misma nunca, nunca más. La guerra
lo había unido todo en el cuenco de su mano, junto a las piedras de su gloria.
Producida la independencia cada quien reclamaba lo suyo, su pequeño
pedazo, su carroña. Y todo aquello en nombre de la Ley. Luces, ahí las
brillantinas escasas. Las iluminaciones de calabazo de Turbaco, los faroles.
Brillo misterioso en las aguas ciénagas, en los caños espesos, quietos, por
donde avanza el vapor entre plantas acuáticas, algas de agua dulce, palillos,
tablillas coronadas de escaramujos dulces del agua, flores, hojas que parecen
de cera, todo revuelto en las cucharas, todo evaporado en las locas ruedas de
la proa. El griterío aumenta, los hombres y las mujeres corren por los
manglares de las orillas y lanzan al agua sus canastas de flores traídas de la
sierra, de la floresta húmeda, fresca. Crece lo oscuro, el crepúsculo ni siquiera
puede ayudar. Pero la estrechez del caño aproxima las orillas al casco, los
barrancos mojados casi tocan las barandillas. Contra la velocidad del navío,
desconociendo el bramido de las máquinas en bodega, muchas de aquellas
canastas consiguen caer en cubierta y revientan sobre las tablas lustrosas
como Vientres de sapos cargados de joyas:
—¡Miren eso, miren eso!
Su Excelencia siente que llora por dentro, que algo se derrama como
leche:
—¡Dios mío, ayúdame! ¿Qué te cuesta hacerlo?
Sólo murmura, piensa. Va a la barandilla del centro donde la manga es
mayor, con sus manos toca, casi toca las palmas que le son ofrecidas, que le
piden a gritos:
—General, no nos abandone ahora, no nos deje.
Algo sucedió que lo revolcó todo:
—¡No me iré, no me iré!
—¡La patria lo necesita!
Está loco:
—¡No me iré, no, no me iré jamás!
Por la cubierta del vapor el viento empuja las flores a barlovento, barre
implacable. Ahora la velocidad se duplica, la presión del casco contra las
orillas hace saltar el agua, la espuma sobre las ventanas, las puertas, las
paredes, casi hasta los balcones. Se ofrecen, son extendidas las últimas manos
pero la velocidad hace imposible cualquier contacto. Sólo líneas rápidas,
confusas, objetos alargados, fósforos cuya cola de esplendor agoniza. Y
truena una voz. Una voz de eco, rancia, soplo de carroña:
—¡Que finalicen de inmediato todos los honores!
La voz nítida, parece chorrear de arriba:
—¡El hombre que ustedes ven no es un héroe sino un nudo de
ambiciones!
Hay silencio, hielo que entrapa triste, rabia. También hay desconcierto.
Desde los suburbios alcanza a llegar la última lumbre de los fósforos. Abajo,
destrozados por los dientes de las cucharas, flotan los desperdicios: flores
rotas, canastas tasajeadas como piernas de animales sangrantes, hojas de
plátano, de malanga, de balso de flores de sueño.
Según los cálculos, adelante sólo queda la ilusión de la mar. Ya se sienten,
secas, sus primeras sales, el almizcle de los peces, las algas y los corales. Ni
crepúsculo queda. Aparecida de repente la luna pone a brillar la barandilla, las
ciénagas aguas sembradas de nenúfares, espeso metal de florero donde los
grillos procuran su rocío. Nubes de insectos atraídos por las lámparas de
aceite sobrevuelan el vapor.
—¡Excelencia, mire, mire usted aquello!
—¿Qué?
—Aquello, eso de ahí, eso que venía en aquella canasta que reventó
contra el cubo de brea.
Un envoltorio. Un envoltorio amarrado con una cinta tricolor. Al abrirlo
aparece una nota escrita:
Adjunto encontrará el dinero de la libranza así como su pasaporte que con tanta razón reclama. Soy de Vuestra Excelencia, muy obediente servidor
J. de D. Amador Todos miran el horizonte de popa. Turbaco ya es algo del olvido de nunca
más ojos, de jamás volver.
Su Excelencia manotea con las monedas empuñadas.