La ceniza del Libertador
Treinta y dos
En el inmenso vacío que queda, Su Excelencia comienza a ver un apretado
desfile de carrozas. Carros tirados por caballos coronados de plumas,
formaciones de guardias reales vestidos de azul y oro. En el centro de todo la
catedral de Notre Dame. De lejos llega el alarido de las trompetas. Hace frío,
primer gualdrapazo del invierno europeo en las mejillas. Puñados de alondras
picotean nerviosas, presienten la estación de las nieves. El mundo entero
aguarda el instante de su esplendor. El Papa en persona se aproxima a
Bonaparte, traza en el aire el signo de la bendición. A un lado Josefina espera.
Bonaparte agarra la corona que brilla en la bandeja, la deja caer suavemente
en las sienes de su mujer. Luego agarra la otra corona, se la pone él mismo.
Un millón de personas estalla en apoteosis nunca antes vista. Su Excelencia
queda perplejo, extasiado. Bonaparte ilumina el palco de honor, lámpara
encendida del poder soberano, pájaro de colores tan hondamente triste con su
mano entenada en la herida del pecho. Los ojos de Su Excelencia no
descansan:
—¡Qué maravilla! ¡Qué maravilla! ¡Esto sí es lujo, lujo de verdad!
Mira la corona que Bonaparte acaba de colocar en su cabeza, percibe de
lejos el galope del corazón de Josefina, observa la mano del Papa tan
suntuaria como el local de una joyería, escucha la apoteosis interminable. Y
siente que algo se quiebra en su estómago. Pobre, lastimoso ejemplo de una
costumbre pasada de moda, murmura. Espectáculo fascinante, repugnante
también. Piensa en la esclavitud de su patria, ve una portentosa luz que se
enciende de pronto:
—¿Seré yo? ¿Seré acaso yo el señalado por el destino? Madre mía, ¿seré
yo?
El griterío de un millón de franceses no termina. Bonaparte tiene de sobra
fuego en sus ojos. Su Excelencia siente que el vapor se balancea, observa que
las naves de la ventana van y vienen, se azotan:
—Qué gloria sería la mía si llegase a ser el libertador de mi patria.
¿Eso que llaman historia qué podría ser sino lo imaginario mismo
Lo soñado andando por los caminos, derramado como la leche en
los hogares del fuego
Una, dos, tres obsesiones juntas en el espejo
Y un poco de polvo de realidad encima?
Aquí estoy después de todo
Río abajo
Enfermo como el último de todos los cuerpos
Los bolsillos limpios
Separado de toda comunicación y cubierto de hojas secas
De insectos
¿Qué clase de documento es esta vida que llevo?
Otros vendrán a buscar papeles entre el polvo
A procurar archivos donde sólo hay palabras, precarias palabras de un día,
sólo palabras. Pero, más allá de ellos, los historiadores sacralizarán el archivo,
dirán que es allí donde está la verdad objetiva, reemplazarán las palabras por
el papel rancio. Y lo que algún día fue voz, sueño, imaginación, pasión
desbordada, pasará a ser sólo documento en ese aterrador frigorífico del
archivo:
Aquí estoy después de todo
Río abajo junto con todas las tristes hojas inservibles
Carga de gloria
A ciegas la pequeña luz en la hendija que aún supura en mis ojos
Dulcemente condenado en el centro de dos eternidades:
La pasada
La que viene
Su Excelencia piensa en Bonaparte, ojea en la ventana abierta la niebla que
sube por el río. Sabe quién es él mismo, a veces se confunde atolondrado. Ha
tenido bajo sus órdenes a los mejores soldados, a los más bravos coroneles
ingleses, irlandeses. Cabezas rubias como el oro, intrépidos, de duro corazón.
Mandó también sobre los soldados de Escocia, Alemania, Polonia, América:
Charles Sowerby, William Fergusson, O’Connor, Daniel O’Leary, Córdoba,
Sucre, Rupert Hand, Arthur Sandes, Santander, el general Miller, Charles
Demarquet, el soldado de Bonaparte en Austerlitz, Cayetano Freyre con su
joroba de Cuasimodo, Louis Péroux de Lacroix, soldado de Bonaparte
durante su invasión a las planicies rusas, Richard Crofston.
—¿Crofston? ¡Imbécil!
Richard Crofston, el coronel que dio la orden de disparar al muñeco de
trapos aquella noche de aniversario en la Quinta. Charles Whittle, atolondrado
coronel venido de los humos de pólvora de Waterloo. Y Patrick Campbell,
ese adorable coronel británico que acompañó a Su Excelencia en su recorrido
hacia los suburbios de Santafé, apenas catorce días atrás, cuando tomó por el
camino de Honda rumbo al vacío de este viaje donde ahora se encuentra.
Chillan los oídos, las máquinas braman en la bodega. De frente a Su
Excelencia, con la niebla helada golpeándole el rostro, Campbell observa
cómo la comitiva continúa la marcha y se pierde en la distancia:
—¡Se ha ido, mírenlo, se ha ido el caballero de Colombia!
Una eternidad espera adelante.
Cesa la lluvia definitivamente. A estribor, la ventana vuelve a ser del
mismo tamaño de siempre. El vapor hierve en las calderas, las cucharas
delanteras empujan la embarcación. Ha vuelto la fiebre. Bajo el espejo que
cuelga en el mamparo, encima de la mesa donde hay una toalla limpia,
doblada, brilla un platón esmaltado. El navío se balancea otra vez, varias
gotas gruesas salpican la mesa donde el platón esmalta su propia sombra. Su
Excelencia no puede separarse de la ventana. Viaja más hondo en el tiempo,
más hondo aún si ello es posible:
La primavera florece en los jardines de Madrid. El palco está lleno de
nobles y la reina de España bate su abanico de pergamino donde vuelan
algunos gorriones diminutos pintados al óleo. Delante de Su Excelencia está
el príncipe de Asturias. Se divierten los dos, juegan una partida de pelota que
empujan con la ayuda de una pala de madera. De pronto uno de los brazos de
Su Excelencia tropieza la cabeza del príncipe, su sombrero rueda por el suelo.
El incidente no pasa a más, el disgusto inicial se hunde en el olvido. Pero
transcurre el tiempo y el príncipe de Asturias se convierte en el Rey
Fernando VII. Entonces ya no es el sombrero aquello que le es arrebatado al
príncipe sino la misma América española. Sin embargo, en el mejor momento
de su gloria, el autor de aquella formidable página de la historia universal es
empujado ahora río abajo, condenado a romper aquellas aguas de barro
disuelto, de ramas destrozadas a causa de la creciente. Lejos, las ciénagas
quietas, esponjadas, residencia de corpulentas mariposas de terciopelo que
ahogan la luz de las lámparas, de moscas abombadas que estallan contra los
mamparos, contra el almidonado percal que hace de biombo en la puerta de
entrada al comedor. El destino.
Una voz débil sopla a sus espaldas:
—¿Cómo estás, amor?
Su Excelencia vuelve sus ojos, tiembla, retrocede espantado:
—Cómo, ¿tú aquí?
Ella ríe:
—Decidí venir a verte, vaya, hombre, ¿no te agrada?
—¿Cómo lograste llegar hasta aquí?
—Ven, ven aquí, ¿o es que no me vas a besar? ¿Pasa algo?
—¡Hea! ¡Dímelo!
—Secretos míos.
—¡Dímelo!
—¡Nich, nich!
La lengua de Manolita Madroño es un dulce de icacos con el que ella hace
juegos. Su Excelencia extiende sus brazos:
—Acércate.
Ella camina, menuda como una visión apasible, llega a sus brazos, deja
que él la bese:
—Cierra esa ventana, podrían vemos.
—¡Oh! Ya mismo, espera, lo estaba olvidando.
Su Excelencia obedece, rápidamente retoma:
—Ya está, ven, ven aquí.
—Ahora apaga esa lámpara, me molesta tanta luz, así no puedo.
La mano serena de Manolita Madroño señala la lámpara encendida en el
escritorio de campaña. Bañada por la luz brilla la carta:
—¿Te han escrito?
—Sí, vaya, un amigo.
—¿Amigo o amiga?
Su Excelencia sonríe:
—Amigo.
—Muéstramela.
—Deja, no puedo.
—Eres malo, mal hombre, dame acá, me estás mintiendo.
—Te amo, olvida el papel, ¿cómo podría mentirte?
—¿De la Sáenz?
—Te amo, te amo, ven, ven aquí.
Los ojos de Manolita Madroño ya no tienen el brillo de antes:
—Dímelo de una vez, ¿te escribió la tal Sáenz?
—No, tú eres la única, debes creérmelo, tú eres la única.
—Júralo.
—Lo juro.
—Apaga entonces aquella lámpara. ¿Lo juras? Júralo una vez más, quiero
oírlo de nuevo.
—Lo juro, Manolita, tú eres la única, hummm…
Su Excelencia camina hasta el escritorio de campaña, sopla la llama. El
camarote queda a oscuras, iluminado tan solo por la grieta de luz que se filtra
por debajo de la puerta. Manola respira tan hondo como un animal, abre sus
labios, muerde. Está impaciente. Tiene la misma fuerza de los días de
Huaylas, de Ancachas. Pero, a cambio, Su Excelencia es apenas un despojo
que difícilmente consigue mantenerse en los pies. Si el fósforo da candela,
¡qué dará la fosforera! Las manos acarician, hacen lo suyo. Manos lelas,
suspendidas en un raro vuelo sobre la ropa de la piel. La ropa brilla en el
suelo, aletea su feliz agonía. Los cuerpos van al camastro, hay amor. Al
despertar, asomada a un hondo vacío de cosas medianamente logradas, ella da
un salto:
—¡Corre, tranca esa puerta!
—¿Qué ocurre?
—Oye, escucha aquellos ruidos, ¿qué es eso?
—¿Lo de arriba?
—¿Arriba?
—Sí.
—¡Oh!, pensé que alguien venía por el corredor, casi muero de susto.
La música se escucha más nítida:
—Parece un baile, ¿lo estás oyendo?
—¿Un baile?
—Sí, no te hagas el bobo, ¿irás?
Su Excelencia calla:
—Te estoy hablando, amor, ¿irás al baile?
—No lo sé.
—Si vas, ¿me llevarás contigo?
—Sí, sí, por supuesto, déjame ver, déjame ver.
Su Excelencia hunde su cabeza en las sábanas, desaparece. Las manos de
Manolita Madroño tocan la piel de su frente, se untan de sudor:
—¡Mío, mío!
Pasan los instantes, hay más amor. Esta vez amor insomne, iluminado por
el espectáculo de la mirada atenta, contemplativa en la materia de la posesión.
Manolita brilla, húmeda en la penumbra del camarote:
—¡Qué lindo es viajar!
Su Excelencia respira entrecortado:
—Lindo, lindo.
—Una se marea delicioso, una siente como un nudo en el estómago.
El tiempo es una baba rápida, huidiza. Abajo las máquinas braman sordas,
empujan con fuerza. El camastro se balancea. Manolita abre su boca, saborea
el dulce:
—¿Puedo fumar?
—¿Fumar? ¡Vete al diablo!
La niña no puede tenerse de la risa:
—Sigues siendo el mismo, el mismo bravucón.
Ella se sienta en el borde del camastro, mira sus pies, su desnudez
completa. Y se observa tan blanca en la sombreada leche del camarote:
—¡Debo irme!
El reloj de siempre comenzaba a andar una vez más:
—No, quédate, por Dios, quédate conmigo, no me dejes ahora, no puedes
hacerme eso.
—En casa me esperan, hombre, no puedo.
Su Excelencia se incorpora:
—Acompáñame hasta el amanecer, te necesito, sólo hasta el amanecer.
—Mío, adorable malhombre, hummm…
—¡Quédate!
No termina de hablar cuando Manolita desaparece llevándose consigo la
ropa que acaba de recoger del suelo. De pronto la puerta del camarote se abre
de un golpazo:
—¿Quién había aquí?
Manuela entra convertida en una fiera:
—Nadie. ¿Qué es ese modo de entrar?
—¿Nadie? ¿Y ese olor a mujer?
La Sáenz viene hasta el lecho, busca, palpa las sábanas, olfatea la
almohada. De repente salta:
—Y, ¿esto qué significa?
En sus garras armadas cuelga un diminuto zarcillo de mujer:
—¿Qué?
—No te hagas el desentendido, ¡puto de mierda!
—No lo entiendo, no lo entiendo, no sé qué ha pasado.
—¡Acabas de mancharte! ¡Eres un miserable mentiroso!
—¡Hey! ¿Qué dices?
—¡Mira lo que te hago!
La fiera quiteña clava sus uñas en la carne, destroza la piel y sigue la
floración de la sangre. Luego corre a sentarse, llora:
—¡Estás azorada, estás azorada!
La baba del tiempo se desliza, pasan los instantes, el silencio es total.
Aquel llanto disminuye:
—¡He debido matarte, matarte de una vez!
—Mira, mira bien lo que hiciste, me has destrozado la cara.
—¡Hea!, demasiado poco, ¡debió ser más!
—¿Qué diré? ¿Qué diré mañana a quienes deseen verme? Me has
arruinado la cara.
La Sáenz regresa a su asiento, sonríe:
—Dirás que tienes resfrío, eso es todo.
—¿Resfrío?
—Eso mismo. Yo te cuidaré.
—¿Me cuidarás?
—Sí, mi putico, está bien, te cuidaré, ¿qué más puedo hacer?
Un escuadrón de caballos enloquecidos rompe la puerta. Son los caballos
de Su Excelencia, también los de sus amigos. Al cruzar el dintel se detienen,
superpuestos los unos a los otros, dan vueltas en redondo. Monta él en Pastor,
sale a cabalgar desde el alcázar de proa hasta la popa, por el lado de babor. A
esta hora el vapor está desierto, sumido en la noche de su mayor abandono.
Agarra una hoja de papel, hace una corona y la coloca sobre sus sienes. Luego
ríe. Ríe loco. Ríe hasta el amanecer.
La fiebre arrastra imágenes, sopla esos carbones encendidos.