La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 41 de 51

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La ceniza del Libertador

Cuarenta y uno

 

Su Excelencia hace a un lado el biombo, sale a cubierta. Viene de beber su

caldo de palomas y de comer casi un mango completo. No ha hablado. Se

limitó a mirar, a observarlo todo en redondo. Vio las lámparas en cuyos

cristales aleteaban atrapadas algunas mariposas nocturnas, sintió el saludo

inclinado del hombre de la mesa de estribor. Un ciudadano manso de otro

tiempo, testigo y punto, pensó. En cubierta el viento es tibio pero más fresco

que adentro, las sales marinas acuden ostensibles, prefiguran lo invisible de

otros sentidos. Pessoa tenía razón: el olfato es una vista extraña. Evoca

paisajes sentimentales mediante un dibujar súbito de lo subconsciente. Es

cierto. Sales tibias, cargadas de destilaciones eternas que hacen bien, que Su

Excelencia recibe como un consuelo innecesario pero agradecido. De nuevo

la estética de la muerte le dice que todo está en su punto, que el alma, la razón

son fuertes, dignas. Que lo que resta es poco, glorioso en lo sencillo, en lo

verdadero: dos amigos, una taza de caldo, una camisa, una cama tendida, un

asiento donde poner los calzones, algo de agua y un tris de espera:

—José, ¿sientes ya el olor?

Palacios recibe el golpe que sopla por barlovento pero no se despeina. Él

es crespo, apretado, muy rubio. De frente, sus ojos azules brillan:

—¿Del comedor?

—¿Qué dices, catire?, ¡de la mar! ¿No lo sientes ya?

Palacios orienta su nariz antes de responder.

—Sí, sí, ahí está, la mar, ahí está.

—¿De verdad la sientes?

—¡Cómo que si la siento! Desde Turbaco, señor, desde Turbaco la vengo

sintiendo.

—Un olor diferente, ¿no es verdad?

—A mí me entristece, general, me hace sentir no sé qué cosa Arriba las

estrellas, la luna. A los costados esos bancos de tierra del canal, aquellos

barrancos húmedos de un caño ahora más espacioso a la navegación.

Adelante, por el alcázar de proa, la mortecina luz de las lámparas. Una luz triste que rebrilla en el embreado de la cubierta, que chorrea en los aparejos

de cáñamo y que coloca sombras en los mamparos y basta en la solitaria

estructura del puente. Atrás, en la toldilla de popa, a sotavento la oscuridad

plena:

—¿Ya lo sabes, catire?

—No es fácil, general.

—¿A qué te huele la mar?

—A ver, a ver, a caldo de animales, de animales vivos, eso es, a sopa de

animales vivos.

Su Excelencia ríe, está a punto de toser:

—Cuál sopa, imbécil, la mar es un lugar, hombre, Josesito, un lugar, no lo

olvides. A ver: ¿qué es la mar?

—Un lugar, señor.

—¡Eso, muy bien!

—Un lugar que a mí me entristece, me asusta, general, eso es lo que

quiero decir.

—¡Un lugar y punto! A ver, de nuevo, ¿qué es la mar?

—Un lugar.

—Bien, muy bien.

Su Excelencia siente movimientos en su estómago:

—¡Oh!, mierda, ¡un retorcijón!

—¿Se siente bien, señor?

—¿Que si bien? ¡Perfecto!

—Debería ver un médico, nada pierde usted, general.

—Hey, hey, ¿qué te pasa?

La puerta del camarote está delante. Fernando y Santana se han quedado

atrás, lelos en la espesa noche. La tiniebla del río no tiene comparación, dicen.

Aire fresco, extraños sonidos en las márgenes, silbos, chillidos.

Entra:

—Adiós, José.

—Adiós, y no lo olvide, un médico, eso es lo que usted debería ver, un

médico.

—Deja, deja, ¿qué te pasa? ¿Para qué había de necesitar yo un mueble de

lujo? A ver, respóndeme: ¿Qué es la mar?

Palacios ríe:

—Un lugar, señor.

—Vete, catire, has aprobado la lección, no lo olvides, vete a dormir.

—Buenas noches, general.

—¿Qué es la noche? Dilo, ¡dilo por última vez!

—Un lugar, un lugar, ¿no es eso?

Golpea la puerta:

—Robinson, ¿eres tú?

Nadie responde. ¿Por qué habría de ser Robinson el autor del inesperado

ruido en el camarote? No lo era. Sin embargo, algo hace que broten, lentas

burbujas, aquellas palabras suyas escritas desde Pativilca:

Al observar el cielo y la tierra, admirando el pasmo de la creación terrena,

podrá decir: dos eternidades me contemplan: la pasada y la que viene.

El origen de los sonidos es el viento. El frescor que sopla en la ventana y

que empuja los muebles, la puerta, que hace dar gualdrapazos a las ropas, las

sábanas, el cubrelechos:

—Dizque Robinson, ¡pobre viejo!

Mete la mano en el buzón porque presiente la presencia de algo. Dentro

del cajón rebrincan algunos insectos, luciérnagas apagadas, encendidas. Las

aparta, las respeta, juega con ellas. Luciérnagas que han hecho nido, que salen

y entran a voluntad, colmena de diminutas lámparas locas. Abajo en el fondo

palpa alguna cosa. Siente que sus manos tropiezan algo vivo, tibio. Retira la

mano, duda de un bicho allí, teme de un animal venenoso. Va por la lámpara,

retorna, alumbra. En el fondo hay una hoja de papel, sólo eso. Mete de nuevo

su mano y retira el mensaje: se trata de una carta muy especial: no viene

escrita a mano. ¿Cómo, entonces? En una máquina de imprenta. Parece una

hoja arrancada a un libro, pero está firmada. ¿Letras de otro tiempo, de otros

lugares ahora inexistentes? ¿Voces de diferente dimensión brotadas de otro

fulgor de los años? Nadie lo supo entonces.

Responde por lo escrito ese tal Uldarico Clavel, dice:

 

Excelencia: He olvidado ya si es usted o yo quien está en deuda de respuesta. En realidad, eso no interesa. ¿En qué sentido podría interesar? Ya pronto todo terminará. ¿En qué forma? No lo sé. Es que ni siquiera deseo saberlo. ¿Para qué? Después de leer cierta página a usted atribuida siento que sobre los principales enigmas descienden ahora las claridades. No era para menos: las personas que han venido a llenar su vacío al separarse del poder, o son de aquellos generales que se hicieron temibles con sus hazañas de sangre o de aquellos que usted situó un día en la galería de los hombres grises de gabinete. Ratas de gabinete, digo yo, dominadas por un doloroso espíritu de pormenores, de orden, de legalidad a ultranza, apolíneos como dicen algunos. ¡Qué apolíneos! ¡Burócratas y punto! Hombres incapaces de ascender a lo sublime. No diría estas cosas si no fuese porque algo me dice que quizás sea esta la última oportunidad que el destino nos habrá de otorgar para hacerlo. Apena de verdad que los grandes hombres sean sólo de instantes en la historia de la humanidad, y que, contra lo que se supone, el mundo siempre ha estado en manos de quienes prefieren el jesuitismo, los pormenores, las pequeñas cosas magnificadas sólo por un falso rito. Fernando González, el de la región de Otraparte, donde nacen quienes vivimos a la enemiga del destino, comparte conmigo esta opinión. González, ¿no lo recuerda usted, Excelencia? Quizás no. En fin. Es una necedad que hago mía,

no sé por qué. Sé que pronto usted llegará al término de su viaje, que partirá donde el destino lo disponga. Si es así, que así sea para su gloria y honra. Me ahogo al pensar lo que vendrá. Mejor será morir. Ninguna ancianidad podrá tener esplendor en la patria de las Reglas Santas. La guerra ya dio lo suyo y punto. Aflora debemos soportar el tiempo de las ardillas. Suyo,

Uldarico

 

Una bola ácida sube por su garganta y estalla en la boca. Pone la carta en el

escritorio de campaña, siente movimiento en su estómago. Va a la letrina,

escupe, se sienta y canta. Cada vez que ocupa la letrina siente deseos de

cantar. Desde niño. Canta La Vencedora, recuerda la fanfarria del coronel

Cancino en Boyacá, ríe. Pero la tempestad es sólo de gases. Canta de nuevo,

otorga a su cuerpo de huesos visibles una espera prudente. Ahora tararea en

francés, recuerda a Fanny. Arriba, la claraboya sopla en tinieblas. Gases

débiles, sin olor, eso es todo. Se viste. Ríe otra vez, tambalea contra los

baúles. Ajusta la ventana, toca su frente encendida, se tumba. El camastro ni

se mueve. Duermevela.

Arriba la música va en ascenso como ocurre siempre después del

crepúsculo. Cosa rara, el movimiento de tropas ha cesado y sólo se escucha el

cuchicheo de voces que murmuran en los sitios rincones, agazapadas.

Duermevela de espaldas, cuerpo extendido. Ha puesto sobre su vientre la

bolsa de terciopelo con el dinero de que dispone. El dinero de la libranza

sumado a aquel que resultó de vender su vajilla, sus medallas, sus caballos,

todo. En total, muy poco. Demasiado escaso para el viaje que debe

emprender. Pero se marchará. Irá rumbo a Jamaica. Después, con permiso del

destino, quizás a Londres, a París. Palpa las monedas, ríe. Duermevela de

labios sonreídos.

—¡Vomitaré, Dios mío, ayúdame!

Sueña.