La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 23 de 51

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La ceniza del Libertador

Veintitrés

 

 

Dentro del camarote Su Excelencia tropieza los muebles, palpa afanoso las

superficies cóncavas, las apófisis agudas y redondas, las carpetas tejidas.

Agarra las cerillas, enciende la lámpara de aceite de encima de la mesa. Y

vuelve a ver la carta:

—Qué tipejo, lo había olvidado.

La lee de nuevo, sí. Está escrita en letra tendida de oes redondas y eses

completas. Los palos de las tes ligeramente ascendentes, anticipados al cuerpo

principal del signo. Es una letra clara aunque tal vez un poco menuda y

apretada. Pero bajo la luz de la lámpara vapuleada por el vaivén del vapor

aquellas letras se superponen, parecen barajarse continuamente. Como

verdaderos cuerpos físicos, cada trazo hace su sombra, tiembla, titila

aumentado, se esponja. El sentido de todo escapa, huye, se vaporiza en el

papel extendido sobre las tablas:

—¿Quién diablos será ese tal Uldarico?

Va hasta la ventana y ajusta las naves de madera. Afuera queda el viento,

el escenario de aquella noche monótona calco de muchas otras. Su cabeza

arde como una bola de fuego. Hoy no he tosido tanto como ayer, piensa. La

frente, las orejas, los labios son cerezas. No he tosido como otros días. Me

ordenaré un poco el pelo. Dame el agua, dame acá el agua. Fatigado quiere

tumbarse en el camastro. ¿Qué sucede con el silencio?

—Responderé a ese tal Uldarico, sí, ese tío se las trae con lo que dice.

Da una vuelta de más, se mira en el espejo en sombras, regresa a su

escritorio. Allí todo está en orden: el frasco con la tinta, el papel, la pluma, el

secante. Empieza a escribir:

 

Río Grande de la Magdalena, mayo 20.

 

Avanzo por el río rodeado de enigmas, ciego. Voy, pues, en manos de la suerte. El capitán trae pus en sus ojos y éste es el momento en que ignoro cuál es su grado de responsabilidad en esta aventura. Hemos tropezado con navíos muertos en el cauce y he visto cómo se han silenciado las manifestaciones de aprecio que me han brindado estos pueblos. Todo sea por la patria. Arriba no descansan las tropas y el alboroto de un baile interminable no me permite dormir.

Llevo náuseas de todo, hastío, sueños malogrados, y sólo deseo vomitar cuando abra los ojos en la mar. Dios quiera que se pueda cumplir mi único deseo de ahora: vomitar. Ignoro si esta carta llegará a su destino. Pero, si es así, ruego a usted proceder a responderla de inmediato. Sólo de este modo podré tener el consuelo de saberme comunicado con el mundo exterior que tanto amé un día, pues ahora únicamente espero el instante de la traición. Si lo quiere y lo considera prudente, lea usted por favor esta carta a mis amigos. No sé de qué servirá, pero hágalo. ¡Hágalo, por favor! Todos deben saber que, a pesar de todo, no he tenido motivos de arrepentirme de haberme retirado del mando supremo.

 

—¡Héroe, eso es todo, basta, suelta esa pluma!

La carta es escrita de un plumazo. Con el último trazo de su firma

introduce el papel en un sobre, derrama lacre en los bordes y apunta con

atención el nombre completo del destinatario: Uldarico Clavel. Toma de

nuevo la carta que recibió en la mañana y lee otra vez las instrucciones:

«Coloque su respuesta en un sobre cerrado y déjela en el buzón de la

correspondencia. Los encargados del correo me la harán llegar, pues ellos

conocen de mi paradero».

Las instrucciones no ofrecen garantía pero no existe otra alternativa. Es

preciso confiar, obrar con cierta audacia. Siendo verdadero todo lo que la

carta contiene, nada en ella podría comprometerlo sin embargo. Cada palabra

ha sido calculada, pasada por espesos filtros. Su Excelencia retira de su

cabeza el trapo húmedo con el que combate las fiebres, va hasta la puerta y

abre. Afuera el viento sopla como un animal en carrera, la luna alumbra la

cubierta proyectando en el piso la sombra compacta de las chimeneas, cuajo

oscuro. Espera que sus ojos se acostumbren a la otra oscuridad del exterior. Y

después de verificar que nadie anda por ahí, rápidamente desliza su carta en el

buzón. Se esconde detrás de la puerta, cierra en silencio:

—¡Vete, papel, vete rápido, vete lejos, anda, anda!

—¿Anda?

—¡Vuela!

Desde las sombras exteriores surge de pronto una figura confusa, rápida,

que nadie ve. Camina en la punta de sus pies, envuelta en un trapo donde el

viento se entolda. Llega al buzón. Introduce su mano delgada, delicada, de

pelos algo rubios, toma la carta. La esconde volando debajo del trapo. Y del

mismo modo como brotó de las sombras volvió a perderse en el mundo de lo

invisible.

Tumbado en su camastro, renovado el trapo húmedo en su frente de

fresas, de cerezas asadas en la fiebre. Su Excelencia ignora cuanto acaba de

ocurrir afuera. De pronto escucha un ruido inusual. Un sonido de quebradura

que no consigue identificar en medio del gran alboroto de la fiesta de arriba.

Pero cuando empuja sus ojos a la puerta ve la imagen de un caballo salir del mamparo. No es Pastor, su caballo blanco. Es otro. Al lado del animal cuaja

enseguida la imagen de una mujer:

—¿Quién vive, carajo?

La mujer ríe:

—Casilda, Casilda la agorera, general.

—¿Casilda?

—¿Y es que acaso no me recuerda, señor?

Su Excelencia ha saltado al borde del camastro. El trapo húmedo cae al

suelo:

—En el nombre de Dios, ¿a qué vienes?

—Vengo a cumplir la promesa, señor.

—¿La promesa?

—Sí, la que le hice un día en Santa Rosa, la que le hizo mi hijo por el

camino de Tunja.

—¡Habla más duro, carajo!

—Vengo a traerle el potro, general.

Su Excelencia ordena su pelo, lo alisa con ambas manos:

—¿El que un día soñaste que sería para un gran general?

—Venga acá esa santa memoria, señor. ¡Bendito sea Dios!

—Gracias, mujer, yo creía en tus sueños, yo creía en ellos, gracias.

—¡Vaya! ¡Vaya! Lindos tiempos los de esa guerra. Provocaba criar

caballos entonces.

El potro cabecea, golpea el piso con uno de sus cascos:

—Casilda, dime la verdad, carajo, ¿me estás viendo?

—Borroso, general, demasiado cambiado para lo que usted fue, muy

borroso.

—¿Cómo?

Casilda desaparece, el potro da un paso adelante. Su Excelencia camina a

su encuentro, cuida de no asustarlo, le extiende su mano adornada con un

manojo de hierbas que acaba de tomar de su mesa de noche. Algo de apio,

yerbabuena, toronjil. El potro resopla, baila en sus patas delanteras, se

desplaza por el recinto cerrado en redondo, casi vaporizado en la sustancia de

los muros. Desaparece. Lejos un relincho, sonido de dientes, bolsas de

respiración vaciadas en el pasto:

Ese viento que es como un puño cerrado, azota la ventana, las naves se

abren. Su Excelencia vuela a cerrarlas, tambalea, rueda pesadamente en el

camastro. Siente que retorna la fiebre pero sus manos no tienen fuerza siquiera para recoger del suelo el trapo húmedo. Afuera el vapor empuja,

avanza rumbo a la mar lejana, se queja.

—Hipólita, ven, ponme ese trapo de mierda en la frente, pónmelo rápido.

—¿Señor?

—Hey, tú siempre tan sorda.

Quejidos.