La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 22 de 51

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La ceniza del Libertador

Veintidós

 

 

La ceremonia se ha malogrado. Su Excelencia hace un gesto a Bernardino y le

sugiere el final de todo. ¿Para qué insistir en aquello que ya no siente? No

consiguió probar bocado, de pronto sintió náuseas, honda repulsión de las

cosas, hasta de las personas que lo rodean. Las lentejas están intactas, el arroz

intocado, las masas de maíz, la mantequilla, el ají picante idénticos a como

fueron traídos a la mesa. Bernardino acude diligente, obedece el gesto y

comienza a levantar los platos. Por debajo van apareciendo las perforaciones,

aquellos remiendos en el mantel. Nadie habla. ¿Con qué fin? Su Excelencia

desprecia la ruina inmerecida que sus ojos observan, se sitúa junto a los lagos

donde el agua rema despacio su propio espejo. Suspira hondo, enreda su pelo

transparente. De pronto su mirada se cruza con la del hombre de estribor,

quien de inmediato dibuja para él un gesto amigable, tristemente distante. El

hombre permanece como ensimismado en su caldo, lelo en las márgenes de

los mismos lagos donde el agua rema. Lleva a sus labios el instrumento con

que ha estado escribiendo, piensa sereno, moja los bordes de su boca con la

punta de la lengua y desliza la fuente en su labio inferior de una comisura a la

otra.

Su Excelencia responde el gesto, se despide con un enigma y camina

rumbo a la puerta pero un escuadrón de hojas que tropieza en el biombo lo

detiene. Mariposas de terciopelo, cáscaras afelpadas de barrigas redondas,

agomadas, atraviesan el biombo, se cuelan, dan vueltas en el sereno suspenso

del comedor. Su Excelencia siente que se trata de un presagio, del aviso de

algo que se quiebra no sabe dónde ni cómo. Las mariposas flotan, trazan

trayectorias, rayan la pizarra de la escasa luz y se estrellan contra los

mugrosos cristales de las lámparas. Algunas revientan con el impacto en el

vidrio encendido, otras consiguen filtrarse por la ranura del mechero y agitan

sus alas en el fuego, se consumen. Al principio las llamas de las lámparas

resisten los gualdrapazos, flamean sin extinguirse y queman las patas, las

puntas de los alerones. Hay humo orgánico, olor de chamusquina, fetidez de grasa frita. Pero con la fuerza de la invasión el fuego cede, se debilita, se

extingue hasta dejar el comedor en tinieblas:

—¿Vieron eso, carajo?

—¡Por supuesto que lo estamos viendo!

—¡Psss, Psss!

Palacios salta, atraviesa el biombo, se coloca con los perros a espaldas de

Su Excelencia:

—¡Nos están invadiendo otra vez!

Bernardino corre a la puerta, muestra el brillo de su ojo azul, ajusta los

guantes de sus manos:

—¡Calma! ¡Calma!

—¿Y es que no has visto nada, negro, carajo?

—No se preocupen que esto sucede con relativa frecuencia, no se

preocupen.

—¿Estos animales?

—Sí, estamos en invierno y la luna va en creciente, eso es todo.

Viéndose a oscuras, el hombre de la mesa de estribor se pone de pies,

organiza sus cosas en su valija de mano y camina hacia la puerta:

—Permiso, señores —dice al pasar.

Santana hace un gesto, tuerce sus labios, se agarra las nalgas, suspira:

—Siga, siga, siga nada más, siga.

El hombre da un saltito, se inclina, camina rápidamente. De cerca su piel

se observa gruesa, grasienta, cargada de años y de viejas señales de viruela.

Aunque rasurado de todos los días, su barba es espesa, torpemente cerrada,

azul negra. Sus lentes dobles, pesados, sucios de polvo, de caspa que baja de

sus cejas pobladas. Lleva sus papeles bajo el brazo, arrastra el calzado al

caminar, desaparece en las sombras del puente rumbo al alcázar de popa,

tropieza el cubo de brea, el cabrestante invisible como empujado por la banda

de barlovento. Su Excelencia permanece encelado en aquella visión:

—¡Síguelo!

Santana empuña su sable, parte en carrera. Tropieza aquel mismo cubo de

brea, aquel mismo cabrestante invisible, hasta los lazos, los aparejos de

cáñamo, los sólidos bloques del puente. Desaparece. Minutos más tarde

regresa:

—¡Escapó!

—¿Qué dices?

—¡Se evaporó en mis narices, se evaporó!

Pero había luna, no es posible.

—Sí, en cubierta, pero en los pasillos no se veía a un palmo.

—¿Cruzó por el pasillo de camarotes?

—Supongo que sí, Excelencia.

—¡Cómo que lo supones, incapaz!

—Es que no estoy seguro, todo sucedió tan rápido.

—¿Lo perdiste antes del pasillo entonces?

—No lo sé, no lo sé, todo fue tan confuso.

Santana comienza a temblar:

—¿Tienes frío?

—No.

—¿Miedo?

—¡Nunca, general!

—¿Por qué tiemblas entonces?

—No lo sé.

—¿Rabia?

—¡Dios mío, Dios mío!

Todos callan, otro escuadrón de hojas vivas tropieza el biombo, se cuela

al recinto. Nervioso, Palacios da vueltas en redondo con su mano derecha en

la empuñadura del sable. Avisados, el rubio y el bayo permanecen atentos,

oliscan la fragancia de chamusquina que brota del comedor. Olor de

mortecina que también asciende de las aguas y troncos podridos que se

evaporan como un manto de fiebre:

—Es la primera vez que veo a ese hombre levantarse.

—Bernardino ha retornado:

—¿No les decía?

—¿Qué?

—Mírenlas otra vez, en el invierno de mayo son una verdadera plaga,

señor.

—No es la primera vez, Excelencia —dice Palacios.

—¿Qué dices?

—Hace unos minutos estuvo junto a nosotros.

—¿El hombre ése?

—Sí, cuando lo del velero encallado, ¿no lo vieron ustedes?

Fernando coloca sus manos en la cintura:

—¿Junto a nosotros?

—Sí, coronel, caminó detrás de nosotros hasta la barandilla y lo estuvo

viendo, todo.

Los navegantes guardan silencio, tragan grueso, sienten que un fósforo en

llamas recorre los aposentos del vientre. Su Excelencia comprende, calla, abre

todas las puertas posibles, levanta sus hombros, quiere voltear al revés sus

bolsillos, traza un desesperado mohín de desprecio:

—Descansaré.

 

Soledad

Hola, soledad

Verdad única, lamentable devaneo del oro

Orfandad, tristeza de leche prestada

Tanto asedio infantil de la muerte que arranca árboles

Llanto, llanto en las sillas puestas al viento junto a las viejas

balaustradas

Desprecio

Toda la gloria del mundo en el cuenco del ojo asustado por el

signo de los últimos visitantes

En el tiesto de la mano que tiembla

Blanca certeza en limpio de estar abandonado al destino

Solo en lo único

En lo cósmico inalcanzable

Dimensión donde otros hombres no consiguen asomar sus uñas

Su mierda

Su ojo chorreado por el estigma

Solitario

Donde apenas dos eternidades lo contemplan:

La eternidad pasada

La eternidad que viene

Eso es todo

 

Rumbo al camarote el regreso es lento, tambaleante. En algunos momentos

Palacios debe fingir que se detiene a observar el cereal que se abrillanta en el

cielo, cuando siente que la respiración de Su Excelencia se agita y suena

como algo que desliza sus dedos en la cuerda de un violín:

—¿Cómo se siente ahora, general?

—Bien, muy bien, con deseos de correr y dejarte atrás. ¡Tú no sabes

correr!

—Vi que no comió, señor.

—Tomé agua, mordí un poco de apio, ¿no te parece bastante?

—No es suficiente, señor.

—Eres un mal hombre, José, me quieres ver hinchado de comer

—¿Hinchado? ¿Con agua y apio? ¡Oiga, dígame!

—Ya no puedo con nada que sea por la boca, José, nada.

Palacios aplasta con sus botas un pequeño insecto que brilla en el suelo:

—Tiene usted ahora un mal extraño, general.

—Hastío, hombre, hastío, no te preocupes.

—Rara enfermedad.

—¿Esa? No lo creas, siento que la arrastro conmigo desde niño.

—Disculpas, disculpas, debería comer en forma, señor.

—¿Vuelves con la historia?

—De agua y apio no se vive, señor, ¿a quién ha visto?

—Debo desocupar el estómago, eso es todo.

—Tampoco usted se ayuda en eso. Nada se puede con su cabeza dura, eso

es lo que pasa.

Su Excelencia quita su brazo de encima de los hombros de Palacios. Sus

piernas ya no son las de antes. Cuerpo muy flaco, extenuado. Semblante

adolorido. Voz ronca, pulso comprimido.

—¡Vaya, vaya con mi cabeza dura!

—Debe comer y no come, debe vomitar y no vomita. ¿A quién a visto?

—¡Majadero! Si intento vomitar, ¿qué arrojaría?

—Espuma, aunque sea espuma, Excelencia.

—¡Cabrón!

Palacios tiene sus ojos húmedos:

—Usted se está matando, señor, y yo así no quiero seguir para ninguna

parte.

—Yo voy a vomitar, sí, te lo prometo, pero en la mar, aquí no,

¿entiendes?

—¿Por qué en la mar? ¿Por qué? ¿Por qué tiene que ser en la mar y no

aquí, de una vez y punto?

—¿Tú podrías hacerlo sin tener mareo? ¡Contéstame!

—¿Quiere que le diga una cosa?

—¿Una cosa? Dila, dila rápido.

—Me iría a la letrina y me metería el dedo, sí, hasta el fondo, eso haría.

—¡Uff! No deberías inmiscuirte de ese modo en mis cosas.

—También hay gotas, general, gotas para beber con agua.

—¡No te metas, carajo!

—Usted se está matando, eso es todo, y debo decírselo así de claro.

—¿Matando? ¿Porque procuro la mar y no una sucia letrina?

—Tengo miedo.

—Deja, deja, ¡vamos! A ver, ¡corre, corre conmigo!

Su Excelencia extiende de nuevo sus alas en los hombros de Palacios,

empuja. La luna ha vuelto a aparecer, ilumina el difuso territorio de la

cubierta. Sin embargo, ambos tropiezan con torpeza el cubo de brea, el

cabrestante invisible donde casi ruedan por el suelo, enredan sus botas en los

aparejos de cáñamo que abundan junto al puente, dan tumbos en lo oscuro:

—¿Dijiste miedo?

—Bueno, creo que ya ha pasado.

—¿Miedo de qué? ¿Y encima lloras y te ríes?

—No lo sé, déjeme, señor, déjeme quieto.

—Mientes, siempre se sabe, mientes.

—¿Y es que usted no tuvo nunca miedo, general?

Su Excelencia patea las láminas del puente, los maderos donde esas

láminas crecen como flores planas, brillantes, patea la culata, los aparejos

aceitosos, embreados a lo largo de tantos viajes:

—¿Y me lo preguntas? ¿Me golpeas de ese modo?

—No dije ni mú, señor.

—¡Oh!, cómo conoces lo mío, José. Abro la palma de mi mano y estás tú.

—Hipólita me contó.

—¿Esa? ¿Te contó qué?

—Que de niño usted se despertaba llorando, que parecía un gato.

—¡Negra cabrona! ¿Y qué?

—De miedo.

—Oye, escucha, respétame.

—Perdóneme, no fue mi intención, general.

—Ella lo sabe todo de mí. Mírala, mírala allí a mamá.

Ríen, tambalean, avanzan abrazados dando tumbos contra los palos, los

metales bañados por la brea, corrompidos por el óxido. Su Excelencia tose,

siente que hablar pone ronca su voz. Se enconcha aún más en su frazada,

esconde en ella parte de su rostro:

—Sí, despertaba llorando, eso es cierto, mamá ya había muerto pero yo la

seguía viendo, no muy nítida pero la seguía viendo todas las noches.

—¿Deseaba usted volverla a ver después de muerta?

—¿Que si lo deseaba?

—Sí.

—Habla más duro, estoy como si tuviese los oídos taponados con

algodón, ¡habla más duro!

—¡Que si quería usted volverla a ver a ella!

—Nunca ocurrió, sólo en sueños. Dormía boca abajo y rezaba, la vi sólo

unas pocas veces, distinta, ¡vaya que estaba bien distinta!

—Yo sí.

—¿Tú sí qué?

—Logré verla despierto, verla, señor, verla.

—¿Qué dices?

—Junto al armario, general, siempre como esperando algo al lado del

armario, yo no sé qué esperaba la pobre al lado de ese armario.

—A ver eso, déjame agarrarme, cabroncito embaucador.

—Es cierto, señor, lo juro.

—Oye, mírame, lloras y te ríes, ¿qué es eso?

—No lo sé, tengo tupida la nariz.

—Vaya juego, te metieron el cuento, ¿no es así?

Ahora tropiezan con los muebles del salón de estar, sienten la carraspera

de la alfombra bajo las botas, dejan atrás la brisa que sopla en cubierta. El

rubio y el bayo acezan abajo, salpican el piso. Bajo las lámparas apagadas,

repletas también de mariposas de terciopelo oscuro, flota suspendido aquel

mismo aliento de grasa quemada, de fritura de seres vivos del que acaban de

huir en el comedor. Los ojos de los perros brillan luciérnagas:

—José, mira bien este puño, míralo, ¿conoces lo que es el hastío?

—Difícil, señor.

—Sabes lo que es eso, ¿sí o no?

—¿Como una fatiga que no queda en el estómago?

—¡Mierda! Olvídalo, buenas noches, Josesito, vete al diablo.

—¿Qué pasa?

—¿Estás oliendo? ¿Estás oliendo acaso esa basura?

—¡Ifff!, ¡ifff!

—Ardo en la fiebre, veo luces que no existen, déjame solo, déjame, vete

ya.

—Échese agua, señor, póngase un trapo húmedo en esa cabeza dura,

hágame caso.

—¡Vámonos, vámonos muchachos, esta gente no nos quiere en esta tierra!

—¿Qué dice, general?

—¡Vámonos muchachos! ¡En esta tierra no hay espacio para nosotros!

La puerta del camarote se cierra. Adentro él continúa hablando en el

vacío.