La ceniza del Libertador
Veinte
Fernando y Santana rodean la mesa, esperan en ordenado silencio la llegada
de Su Excelencia. En un asiento recostado al mostrador Bernardino dormita
con los ojos abiertos. Parece una costumbre suya de los viejos tiempos de la
guerra, cuando además de cocinero de segundo rango en uno de los tantos
frentes de los ejércitos patriotas debió desempeñarse como centinela. Al
escuchar el alboroto dentro del recinto, Bernardino retoma al mundo de la
vigilia. Entonces disimula haber estado apenas distraído, como mirando en
medio de la siesta otras regiones de ensueño. Carraspea la garganta, tose,
abandona su asiento y sale presuroso al encuentro de los comensales. En su
carrera tropieza la esquina de la mesa del lado de babor, siempre vacía. Al
fondo, en la mesa del costado contrario, a estribor, el hombre de los tarros de
metal reacciona confuso, suspende su lectura, mira hacia la puerta. Mientras
tanto chupa la espuma que hay en el borde del recipiente que acaba de
destapar. Al verlo, Su Excelencia se aproxima a la oreja de Bernardino:
—¿Todavía continúa resoplando ahí el bicho ese?
Bernardino sonríe:
—Desde el medio día apenas se ha levantado para ir al sanitario. Cuando
bebe de esa porquería orina mucho.
—¿De esa cosa?
—Casi orines de cristiano, señor, haga de cuenta.
—¡Insoportable!
—Sí, parece de madera, de piedra o algo así, imperturbable el ratón.
—La cosa no es tan simple, señores.
Fernando habla en tono bajo:
—¿Le preocupa de verdad a usted el carajo ése, tío?
—Y, ¿qué quieres que te diga?
—Parece inofensivo mírelo, mírele esos ojos, juraría que es inofensivo.
—Podría no serlo. Este es el momento en que todavía lo ignoramos todo
sobre él.
Bernardino interviene:
—Esta tarde lo estuve reporteando.
Su Excelencia se desplaza sinuoso hacia la mesa del centro:
—¿Lograste sacarle algo?
—Cosas demasiado generales, señor.
—¿Como cuáles?
—Déjeme ver, déjeme ver, señor…
—Sí, ¿como cuáles?
—Que toma nota sobre todo aquello que va observando en sus viajes y
que trabaja para su propio placer.
—¿Para su propio placer? ¿Tú lo crees?
—Eso mismo dijo, general.
Toman asiento. Inquieto, el coronel Santana interviene:
—Negro, ¿y averiguaste de qué vive el bicho de mierda ése?
—¿De qué vive?
—Sí, quién ve por él cuando viaja.
—Comprendo, comprendo, su mujer, creo recordar que vive de su mujer.
—¿De su mujer?
—Eso mismo fue lo que dijo, coronel, juro que eso fue exactamente lo
que oí.
—¡No lo puedo creer!
Santana escupe en el suelo:
—¡Entonces es un maricón, un miserable mantenido!
Desde el fondo, el hombre de los tarros de lata vuelve sus ojos hacia el
grupo, saluda, remueve su congestionada cara de gladiolo. Tiene inyectadas
sus tristes pupilas. Pero en esta oportunidad no sonríe y se limita tan solo a lo
necesario. Luego retorna a su trabajo, desplaza su índice derecho al entrecejo
y ajusta el aro de sus lentes. Bajo su asiento se esponja de pronto una gran
sombra:
—¡Sí, eso es, un maricón! Mírenle esas pestañas, ¡con razón!
—¡Shsss!
—Y, ¿quién pierde?
Campea la risa en las bocas escondidas.
Su Excelencia y sus amigos repasan el mantel con ambas manos, ondean
sus dedos en la azotea blanca de lino almidonado, pulcro. Y observan el
viento agitar la llama de las lámparas. Hay oscuridad aunque arriba la luna
alumbra un poco más que en los días del comienzo del viaje. Sin embargo, al
crecer de tamaño aquella luna de ordenadas yemas rotas, todos perciben cómo se agiganta el reflejo que remite el vapor en su mecanismo de espejo. Santana
no consigue controlar su excitación:
—Insisto en que es un maricón, un pobre maricón y punto. —No
necesariamente.
Regañado a causa de su pestilencia, Santana responde sin mover siquiera
sus manos:
—¿Cómo se llaman aquellos mirlos a quienes sus mujeres sostienen?
—Es posible que se trate de una mujer especial, coronel, un caso especial.
—A ver, ¿cómo se llaman, eh?
—¡Gallinas!
—Ni así. ¿Permitiría usted exactamente eso de su mujer? ¡Qué vergüenza!
Fernando guarda silencio. Del otro lado del biombo Palacios monta
guardia junto a los mastines que trazan círculos continuos en redondo de sus
botas de campaña. Cansados a veces se sientan, jadean, salpican las tablas
impregnadas de espesos y viejos aceites:
—Mírenle el peinado, ¿es posible? ¡Lululú! Ternura mía, ven, ven aquí,
ven.
—Déjelo quieto, coronel, usted no está seguro de nada, no pierda el
tiempo en eso.
Bernardino ha estado esperando las órdenes en relación con los alimentos.
Fernando sonríe, calla, sepulta el gesto de su boca con la palma abierta de una
de sus manos. Ni se atreve a mirar al coronel Santana, nervioso en sus
agresiones abstractas.
Luego mira al cocinero:
—¿Qué tienes para comer?
—Para hoy tengo lentejas en guiso, arroz, carne al vino.
—¡Lentejas, tío, lentejas!
Abandonado a la espuma de tantos pensamientos, Su Excelencia
permanece ensimismado. No está al tanto de nada, escucha las voces pero no
registra, baila su propio danzón interior. De repente, como salido de la
floresta, murmura:
—En otros tiempos adoré las lentejas, ¡hombre!
—Quizás pudiese volver a comer un poco ahora, tío, no es sino
proponérselo.
—¿Ahora?
—Sí, ya mismo.
—¿Y cómo es que este negro las ha preparado?
—En guiso, señor.
—¿En guiso? Hummm…
Bernardino sube, baja su rostro lavado, pone a brillar un ojo más que el
otro mientras improvisa enigmáticas señales:
—En guiso, sí señor, con algo de tomate y cebolla, a su gusto.
—¿Tienes caldo?
—¿De paloma?
—Sí, del mismo de estos días pasados, no estaba mal el caldo ése.
—Por supuesto, Excelencia, sabía que de pronto usted lo preferiría a las
lentejas.
—Tráeme entonces de eso.
—¿Sólo eso?
—No, aguarda, y en un plato por separado algo de lentejas, arroz y ají
picante; de repente he sentido como si una mano se hubiese abierto en mi
vientre, una mano incompleta, voraz.
Fernando no puede disimular su contento:
—Qué maravilla, tío, se observa usted mucho mejor ahora.
—¿Mejor de qué?
—Bueno, del apetito quiero decir, de su aspecto general.
Su Excelencia está de mal humear, da un vuelco:
—¡Definitivamente no me trago a ese hombre! —dice.
—¿Hombre? No sea usted tan generoso, general.
—Sospecho de él.
—¿Qué sugiere usted, tío?
—Que nos espía, hombre, ¿no lo entiendes?
—¿Espía y maricón? ¡Qué cosa más linda!
—Por última vez, no esponjes el aire, carajo, te lo advierto.
—Ya no sé ni qué pensar, tío, todo aquí es tan confuso, tan inasible.
Bernardino se ha marchado a la cocina, canta y silba, alborota con las
ollas para darse importancia. Arriba el baile revienta de nuevo por el lado de
las trompetas, chorrea el recinto, cuaja en el viento. Esta vez viene del
costado de los camarotes. Su Excelencia se agacha hasta casi tropezar su
barbilla en el mantel:
—Lo espiaremos a él, ésa es la consigna, nosotros lo espiaremos a él.
—Será un placer, señor, yo cuidaré de la niña.
—Cállate, debemos obrar con total naturalidad.
Distraído en lo suyo el hombre desocupa de un sorbo el contenido del
recipiente que tiene a su disposición. Levanta la cabeza, deja chorrear
plácidamente las últimas gotas. Hace a un lado el tarro vacío, busca afanoso en su portafolio y saca uno nuevo que abre con maestría desprendiendo con su
dedo índice una pequeña lámina de aluminio. Brota la espuma por el orificio,
santifica la tapa. El hombre chupa de esa espuma, trapea con su lengua
víctima de un raro placer de otro tiempo. Bebe, permanece pensativo
acompañado de tantas cosas invisibles. Refresca sus ojos en el brillante cauce
del río donde la luna hace pozos. Y luego, dudoso, empieza a escribir. Traza
los signos, muerde sus labios, piensa. Utiliza un novedoso instrumento de
metal:
—¿Lo están viendo ustedes?
—¿Al maricón?
—No, aquello con que escribe, ¡miren!
—Por supuesto, tío, es la primera vez que veo algo semejante, ese tipo no
es más que un rebuscado, qué cosas se carga.
Santana se revuelve en el asiento:
—¡Se lo dio su mujercita!
—Ni más ni menos que un objeto del futuro, señores, mírenlo, ¡qué
perfección!
—Será inglés.
—¿Inglés?
—¡Shsss!
—¿Qué sucede?
Su Excelencia finge poner en orden las flores que hay en el centro de la
mesa:
—Viene Bernardino.
—La gallina cacarea en su rincón, ¡hasta huevo tendrá!
—¡Cállate, te lo ordeno por última vez!
Bernardino asoma por el roto de la puerta, trae en lo alto una bandeja con
la que hace lujos y malabares. Se ladea, empuja con la rodilla la contrapuerta,
parece divertirse con los delicados equilibrios del cuerpo. Llega presuroso
hasta la mesa, sonríe, da comienzo a la ceremonia: pone la taza con la
milagrosa sustancia de palomas junto a las manos de Su Excelencia, se extasía
por unos instantes mirando los hundidos ojos del héroe, su labio inferior
pronunciado hacia abajo. Luego coloca el guiso de lentejas, el arroz
humeante. Y en un cristal redondo el ají para el picor de la lengua. Enseguida
deja en su sitio los otros platos, las arepas de maíz, la mantequilla de leche.
Fernando brilla entonces más que nunca:
—Abrigo la ilusión de que esta vez no vuelvan a visitarnos las moscas del
otro día.
—¿Las verdes?
El coronel Santana come en silencio, casi ni se mueve mientras mira el
fondo de su plato:
—En la otra mesa ya tenemos una, señores.
—¿Una qué?
—¡Qué habría de ser!
Su Excelencia patea las botas de Santana por debajo de la mesa mientras
Bernardino pone agua en los vasos:
—Las moscas no navegan la noche, ¿lo sabías acaso?
—Quizás no.
—Son seres que pertenecen a la luz, eso es todo, así de fácil, ahora no
vendrán.
—A la luz, ¿carajo?
—¡Y a la porquería!
De pronto el vapor se inclina más de la cuenta y se siente un golpe a
babor. Las mesas revientan de su sitio, sobre el mantel pulcro ruedan granos,
pozos, partes de los alimentos:
—¿Qué sucede? ¿Sintieron el golpe?
—¡Mierda!
Todos se miran:
Junto a la barandilla de metal brillante sobresale la pesada sombra de un
cuerpo descomunal, esponjoso cadáver en medio de las aguas. Ofrece un
volumen compacto en su base aunque hacia arriba, exactamente encima de la
línea de cubierta, muestra como unas alas portentosas que el viento azota a
gualdrapazos. Después del impacto el vapor recupera su equilibrio perdido
pero aún así la velocidad no consigue ser la misma de antes. Aquello parece
un gran pájaro descompuesto en el lecho del río, y con el golpe, que todo lo
ha removido de su sido, ocurre la extraña sensación de haberse derramado un
frasco de perfume que acaba de quebrarse:
—¡Nos hemos golpeado contra la orilla!
Todos se han agolpado junto a la puerta, permanecen lelos mirando tantas
sombras. Las lámparas todavía se balancean colgadas del techo, arrastran
detrás de su luz el ser de las cosas que se encharca sobre los aceitosos pisos
de madera. Su Excelencia aguarda que sus ojos dilaten la pupila:
—No ha sido contra la orilla, miren, miren eso.
—¡Contra un árbol, contra un árbol!
—¿Contra un árbol?
—No, contra un velero muerto, señores, ¡mírenlo ahí! ¿Es que no lo están
viendo?
—¿Un velero?
—¡Mírenlo, mírenlo ahí!
—¡Un pájaro inmenso!
—¿Qué pájaro, pelotudos?
—Un velero, ¡carajo!
El navío que reposa en el centro del río es inmenso, portentoso a causa de
las sombras donde hasta se agranda en forma de flor de nenúfar. Flota en un
mismo sitio, ladeado, boqueando su quietud de entierro en aquel promontorio
de arena y fango. De repente, mientras el vapor de Su Excelencia se desliza
con cuidado casi tocando el costado izquierdo del velero encallado, Palacios
empieza a temblar:
—General, ¿vio usted, vio usted?
—¿Qué?
—Lo que estoy viendo, señor, Dios mío, mire eso ahí, mire eso.
—¿Dónde?
—¡La luz, la luz!
—¡No veo ninguna luz, carajo!
—Mírela allí, mírela.
Palacios señala con su mano extendida en el instante en que una pálida luz
vuelve a brillar. Es una luz titilante, débil, extraviada entre los maderos
cargados de niebla, las velas destrozadas, los lazos, las jarcias rotas. Una nube
se rompe en el cielo y la luna baña el lugar. La luz se hace entonces más
tenue, casi desaparece:
—Alguien olvidó allí una lámpara, señores.
—¿Será una lámpara?
—Pienso que podría ser un cofre lleno de joyas, a veces brillan así.
—Pronto se apagará, señores.
—¿El cofre?
—¡Cuál cofre, huevón!
—Es un aviso.
—¿Aviso?
—Sí, para los navegantes, eso es todo.
—Es posible que haya alguien a bordo todavía.
—¿En el velero?
—Un sobreviviente, es posible, yo pienso que ahí hay alguien todavía.
—Grítale, Santana, grítale, a ver, grítale.
Santana da un paso adelante:
—¡Hey, hey!
—¡Heeeyyy, heeeyyy!
—Es el eco.
—Grítale de nuevo, Santana.
—¡HEY, HEY!
—¡HEEEYYY, HEEEYYY!
Los manglares de la orilla retoman la voz como desde otro piso donde
bromean gruesos coros.
—¡Yo veo una sombra, yo estoy viendo una sombra, mírenla!
—¡Quítate, cabrón, déjame ver!
—Allí, general, mírela, mírela cómo se desplaza. Dios mío, mírela.
—Es un trapo, ¡imbécil!
—Puede ser un sobreviviente, general, mire usted bien, yo veo un bulto.
—Es el viento, hombre, ¿no lo ves?
El velero encallado comienza a quedar atrás, se aleja de la popa más y
más. En la distancia la misteriosa luz vuelve a encenderse. Ahora es más
intensa y parece provenir de una lámpara de aceite que alguien agita desde la
base del palo mayor:
—Mírenlo, ¿no les dije?
—¡Sí, es alguien, es alguien!
—¡HEY, HEY!
—¡HEEEYYY, HEEEYYY!
—¿Eco? ¿Solamente eco?
El cadáver del velero queda atrás, comienza a desaparecer
definitivamente. Su Excelencia toma por el brazo a Palacios, tropieza con sus
botas el cuerpo de los perros excitados por el alboroto, extiende su brazo
encima de los hombros de su mayordomo, murmura:
—Es extraño.
—¿Qué, señor?
—Juraría haber visto a alguien allí. Eso que vimos era un hombre.
—Quizás un centinela, señor, eso es todo.
—¿Por qué no respondió?
—Tal vez no escuchó, señor.
Su Excelencia se nota de pronto demasiado triste, como si sobre sus ojos
hubiese comenzado a llover polvo de ceniza. Luego sonríe entre flores de
sepultura:
—Regresemos al comedor, vamos, vamos.
Más allá de cualquier visión imaginable en la popa, suspendida en las
sombras más negras, aquella luz vuelve a titilar. Mientras unos mueren, la
vida continúa encendiendo otros fósforos:
—¿Otros fósforos?
—Qué, Excelencia, ¿qué dijo usted?
—No, olvídalo, vamos al comedor.
—¿Cuáles fósforos, tío?
—Cómetelos, hombre, vamos ya al comedor, vamos, vamos corriendo,
ustedes ya no saben correr, a ver, ¡corran, corran!