La ceniza del Libertador
Veintisiete
Bañados, con sus cabezas húmedas aparecen en cubierta Fernando y Santana.
Vienen radiantes, ríen, alborotan juntos, distraídos. Desde donde está, Su
Excelencia manotea:
—Vamos al comedor, muchachos, ¡vamos, cabezas de taco!
Ellos se acercan, Santana todavía chorrea agua al piso:
—¿Te bañaste? ¿Te has bañado por fin?
—Sí, general.
—No lo creo. Oye, muéstrame tus orejas, a ver, a ver.
—Tengo el pelo mojado, señor.
—Y la lengua también. A ver, muéstrame las gualdrapas, muéstramelas,
nada de embustes, no te has bañado, eso es lo que pasa.
Santana no se mueve del sitio:
—Al medio día me baño, señor, lo juro.
—¿No te lo dije? Vamos, vamos andando, eres un mugroso.
La cólera de la mañana ya ni se recuerda. En realidad nadie quiere volver
por ella. La indignación que Su Excelencia pudo haber sentido cuando leyó el
papel donde el capitán le anunciaba la devolución de sus papeles es ya un
asunto del pasado. El amanecer, la naturaleza que revienta por los costados, la
niebla en fuga todo lo modifican. El ánimo es otro, los humores del
pensamiento soplan de diferente manera. Pensándolo bien el viaje es un éxito.
Es cierto que el pasaporte no llega, que el dinero de la libranza se retarda y
que las peticiones no han logrado su efecto a causa de unos cuantos sellos
vencidos. Pero la travesía continúa por el río superando los obstáculos. Río
abajo, inevitablemente abajo, inevitablemente rumbo al mar. ¿Caída
definitiva? Todos conocen de memoria la ruta, saben que ella se cumple.
Entonces, ¿qué otra cosa pedir?
—Miren ahí —dice Fernando—, estamos entrando en la Vuelta del Ángel.
—Carajo, tan rápido.
—Es lo justo, tío, hoy estamos completando el séptimo día. —¡Chúpame
el dedo! ¡Juraba que íbamos por el décimo! Todos se resuelven, regresan a la barandilla:
—Es un lugar hermoso esta vuelta, ¡miren, miren cómo se estrecha el
chocolate!
—Y peligroso, ¡capón!
—No tanto, aquí el cauce se estrecha pero es hondo, ¿sienten ustedes?
¿Sienten el olor??
—¿Qué?
—Los bagres, los bagres tigres.
—Aquí son famosos los remolinos, señor.
—Bagre sudado, sudado con papitas y arroz, no estaría mal.
—¡Por supuesto que no!
—No parece peligroso el sitio este, pero lo es.
—Por los remolinos, ¿lindo?
—¡Deja! Por los bancos de arena allá, allá, a la salida de este vueltón.
La nariz recauda lo mejor de aquella embarcación torpe, teje el sentido de
cuanto almizcla por los costados. La mirada espera, registra, clasifica todas
las cosas que van apareciendo en la ventana que nunca llegó:
—Y, ¿aquello? ¿Han visto aquello?
—Si en realidad vamos por la Vuelta del Ángel, aquellos deben ser los
restos de El Libertador, sí, esos deben ser, ¡mírenlos!
—¿Qué? Venga acá, ¡sópleme el ojo!
—Coronel, póngalo, póngalo aquí, déjeme hacerle el favor.
—Calla, Santana, calla.
—Sí, esos son, miren la insignia, miren.
—¡Pobre viejo!
—Quién, ¿pobre viejo quién?
—Elbers.
Su Excelencia calla, no escucha, suspira lelo con sus ojos puestos en la
caravana de aquello que desfila en la ventana: Elbers, sus vapores, su
monopolio en el río, todo vuelto un total fracaso. Ahí están los restos de las
máquinas, las chimeneas ladeadas corrompidas por el óxido, la herrumbre, los
aparejos rotos, los mamparos perforados, el puente abierto. Todo detenido en
el tiempo, atrapado en redes de barro, de arena fangosa:
Un día
Sentados junto a la vidriera donde la memoria limpia el polvo
Ahí donde la vieja remembranza manotea con su trapo
Encontraremos tantas cosas perdidas
Hallaremos lo mejor de nuestras idas cosas invisibles
Todas ellas sucedidas o no sucedidas
No interesa
Cosas tan verdaderas como los actos carnales dentro del frasco
Como lo que vimos dibujado en la ilusión de una lejana
vespertina
O lo que nos hizo sangrar con la gracia de un sueño
La sopa que nunca llegó
El velero en el vaso con agua donde la clara del huevo anunciaba
aquellos viajes
Y en el centro de todo el cuerpo de un vapor atrapado
Uno mismo
Un día un día
Veremos los poderes del agua
Día nuestro, tan confuso que podría ser el mejor
Al entrar en la vuelta, el vapor reduce su velocidad pero las calderas trabajan
de pronto con más fuerza, como si la barriga del navío hubiese comenzado a
arrastrarse sobre un piso de goma. Los restos de El Libertador se observan
ahora más próximos, arropados por una especie de niebla misericordiosa que
supura por sus propias ventanas destrozadas, emanación azul, gris, plomo
lejano. Por esas mismas ventanas brota también una enredadera de flores
cuyas ramas se han elevado con tan extraña fertilidad que han ido a dar al
palo horizontal del ancla. En medio de la niebla azul, las campanas de aquella
enredadera parecen objetos causados por la obra del sueño. Las calderas del
vapor se toman un descanso antes de empujar de nuevo la nave por el centro
del río, rugen mansas en un sitio profundo. La trepidación desaparece. De
pronto todos escuchan algo que hiela la sangre:
—¡Hey! ¡Hey!, ¿están oyendo ustedes aquello?
—¡Din, don, dan!
—¿Del cielo?
—¡Silencio, carajo!
—Madre mía.
La música de las campanas ocupa el cauce:
—Viene de arriba, quítese de ahí, ¿no lo ve?
—¿De arriba? Está usted mareado, coronel Santana, no viene de arriba.
—¿Cuánto vamos?
—Lo que quiera, no viene de arriba.
—He dicho que silencio, ¡carajo!
Las campanas no tienen campanario:
—¡Shsss!
—De dónde entonces, ¿cabeza de estopa?
—De allá, del lado de eso.
—¿Del cadáver?
—¿Cuál cadáver? No he pronunciado esa palabra, coronel, ni siquiera esa
palabra.
—¿Qué es eso, pues? ¿Qué diablos es eso que flota allá, muerto?
—Oye, oye, qué pasa, hágase a un lado, despeje el paisaje.
—¿Sienten el olor de los bagres?
—Eso sí, eso sí es otra cosa.
—¿Y eso qué es?
—¿Qué? ¿Eso rojo de allí?
—Sangre, de los bagres, ¡el tajamar los está destrozando!
—¡Madre Santa!
—Bagres tigres, pobres bichos, hombre, ¿sí serán bagres tigres?
—A eso apestan, lo juro.
—¡Shsss, canarios estúpidos!
Un golpe de viento agita la enredadera, la música se hace más nítida,
brilla en el pecho de la niebla:
—¡Din, don, dan!
—¿Quieren que les diga algo? Son voces, cantos como de niños, señores,
eso es.
—Quédese con eso, lindo. ¿Cuáles niños? ¡A ver!
—En el limbo los niños cantan, ¿no es así?
—Sigue usted mareado, coronel, ¡lástima! Son las flores de campana, ¿no
lo ve?
—Estoy de acuerdo contigo, Fernando.
—¿Flores? ¿Din, don, dan?
—Son campánulas, no te olvides.
Nadie habla.
El vapor acelera, las máquinas vuelven a hacer trepidar el fuselaje. Pasa el
agua, por la proa sopla muy fuerte a barlovento. La niebla gris aletea por los
costados, hace figuras. Poco a poco los restos de El Libertador quedan atrás,
envueltos en su propia aureola de polvo de plomo. Niebla propia, como sopor
de volcán en siesta, eterno crespón que envuelve una imagen congelada en el
tiempo. Finalmente, la Vuelta del Ángel queda atrás, la visión del fantasma
desaparece. Pero, aún así, la música de las campanas alcanza a llegar, en oleadas, servida en pequeñas bandejas que el viento empuja. Por la proa se
divisa una recta sin final y el vapor se enruta río abajo. Hunde sus cucharas:
—Ha pasado el peligro, señores.
Fernando no puede dejar de mirar atrás:
—Hace sólo dos años subí por aquí, rumbo a Santafé, y no recuerdo haber
visto nada semejante.
—Cómo, coronel, si de subida la Vuelta del Ángel se cruza en las horas
de la noche.
—No fue por eso, chorlito.
—¿Por qué, tío?
—Hace dos años ese vapor no había encallado aún.
—¡Oh!
Santana se toma el estómago:
—¿Saben qué, señores?
—¿Qué?
—No puedo olvidar ese olor de los bagres, ¡ufff!
—¡Psss, psss!
—Vamos, muchachos, vamos al comedor.
—¿Por qué será tan especial el almizcle de los peces?
Nadie responde.