La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 21 de 51

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La ceniza del Libertador

Veintiuno

 

Bernardino acaba de poner orden en la mesa. Cambió el mantel, limpió el

borde de los platos derramados, puso de nuevo todo en su sitio. Después del

golpe contra el cadáver del velero encallado el ánimo de los viajeros no puede

ser el mismo de siempre. Hay temor por las posibles averías, invisibles aún

aunque seguramente implacables con el paso de los minutos, tal vez de las

horas. Averías ocultas agazapadas en lo oscuro del destino. Y existe también

incertidumbre en relación con el futuro. Tropezar en la oscuridad con los

desperdicios de un velero encallado donde una luz agónica parecía prevenir el

peligro, no ha sido nunca un buen presagio. Ni antes, ni ahora, ni nunca.

Además, el capitán viene enfermo de pus en sus ojos y nadie sabe cuál es en

realidad la exacta verdad acerca de sus condiciones. El paisaje del navío

muerto entre el fango y los túmulos de arena, la visión de la luz incierta

titilando junto a los palos, los trapos desgarrados y las jarcias rotas, la imagen

fantasmal que todos creyeron haber visto agitando la lámpara al pie del palo

mayor, fueron cosas capaces de producir en los viajeros un raro desconcierto.

Prisioneros de pequeñas señales enigmáticas, todos abrigan ahora la certeza

de que acaban de ver la púrpura esencial de sus propias vidas.

—¿Cuál púrpura?

—Ninguna púrpura, nada de eso he pronunciado siquiera, ¿qué te sucede?

Han regresado a sus puestos en la mesa. Fernando se observa el más

pensativo:

—No me agrada ver cosas tan muertas en la vida, eso me descompone.

Santana parece más fresco, ofrece la apariencia de encontrarse en mejores

condiciones:

—¿Qué cosas?

—¡Cómo qué cosas!

Santana piensa que se habla del hombre de la mesa de estribor, quien

continúa bebiendo aquella espuma blanca que chupa como un ternero

huérfano de sus tarros de metal:

—¿Cosas como aquella que resopla en el rincón?

—Me refiero al velero, ¡carajo!

—¡Ah!, pensé que hablaba usted de los mariquitas del bosque.

—¿Ya vuelves con eso?

—No me gustan, es todo.

—¡Quédate quieto, carajo!

—Yo hablaba en serio, Santana.

El coronel Santana deja de reír:

—Preferiría no decirlo, pero a mí esas cosas me recuerdan momentos de

la infancia que quisiera borrar para siempre.

—¿Cuáles cosas?

—Pues las que acabamos de ver en el río, hombre, esas ruinas.

—Yo siento algo raro en el pecho, algo raro.

—¿Estrechez?

—No, no exactamente.

Santana deja de comer, busca la palabra justa:

—¿Ahogo?

—No, tampoco.

—¿Agonía?

—Sí, sí, eso es, agonía, ésa es la palabra.

—Basta, cabrones, basta ya de toda esa basura, ¡a comer!

Todos callan, bajan sus ojos al piso, sienten que han estado hablando más

de lo debido. Agarran los cubiertos, trozan, devoran la carne al vino, las

lentejas, el arroz. Su Excelencia aproxima la taza, revuelca las hierbas entre el

humo y las fragancias vaporosas, toma dos cucharadas seguidas de caldo con

gran bulla, de pronto siente náuseas. Se trata de algo que no puede impedir.

Se endereza rabioso, limpia con la servilleta de trapo sus labios agrietados por

la fiebre, lame los bordes tostados, muerde las corazas secas. Aleja la taza con

el caldo, cierra sus ojos. Fernando teme decir cualquier cosa pero al fin habla:

—Tío, haga usted otro esfuerzo, tan solo un poco más.

—¡No quiero!

—¿Se ha enfadado con nosotros?

—¿Enfadado?

—Sí, no es sino verlo.

—¡Ustedes son insoportables!

—Perdón.

—Ya, olvídenlo todo, olvídenlo.

—No hemos querido molestarlo, señor.

—Está bien, basta.

Su Excelencia recuesta su cuerpo al espaldar de su asiento, respira hondo.

Su pecho silba, se congestiona en segundos y está a punto de estallar. Cierra

otra vez sus ojos, se pierde en las realidades invisibles:

—Lo verdaderamente importante, todo lo fundamental permanece aún en

el limbo de las cosas jamás resueltas. Vean ustedes qué paradoja.

Fernando calla hondo, Santana mastica con miedo. ¿Qué decir?

Sobre la majestuosa mesa del vivir tiembla el portafolio de los asuntos

pendientes:

—Pienso que usted debe tranquilizarse, tío.

—¿Tranquilizarme? ¿Es eso lo que me pides ahora?

—Todo se arreglará, ya lo verá usted.

—Nada se arregla solo, chorlito, ¿has oído acaso ese refrán?

—¿Refrán?

—Bueno, ¡lo que sea!

—Aún tenemos muchos días por delante, señor, no desespere, todo se

arreglará.

Su Excelencia abre sus ojos:

—¿En que día vamos?

—Estamos coronando el quinto día, sí, el quinto día, ¿no es así?

—Cinco largos días, señor, quién lo creyera.

—¿En qué fecha estamos ya? A ver, ¿lo saben acaso?

—Hoy es 20 de mayo, general.

—Y, ¿cuándo llegaremos? ¿Saben eso? ¿Saben acaso eso tan simple?

Nadie responde.

Los ojos de Su Excelencia anuncian la invasión de las fiebres que retornan

puntuales en su horario de la noche. Brillan congestionados, se entristecen de

pronto de un modo especial. Su voz baja de tono, pierde brillo, sus ideas ya

no son tan claras:

—¡Vámonos, vámonos muchachos, vámonos que aquí no nos quieren!

Fernando deja de comer, mira a Santana, regresa sus ojos a su tío, duda de

aquello que acaba de escuchar:

—¿Cómo dijo usted, tío?

Su Excelencia flota como un ramo de apio en el hervor de la fiebre:

—Ya me voy de estas tierras ingratas y no tengo mi pasaporte a mano, ¿si

lo ven?

—Llegará, llegará a tiempo.

—¿Cuándo?

—Todavía tenemos varios días por delante.

—Aquí no me quieren, eso es todo.

—El general Caycedo cumplirá su palabra, tío, lo hará.

—¿Y la demora? ¿Qué me dices de la demora?

—Los correos deben haber sufrido algún tropiezo, señor, no desespere.

Su Excelencia tuerce su boca, ordena a sus labios reír:

—Tú no sabes nada, muchacho, conozco estos ríos, conozco estas llanuras

y montañas y conozco de memoria estas alimañas.

—¿Sugiere usted que en todo esto hay una mano enemiga?

—¿Que si adivino manos enemigas? ¿Quieres más pruebas?

—Sí, general.

—Hay manos y hay pies, ¿no lo olfateas acaso?

—No lo sé, no lo sé. Y, siendo así, ¿qué hacer entonces?

Su Excelencia responde sin dudar:

—Esperar, sólo esperar, he cambiado de parecer. Parece mentira pero

ahora he cambiado de parecer.

Santana salta en su asiento:

—¿Esperar?

—Sí, nada más podríamos hacer dentro de la prudencia a que me siento

obligado.

—Pienso en algo mejor, algo que usted ya insinuó.

—¿Qué?

—Asaltar, general, asaltar arriba.

Su Excelencia vuelve a reír:

—Eres torpe, demasiado torpe para estas cosas.

—Aclaro que la idea inicial no fue mía, señor.

—Es cierto, no fue tuya, pero no has hecho más que soñar con ella sin

percibir las modificaciones que las circunstancias acaban de introducir a este

asunto.

—Si no actuamos ya mismo terminaremos arrepintiéndonos para siempre;

así veo las cosas, general.

—No es tu gloria la que está en juego, Santana, no es tu maldita gloria.

—Perdón, señor, perdóneme usted, yo sólo deseo lo mejor para su gloria.

—¿Qué hacer entonces? —pregunta Fernando.

—Aguardar, ya he dicho, aguardar un poco.

—¿Esperar?

—Y vigilar, vigilar tan atentos como podamos todos los movimientos a

bordo.

—Y, ¿si de repente las cosas se agravan?

—¡Ah!, entonces usaremos la fuerza.

—¿Por las armas?

—Por las armas.

—¡Uff!

Santana brilla en su asiento, señala hacia estribor con el racimo de sus

labios:

—Yo me encargaré de aquel maricón, déjenmelo a mí.

—¡Shsss!

—¿Ya vuelve usted con esa carcajada?

—¡Basta!

El puño de Su Excelencia truena sobre la mesa.