La ceniza del Libertador
Catorce
Bernardino regresa arrastrando los alimentos. Canta por dentro, sonríe, enseña
sus dientes rotos. Coloca el caldo de palomas delante de las manos de Su
Excelencia, apoyadas ahora en el borde del mantel. Y en un plato aparte dos
masas de maíz asadas al carbón. Dentro de la taza se observa la carne
amoratada de las palomas sacrificadas: filetes delgados, hilos púrpuras,
flancos aperlados. En la misma bandeja de madera Bernardino trae los
alimentos de Fernando y Santana: caldo de arroz, porción de carne de pescado
de río, trozos de yuca y plátano. Todo sudado al vapor y sosegado con
especias. En otro plato más hondo se observa el arroz, adornado con cascos de
ají dulce.
Su Excelencia aproxima la taza hasta ponerla a su alcance, cubre sus
piernas con una servilleta de lienzo, piensa. Toma la cuchara de plata, lave
temblar en el aire empañada a causa del humo que asciende. Suspira, fija sus
ojos en la luz que baja de las lámparas y hunde la cuchara en el caldo:
Rito
Presencia de la historia en el instante que en cuanto brota en su
ser se evapora
Humo solemne donde arde toda la ontología de lo que sólo existe
más allá del ser perdurable
La cuchara que desciende cantando a lo suyo y enseguida no es
nunca más en la misma sopa
Los ojos trazando el entorno de lo poseído por la sed que avanza
en el reloj
El vientre que destapa su envoltorio y huye a la letrina donde la
noche se desocupa tan rápido como el corazón
—Humm, no está mal, no está mal.
—¿De verdad?
—Déjame ver, hum, pienso que he dado en lo justo.
Santana y Fernando se miran a los ojos, callan, empiezan a comer. Hay
ruido de muelas, chasquido de bocas, flojo sonido de lenguas camperas. Su
Excelencia bebe cinco cucharadas seguidas de su caldo, siente que en su
frente tropieza el viento de tantas imágenes, se detiene:
—Precipitaremos los acontecimientos, eso es lo que haremos.
Fernando termina de tragar lo que acaba de empujar a su boca:
—Lo único que temo es que todo esto termine en una provocación inútil e
irreparable de nuestra parte.
—¿Insistes en eso?
—Es lo que pienso, tío. Si nuestros cálculos resultan equivocados lo
habremos perdido todo irremediablemente.
—Pienso que debemos precipitar las cosas.
—Estoy de acuerdo —dijo Santana.
—¿A cualquier precio?
—Al precio de poder definir de una vez por todas en qué exactas manos
nos encontramos.
—Y, ¿si son manos enemigas?
—Es mejor saberlo de una vez. De ser así no tendremos otra alternativa
que organizar el asalto a buen tiempo.
—¿Asalto? ¿Es eso lo que he oído?
Su Excelencia retira la taza haciendo un gesto soberbio:
—Efectivamente, un asalto arriba, no existe otra alternativa.
—Pero, no tenemos recursos, tío, ¡por Dios!
—Todo depende de cómo hagamos las cosas, niño, en la vida siempre es
así.
—¡Recuérdense de Ayacucho! —dijo Santana, despidiendo granos de
arroz de su boca.
—¡Revuelcas el aire y encima escupes la mesa!
—No es lo mismo, no es lo mismo, lo de Ayacucho fue diferente.
Fernando no es un hombre de temores pero le preocupa la salud actual de
Su Excelencia. Piensa que manteniendo las cosas bajo control y utilizando el
encanto de cierta discreta prudencia se podría conseguir por lo menos el
objetivo de llegar. Ahora que Su Excelencia ha decidido marcharse para
siempre y rechazar cualquier forma de poder, juzga que; sus enemigos
triunfaron ganando por doble partida: salieron del estorbo sin necesidad de
volver a conspirar en su contra. Para Fernando, las tropas de arriba, si es que
las hay, sólo cumplen con el encargo de vigilar que se perfeccione lo que Su
Excelencia tanto ha prometido: partir. De esta manera, tomarse por asalto el piso de arriba significaría una provocación innecesaria, un error cuyo costo ni
siquiera se atrevía a imaginar. Come sin masticar, traga entero. De repente
pregunta:
—Y, ¿para cuándo sería ese tal asalto? ¿Se puede saber?
—Para ya mismo.
—¿Cómo?
—Como lo estás oyendo, ¡para ya!
Hay frío en la mesa. Un frío intenso que se confunde con el silencio.
Arriba cobran cuerpo los registros del clarinete cuando el Regimiento de las
Milicias Blancas da trámite a una movida contradanza española. El baile
parece haber reemplazado el movimiento de las tropas. Caen en el suelo los
cabos de las velas y un esponjoso ruido de claveles macerados revienta en el
borde de los zapatos de charol. Nadie quiere quemarse con el fuego. Por las
hendijas abiertas chorrea el vapor de los perfumes. Su Excelencia vuelve a
introducir su cuchara en la taza y toma pensativo un poco más de aquella
infusión milagrosa. Ahora mastica como tallos de apio los filetes de aquella
carne deshilachada:
—Humm, debo comer despacio dentro de la prisa natural del momento.
Más calma, caraqueño, más calma.
Nadie responde.
Sin terminar aún, Su Excelencia retira la taza, palmotea sobre la mesa. El
hombre de los tarros de lata de estribor levanta sus ojos, mira desprevenido y
retorna a lo suyo. Escribe sin pausa, febrilmente, asistido por desconocidas
fuerzas. Bernardino corre a responder el llamado:
—Negro, tráeme acá un poco de agua. ¿Qué pasó con el agua?
Fernando sale de su silencio como fósforo que se enciende en la noche:
—¿Tienes café negro?
—Sí, por supuesto, señor, acabo de colar.
—Tráeme a mí una tacita, la necesito.
Teniendo cuidado de no revolver el aire quieto, Santana habla casi sin
mover sus ojos:
—Y a mí también, negro, pero en taza grande.
Bernardino ajusta sus guantes entrelazando los dedos de sus manos.
Acaba de mirar el tazón de caldo casi desocupado y no consigue controlar el
feliz brillo de sus ojos. Canta por dentro:
—¿Puedo alzar los platos?
—Sí, llévatelos, llévatelos.
Con el encanto de un prestidigitador, Bernardino enseña de pronto una
bandeja de madera donde comienza a colocar las piezas de porcelana, pero
deja de última la taza con los restos del caldo. Al arrancarla de su sitio, todos
observan aquel preocupante roto en el mantel. Un remiendo diferente, más
elocuente que el del día anterior. Hacia una esquina de la mesa, entre
Fernando y Santana, aparece de repente otra perforación sin remendar. Poco a
poco el mantel se deshace, lentamente se aproxima la muerte. Todos bajan la
mirada en presencia de tantas cosas latentes, oscuras, secretamente
implacables. Al final de la contradanza se escucha el canto de un búho. Triste
canto. Viene de arriba, tal vez de lo más elevado del buque. Sin atreverse a
mirar a los lados, Bernardino agarra como puede las últimas piezas
descarriadas, corre a la cocina en procura del agua, del café. Los ojos de
Santana empiezan a brillar como en la víspera de las batallas memorables:
—Esos margaritos ni se imaginan lo que les espera —dice. Los brazos
quietos, los labios rectos, los párpados en su sitio. Y el aire no se revuelca.
Bernardino regresa casi en el acto trayendo la jarra con el agua filtrada, un
vaso de cristal vacío y las tazas de porcelana con café servido. En un
recipiente aparte trae tantos terrones de azúcar. Tantos, que alumbran como
trozos de misterioso relumbrón. Su Excelencia bebe el agua. Dos o tres
sorbos. Fernando y Santana ponen azúcar en las tazas, bogan el café.
—¿Vamos ya, muchachos?
—Vamos, vamos, estoy que me como a esos margaritas.
Pero no se han alcanzado a mover de sus asientos cuando se escucha una
voz:
—¿Me permiten que los acompañe?
Es el mismo hombre de la levantadora de seda del otro día. Ahora viste
impecable: saco gris, pantalón del mismo color, chaleco, un pasador de oro
bajo el cuello de la camisa, lazo de seda y zapatos de charol donde la hebilla
ha sido reemplazada por un moño.
—¡Oh!, ¿así que es usted?
El hombre no espera ser invitado. Sin más trámites acomete el asiento
desocupado y se acomoda con gran solemnidad al lado de Su Excelencia:
—Y, ¿cómo lo ha pasado Su Señoría en el día de hoy? —pregunta.
De sus ropas se evapora una especie de niebla perfumada.
—Bastante bien.
—¡Alabado sea Dios! La salud es el más precioso de todos los bienes
imaginables para ese pobre mortal que es el hombre. Sí, es cierto, su
semblante lo dice todo, está usted de lo más bien.
Fernando y Santana parecen hechos de piedra fría mientras el hombre
continúa:
—Estaba preocupado por ustedes pero he aquí que me los encuentro
departiendo tan cómodos como si estuviesen tomando el té en la sala de sus
propias casas. No saben ustedes lo feliz que esto me hace, créanmelo.
—¿Preocupado?
—Y avergonzado también, Excelencia. Prometí a usted que el capitán
bajaría en cualquier momento pero desgraciadamente ello ha sido imposible
hasta ahora.
El coronel Santana se revuelve en su asiento y agarra la empuñadura de su
sable. Junto a él se incorpora la misma nube pestilente de siempre. El hombre
arruga el entrecejo, mira con prudencia bajo el mantel:
—¡Uff!, pensé que eran los perros —dice.
—¿De manera que tampoco hoy?
—Fue imposible, materialmente imposible, por lo que se me ha asignado
el encargo de darle a conocer a Su Excelencia los verdaderos motivos de este
molesto inconveniente.
—Soy todo oídos, tengo derecho a saberlo todo.
El hombre vuelve a mirar bajo la mesa, repasa las suelas de sus zapatos y
al encontrarlas limpias voltea a ver a los lados:
—¿Los perros están afuera? —pregunta.
—Allí, junto al biombo, ¿no los ve?
—Bien, bien, prosigamos, ¿por dónde iba?
—Hablaba sobre los motivos que han impedido al capitán…
—¡Eso es, eso es!
El hombre se dobla encima de la mesa como para atravesar con un
cuchillo la carne de un secreto:
—El capitán está enfermo, ésa es la verdad. Esta mañana amaneció con
algo de pus en sus ojos. Se trata de un secreto pero pienso que Su Excelencia
debe estar informado de la verdad.
—¿Pus en los ojos? —gimió Fernando.
—¡Shsss!
—¡Pobre hombre! —dijo Santana, sin moverse.
—Un espectáculo deplorable, sí, es cierto, pero ya mismo ha iniciado un
riguroso tratamiento con limón asado y agua con sal.
—¡Pus en los ojos!
—Y, ¿puede ver?
—Sí, no se preocupen por el viaje que no se suspenderá de ningún modo.
—No es el viaje aquello que me preocupa —dice Su Excelencia.
—Lo sé, lo sé, es la patria, por supuesto.
—Y mis documentos, necesito mis documentos, sin ellos estaré perdido.
—¡Oh! ¡Lo olvidaba! ¡Cómo puede ser posible! Eso era lo otro que debía
informar a Su Excelencia.
—¿Qué?
—Pues que su petición de hace unos días fue remitida de inmediato a su
destinatario para lo de su competencia.
—Pero la respuesta no llega, nada llega, ¿cuánto debo esperar?
—Aún no, Excelencia, pero eso es explicable. El correo de Santafé no es
ahora el mismo de antes, ya usted lo sabe, han sucedido tantas cosas desde
entonces.
—Necesito además el dinero de mi libranza, señor, no es solo el
pasaporte, lo de la libranza tampoco es claro.
El hombre queda lelo:
—Perdón, ¿de qué libranza me habla usted, Señoría?
—¡De la que consta en este papel! ¡Mírela! ¡Mírela!
Su Excelencia busca en sus bolsillos, saca el documento. El hombre aspira
profundo, agarra el papel y lee detenidamente. Está recostado al espaldar de
su asiento como multiplicando imágenes vacías. Suspira, dobla los pliegos,
ladea la cabeza:
—Percibo un problema —dice—. No es grave pero de todos modos es un
problema.
—¿En la libranza?
—Sí. ¿Observa usted aquí este espacio vacío?
Su Excelencia voltea a mirar:
—¿Y?
—Pues que no debería estarlo, eso es todo.
—¿Falta algo allí?
—¡Oh!, ¡por supuesto! Faltan los sellos, general, ¡los sellos! Un país no
puede nacer así.
—¡Cómo los sellos!
—Ja, ja, ja, faltan todos los sellos, pero eso no importa, no se preocupe,
todo se resolverá, para eso estoy yo aquí, lo que pasa es que nadie se ha
acostumbrado todavía.
—Yo no tengo esos tales sellos, señor.
—Calma, acepto que se trata de un requisito quizás demasiado formal, eso
es cierto, pero ocurre que en estos tiempos de fundación de la patria debemos obrar con especial tacto.
—No me opongo a que así sea, señor, pero…
—Lo sé, lo sé perfectamente, y tengo la solución en mis manos.
El hombre busca en los bolsillos de su saco y coloca un envoltorio sobre
la mesa. Lo abre, como las mujeres del mercado desanudan los pañuelos que
cargan en su seno: timbres, sellos de todas las denominaciones, trozos de
actas copiadas en caracteres diminutos, codificaciones con su articulado,
parágrafos, numerales e incisos, transcrito todo en letras microscópicas
vestidas de santo, plumas para escribir, secantes de tinta, frascos con tinturas
de diferentes colores y demás útiles de oficina. Orientado por su instinto, el
hombre introduce sus dedos en el envoltorio y saca dos sellos por el valor
exacto requerido:
—¡Aquí están!
Moja los sellos en su lengua, cantando, los coloca donde debe ser. Silba
trozos cortos de canciones lejanas. Pasa un pliego de papel secante encima de
todo y le extiende el documento a Su Excelencia:
—¡Qué hermoso es todo esto! ¡Qué fascinante!
Su Excelencia lo toma en sus manos.
—Bien, muy bien, eso es, ahora vuelva usted a entregármelo, Excelencia,
démelo todo de nuevo.
—¿Cómo?
—¡Je, je, je! ¡Por supuesto! ¡Mire usted qué espectáculo más lindo!
—No entiendo este juego, señor, ¿qué es lo que pasa?
—¿Juego? De ninguna manera, Excelencia, no se trata de ningún juego.
—¡Insisto en que no entiendo toda esta mierda!
—Calma, calma, somos los hombres de las leyes, señor, los hombres de
una patria en formación. Entrégueme usted el documento ya mismo y verá
que pronto lo entenderá todo.
—¿Para qué?
—¿Cómo para qué? Pues para que el trámite se inicie como debe ser, sin
nulidad alguna desde sus mismas fuentes, así de simple es el asunto, así de
fácil, no se preocupe.
Lelo, Su Excelencia retorna el papel a las manos del hombre:
—¿Se encargará usted del trámite?
—Por supuesto, será un honor, todo un honor, para eso estoy aquí, ¿no lo
ve?
—¿Del pasaporte y de la libranza?
—De todo, Excelencia, precisamente para eso estoy aquí, déjeme obrar
con manos libres, se lo ruego, es cuestión de paciencia y de un poco de
comprensión.
La noche avanza. Y de repente lo absurdo se toma natural, accesible a
todas las puertas. El hombre guarda su envoltorio en uno de los bolsillos de su
saco:
—¡Je, je, je! ¡Qué maravilla, qué maravilla!
Se pone de pies:
—Buenas noches, Excelencia, buenas noches, señores, debo actuar con
rapidez, perdón, perdón.
—Buenas noches.
Sale del recinto, se pierde de vista, ha dejado un charco de babas en el
suelo.
—¿Qué hacer ahora? —pregunta Fernando. Pienso que las cosas han
cambiado, ¿no es así?
—No lo sé, no lo sé, siento que la cabeza me da vueltas.
De nuevo hay frío en el comedor, páginas de frío que la incertidumbre
pasa hoja a hoja. La sombra de los asientos; de la mesa, de sus ocupantes
chorrea al piso. El hombre de la mesa de estribor levanta sus ojos, hace un
gesto amable. Estira sus piernas dormidas, se levanta y camina hasta el
ventanal. Desde allí mira desprevenido la oscuridad de la noche.
—Tengo sueño —dice Su Excelencia—. Oh, qué sueño tengo.
—El caldo ha comenzado a obrar, tío, debería recogerse de una vez,
hágame caso.
—Sí, tienes razón, iré a dormir.
Santana sale de último para no revolcar el aire.