La ceniza del Libertador
Veintiséis
Caminan juntos, tan despacio que parecen dibujados sobre un lienzo de
lavadas cenizas. Su Excelencia respira trabajosamente pero a pesar de todo se
observa alegre, notoriamente más ágil que ayer. Abajo salpican los perros. La
mañana no termina de despejarse, reproduce una especie de niebla satisfecha
plantada quieta en la goma del agua. Lejos en la ribera, la niebla disminuye el
fulgor de los pastos, causa opacidad en las ramas. Los árboles, tal vez
manglares, parecen hombres clavados en un trance de total autismo. Y allí,
lelo de nuevo en lo invisible, absorto en lo que existe del otro lado de la
ventana que nunca llegó, Su Excelencia ve otra vez lo que Córdoba le contó
un día:
24 de julio, día de aniversario:
Pomposa, en la Quinta, Manuela hace clap-clap con sus manos, da los
últimos toques visuales a los bocados, los rosolis, los botellones de vino sobre
las mesas, aquellos candelabros encendidos. Ella ha repartido invitaciones a
los amigos de él, a sus propios amigos. Quiere que sea algo íntimo. Ya han
llegado algunos de los invitados pero Su Excelencia no aparece. De pronto
alguien que viene envuelto en gruesas mantas llama a la puerta. Manuela
acude, corre ella misma: es el correo. Su Excelencia manda avisar que
definitivamente no podrá ir. Se disculpa, envía besos, inventa motivos de
último momento. En realidad no quiere ir. Es el día de su cumpleaños, está
triste, como hundido. Y prefiere permanecer alejado, eximido de todo,
asomado a una de esas ventanas que siempre están ahí y que son como alguna
imagen que de repente se aquieta, se empoza en cosas de la memoria del
deseo, de todo. Trabaja, fija sus ojos en el papel de colgadura, escribe, moja el
borde de sus labios con la punta de la lengua, piensa. El sueño ni siquiera
existe.
En la Quinta la fiesta es un éxito. Manuela va y viene, chupa de la botella,
de las copas, habla duro. Por los corredores y los salones se pasea la
oficialidad invitada. Se bebe del mejor San Lúcar y afuera, en los patios, hay
toneles de chicha para la tropa. De pronto, cerca de la media noche, alguien pronuncia un nombre. Un nombre que todos identifican como el del principal
enemigo. Y viene la descarga. Se putea, se maldice, se calla la rabia. Varias
copas ruedan al piso, estallan por la ilusión de una muerte. Se brinda por la
guerra aún pendiente, por las ejecuciones inaplazables. Crofston y Fergusson
hacen trazos de un lado al otro, desocupan copas, cantan a gritos himnos
irlandeses. Toc, toc, golpean con sus tacones. Ambos enseñan claveles en sus
ojales, anillos en sus dedos, heridas visibles remendadas en quién sabe qué
costureros de nucas del camino. Alguien se encarama en un asiento, manda
callar. El silencio baja, da su hachazo mortal. Por los costados vuelve a
escucharse el viento, el sonido del agua que corre:
—Quería decírselo a ustedes, señores, el responsable de todo es ese
miserable.
—¿Quién lo duda?
—Propongo un juego, ¡hey!, ¡un juego!
—¡Dilo!
—Un juego que acabo de inventar.
—Dilo de una vez, te oímos.
—¡Fusilémoslo ya!
—¡Eso!, ¡eso!, ¡eso!
—Calma, a ver, se acabó, sopla hasta el fondo.
—¿Fusilarlo?
—¡Tráelo al mierda ése, tráelo!
—¿Habías visto antes una idea más bella? ¿La habías visto?
—Vamos, vamos, desocúpala, sopla largo.
—Oye, ¿y yo qué hago?
—Espera, no hornees todavía las tortas, tenme aquí.
—¿Y los fusiles?
—¿Cómo? Hey, tráelos.
—Linda noche, ¿eh?
Manuela rompe la fila, sus labios chorrean luz:
—¡Yo hago el muñeco!
—¿Usted, querida señora?
—Sí, ¿y lo dudas?
Natán ríe nerviosa, Jonotás alborota pestilente con su rancio uniforme de
tropa. Manuela hace una seña y ellas vuelan por los implementos,
desaparecen rumbo al desván. Quince minutos después el muñeco está listo
para la ceremonia. Viste un saco de campaña de aquellos que fueron
desechados después de las primeras batallas, pantalones rellenos de trapos, de aserrín, botas invertidas. Crofston coloca en su cabeza un bicornio desteñido
que Jonotás trajo a última hora casi sin poder sostenerse de la risa:
—Miren, miren, pónganle esto al señor, se lo merece el fanfarrón, ¿no es
cierto?
—Tráelo acá, empújalo, ¡a ver ese negocio!
Jonotás está atragantada, se agarra de un poste, orina por sus piernas, llora
de la risa. Fergusson piensa en Irlanda pero sus ojos miran ahora el cielo de
Santafé:
—¡Linda noche!
—Helada, como todas las de julio, sóplate otro.
—Ya casi ni veo, carajo.
—Vamos a jalarnos, empújatelo, a ver.
—Me permiten ustedes, ¿coroneles?
—Es un honor, este clavel es para ti.
—Tengo sed, mal hombre, sed de eso, dame acá.
—¡América! ¡América!
—Dame acá, mal hombre, bien, bien, gracias por el clavel.
—Añoro Irlanda.
—Déjala en la alcoba, hombre, córrela que estamos de fiesta.
El muñeco no tiene rostro, ni gesto, ninguna insignia. Manuela corre al
tocador, regresa con los implementos. Dibuja aquellos ojos quietos, la nariz
recta, el pelo distribuido en puntas sobre la frente, el bigote, la boca cerrada,
apretada:
—¡Helo ahí, ya está!
Alguien asoma en la fila:
—Falta algo.
—¿Algo? ¿Los ojos astutos? Es difícil.
—No, otra cosa, adivínenlo.
Ese alguien que habla ha estado medio ausente durante toda la noche,
perdido por los rincones, vigilante como un atento testigo de otro tiempo. Y
bebe de un líquido blanco, espumoso que chupa de un desconocido tarro de
metal:
—¿Otra cosa? ¿Acaso las pelotas?
Truena la carcajada en el patio:
—No, un código, un arrume de leyes bajo el brazo, ¡eso, eso!
—¡Ohhh!
—¿Quién es ese bobo?
—¿Cuál?
—Aquel, aquel que acaba de cruzar por el salón, ¿no lo viste?
—No lo sé, déjalo.
—No sé qué es lo que bebe de esos tarros, ¡fanfarrón!
—Vamos a la ceremonia ya mismo, vamos que este muerto es un
verdadero primor, ¿no les parece?
El muñeco es arrastrado al patio central. Un invitado que chorrea vino por
los labios se arrodilla en el suelo, pone cara de serio, traza en el aire los
signos de todos los sacramentos. Jonotás todavía orina de risa encima de las
violetas, no puede andar. Natán está asustada, observa desde el roto de la
cocina. Terminados los sacramentos comienza el silencio. Un silencio que
nadie pide, que brota de los pisos, de los muros fríos. Crofston sale al centro
del patio, coloca el muñeco en su sitio, ordena al pelotón de fusilamiento
cerrar filas. Los soldados hacen a un lado sus tazones de chicha, tambalean
como pájaros envenenados, a duras penas consiguen mirar por el roto irritado
de sus párpados. Tienen sueño, miedo de hacer aquello. Y ríen, ríen sin
control, babean sus fusiles. Están delante del Señor Vicepresidente de la
República.
—¡Atención, Firrr!
Crofston es el hombre más feliz de la tierra. Desocupa su copa de San
Lúcar, ordena a los soldados ¡apunten, arrr! Los soldados tiemblan con el
dedo en el gatillo:
—¡¡¡Fuego!!!
El muñeco desaparece derretido por la pólvora y las balas. A varios
metros a la redonda llamean los últimos restos.
Agarrado con ambas manos a la barandilla, Su Excelencia no puede
deshacerse de aquella visión. Sus amigos, sin proponérselo, acaban de poner
en marcha una dinámica de locos cuyas consecuencias se perciben ahora.
Ahora más que nunca, cuando el destierro del héroe sopla a barlovento:
—Hace frío aquí, general.
—Maldita sea, mira el humo de la pólvora, el fuego en el patio.
—¿El humo de qué?
La ventana que nunca llegó todavía permite pozos de hechos sucedidos,
imágenes quietas:
—Sí, hace frío, José.
—Deberíamos refugiamos en el comedor.
—¿Refugiarnos? ¡He!, qué te pasa, hombre, si montones de viento es lo
que necesito, montones de ese viento.
Su Excelencia no puede terminar. Siente que un tejido de flema cierra su
respiración, tose. Tos derretida, como si hondos revestimientos pulmonares se
estuviesen viniendo abajo, viejas cortinas. De pronto la tos termina. Su
Excelencia ha quedado sin aire, suspendido en una especie de víspera
orgánica. Está pálido, sus labios se observan cubiertos de crema de violetas.
Pasan los instantes, la respiración no regresa. Palacios lo observa todo de
cerca, siente miedo:
—Señor, señor, qué hago, dígame qué puedo hacer.
Su Excelencia no responde. No lo hace ni siquiera con su mirada muerta,
cristalizada en aquel brillo de ojo de pez arrancado del agua. Comienza a
doblarse, tela mojada puesta en un alambre tendido. Se agarra a la barandilla,
sus piernas parecen de trapo. De repente un espasmo, enseguida una
convulsión y con todo la grieta de una oportunidad. Un hilo de aire fresco
entra a los pulmones, se instala en las ruinas, alumbra. Pero ese hilo de aire
provoca de nuevo la tos, pinta de sangre la flema expulsada, se enreda en la
rejilla de los dientes, de los labios. Es la cuota que se debe pagar por la
tranquilidad que regresa. La sangre lo redondea todo, lo felicita todo, todo lo
mima. Basta sólo una ligera pinta en los labios para que se produzca el
encanto, el milagro de la resurrección orgánica, la recuperación del equilibrio
perdido:
—Puta si estoy mal, José.
La voz se enreda, se adhiere a la goma en los labios.
—Tranquilícese, señor, ya pronto vamos a llegar.
—Apaga y vámonos, hombre, ya nada importa.
—Las cosas se arreglarán, general, de eso estoy seguro.
—Quiero trasbocar.
—Hágalo ya, ya mismo, ¡hágalo!
—No puedo, si al menos pudiera, ¿qué hicieron de mí?
—Usted ni siquiera lo ha intentado, general, ¡hágalo!
—Hastío, ladrillos enteros en la boca, ¿qué quieres, imbécil?
—Es que no entiendo.
Su Excelencia sonríe de rabia, mira a lo lejos, regresa el pez con sus ojos
vidriosos al sereno lugar de las aguas:
—¿Lo viste?
—¿Vi qué?
—Pienso que voy a morir.
Palacios siente un golpe frío en su estómago:
—¿Morir?
—¿No lo estás viendo? Sí, ¿y qué? Morir, mi plazo se cumple.
—No debería usted hablar de eso ahora, señor.
—¡No debería!, ¡no debería!
—Lo digo por la patria.
—Apaga y vámonos, vámonos hombre, dejemos que los días hagan lo
suyo.
Su Excelencia es otra persona, ríe, da pequeños saltos junto a la
barandilla. La niebla del amanecer es ahora más transparente, polvo de talcos
diseminados a espaldas de una fuente de luz astral. Arboles, pájaros, pastos,
ciénagas, todo es más nítido, más presente en el relieve, en el luminoso auge
de las líneas:
—Ponme la mano en el corazón, José.
—¿En el corazón?
—Óyelo.
Palacios obedece:
—¿Y…?
—¡Cómo que y! ¿No lo entiendes? Eso es lo que yo digo, carajo, ustedes
no entienden nada.
—Ahí está, señor.
—Pues claro que ahí está. Todas las menudencias están ahí todavía, pues
aún no ha venido el carnicero, si lo quieres saber.
—Vaya, vaya, ya lo sé, sí, ya lo sé.
—¿Qué?
—Se trata de la señora Manuela, ¿no es así?
Su Excelencia sonríe con mayor claridad:
—Pobre tipo tú, pobre tipo.
—Hágame el favor, general, no lo niegue.
—Corramos, tú no sabes correr, a ver, ¡vamos, vamos!
—¿Correr ahora? Ni loco, general, usted no lo quiere reconocer.
—No es por ella, José.
—Sus ojos brillan, señor, vaya si lo conozco a usted, no lo niegue.
—Pienso en Anita, ¿sí lo ves? En Anita. Tú eres un pobre tipo, no sabes
nada.
—¿La niña Anita?
—A ver, corre conmigo, apostemos, hombre, ¡ya, ya!
—¿Anita?
—¡Je, je, je!
Su Excelencia trota, tropieza en los aparejos, tambalea. Palacios mira a
otro lado, seca sus ojos.
—¡Anita! ¡Anita!