La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 28 de 51

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La ceniza del Libertador

Veintiocho

 

En el recinto todo se observa ordenado, limpio. Bernardino acude diligente,

saluda, escucha el pedido: algo de fruta para Su Excelencia, agua de apio a la

temperatura del cuerpo que tan estupendos resultados ha dado últimamente,

acompañada de hojas de toronjil, de orégano. Para Fernando y Santana

huevos revueltos, café negro con azúcar. Y para todos arepas de maíz,

mantequilla de leche, algo de queso:

—¿Mantequilla? ¡No puede ser!

—Así como lo oyen, señores. Descubrí una taza de natas en la alacena y

tap-tap-tap, batí mantequilla.

—¿Ah, sí? Entonces tráela, tráela adelante, con las arepas. Bernardino

está radiante, no puede casi hablar:

—También tengo pan fresco.

—¿Pan?

—De hoy, de ahora mismo, madrugué a hornear, plas-plas, amasé pan.

Santana aletea, ríe, muestra sus dientes amarillos:

—Eres un jilguero, negro, trae acá ese pan fresco, ¡hummm!

—¿También las arepas?

—Oye, oye, ¿qué te pasa? ¡Tráelo todo!

Su Excelencia alisa el mantel con ambas manos:

—Hace días que no comemos pan, yo también comeré. Los labios de

Bernardino titilan nerviosos:

—Es un honor que ustedes me hacen, general, voy corriendo.

Minutos más tarde está servido el desayuno. Todos comen con apetito,

respiran hondo en los platos, resoplan en los fondos. Su Excelencia consigue

devorar un mango completo, medio pan embadurnado a medias con una ligera

película de mantequilla, un trozo de queso del espesor de un dedo de la mano.

Encima de todo bogó una taza de agua de apio con toronjil, acompañada de

cocimientos de orégano. Afuera, Palacios monta guardia, espera su turno. Los

perros rondaron la mesa, salpicaron el piso. Ahora permanecen echados a los

pies de Su Excelencia, como embelesados:

—Nos entusiasma verlo así, tío.

—¿Cómo?

—Comiendo, señor, nos tranquiliza verlo así.

—¡Ve! ¡Ve!, si estoy perfectamente, ¿qué les pasa?

—Lo sabemos, pero es evidente que hoy ha comido mejor que ayer.

—¡Un buen ladrillazo!

—Así es, síntoma innegable, mire los ojos que tiene ahora.

Su Excelencia se toma pensativo:

—Del cuerpo me desentiendo, chicos, él sólo se compone, pero en cambio

no puedo con mi alma.

—Todo se arreglará, ya lo verá usted.

—La vileza no se arregla ¿dónde lo han visto?

—Usted podría hacer algo pero no quiere, eso es claro, eso es lo que pasa.

—¿Valdría la pena?

—Se tomarán la patria esos señoritos.

—¿Y qué? Ya hice bastante por ella, ahora sólo deseo irme de aquí.

Fernando duda, se decide:

—Perdón, pero con sólo mover un dedo lo voltearía todo en su favor. Lo

que pasa es que usted no quiere.

Su Excelencia se transforma:

—Tengo toda la iglesia, todo el ejército, la inmensa mayoría de la nación

está por mí.

—¿Y usted se enconcha? ¿Teniendo todo eso a su favor se enconcha?

—Ustedes no entienden nada, cabezas de estopa.

—¿Recuerdan lo de Honda? —pregunta Santana.

—Lo de Honda y lo de Mompox, aquel gentío, señores, parecían

hormigas.

—En Cartagena el cariño es todavía superior.

De abajo, baba tibia sube la fiebre. ¿Dónde estaba? ¿En qué lugar exacto

de la biología se agazapa diariamente para reventar así de ese modo tan

puntual? En aquel caldo las ideas van como al mercado:

—Todos insisten en que debo quedarme, ¡pobres bichos!

—No sólo en que debe quedarse sino en que debe retornar al poder, señor.

—¡Están locos!

—¿Y si se lo pide el pueblo entero?

—Mírame a los ojos, ¡no lo haré!

—Se prepara un consenso nacional en tal sentido, ¿lo sabía?

—Por supuesto que sí lo sé, y pierden el tiempo; mi determinación es

irrevocable.

—La patria se desgarra, general.

—¡Vean, vean! ¿Y qué?

—Se destroza cuanto usted hizo, ahora nada respetan.

—Deja, no es por mí que se desgarra, deja que las cosas sucedan, eso es

todo.

—Pero…

—Deja, deja así las cosas, ya nada vale la pena.

Nadie ha tenido ocasión de mirar con detenimiento aquello que hace el

hombre de estribor. Quieto, ha permanecido como invisible. Antes estuvo

leyendo pero ahora escribe, traza veloz, registra cuanto viene a su mente. Un

hombre verdaderamente responsable de lo suyo. El silencio es total. La fiebre

asciende, perturba, pone en punta los pelos de la piel. Su Excelencia murmura

algo que nadie escucha, algo que asoma y que rápidamente desaparece en la

ventana que nunca llegó. Luego dice:

—Vámonos, muchachos, vámonos que aquí no nos quieren.

Todos beben el producto de sus tazas y se ponen de pies. En el extremo, el

hombre de la mesa de estribor alza sus ojos, hace un gesto amable,

misteriosamente lejano en señal de despedida y regresa a lo que viene

haciendo. Ya en la puerta, donde el viento bate el percal del biombo,

Fernando se atreve:

—Y, ¿ahora qué?

—¿Qué de qué?

—Pregunto no más, pregunto qué debemos hacer.

Su Excelencia se carcajea:

—Yo no sé si estoy loco, señores, pero creo que mi deber es volver a

colocar en el correo estos papeles.

Santana parece desconcertado:

—¿Comenzarlo todo de nuevo? ¿Eso es lo que usted dice?

—Sí, chorlito, pegar estos sellos y empezar de nuevo.

—¿Usted, general?

—¡Psss! ¡Psss!, ¡vamos, vamos!

Santana baja sus ojos, camina solitario hacia la barandilla. El viento ha

secado su pelo que la grasa natural mantiene en su sitio. Su Excelencia lo ve

ir:

—¡Hey, ven aquí!

Santana voltea:

—No olvides tu baño al mediodía, comadreja.

Todos ríen.

De regreso a su camarote, Su Excelencia trota rápidamente. Se agita,

tambalea pero lo consigue. Va a su escritorio, pone goma en los sellos y los

estampa en los documentos. Enseguida desliza todo en el buzón:

—Corre, corre, mirlo cantor.

Cierra la puerta.

Por las grietas del techo aún caen las últimas fragancias del baile de

arriba. Fragancias no más pues el baile ha terminado. Pero la música continúa

lejana, viejos fonógrafos inexistentes, invisibles, patria distante.

 

¿La patria?

Para unos los fusiles de la guerra

Para otros un libro con todas las leyes

Para muchos este río, aquella mirada bajo los plátanos, el olor de

la mesa servida

Los tristes ojos de la abuela

Aquellas plazas de los parques cargadas de hojas

Este suspiro.

 

Se tumba en el camastro. Mira sus manos violetas, siente que respira sonoro

como un gato en siesta. Llora. ¿Cuántas veces lo hizo antes? La imagen de

aquel vapor encallado en la Vuelta del Ángel no lo abandona. Es él. Y siente

que son demasiado pocas las cosas que de ahora en adelante tendrá la

oportunidad de hacer. Ensaya el murmullo de una canción pero su pecho

suena tan ronco como el pecho de un gato.

—¿Qué pasó con mi voz?