La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 33 de 51

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La ceniza del Libertador

Treinta y tres

 

 

A través del ventanal del comedor, mirando más allá de la proa, el río se

observa como un esponjoso cadáver inflado por las lluvias. Es mediodía y el

sol calienta. El techo del recinto crepita como lo hace toda superficie de

madera cuando se evapora la humedad. El castillo de proa, donde están el

comedor y la cocina, ofrece una amplia visibilidad a través de la cristalería. A

babor, zona de los desplazamientos entre el comedor y los camarotes, Su

Excelencia a veces cree ver en la ribera diminutos poblados, lejanos caseríos

que después desaparecen como espejismos. Y a estribor, zona de tránsito

restringido, sólo se observan densos manglares y, de vez en cuando, los

mismos espejismos del otro lado, todo ello a través de ocasionales rotos

abiertos en los mamparos. El vapor continúa su marcha por el centro del

cauce. Y el agua, más revuelta que ayer, corre veloz. Hace sólo un momento

salpicó la cubierta, lanzó espuma en ella como sobre un atrio.

Todos se han sentado en el comedor, devoraron ya sus alimentos y no han

hablado. Nadie aventura una sola hipótesis acerca del novedoso hecho del día:

el bicho de la mesa de estribor no ha aparecido para nada. No se acercó a

desayunar, tampoco vino a tomar su almuerzo ni a beber de sus recipientes

metálicos. Santana y Fernando han fracasado en su empeño por identificar el

lugar donde duerme, donde se aloja con sus papeles y sus cosas. Bernardino

acaba de levantar los platos de encima del mantel. Los rotos, reparados con

decoro con trozos de otras telas, brotan de pronto no sólo debajo de los platos

del héroe sino bajo la sombra de todos los otros recipientes. Unas migas de

pan acaban de rodar por el suelo. El rubio y el bayo corren por ellas, las

devoran. Santana suspira:

—No me gusta para nada lo que está sucediendo.

Fernando alisa el mantel, termina de asear sus dientes con la lengua:

—¿Te refieres a lo del bicho aquel?

—Hea, ¿qué otra cosa podría ser?, ¡pues claro, hombre!

—Es extraño, mi madre que es extraño, definitivamente ya no entiendo

nada.

—¿Qué tienes en la lengua? Extraño no, ¡sospechoso!

Su Excelencia acaricia la cabeza de sus perros:

—¿Sospechan ustedes dónde podría haberse metido ése?

—No, toda nuestra diligencia ha sido inútil —dice Fernando—. Ha

desaparecido.

—¿Lo han buscado? No puede haber desembarcado, señores, por ahí debe

andar, ¿no lo creen?

—¿Que si lo hemos buscado? Hágame el favor, Excelencia, toda la

mañana.

—Y, ¿anoche?

—No lo vimos, pero Bernardino asegura haberlo visto cuando vino a

comer.

—¿Notó él algo extraño?

—Nada. Según las informaciones el bicho comió normalmente, escribió

cerca de una hora y se retiró a la barandilla de estribor para contemplar la

noche desde allí. Fue la última vez que lo vio.

Su Excelencia esta incómodo:

—¿Y, mientras tanto, los diligentes señores a qué se dedicaban?

—¿Nosotros?

—¡Métete el tubo, por supuesto!

—Estábamos custodiando por los lados del castillo de popa, pasando

revista al camarote donde hallamos el cuaderno que desapareció de la repisa,

eso hacíamos.

—¡Vaya, vaya! ¿Y hasta qué horas montaron guardia?

—Hasta la media noche estuve yo —dijo Fernando.

—¿Y este mugroso?

Santana bajó sus ojos:

—El coronel permaneció vigilante hasta las dos de la madrugada, señor.

—¿Eso fue cierto, Santana?

—Cierto, general, hasta pasadas las dos.

—¿Y no viste nada?

—Luz en el biombo del comedor, luz nada más, eso fue todo. Fernando

sabe que nada en todo aquello es satisfactorio: —¡Estará enfermo el arenque

ese!

Santana frota sus manos, no se atreve a mirar:

—Pudo haber desembarcado al amanecer.

—¿Qué dices?

—Bueno, es lo que pienso, lo que se me ocurre.

—Imposible, no hemos atracado en ningún sitio.

—Mientras dormíamos, digo, quizás mientras dormíamos.

—¡Basta!

—Es posible que hub…

—¡Basta ya, cabrones!

Todos callan. Nada tiene sentido. Su Excelencia se pone de pies, sale de

largo, azota el biombo que cuelga en el roto de la puerta. Congestionados,

Fernando y Santana lo siguen de cerca. Palacios se aproxima y pide

autorización para sentarse a comer. Hay rabia, desconcierto. Su Excelencia

camina de prisa, confronta, enfrenta, mira de reojo. Llega hasta el pasillo de

los camarotes, busca el suyo, abre la puerta y se despide con un gesto

enigmático. Cierra de un golpe seco. Presiente algo, olfatea, está seguro de la

existencia de algo allí. Algo que palpita en algún sitio. Mete su mano en el

buzón, palpa. Es un rollo de papel. Lo saca. Retira la cinta tricolor, desenrolla

el pergamino oficial, corre junto a la ventana donde espera la luz y lee:

 

Excelencia:

Como Secretario del Congreso Nacional debo comunicar a Usted que en reunión plenaria

del pasado doce de mayo se discutió su pedido de subir a la segunda planta del navío, el que ha sido denegado por motivos de conveniencia nacional. Ruego a Su Excelencia tomar atenta nota de lo anterior para lo de sus fines. En cuanto a la libranza ya se han dado instrucciones perentorias para evitar mayores dilaciones. Su pasaporte va en camino y es probable que le sea entregado a usted mismo durante el viaje. De no ser posible, lo encontrará a su llegada y le será entregado por un funcionario especialmente comisionado. Soy, con perfecto respeto, de vuestra Excelencia muy obediente servidor:

Gomino Azuero

 

Putea, patea las tablas, corre a la puerta:

—¡¡¡José!!!

Palacios dormita recostado al mamparo exterior, en la desembocadura del

pasillo:

—¿Qué sucede, señor?

—¡Llámalos, es urgente!

—¿Ha ocurrido algo malo?

—Diles que vengan.

—Ya vuelo, ya vuelo.

Palacios desaparece pero en segundos retoma seguido de Santana y

Fernando:

—¿Algo malo, señor?

—¡Lean, lean esto!

Fernando agarra el pergamino, lee en voz alta, palidece con cada letra:

—¿Qué hará usted ahora, señor?

—Subiré a cualquier precio. 1 la llegado el momento de la verdad.

—Vamos, calma, es preciso diseñar un plan.

—Ningún plan, mi sola presencia es el plan, señores, vamos. Fernando no

entiende:

—Hemos llamado a la puerta y nadie responde, ¿por dónde subiremos

entonces?

—¡La derribaremos!

—¿Cuándo?

—Hey, mírame, ¿qué te pasa?, ¡pues ya mismo!

—¿Ya?

—Vayan por sus armas, yo los aguardo en la puerta, ¡vuelen, carajo!

—¿Y yo?

—Quédate conmigo, José.

Fernando y Santana corren por sus armas de fuego mientras Su Excelencia

se dirige hacia la puerta. Lleva alta la frente, trae una mirada de fuego. Pero

en el trayecto, al salir a cubierta, siente un raro ahogo, tose. Palacios se

aproxima, intenta ayudar pero es rehusado. Aquella tos se agranda, desgarra

las paredes internas, siente él que trozos enteros de sus pulmones se

desprenden como viejas cortinas raídas. Dentro de su cuerpo un viento que

viene de lejos levanta un polvo húmedo que en segundos se transforma en

melaza y no puede respirar más. Se recuesta al mamparo de la

desembocadura, agarra los aparejos, los embreados cáñamos que cuelgan,

permanece suspendido en una especie de eternidad:

Y vuelve a ver a mamá, agonizante, transparentando su cuerpo por los

corredores de la casa de San Mateo. De mamá no queda nada, ya ni siquiera

es ella. Sólo la palidez de sus largos vestidos, esa tristeza suya de mujer

derrumbada, aquellos ojos de estancia, la lentitud de cada paso suyo en el

vacío.

La respiración no vuelve.

Su Excelencia siente que sus ojos se han ido volviendo de vidrio, cristal

quieto de bagre arrancado al agua. Tiene delante el helado paisaje de Santafé.

En la distancia observa un jinete. Hombre hecho de viento que avanza a

galope tendido. Levanta su caballo una columna de polvo del color de la

ceniza, se acerca. Su Excelencia comprende que viene hacia él. La distancia

se achica, la velocidad se reduce, la figura toma cuerpo en la balaustrada: es

un soldado vestido con su uniforme de húsar. A espaldas suyas ve de pronto aparecer otros dos bultos que hacen las veces de escoltas. El soldado sonríe,

hace a un lado su morrión, saluda:

—Amor, vengo a buscarte.

Ese soldado vestido de húsar no es otro que la adorable loca de Su

Excelencia. Acaba de llegar de Quito con la idea de instalarse a vivir en el

Palacio de la Presidencia. Sí, en la Presidencia, ¿y qué? Los bultos que la

acompañan como escoltas son sus esclavas de siempre: Jonotás y Natán.

Metidos hasta el cuello dentro de unos sacos de pellejo de alpaca que las

esclavas traen a la grupa de sus mulas, maúllan cerca de veinte gatos de todos

los colores imaginables que Manuela trajo consigo para almizclar los

corredores del Palacio. Su Excelencia retrocede, no puede creer aquello:

—Eres loca, eres loca, ven, bájate, ¿cómo ha sido posible todo esto?

Debiste avisarme, bájate, no puedo creerlo.

Le ayuda a su loca a descender de su caballo, la carga en sus propios

brazos, la besa. Y siente que de inmediato ocupan el cielo de Santafé unas

hojas secas que no provienen de los árboles próximos sino de algunos

balcones secretos, de puertas que se cierran tan pronto como acaban de

vomitar aquel desperdicio:

Son las papeluchas de la infamia. Hojas volantes que los enemigos de Su

Excelencia prepararon para recibir a la adorable loca del héroe en las calles de

Santafé:

Ha llegado a vivir junto a Su Excelencia la notable Madame du Berry,

decían las papeluchas. Bienvenida la adorable loca del cornudo de Thorne.

Palacios lo agarra por el brazo pero Su Excelencia no tiene fuerzas ni

siquiera para rehusar la ayuda que lo entorpece, que lo llena de vergüenza:

—¿Ya está usted mejor, señor?

La respiración empieza a normalizarse. Un delgado hilo de aire refresca

las ventanas de la nariz, hilo de tamarindo, de aguas frescas de río, de

vegetaciones vírgenes. Hilo que se aloja adentro. Todos los músculos de su

cuerpo tiemblan. Y escucha de pronto una voz lejana, ceremonial. Una voz

que viene de los tiempos más enigmáticos, donde el futuro y el pasado se

confunden:

Poca expectoración, el hipo repite con bastante fuerza, algún delirio en sus

labios, pulso más frecuente y apretado contra los muros, contra los rincones

solos, sudor ninguno, el cuerpo algo despejado pero con la misma modorra

del agotamiento, la lengua trabajosa a ratos, empujada, ayudada a ratos, calor

en la cabeza y los extremos fríos aunque ahora se encuentra despejado a

beneficio del cáustico:

—¿Mejor? Sí, ya voy mejorando, sigamos.

—Espere usted un poco más, podría caerse.

—Hea, no te metas, ya estoy perfectamente, ¿no me estás viendo?

—Todavía tiembla, Excelencia, perdóneme, pero aún se tambalea.

—¡Mentira, no tiemblo!

—No estoy de acuerdo con lo que hace, debería esperar, no tenemos afán.

Pronto llegan a la puerta. Allí aguardan Fernando y Santana:

—Ya comenzaba a preocuparnos su demora, tío.

—No era nada.

Santana está impaciente:

—¿Empujo esta mierda de una vez?

—No, llamaremos primero.

—¿Empiezo ya?

—Quita de allí, ¿qué esperas?

Se escuchan los primeros azotes en la puerta.