La ceniza del Libertador

Fernando Cruz Kronfly · Capítulo 24 de 51

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La ceniza del Libertador

Veinticuatro

 

Amanece.

Es la aurora. Su Excelencia la ha visto cuajar ensimismado en la ventana.

Casi no ha dormido lelo en los velos, en el desgarrado telón anaranjado de la

descomposición cósmica. Es el séptimo día del viaje y nada cambia. Poco a

poco las cosas avanzan hacia un punto de equilibrio desesperante. Nada

sucede, como no sea la repetición de los bailes arriba, cada vez más

escandalosos, el creciente acuartelamiento de tropas. Pasón de árboles

calcados, de pájaros de tantas nubes iguales. El capitán ha mandado razón: su

salud es estacionaria a causa de la resistencia que la infección ofrece a los

medicamentos convencionales hasta ahora suministrados, y se excusa otra vez

de no poder bajar como ha sido su intención desde el inicio del viaje. Pero

compromete su honor personal en que acaba de dar comienzo a los trámites

relacionados con el pasaporte y la libranza, todo ello al más alto nivel ante el

gobierno central procurando agilizar los desenlaces aunque sin perjuicio de

los reglamentos y con arreglo a las leyes existentes. Además, informa que el

servicio de correos ha sido reforzado y que hará cuanto esté a su alcance para

comunicar a Su Excelencia tan pronto como pueda el itinerario del viaje, sus

escalas oficiales, la fecha y la hora en que habrá de finalizar aquella travesía y

demás datos de interés.

Pero las promesas del capitán se quiebran como los huevos, no se

cumplen. Los días siguen pasando. Aquel cinturón de selvas del río es ahora

más espeso, las ciénagas supuran un cargado olor de azufre. Aquellas moscas

verdes no han vuelto a invadir sitios precisos en el navío pero en más de una

ocasión estuvieron rondando cerca de la barandilla, dieron vueltas por el

puente, pusieron sus patas en los aparejos y muchas de ellas quedaron

pegadas en el cubo de brea. Pero durante las noches las mariposas de

terciopelo sí volvieron a invadir los espacios iluminados, apagaron a

gualdrapazos los mecheros y dejaron en el ambiente su misterioso olor de

fritura. Nada pudo detenerlas. Cada nueva noche aparecieron en mayor

número, capitaneadas por ejemplares de gran tamaño que tenían la abarcadura de un vampiro adulto. Arriba el baile ha tronado con mayor alboroto y el

volumen de las pisadas aumenta. El dinero de la libranza no llega, el

pasaporte no aparece por ningún lado. No se conoce cuál habrá de ser el plan

del viaje, cuáles las escalas previstas. Pensando en lo uno y en lo otro, Su

Excelencia viene de amanecerse en la ventana. Observa cómo las sombras

desaparecen, cómo los velos se tornan transparentes, cómo brota nítida la

curvatura de los montes, el trazo del pájaro aparece, la fiebre huye.

Una franja rosa desfila por el horizonte, toca su tambor húmedo, sus

flautas, sus cencerros. Grandes aves náufragas planean: patos, iguazas,

gallinetas de agua, cercetas, todos con sus cantos originarios. Retozan en los

esteros, dejan allí su obra, desaparecen.

Ocurre el asunto de la claridad.

Su Excelencia se despabila, va hasta el recipiente del agua, enjuaga su

rostro de las cicatrices de la noche. Está contento, todavía persigue la línea de

un triste minué. Piensa en mamá, temprano ser muerto, siente que su pecho se

arruga como un papel inservible. Ahí su recuerdo en el patio, atolondrado por

la tos, la fiebre, como arrastrada donde la tierra teje su semen, prepara sus

grandes ciclos. ¿La muerte? Y ve las flores. Son las mismas que chorrean por

los balcones, que cubren sus hombros cuando pasa montando su cabalgadura

que baila en las piedras. Tienta tibieza de arcos triunfales. ¿La gloria? En el

cielo los querubines soplan sus instrumentos y él siente que la gloria es un

sapo concreto bañado en leche, una mierda derretida que lo arrastra como

despojo hacia un destierro inmerecido. Mierda derretida que se confunde con

las aguas, rumbo a las Bocas de Ceniza, que es por donde él debe hacer su

ingreso a la mar. Vómito sideral. ¿Morir mismo?

 

Piensa sereno

Medita el pensamiento salpicado de imágenes que el alba arroja a

los atrios

Llora sereno lo que la vida enseña

Escribe en hojas intensas tan profundas como el corazón.

 

De la ventana nada se sabe mientras no amanece

En tanto un hombre no permanezca en ella tan solo como

cualquier pompa muerta

Los ojos enamorados de lo invisible

Lelos en el enigma de algo que es como arena en polvo

Talco de espejo

Cristal de fina pelusa de lluvias interminables

Y en el cuenco del ojo el hastío mortal

En el tiesto de la mano la tibia bilis.

 

Su Excelencia aprieta la toalla de franela, destripa sus ojos húmedos, suspira:

—Son gases, vaya, ¡tamaños gases!

Ayer pudo por fin coronar algo en el sanitario. Algo importante, diferente

de orinar amarillo. Cuando lo consiguió, después de seis días de puro viento,

sintió verdadera felicidad:

—¡Lo logré, carajo, lo logré!

—¿Logró qué, tío?

—Pues cagar, mijo, ya parecía este general un cuerpo glorioso.

—Pues claro, ¿sin comer?

Santana se infló:

—Está usted progresando, general.

—¿Serían las frutas?

—Lo que sea, pero es una victoria, una verdadera victoria.

Todo sucedió ayer. Y desde entonces siente que su cuerpo responde con

mayor alegría a la luz que baña los objetos, al agua, a las ramas de apio que

logra morder. Acaba de lavar sus ojos en el platón, siente que su cuerpo flota

suspendido en medio de todos los objetos: el camastro, los baúles, la valija

con sus pertenencias, el asiento, la palangana, la toalla de franela, los

merecimientos. Y siente, también, que sus ideas han amanecido azules,

limpias, lavadas con algún preparado de cenizas. Vuelve a la ventanal:

todavía no termina de aclarar.

Arriba se baila aún. La música corre a cargo del Regimiento de las

Milicias Blancas. Por las grietas que el frío de la madrugada ha ensanchado se

filtran los ronquidos de hombres que han bebido, cuyas lenguas mastican las

palabras como espesos dulces. Encabritadas, las mujeres hablan más de la

cuenta, opinan de cuanto asoma a sus mentes. Unas parecen colgar del brazo

de sus prometidos como frutas en los árboles, otras más escasas suenan como

sentadas en las poltronas. Hacen la comidilla de lo observado en los rincones,

detrás de las pesadas cortinas. Junto con estos sonidos chorrean también los

perfumes que la noche marchitó, rancio estigma que supura la piel amanecida,

la piel macerada en las secreciones que el tiempo añeja en los valles del pelo,

en las hondonadas húmedas. Pero la fiesta va en bajada, y los asistentes se

han estado escurriendo a sus lechos como el agua al cauce. Ahora sólo queda

en el aire algo así como el espectro del baile, su estertor, los zapatazos de los

últimos bailarines babeados, la sorpresa de la luz que revienta en las naves.

Su Excelencia se abriga, abre la puerta de su camarote:

—¡Psss, psss!

Los perros no andan por ahí. Deben estar con Palacios montando guardia

en cubierta. Afuera, en lo hondo del pasillo, sopla una niebla como cuajada de

leche transparente. También allí mancha el día. Mira a los lados, espera. Algo

le dice al oído que indague en el buzón. Desliza su mano, baja al fondo. Allí

hay un papel enrollado. Lo saca a la luz, observa la cinta tricolor del lazo.

Desata el nudo, extiende el papel, lee:

 

Dudo al decir a Usted que tanto la petición de su pasaporte como la de su libranza han sido devueltas sin ser diligenciadas a causa de un detalle por fortuna superable: los sellos por Su Excelencia adheridos a sus memoriales estaban vencidos desde el día anterior, por lo que carecen de todo valor. ¡Mire Usted hasta dónde llega la acción del tiempo en los asuntos oficiales! Siendo así, los documentos han quedado como si nunca hubiesen nacido a la vida, infelizmente muertos. Parece mentira, pero es así. Anticipándome sin embargo a su justificada molestia, me permito hacer devolución de sus pedimentos escritos, a fin de que tenga la benevolencia de estampar en ellos los sellos vigentes que de paso le estoy anexando para su mayor facilidad. Le reitero de nuevo mis súplicas para que sepa comprender el incidente, comprometiendo una vez más mi honor de Capitán en que continuaré al frente de estas diligencias, presionando en lo debido y dentro de los reglamentos hasta obtener oportuna respuesta y solución a sus urgencias. Afectísimo:

El Capitán

 

—¡Métete eso por el tubo, cabrón!

Su Excelencia se descompone. Putea, mierdea, patea en los tabiques, grita.

Palacios acude corriendo, agarrándose los pantalones con ambas manos:

—¿Dónde diablos estabas, carajo?

—En la letrina, señor.

El bayo y el rubio están animados, buscan cosas que no existen. Detrás de

sus colas llegan los coroneles Fernando y Santana. Traen todavía las señales

de la noche en sus ojos, bolitas de goma en las esquinas, vienen envueltos en

sus ropas de dormir. Santana ostenta en su mano, desnudo, el sable de acero

que lo acompaña desde varios años atrás:

—¿Qué ha pasado?

—El asunto ha superado su límite tolerable, señores, esto es una mierda.

—¿De qué se trata?

—¡De lo peor!

—¿El hombre del comedor?

Su Excelencia niega con su cabeza:

—¡Los papeles me han sido devueltos! ¡Mírenlos aquí!

—No entiendo.

—No puede ser, tío, es una infamia.

—Hey, hey, sí puede ser, ¡míralos!

Los papeles tiemblan en el piso, Fernando los toma de ahí:

—¿La razón?

—¿La razón? ¿Crees que la hay? ¿Crees que pueda haber alguna razón

válida?

—Alguna habrá, tranquilícese, tío, tranquilícese por favor.

—El argumento es el de siempre, señores.

—Bueno, eso ya es otra cosa, ¿cuál?

—La ley, el reglamento.

—Cómo la ley, vamos, usted no ha hecho más que cumplirla siempre, ¿no

es así?

—Los sellos que puse en los papeles estaban vencidos, míralos, ¡muertos!

—¡Vaya error!

—Ningún error. ¿Qué te pasa, joven?

—Debimos mirar antes, señor, era algo fácil de advertir.

Su Excelencia manotea en los papeles, escupe en el suelo, da varias

vueltas en el saloncito de estar, tropieza los muebles, se detiene

congestionado:

—¿Qué vale ese papel frente a mi gloria? A ver, respóndanme señores,

¿qué vale?

Fernando extiende la carta, lee en silencio:

—¿Y la vas a leer así?

Fernando comienza a leer en voz alta. Al terminar, todos callan. Y sienten

cuando un viento frío que viene de la proa pasa entre ellos como por los dedos

de una mano. Un viento que arrastra sugerencias de plantas, de animales de

pantano, que despeina suave y se pierde a sotavento haciendo tremolar las

banderas:

—¿Ven ustedes cómo me tratan aquellos colegiales engominados?

—¿Qué rayos es todo esto? Vamos, no termino de explicármelo, es que no

entiendo.

—Tienen el poder, eso es todo.

—Si fuese por mí los cogería por la lengua y los iría azotando en el

trasero hasta que viniesen sus madres a llevárselos a orinar y a dormir, eso

haría.

—¿El poder?

—¿Qué te pasa, joven? El poder, el tenebroso poder de los papeles, eso es

lo que tienen.

—Míreme este puño, general, ¿sabe lo que haría con él?

—De todos modos los sellos sí están vencidos, ésa es la verdad, tío.

—¿Sabe lo que haría con él?

—¡Métetelo por el tubo!

—¿Qué hacer ahora?

—Derribaremos la puerta, eso es exactamente lo que haremos.

—¿Cuándo?

—¿Cuándo? Ya mismo, hombre, ya mismo.

La mancha del día se extiende a lo largo del vapor.