Ofelia

Lisa Klein · Capítulo 1 de 50

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Ofelia

Prólogo

 

Saint-Émilion, Francia

Noviembre de 1601

Mi señora:

Espero que esta carta os halle en lugar seguro. Mi escrito será

breve, ya que es mejor usar pocas palabras cuando estas tan solo

pueden causar dolor.

La corte real de Dinamarca está en ruinas. Los frutos finales del

mal vertieron sus semillas mortales. Por fin, el rey Claudio está

muerto: probó su propio veneno, tal y como se merecía. Hamlet lo

mató con una espada que el rey en persona había emponzoñado. La

reina Gertrudis yace fría, envenenada por una copa que el rey había

destinado a Hamlet. Ver agonizar a su madre fue lo que finalmente

incentivó a Hamlet a vengarse.

Pero la mayor aflicción es la siguiente: vuestro hermano,

Laertes, y el príncipe Hamlet se mataron el uno al otro con espadas

envenenadas. He fracasado en la tarea que vos me encomendasteis.

Ahora, Fortimbrás de Noruega gobierna en nuestra tierra

conquistada.

Perdonad a Hamlet, os lo ruego. Con sus últimas palabras me

encargó que limpiara su nombre maltrecho. Creedme: antes de que

el deseo de venganza se apoderara de su mente, os amó

profundamente.

Perdonad también y no olvidéis a vuestro fiel amigo e

investigador,

HORACIO

Esta carta me deja estupefacta, aturdida por un dolor tan reciente que no puedo ni levantarme de la cama.

 

Me imagino el castillo de Elsinor, un vasto laberinto de piedra. En el centro, el enorme salón de banquetes, calentado por fuegos danzantes. Por allí pasaban los cortesanos como la sangre pasa por el corazón, y allí reinaban el rey Hamlet y la reina Gertrudis, la mente y el alma que mantenían todo el cuerpo unido. Ahora, el fuego y la carne no son más que frías cenizas.

Me imagino a mi amado, el ingenioso y moreno Hamlet, antes de que la locura y la muerte me lo arrebataran.

En el ojo de mi memoria aparecen los verdes árboles frutales de Elsinor, con peras y manzanas dulces maduros que doblaban las ramas y se nos ofrecían en las manos. El jardín donde nos besamos por primera vez, entonces perfumado de romero penetrante y suave lavanda, ahora arruinado y marchito por completo.

A través de mi ensueño, borbotea el funesto arroyo donde nadaba de pequeña y donde las ramas del sauce rozaban la superficie del agua. Allí encontré mi acuoso final y empecé una nueva vida.

Me veo a mí misma y a Hamlet en las almenas cubiertas de niebla, donde un fantasma invisible presenció nuestra unión para después hacer que los pensamientos de Hamlet pasaran del amor a la venganza. Veo el rostro aterrador de Claudio, su tío, que asesinó a su padre y se casó con su madre, mi querida reina Gertrudis, a quien envenenó.

¡Ay, mi Hamlet está muerto! Y con él, todo Elsinor en ruinas, como el Edén tras la caída del hombre.

Yo, Ofelia, desempeñé un papel en esa tragedia. Servía a la reina. Quería dirigir el rumbo del príncipe. Descubrí secretos peligrosos y me enemisté con el tirano Claudio. ¿Cómo ha podido terminar todo así, con la muerte de mi mundo? La culpa me consume porque debo vivir aunque todos estén perdidos. No fui capaz de desviar el curso fatídico de los acontecimientos.

No podré descansar mientras esta historia no sea revelada. No habrá paz para mí mientras este dolor me oprima el alma. Aunque tan solo tengo dieciséis años, mi vida ha estado llena de tristeza. Al igual que la pálida luna, menguo, cansada de ver el dolor del mundo, y vuelvo a crecer, cargada de vida. Pero al igual que el sol, dispersaré la oscuridad que hay en mí y arrojaré una luz sobre la verdad. Por eso cojo mi pluma y escribo.

Esta es mi historia.

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