Ofelia

Lisa Klein · Capítulo 48 de 50

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Ofelia

Capítulo 47

 

 

E stamos en abril, y las suaves lloviznas bañan todas las raíces y brotes crecientes de la naturaleza. Los narcisos amarillos florecen, y las florecillas en forma de copa de los azafranes extienden sus pintos mantos de blanco y púrpura. Mi hijo, Hamlet, es tan nuevo y está tan lleno de maravillas como la primavera. Isabel me dice que cuando las monjas supieron cómo se llamaba, lloraron de alegría y de sorpresa.

—¡No es un bebé cualquiera, sino un príncipe! ¡Será un portador de paz! —incluso exclamó la hermana Lucía.

Pronto la Madre informará al obispo de este nacimiento, y él decidirá cuál será nuestro futuro. Pero, por ahora, disfruto con Hamlet, y eso vence cualquier miedo.

Sin embargo, las alegrías terrenales se atemperan con la tristeza. Hace semanas que Thérèse está tan enferma que no puede ni levantarse de la cama. Mañana es la festividad de la resurrección de Cristo. Mientras las monjas asisten a la Vigilia Pascual en la capilla, yo llevo a cabo mi propia vigilia al lado de la cama de Thérèse. Ella ha perdido la cabeza y no me reconoce. Ahora, los contornos precisos del cráneo se le marcan con claridad a través de la piel del rostro presagiando la muerte. Murmura palabras incoherentes y tira de las sábanas con dedos finos y huesudos. Su cuerpo debilitado rechaza incluso cualquier gota de agua y la migaja de pan más diminuta.

La enfermedad de Thérèse oprime al convento como si fuera una pesada manta tendida sobre el suelo verde de la primavera. Aquellas a quienes les molestaba su piedad ahora se avergüenzan de haberle dado la espalda. En la cara ojerosa de la Madre puedo ver que se arrepiente de no haber defendido el deseo de Thérèse de convertirse en monja. La moribunda, aunque no pueda hablar ni sea consciente de nada, nos reprende a todas. El hecho de no poder conseguir que coma me llena de tristeza, aunque al mismo tiempo estoy feliz al ver que mi bebé engorda gracias a mi leche. Le he fallado a Thérèse, que fallecerá pronto.

Como si estuviera soñando despierta, oigo las voces de los ángeles. ¿Acaso los anfitriones del cielo vienen a buscar a mi paciente? Abro los ojos para ver que la vela ha expirado y que no queda ninguna luz que penetre en la oscuridad. Pero Thérèse todavía respira y duerme.

El canto empieza de nuevo, y me doy cuenta de que ha empezado la misa matutina de Pascua. Cojo al pequeño Hamlet de su cuna de junco. El cántico constante atrae hacia la capilla a mis agotados pasos, que se conocen el camino pese a la oscuridad. En la nave, hay muchos campesinos de pie o sentados en alfombras y bancos. Se han levantado de la cama antes del alba y han caminado en la oscuridad para presenciar este drama anual. En el santuario, las velas iluminan los rostros solemnes de las monjas. Las cruces están cubiertas con telas negras para representar la muerte de Cristo. La audiencia espera expectante el gran drama.

Al fin, empieza el acto. La madre Ermentrude, con una capa pluvial verde de bordes dorados, manda a las tres Marías a visitar la tumba de Jesús, una piedra grande que han arrastrado hasta el interior del santuario. Las mujeres, representadas por Angelina, Margarita e Isabel, lamentan la muerte de su Salvador y, moviendo las manos, trazan pequeños arcos elocuentes en el aire mientras cantan. Entonces ven al ángel, representado por el hijo de un granjero, que viste una túnica cubierta de plumas de ganso. Lleva una caja ornamentada con pedrería, y cuando abre la tapa, alza la vista para dar a entender que la caja está vacía. Ellas se alegran de que su Señor haya resucitado y transmiten la noticia a las monjas que están sentadas en el coro.

Entonces entra el sacerdote del pueblo, vestido con una capa marrón y llevando una pala como nuestro ancestro Adán. Margarita, que representa a María Magdalena, cae de rodillas, ya que reconoce a Cristo resucitado. Su voz clara y dulce se eleva con alegría mientras le canta su amor.

Se trata de una obra muy distinta a las que vi en la corte de Elsinor. Aquí no hay nada fingido, ninguna acción es falsa o simulada. Las manos alzadas de las monjas, sus pasos solemnes y sus rostros resplandecientes transmiten esperanza y una fe sincera. Representan la verdad, una verdad que avergüenza a todas las mentiras y engaños humanos.

Ahora Hamlet empieza a llorar en mis brazos y forcejea con la ropa que lo envuelve. Me lo pongo en el pecho y lo cubro con mi manta. Ahí succiona con satisfacción, como una abeja en lo profundo de una flor.

Las monjas, cantando y portando velas, abandonan el coro y siguen al sacerdote hacia el sepulcro. El melancólico cántico se eleva desde el suelo. Entonces oigo aumentar una cadencia alegre que hace temblar los bancos, las paredes y las ventanas.

—Christus resurgens, Cristo ha resucitado —cantan las monjas, emergiendo de nuevo con velas en la nave—. Cristo ha conquistado la oscuridad y la muerte.

El sacerdote sujeta una bandeja de plata con un pan plano y redondo, el símbolo del cuerpo de Cristo. En ese momento, los rayos del amanecer alcanzan la roseta que hay encima del altar y bañan el santuario de luz azul, roja y dorada. El sol centellea sobre la plata y nos envía fragmentos de luz a la cara. La congregación jadea como si unos fuelles invisibles les insuflaran el aliento de la vida. Abrumada por el resplandor, me inclino y aprieto a Hamlet como si fuera Cristo en persona y como si todos mis amores perdidos me hubieran sido restituidos.

Cuando concluye la representación, la multitud vacía la capilla, y las monjas salen en una procesión silenciosa. Como no quiero perturbar el sueño de Hamlet, me quedo dentro. Los patrones cambiantes de luz me cautivan la mirada. Entonces, una fatiga muy profunda me invade, y tumbada en las esteras del suelo, caigo en un sueño sin sueños. Cuando vuelvo a abrir los ojos, tengo enfrente la carita solemne de Hamlet, y sus dedos están enredados en mi pelo. Eso me llena de esperanza y me da la seguridad de que Thérèse revivirá. En mi mente la veo sentada, bebiendo caldo con los ojos brillándole de nuevo.

Me dirijo con rapidez a la habitación de Thérèse llevando a Hamlet en su canasta. Ahí están reunidas las tres Marías. Isabel le lava la frente a Thérèse con una esponja, mientras Margarita sujeta una cuchara que no sirve para nada. Angelina, sentada en un taburete, reza. Thérèse sigue tumbada bajo la manta, tal como la había dejado.

—¿No se encuentra mejor? —pregunto consternada.

—He rezado para que ocurriera un milagro de Pascua —dice Isabel—, pero la voluntad de Dios es otra.

—Solo abre los ojos para llamar a Dios, como una niña perdida. No ve que estamos aquí —dice Margarita. Las lágrimas le brotan de los verdes ojos como si fueran hielo derretido por el sol.

Siento que mi reciente esperanza me ha traicionado. La amarga verdad es que Thérèse morirá, quizá en este día de Pascua.

—¿Por qué no la salva Dios? Hizo que su hijo, que estaba muerto, volviera a la vida. ¿Por qué no hace que esta mujer enferma se levante de la cama?

Miro a las hermanas a la cara, sin preocuparme de esconderles lo afligida que me siento. Ellas también están apenadas y no tienen respuestas para mí. Me hundo a los pies de la cama de Thérèse. Esta vez dirijo mis quejas al cielo:

—He intentado ayudarla, Dios, ¡pero Tú no me estás ayudando a mí!

Isabel se me acerca y me pone la mano en el hombro.

—No es culpa tuya, Ofelia —me dice.

—Quería verla recuperarse. Curarla a ella hubiera servido para reparar una promesa que rompí en el pasado. Abandoné a mi querida Elnora, que era una madre para mí. —Mis errores me pesan como si tuviera un yugo sobre los hombros. Pero debo deshacerme de esa carga y hacer todo lo que pueda—. Margarita, ve a buscar una almohada y mantas para ponérselas en la espalda. Tráeme mi caja de medicamentos y haz venir a la madre Ermentrude.

Margarita deja la cuchara y obedece sin preguntar nada. Últimamente, su actitud hacia mí ha cambiado radicalmente, de un desprecio piadoso a una sorprendida humildad. Es evidente que se ha convencido de que no soy una chica débil y pecadora, sino una viuda honesta y la madre de un príncipe.

Me inclino sobre Thérèse, le examino los ojos y la piel y le tomo el pulso.

—¿Has pensado en un nuevo remedio? ¿Algún licor que aún no hayas probado? —me pregunta Angelina con voz esperanzada.

—No, el tiempo para tales tratamientos ha pasado. No puedo curarla, pero creo que puedo aliviarle el dolor de la muerte.

Margarita regresa con la madre Ermentrude. Ella e Isabel levantan el frágil cuerpo de Thérèse y la sientan apoyándola en las mantas. Thérèse mueve la cabeza de un lado a otro, como un bebé hambriento o como un pájaro que quiere comer. La madre Ermentrude empieza a rezar y a toquetear sus abalorios.

No sé lo que estoy haciendo, solo actúo como si tuviera un objetivo. Vierto sobre un trapo un poco de aceite de romero impregnado con clavo. He leído que, a veces, su acritud restaura la memoria y el habla. Le mojo el rostro a Thérèse con el trapo.

Abre los párpados con un aleteo. Me ve y niega lentamente con la cabeza.

—Jesús, ven a mí —dice con voz débil y quejumbrosa—. ¿Por qué mi Señor ya no me visita? —Thérèse extiende sus manos sobre su hundido pecho.

—Por desgracia, ya no tiene la visión del niño Jesús lactante —susurra Angelina—. Está desesperada.

—No tengo nada para darte. Mira lo debilitada que estoy. Oh, Cristo, ten piedad de mí.

Sin pensar, me muevo por una voluntad ajena a la mía. Me doy la vuelta, y con un movimiento rápido, levanto al pequeño Hamlet de su canasto y lo desenvuelvo. Sus brazos y piernas, liberados de los pañales, golpean el aire. Sostengo al infante en vertical, frente a Thérèse. Él, con su cara sonrosada, abre los ojos de par en par y agita los puños.

Thérèse sonríe al ver al niño, y los ojos le brillan como lámparas resplandecientes que revelan su alma. Con una fuerza repentina, se inclina hacia delante, coge al niño con los brazos huesudos y se lo acerca para acunarlo. Las lágrimas brotan de sus ojos secos como el agua de una roca en el desierto.

—¡Es mi salvación! —exclama Thérèse. Acaricia la piel suave y cálida del bebé. Respira profundamente—. Huele a miel, a rosas y a leche — murmura con expresión de éxtasis.

Angelina, inspirada, empieza a recitar las palabras que pronunció el anciano Simeón cuando vio al niño Jesús.

—Ahora, Señor, conforme a tu palabra, ya puedes dejar que tu siervo muera en paz. Porque mis ojos han visto la salvación que has preparado ante todos los pueblos, que es una luz para iluminar a las naciones gloriosas…

Thérèse ha muerto antes de que Angelina termine. Tiene la cabeza inclinada hacia delante, como la madona de un cuadro mirando a su hijo. Cuando levanto a mi bebé de sus flácidos brazos, estos le caen extendidos sobre el regazo, con las palmas hacia arriba.

Isabel y Margarita emiten un grito ahogado. La madre Ermentrude se santigua. Yo me quedo inmóvil y sin palabras, y Angelina se me agarra al brazo para sostenerse. Tenemos los ojos fijos en una visión asombrosa: unas gotas brillantes de sangre brotan en el centro de las manos de Thérèse.

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