Ofelia

Lisa Klein · Capítulo 43 de 50

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Ofelia

Capítulo 42

 

A sí, la madre Ermentrude me disuade sabiamente de seguir mi rumbo desesperado y me guía hacia un nuevo camino. Con mi nueva profesión me convierto en una especie de confesora, ya que las monjas me revelan sus males, y yo las escucho y les prescribo bálsamos, tónicos y cataplasmas. Ellas se los llevan y se los aplican con devoción, como si se tratara de una penitencia curativa ordenada por un sacerdote. Pero la hermana Lucía, una monja anciana y corpulenta, no confía tanto en mí como las otras.

—Unos pensamientos funestos me afligen, y entonces el corazón me late muy deprisa. Debes extraerme sangre para sacarme estos malos humores tal como lo hacía el médico del pueblo —me pide.

—No me gustan demasiado las sanguijuelas, hermana, ya que al sangrar, drenamos los espíritus vitales junto a los malos humores, y el paciente se debilita —le explico con voz reconfortante—. Para calmaros os recomiendo una infusión de hojas de menta y manzanilla.

Insatisfecha, frunce los labios. Ojalá le hubiera hablado con más firmeza. Sin embargo, cede al cabo de un momento.

—De acuerdo, porque me desmayo al ver mi propia sangre. Pero debes mirar mis aguas menores.

Así que inspecciono debidamente su orina, aunque no me aporta demasiada información, y le digo que está bien.

Mis métodos curativos son simples, y tengo pocas herramientas para llevar a cabo mi nueva profesión. Uso vino para limpiar las heridas hechas con cuchillos de cocina. Un poco de aqua vitae calma el dolor de muelas. La provisión de hierbas que Mechtild me dio cura los trastornos del útero, que son comunes incluso entre las monjas. Las sales disueltas en agua caliente limpian los forúnculos que supuran. Mientras examino a mis pacientes, les enseño las leyes de la naturaleza relacionadas con las enfermedades.

—Los humores calientes y secos, que hacen que uno se vuelva loco, compiten dentro del cuerpo con los humores fríos y húmedos, que causan el letargo. Para curar el cuerpo, debemos temperar sus elementos, ya que la naturaleza siempre busca el equilibrio. —Mis prescripciones son simples y no suelen ser dolorosas—. Come alimentos verdes y sanos, vístete para protegerte del frío y de la humedad, y camina cada día para mejorar la digestión y remover la sangre —les digo.

Mis cataplasmas de hierbas y mostaza son las favoritas, pero el toque firme de mi mano es el tratamiento más efectivo. Examino las llagas de la piel y froto las articulaciones agarrotadas con bálsamos perfumados. Las monjas suspiran contentas como cuando tienen la tripa llena de comida sana y el alma saciada por la oración.

Thérèse es mi única paciente reticente. Me deja que le hable y que la ayude con el trabajo, pero se vuelve de piedra cuando le ofrezco comida sin cesar. Cada día está más débil, solo come lo necesario para evitar que su alma huya por la noche. Ahora tiene jaquecas. El dolor, que se puede leer en su rostro, derribaría al soldado más robusto, pero ella no se queja. Cada día está más marginada en Saint-Émilion. Creo que soy su única amiga.

Hoy, mientras trabajamos bajo el frío sol, Thérèse se ciñe bien la capa harapienta sobre el delgado cuerpo. Mientras me cuenta su último sueño, se estremece de emoción.

—Esta noche soplaba un viento muy fuerte, me he despertado y he visto a un serafín por encima de mí —dice dirigiendo la vista al cielo mientras lo recuerda—. El ángel me ha tocado la frente con carbón ardiente, lo que me ha causado un pesar agudo y dichoso, y he visto ante mí el rostro brillante de mi amado Salvador. —Veo que sus ojos son simples hendiduras y que el dolor le contrae la frente—. No puedo mirar la blancura de la ropa —dice cubriéndose la cara con las manos.

Sé que el sol puede agudizar mucho los dolores de cabeza, así que le digo que debería entrar al edificio. Me sorprende que me obedezca. Su dolor debe de ser terrible. Recojo las prendas congeladas y llevo la voluminosa pila de ropa a la panadería, donde el calor de los hornos la descongelará y la secará.

Creo que cuando el dolor disminuya, deseará comer de nuevo y recuperará las fuerzas. Pero también sé que Thérèse aprecia su debilidad, y que el simple placer de poder vivir sin dolor le da igual. ¿Qué puedo hacer para curarla de su enfermedad? Seré como el padre proverbial que engaña a su hijo dándole medicamentos con un chorrito de dulce almíbar.

—Puede que una tintura de zumo de arrayán brabántico con aceite de rosas te alivie el dolor, así sentirás la dulzura de Dios aún mejor —le digo, y esta promesa le llama la atención.

—Entonces dame un poco de esa medicina divina. Te ruego que no se lo digas a nadie porque ya me odian lo suficiente. Margarita dice que mis visiones son malignas y me rehúye como si fuera un demonio —me dice.

Me pregunto si el orgullo de Margarita es lo que hace que desprecie a la humilde Thérèse, o si está celosa de sus visiones.

—Quizá deberías ser más discreta y proteger a tu Señor de la deshonra —le digo, pues estoy aprendiendo a hablar su lenguaje piadoso—. No lo expongas a las burlas de la gente incrédula.

—Sí, tienes razón —dice, cada vez más desesperada a causa del miedo y el anhelo—. Al conde Durufle le aterra la brujería. Si oye que mis visiones no cesan, es posible que llame al obispo Garamond, que me obligaría a irme de aquí o, peor aún, me llevaría a juicio. No tengo adónde ir. Estas visiones que comparto contigo… ¡Te suplico que no se las cuentes a nadie!

Considero que quizá Thérèse esté equivocada porque ¿quién podría acusarla de algo tan malvado como la brujería? Quizá sus miedos, al igual que su fe, son un signo de locura. Pero yo también temo el poder que los otros tienen sobre mí. Si estamos locas, podemos considerarnos a salvo, pero si nuestros miedos resultan ser ciertos, ambas estamos perdidas.

—Te prometo que no le contaré a nadie lo de tus visiones —le digo para tranquilizarla.

En la cálida panadería, el vapor se eleva de la colada, y las mangas y las faldas, que estaban rígidas por la escarcha, cuelgan ahora con flexibilidad. Decido mezclar la pócima para el dolor de cabeza con extracto de semillas de amapola para calmar a Thérèse y proporcionarle un poco de descanso. Mi intención es reducir sus visiones, no hacerlas más intensas. No se lo digo a Thérèse, pero le revelo mi tratamiento y su propósito a la madre Ermentrude.

Que Dios me perdone por estos engaños.

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