Ofelia
Capítulo 17
E stuve todo el día sumamente preocupada por lo que había pasado entre nosotros. Me preguntaba si Hamlet, con su charla sobre fantasmas y asesinatos, se había vuelto loco. ¿Cómo podía ser que yo hubiera consentido en ayudarlo en su venganza? ¿Por qué había tomado como esposo a alguien a quien apenas conocía?
Necesitaba la sabiduría de una persona que hubiera estado casada durante mucho tiempo, como Elnora. Así que la busqué, y ocultando mi situación y mis pensamientos atormentados, le ofrecí una bebida de menta refrescante y la abaniqué mientras sorbía.
—He estado leyendo un relato sobre una buena esposa a quien su señor pone a prueba incontables veces. Eso ha hecho que me haga preguntas sobre el matrimonio. ¿Alguna vez lord Valdemar os ha dejado perpleja con su comportamiento y os ha parecido un extraño?
Elnora me miró sorprendida y, según me pareció, con un poco de recelo.
—Vaya, qué pregunta tan peculiar, Ofelia.
—Tan solo trato de adquirir un poco de sabiduría para cuando me case —dije aparentando indiferencia.
—Todas las mujeres se despiertan un día y se preguntan si han cometido un error al casarse —dijo Elnora—. Supongo que a los maridos también les pasa. Pero para entonces ya es demasiado tarde, ya que están ligados mutuamente, al igual que el buey lleva el yugo durante toda la vida.
Le hice otra pregunta para ver si me daba un consejo mejor.
—Cuando os acababais de casar, ¿fue difícil doblegarse a la voluntad de lord Valdemar?
—Una esposa joven cede ante los deseos de su esposo con facilidad. ¡Ja, ja, ja! —Elnora me dio un codazo—. Sinceramente, lord Valdemar era como cualquier otro hombre. Creía que me controlaba, al igual que lo creerá tu futuro marido. «Soy el cabeza de familia», te dirá. Así que concédeselo —dijo encogiéndose de hombros. Se inclinó más hacia mí—. Pero recuerda: el marido puede ser la cabeza, pero la esposa es el cuello, y el cuello es el que hace volver la cabeza hacia el lado que quiera.
—Con los años espero llegar a ser tan sabia como vos —dije con un suspiro. Estaba segura de que pocos maridos se comportaban de un modo tan extraño como Hamlet. Además, tenía poca confianza en poder guiar a mi nuevo esposo de la misma manera que Elnora había aprendido a controlar a lord Valdemar.
Al atardecer, fui a la capilla a esperar a Hamlet. Me senté en un banco situado en la arcada, bajo las ventanas, y seguí reflexionando sobre las palabras de Elnora. Desde el entierro del rey Hamlet, la capilla casi no se había usado, y las motas de polvo flotaban a la deriva dentro de los rayos de luz. No aparecieron formas fantasmales, nada perturbaba la paz. Observé como el sol descendía en el horizonte y el cristal de las ventanas del santuario arrojaba a la nave sombría rayos de sangre roja y del color azul de la realeza.
Vi entrar a Hamlet con un gran libro en las manos. Se había cambiado la ropa harapienta y se había vestido de nuevo con su habitual traje negro. Estaba tranquilo, pero profundamente pensativo. Miró hacia arriba como si buscara respuestas en las claves del techo, donde los arcos se unían sobre la nave. Mi corazón dio un brinco al ver el perfil de ese rostro noble, al distinguir esos rasgos amados sin trazos del frenesí de aquella mañana. Recé para que hubiera descartado aquellos nefastos pensamientos.
Entonces Hamlet miró hacia abajo y vio que estaba sobre la piedra recién colocada, bajo la cual estaba enterrado su padre. Sacudió la cabeza y soltó un suspiro profundo que resonó como el viento en la capilla vacía.
—Estoy aquí, mi señor —susurré, y le hice señas desde la bóveda oscura.
Hamlet giró hacia su derecha, luego hacia su izquierda, hasta que al fin me vio y se acercó.
—No quería asustaros —dije. Le cogí la mano entre las mías y me la puse suavemente en la mejilla.
Pero Hamlet no tenía ganas de aquel contacto tan leve. Me sujetó la cabeza con ambas manos y me besó en los labios con pasión. El libro cayó al suelo haciendo un ruido tremendo.
Él tenía las manos y los labios calientes, llenos de vida, pero sentí un escalofrío en la espalda. Me aparté de sus brazos y miré alrededor. La efigie de piedra de algún rey muerto hacía mucho tiempo nos miraba como si nos amonestara con severidad. En una pintura ennegrecida por la mugre del humo, unos Adán y Eva desnudos se apartaban del ángel vengador. Pude sentir sus afligidos ojos posados en mí y me estremecí de inquietud.
—Una nube de testigos fallecidos hace tiempo señalan nuestro abrazo —dije—. En este lugar sagrado no hay privacidad.
—¿Cómo puede ser sagrada esta capilla si ya nadie reza en ella? —dijo Hamlet—. La santificaremos de nuevo para el dios del amor.
—Aunque esté vacía y en desuso, queda algo de santidad aferrada a sus paredes, y yo no voy a deshonrarla. Así que hagamos el amor luego, en un lugar más adecuado.
Hamlet no discutió conmigo, pero dejó de abrazarme, y su ardor se enfrió como las brasas cuando el viento deja de soplar. Volvió a centrar la atención en el libro y lo recuperó del suelo. Sostuvo el gran volumen encuadernado en piel, y por su caligrafía dorada vi que se trataba del libro de anatomía de Vesalio.
—Ofelia, he estado estudiando la cuestión de dónde reside la maldad en los hombres.
Sus rápidos dedos pasaron las páginas hasta que llegaron al grabado del cuerpo de un hombre. Su piel desollada se abría y dejaba al descubierto los huesos, el corazón humano y un laberinto de conductos y tendones. Sentía curiosidad y terror a la vez, pero no dudé en absorberlo todo con la mirada. Hamlet habló con voz animada.
—Cuando me enteré de la muerte de mi padre, me dirigí a la Universidad de Padua, donde miles de hombres van a estudiar con los maestros de la medicina. Diseccionan cada parte del ser humano y descubren sus secretos.
—¿Eso no es herejía? —dije con la voz entrecortada—. ¿Cortar y abrir el cuerpo humano no es una ofensa a la creación de Dios?
—Los que dicen eso son enemigos de la razón y el conocimiento —se burló Hamlet.
—Decidme lo que esto significa —susurré impaciente resiguiendo con el dedo los intrincados dibujos.
—El espíritu vital se origina aquí, en el corazón, y se perfecciona en los pulmones, que impulsan la sangre con aire —explicó Hamlet—. El espíritu vital de una persona malvada está podrido, ya sea por una enfermedad del corazón o por alguna alteración de los órganos o de los humores. Eso deja una marca: ennegrece el bazo o produce una úlcera en el hígado. —Hamlet se detuvo antes de llegar a ese punto—. Me gustaría descubrir si un cirujano podría recuperar la perfección del espíritu vital extirpando la zona ulcerada.
—Pero ¿acaso no es el demonio, como un gusano invisible, el que está dentro de una fruta aunque esta tenga una apariencia deliciosa? —pregunté —. No se puede sacar el gusano sin destruir la manzana.
—Sí, y así como la apariencia de la manzana acaba mostrando que por dentro está estropeada, los pensamientos malvados corrompen los rasgos de las personas.
Pensé en Claudio. Aunque no me gustaran sus miradas, no me parecía que tuviera el rostro corrompido. Decidí debatir delicadamente con Hamlet usando mi razonamiento para hacerlo dudar. Recordé el consejo de Elnora y pensé que quizá así podría actuar como el cuello que dirigiría a mi esposo lejos de sus ansias de venganza.
—Si es cierto lo que decís, Claudio llevaría el asesinato de vuestro padre escrito en la frente —dije—. Pero no es así. Quizá sea inocente.
La sola mención de su tío hizo que se pusiera en pie.
—¡Claudio! ¡Podría mandarlo al infierno! —Caminó de un lado al otro, cada vez más agitado—. Yo os pregunto: ¿Cómo es posible que algunos hombres nunca trasladen las intenciones de actuar de la cabeza a la mano? —Se miró la mano como si fuera desconocida para él.
—Vos no sois uno de esos hombres, Hamlet. Pensad con qué rapidez os casasteis conmigo ayer. Yo dudé, pero vos me estimulasteis a actuar —dije esperando distraerlo con pensamientos románticos. Pero Hamlet no se conmovió.
—No me habéis entendido —dijo.
—Sí que os he entendido —dije con firmeza—. Sé que habláis de crímenes y de actos malvados, pero creo que tales pensamientos funestos son impropios del príncipe de Dinamarca y esposo mío.
Hamlet no tuvo en cuenta mi opinión, sino que siguió con el mismo tema.
—Tenéis que ayudarme a entenderlo, Ofelia. Decidme: ¿Cómo puede ser que algunos hombres tengan pensamientos oscuros y los conviertan en actos cuyas consecuencias sacuden naciones enteras? —me preguntó presionándose la frente como para forzar a su cerebro a encontrar la respuesta.
Vi que tenía la mente encallada en su idea de venganza como una rueda atascada en una zanja. Pensé que si podía forzarlo a volver al camino liso del sentido común, Hamlet volvería a ser él mismo.
—¡Respondedme! —me pidió—. Si la intención de asesinar a alguien ya es un crimen, ¿por qué el acto de asesinar no se desempeña con facilidad?
—No lo sé —dije—. Quizá la mano celestial detenga vuestra mano o quizá la razón os controle. Solo aquellos que están dominados por la pasión permiten que sus pensamientos violentos se conviertan en actos violentos.
Estaba decidida a hacer que Hamlet pensara razonadamente y dudara de aquellos actos sangrientos. Entonces él, como si me siguiera, cogió el hilo de mis pensamientos.
—Tales actos violentos —dijo asintiendo lentamente con la cabeza— corrompen el cuerpo y el alma del hombre que los comete. Pero ¿qué ocurre si el acto, aunque parezca malvado, es voluntad del cielo? ¡Eso supondría que el malhechor es un agente de Dios!
—¡No! El acto de asesinar desafía toda justicia, tanto la humana como la divina —argumenté con un fervor parecido al suyo—. Seguro que no puede haber debate más allá de esa verdad.
—Tendré en cuenta vuestras palabras, Ofelia, ya que están cargadas de sabiduría —dijo Hamlet. Cerró el libro de anatomía y dio por finalizada nuestra discusión.
Las ideas que habíamos intercambiado tan rápidamente me daban vueltas en la cabeza. ¿Había conseguido disuadir a Hamlet de su idea de venganza? Mantenía la esperanza, ya que sabía que la razón era una cosa que se tomaba muy en serio.
—Mientras tanto —dijo Hamlet—, debemos encontrar la manera de entretener al rey y a vuestro padre para que no sospechen de nuestro acto secreto. Me refiero a nuestro matrimonio.
—Desearía que no tuviéramos que ocultarlo —dije con tristeza, aunque sabía que era más sensato no provocar al rey ni a mi padre con tal revelación. Me estaba acostumbrando al secretismo y a la emoción que me causaba nuestro complot.
—Saldrá a la luz a su debido tiempo, Ofelia —me aseguró, aunque no parecía estar pensando en nuestro amor, ya que tenía el rostro sombrío.
—Tengo un plan, esposo mío —dije radiante, y le toqué el brazo para captar su atención—. ¿Qué mejor manera hay para ocultar que estamos casados que simular que me cortejáis? Deberíais ir detrás de mí, ya que mi padre cree que lo hacéis. Os rechazaré y pareceré una hija virtuosa, pero mientras tanto, nos robaremos besos secretos el uno al otro.
—¡Sí! Fingiremos que nos amamos para ocultar que lo hacemos. Me encantaría representar tal paradoja —dijo Hamlet, y se inclinó para besarme en la garganta, allí donde era visible el latido de mi corazón.
Le sujeté la cabeza y se la acaricié. Sabía que rompería la promesa que con reticencia le había hecho a Hamlet. Como alguien que cava un túnel bajo una fortaleza, yo socavaría su venganza, no lo ayudaría a llevarla a cabo. El juego del amor lo distraería del rumbo funesto que tomaba su vida.
El plan de Hamlet era la venganza, y el amor era el mío.
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