Ofelia

Lisa Klein · Capítulo 40 de 50

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Ofelia

Capítulo 39

 

 

L a blancura del invierno me envuelve. Las monjas esperan el día del nacimiento de Cristo, para el que quedan tan solo unas semanas. Las campanas las llaman a vísperas, a maitines, al rezo de mediodía. Las hermanas, vestidas con sus hábitos blancos, se dirigen a la capilla caminando sobre las huellas cubiertas de nieve de unas y otras. Su respiración, expelida en nubecitas, se desvanece como el humo de una chimenea. ¿Sus plegarias también se esfuman en el viento o perforan la cúpula del cielo y llegan a oídos de Dios?

Bajo la tierra helada, enroscada en la oscuridad, la vida aguarda. Yo también espero mientras pasan las largas noches de Adviento, iluminadas por una luna débil y blanca. Aunque me vista de blanco como una monja, siento que la mancha del pecado y de la mortalidad me rodea como una faja resplandeciente.

He recuperado la salud y empiezo a tener de nuevo curvas en el cuerpo. El vientre aumenta más que el resto, pero todavía puedo esconderlo bajo mi holgado vestido. Solo veo el montículo cada vez más crecido cuando me baño. Solo lo siento cuando la criatura se mueve mientras recito las oraciones con las hermanas: «Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos dignos de las promesas de Cristo». Espero que las promesas de Cristo sean más ciertas que las de los hombres.

Durante las plegarias, mi mente suele distraerse. Me acuerdo de la bondad de Gertrudis cuando contemplo a la madre Ermentrude, cuya humildad contrasta con la grandeza de la reina. La hermana Angelina, con su actitud severa pero cariñosa, me recuerda a mi querida Elnora. Isabel, que sonríe y muestra el hueco que tiene entre los dientes incluso cuando reza, me hace desear haber tenido una amiga tan alegre en Elsinor. La hermana Margarita es orgullosa, como Cristiana, y parece abrigar alguna ambición secreta, lo que despierta mi curiosidad.

—Ya veo que cada vez rezas con más devoción —me dice Isabel confundiendo mi ensoñación con piedad.

—No; de hecho, pienso en lo mucho que este convento se parece a la corte de un príncipe —digo, y me apresuro a añadir—: Un sitio sobre el que he leído en los libros.

—¿A qué te refieres?

—La priora es como una reina, la fuente de la bondad. Todas las hermanas son las damas de compañía, felices de vivir bajo su benevolente regla. Existe una jerarquía, con los sirvientes en los rangos más bajos. —Me detengo y considero mi comparación—. Pero veo una diferencia fundamental. Aquí no hay hombres que se disputen tu amor. Solo adoras a Cristo, y Él ofrece su amor a todas por igual. En la corte de un príncipe, ninguna mujer comparte a su amante, y ningún hombre comparte a su amada.

Isabel lo entiende rápidamente.

—Sí, ya que si varios hombres desean a una dama, eso conlleva celos y muchos conflictos. Hace mucho tiempo también leí libros así —dice bajando la voz, aunque no hay nadie que pueda oírnos. Todas las monjas se han ido de la capilla—. Pero no te engañes y creas que Saint-Émilion es un lugar perfecto. Tenemos nuestros defectos. Sentimos envidia, por ejemplo, si una de nosotras tiene la voz más suave o es la favorita de la Madre. También somos vanidosas. He visto a Margarita sostener esas manos tan elegantes que tiene y contemplarlas con admiración. Una vez, la Madre me castigó por guardar un pedacito de encaje bajo la almohada.

—Tanta pobreza no es compatible con una reina y sus damas —admito —. Aun así, este lugar me parece un reino tranquilo donde ningún rey tirano puede oprimirte.

A Isabel se le nubla el habitual rostro alegre.

—Como dices, no hay un rey en Saint-Émilion, pero el poder del hombre sigue dominando aquí. La madre Ermentrude está obligada a obedecer al obispo Garamond, ya que es el representante de Dios en la Tierra —me explica—. Pero el obispo sirve al conde Durufle, que es el principal mecenas de nuestro convento, un hombre moralmente escrupuloso. —Me enseña un monumento de piedra, que parece una orgullosa reivindicación, plantado en la humilde capilla—. Durufle lo erigió para honrarse a sí mismo, aunque fueron sus ancestros quienes hace unos doscientos años cedieron estas tierras para fundar un convento. ¡Por ese generoso gesto del pasado, cree que es el favorito de Dios y que es igual que el obispo! —dice indignada—. ¡Pone muy a prueba mi caridad!

—Es igual que en una corte real —musito—, donde los lores poderosos y los consejeros dirigen el rumbo del rey.

—Al menos, raramente vemos a Durufle y al obispo entre nosotras. Pero el conde ha nombrado a su sobrino, un joven malhumorado y descortés, para que sea nuestro administrador. Aunque no tiene habilidades para el trabajo, supervisa a las sirvientas y los negocios del convento. ¡La semana pasada, Margarita lo llamó bobo a la cara! —Isabel ríe al pensarlo; entonces pone los ojos en blanco—. Ya empiezas a ver lo agradecida que estoy de ser monja. Podría estar casada con alguien así o, Dios me perdone, con un hombre tan viejo como el padre Alphonse, que tiembla al decir la misa y que está casi sordo del todo. ¡Tengo que gritar para que me oiga, y entonces mis hermanas se enteran de mis pecados! —dice Isabel un poco angustiada—. Así que normalmente solo confieso haberme olvidado de mis plegarias, que es la falta más común entre nosotras.

—Tu única falta, Isabel, es que eres demasiado amable con quienes no se lo merecen —murmuro pensando en lo buena que es conmigo.

—No, soy más desagradable de lo que crees. Estoy celosa de la belleza de Margarita y de que la Madre la favorezca tanto. Hiervo de impaciencia por la lentitud de Angelina y la culpo cuando nos tenemos que dar prisa y acabamos comiendo solo pan duro. ¡A veces robo azúcar de la despensa!

Sonrío por sus transgresiones, que quedan muy lejos de los engaños, los asesinatos y la venganza, los crímenes no confesados de Elsinor.

Pero Isabel me coge la mano y me dice con seriedad:

—Ofelia, deberías ser mi sacerdote, ya que eres tan reservada como la efigie de una tumba.

—Entonces, confiesa, y yo te absolveré —digo intentando sonar como el padre Alphonse, y ambas reímos. Sin embargo, ¡su confianza me tienta! Anhelo compartir mis historias con ella, pero la discreción me ata la lengua, y el silencio alimenta mi soledad.

A menudo lamento no tener un sitio en Saint-Émilion. En Elsinor, como dama de la reina, sabía cuál era mi papel. Aquí no soy ni sirvienta ni monja. No me siento con las monjas en el santuario de la capilla, pero rezo sus oraciones. No comparto la mesa con ellas, pero aun así comemos lo mismo. Como el espíritu de un difunto que aún no puede descansar, viajo entre mundos distintos. Si lo deseo, soy libre de abandonar el convento. En cambio, paso horas en la biblioteca y suelo perderme en La consolación de la filosofía, de Boecio el Romano. También traduzco oraciones al francés para las monjas que no leen latín.

Un día, la madre Ermentrude, viendo que estudio con atención, me pide que la ayude a instruir a las niñas de la escuela del convento. Acepto, ya que deseo ser de utilidad. Pero la pena me abruma al ver a esas criaturas de ojos tristes, arrancadas de los brazos de sus padres y entregadas a Dios, cuyo abrazo no pueden sentir. Una niña, la imagen misma de la desesperación, apoya las mejillas en las manos, y su falda demasiado corta deja al descubierto unas piernas desnudas sobre sus zapatos. Recuerdo haber llevado vestidos tan poco favorecedores y querría tener unas medias para poder dárselas. Quiero abrazarla, pero sus ojos grandes y asustados me dan miedo. En lugar de eso, le doy algo insignificante e inútil: un verbo para conjugar. Mientras las niñas se inclinan sobre sus libros, me saco del bolsillo el retrato en miniatura de mi madre que siempre llevo conmigo. Su cara es exacta a la mía. En ella veo mi pelo, mis mejillas y mi nariz, todo reproducido en miniatura. Escarbo en los recovecos más profundos de mi mente para encontrar un recuerdo donde aparezca ella.

—¡Ay, enséñame cómo ser madre y dame coraje! —susurro, deseando que la imagen misma me hable—. ¿Qué haremos mi bebé y yo? ¿Dónde construiremos nuestra casa? ¡Dime! —Me siento como una niña abandonada en un bosque oscuro. Ni la imagen de mi madre puede consolarme.

Entonces veo que Margarita ha venido a la biblioteca. ¿Cuánto hace que está aquí? Las niñas han terminado su ejercicio y murmuran y ríen entre ellas. Margarita me lanza una mirada fría y seria. Me siento como un libro abierto de par en par, con mi historia escrita en palabras que quedan a la vista para que ella las lea.

—Parece que enseñar no se te da bien. Informaré de ello a la madre Ermentrude —dice. Su voz no tiene rastro de compasión ni de juicio.

En este momento, anhelo tanto a la madre que nunca conocí que soy incapaz de responder.

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