Ofelia
Capítulo 4
A lguien debió de hablarle a mi padre sobre mis modales rebeldes. Poco después del incidente en el arroyo, me dio un vestido nuevo de satén y peinetas de asta para el cabello. Con unos dedos no habituados a tales tareas, me desenredó el pelo y lo cepilló hasta que me dolió la cabeza. Entonces me indicó que lo acompañara mientras asistía al rey y que, en presencia de la reina, me inclinara y asintiera con la cabeza sin decir ni una palabra.
—No mires fijamente al sol para que no te ciegue, pero quédate bajo su luz y deja que te caliente —me instruyó. Esa fue una de las numerosas máximas que me hizo aprender de memoria.
Gertrudis era, sin duda, muy bella y majestuosa, tanto que no me atrevía a mirarla, incluso cuando me tocó los rizos y preguntó cómo me llamaba.
—Se llama Ofelia. Es mi hija y mi tesoro, la copia exacta y la viva imagen de su difunta y añorada madre —dijo mi padre con grandilocuencia antes de que yo pudiera abrir la boca.
Gertrudis me levantó la barbilla, y vi el interior de unos ojos profundos, grises y llenos de misterio.
—Tiene un semblante dulce, es una niña hermosa —murmuró—. Apuesto a que también es vivaz —añadió con una sonrisa.
Sentí que un vago anhelo me invadía. Bajé la mirada e hice una gran reverencia.
Las palabras de aprobación de la reina Gertrudis cambiaron mi fortuna, y me convertí en una miembro de su casa. Ese mismo día enviaron a un sirviente a buscar mi pequeño baúl. Mi padre se sonreía y tarareaba, satisfecho por su propio beneficio.
Sin embargo, yo era reacia a irme. Aunque no quisiera a mi padre con locura, estaba habituada a su compañía. Además, tampoco deseaba cambiar mis costumbres.
—No quiero dejaros a vos ni a Laertes —dije con voz suplicante.
—Pero yo no puedo cuidar de ti. No tengo ni idea de cómo criar a una joven. Es una tarea más apropiada para las mujeres —sentenció como si se tratara de una verdad evidente para cualquier persona con un poco de entendimiento.
Clavé los talones en el suelo y resistí el tirón que me dio del brazo.
—Vamos, basta de perder el tiempo —dijo. Y añadió con más suavidad —: Servir a la reina es un gran honor.
—Pero ¿qué debo hacer si no la complazco o es dura conmigo?
—Obedécela. ¡Eso es todo! Vete ya, niña, y no te comportes como una tonta —dijo mi padre, impaciente de nuevo.
Entonces apretó algo contra la palma de mi mano. Era el retrato diminuto de mi madre con su marco dorado. Sentí que, dentro de mí, empezaba a titilar una pequeña llama de coraje.
El trayecto desde las dependencias de mi padre, en la periferia del castillo, hasta las habitaciones de Gertrudis, en el corazón de Elsinor, se me hizo muy largo. Dimos tantas vueltas que acabé perdida. Seguí al sirviente mientras pasábamos por las residencias de los ministros y los cortesanos que eran más importantes que mi padre. Lo seguí a través de la sala de guardia, donde había hombres durmiendo, hablando de manera ociosa o jugando a los dados. Apenas nos miraron cuando entramos en el pasillo que conducía a los aposentos de la reina.
Maravillada, aminoré el paso en la larga galería que discurría por encima del gran salón. Estaba revestida de vívidos tapices que representaban a dioses y diosas, soldados y cazadores, damas y unicornios. Empecé a pensar que quizá sería emocionante pasar mis días entre tanto esplendor.
Cuando llegamos a una habitación cercana al dormitorio de la reina, el sirviente se fue y me dejó sola. La habitación, estrecha pero inundada de sol, contenía una cama, un taburete, una mesa torcida y una estera de junco. Había una chimenea donde podría prender un pequeño fuego para calentarme. La ventana estaba orientada al sur. Miré hacia fuera y vi un jardín y un laberinto a lo lejos. Como no sabía qué me ocurriría a partir de entonces, me agarré fuerte a la imagen de mi madre. Me sentía a la vez abandonada y elegida, desesperada y esperanzada.
Un fuerte resuello y unos pies que se arrastraban me anunciaron que alguien llegaba a mi puerta. Una mujer de edad avanzada entró en mi habitación. Era robusta y estaba casi sin aliento. Se secaba constantemente la frente y el cuello húmedos. Unos rizos blancos le brotaban bajo la cofia como si fueran puntillas de musgo pálido. Era Elnora, lady Valdemar. En ella había recaído la tarea, un infortunio que no se merecía, de guiar mi educación y de enseñarme a comportarme en la corte. Me hizo saber de inmediato que se trataba de una tarea imposible.
—¡He oído que tienes por costumbre quitarte la falda y nadar! ¡Que corres y revoloteas con chicos por los terrenos del castillo! —Al final de cada frase, su voz se alzaba con incredulidad—. Todo eso termina ahora, ya que no hay nada que pueda ser más impropio de una dama de la corte de la reina Gertrudis. —Sus rizos oscilaban mientras negaba con la cabeza en señal de desaprobación.
Sentí que era injusto que me regañara, pero solo dije:
—Deseo hacer lo que os resulte grato.
Mi padre habría estado orgulloso de esa respuesta.
—Evidentemente. De otro modo, te mandaremos de vuelta a esa cueva de la que vienes. ¿Qué edad tienes? ¿Once años? ¡Has vivido sin reglas hasta ahora! ¡Bah! Ningún caballo aceptaría las bridas ni el bocado después de tanto tiempo.
No me gustó que me comparara con un caballo.
—Cuando estudio sé comportarme —repliqué—. Si leo a Ptolomeo o a Heródoto, puedo estar sentada durante horas sin moverme. —Anhelaba mostrarle que tenía algo de virtud y que no me faltaba educación.
—Se acabó estudiar filosofía y a los antiguos —dijo con firmeza—. Ningún hombre quiere a una esposa más instruida que él por miedo a que ella sea una arpía que lo obligue a llevar las faldas.
—¡No me convertiré en una arpía! —dije, pensando que a menudo había vencido a Laertes. Pero después de replicar, me mordí la lengua. ¿Sería siempre tan conflictiva?—. Por favor, enseñadme entonces cómo debería comportarme —dije con suavidad.
—Lo que debes aprender sobre el buen decoro llenaría volúmenes — dijo con un suspiro de agotamiento—. Los que han nacido en la nobleza ya llevan dentro un proceder virtuoso. El resto puede practicar y aprender, pero la dificultad es muy grande.
Empecé a desesperarme, pero recordé lo bien que se me daba aprender, así que me prometí a mí misma dominar ese nuevo tema.
Entonces Elnora hizo que me quitara la ropa. Me examinó todas las extremidades y me palpó el latido del corazón en la muñeca.
—Un buen cuerpo, suena bien. Tienes las extremidades fuertes y estás proporcionada —dijo. Su tono de aprobación me dio alguna esperanza.
Se detuvo en las finas cicatrices que tenía en la espalda y en la pierna, y le conté lo del perro que me había mordido.
—Bueno, no estés avergonzada. La viruela ha desdibujado la belleza de muchas jóvenes. Eres afortunada.
Con una cinta, me midió la estatura y la cintura y apuntó los números. Dijo que debía tener un guardarropa de sábanas y de vestidos sencillos que fuera adecuado para mi nueva posición. Me emocionó la perspectiva de tener ropa nueva que reemplazara la vestimenta desgastada y vulgar que ya me había quedado pequeña. Incluso empecé a tener la esperanza de que Elnora sería amable conmigo si no le causaba demasiados problemas.
Pero en los días siguientes estaba triste, como si no solo me hubiera trasladado a la otra parte del patio de Elsinor, sino al otro lado del océano. Echaba de menos mis estudios y el deleite de seguir a Laertes y a sus compañeros. Aunque me había unido al mundo de las mujeres, aún me sentía como una niña, ignorada y perdida en aquel reino nuevo. Las damas de la corte, con sus radiantes plumajes y sus voces gorjeantes, parecían un montón de pájaros dentro de una jaula bañada en oro. En medio de todas ellas, yo era un simple petirrojo anhelante de libertad e incapaz de cantar a causa de los barrotes que me rodeaban.
Elnora me dijo que no debía estar malhumorada ni descontenta. Cada día me repetía esta regla:
—Una dama debe desear complacer, primero, a su reina, y segundo, al hombre con el que se casará. —Y añadía—: Solo los niños pueden complacerse a sí mismos, y tú, Ofelia, ya no eres una niña.
Su reprimenda me hacía aún más infeliz, como si ser una niña fuera una falta que yo había cometido y que debía expiar.
Aprendí que convertirse en una dama no resultaba fácil. Era inepta para mis nuevas lecciones, sobre todo para la aguja. Las damas de Gertrudis estaban orgullosas de sus labores, pero para mí, aquel acero fino y afilado era un instrumento de tortura. Antes de llegar a dominar el punto más simple, me pinché los torpes dedos hasta sangrar y arruinar metros de seda. Habría estado encantada de pasarme horas sentada, leyendo o escribiendo, pero cuando cosía no podía estarme quieta y, a veces, lloraba de aburrimiento.
Sin embargo, trabajaba mucho, y cualquier aprobación mínima y apenas perceptible de Elnora me ponía contenta. Creía que su benevolencia me llevaría a obtener el favor de la reina. Por eso intentaba pensar como mi padre. Deseaba ser una hija solícita, no quería fracasar en mis tareas y deshonrarlo, así que me esforcé diligentemente en aprender música, ya que era algo que una dama de la corte debía hacer. Tuve algo de éxito con las cuerdas del laúd, pero los dedos me iban a trompicones sobre las teclas de la espineta. Me di cuenta de que cantar me salía de forma natural, y Elnora elogió mi voz. Así que a menudo inventaba cancioncillas para animarme. A veces, estas provocaban una sonrisa que arrugaba el rostro redondo y ancho de mi tutora.
También quería gustar a las otras damas, especialmente a Cristiana, ya que teníamos más o menos la misma edad y yo quería que fuera mi amiga. El padre de Cristiana era el primo de la reina, así que ella era de alta cuna. Tenía los ojos verdes, poco comunes, y era casi una belleza aunque su nariz fuera demasiado larga. A diferencia de mí, se contentaba con hacer punto durante horas y estaba orgullosa de sus labores. Llevaba un petillo cosido a su corpiño y ceñido al pecho que ella misma había bordado todo de hiedras y mariposas. Incluso la reina lo había admirado. Cristiana también era muy hábil con el pincel: pintaba unos pájaros que parecían estar vivos y unas flores y unos rostros que yo podía reconocer como los de la reina Gertrudis y sus damas.
—¿Me harías un retrato? —le pregunté un día, y ella se me quedó mirando, examinándome con frialdad.
—No lo creo. Tus rasgos no tienen nada remarcable —dijo, y siguió con su tarea.
Me pregunté si realmente yo era tan vulgar. Otro día alabé su labor, ya que pensaba que un cumplido le suavizaría el carácter.
—Por favor, ¿podrías guiarme con este punto nuevo? —Le tendí mi muestra—. Tu trabajo es muy preciso.
—¿Para qué? Nunca dominarás esta tarea porque tienes los dedos gruesos y torpes —me dijo apartándome la mano.
En otra ocasión estaba aprendiendo un baile, un alegre bran, ya que se esperaba que todas las damas de Gertrudis bailaran con elegancia. Estaba ensayando vigorosamente, disfrutando del rápido latido de mi corazón. Era casi como correr y nadar, unos deportes que echaba de menos.
—¡Miradla! —me señaló Cristiana—. Brinca como una cabra. ¡Qué indecorosa! Sería mejor que le pusiéramos cascabeles en los pies y que bailara en un festival rural.
Se rieron entre ellas y coincidieron en que yo debería controlarme más.
Aquella noche, Elnora me encontró llorando.
—¿Qué es lo que te aflige? Ven, no estés taciturna. El mal humor hará que te pongas enferma.
—¿Por qué Cristiana me desprecia tanto? —lloré—. ¿De qué manera la he ofendido?
Elnora suspiró e hizo descender su gran figura hasta un amplio banco. Dio unas palmaditas en el sitio que había a su lado, y yo me senté. Me atreví a recostarme ligeramente en ella. No me apartó.
—Ahora que estás entre nosotras, Cristiana ya no es la más humilde, y debe atormentarte con la poca autoridad que tiene —me explicó Elnora al límite de su paciencia—. ¿Has visto que las gallinas del patio se pican las unas a las otras y que cada una escoge justo a una que sea más débil que ella? Pasa lo mismo cuando una nueva dama de compañía se une a la corte. En los veinticinco años que llevo con la reina, lo he visto más veces de las que puedo contar.
Cogí aire.
—¡Veinticinco años! —dije—. Más del doble de mi propia vida. —Me recosté un poco más en ella—. ¿Qué más habéis visto?
Elnora dudó considerando si me consentía o si me mandaba a hacer otras cosas. Le puse un cojín en la espalda para persuadirla, y ella se acomodó agradecida.
—Ahora soy vieja y estoy cansada —dijo agitando la cabeza—, pero no fue siempre así. Antes era robusta y bonita, aunque no tan hermosa como la reina. Que me eligiera para servirla fue un honor, era mucho más de lo que me merecía. Recuerdo cómo lloré de alegría al verla casarse con el rey Hamlet. Entonces ella era tan solo una chiquilla, había nacido en la nobleza y era un ejemplo de virtud. No la educaron en la corte, sino en el mejor convento de Dinamarca. El rey decía que se había casado con un ángel, ya que era la unión perfecta de gracia y belleza. Por su parte, él era un hombre de mundo y un guerrero. Ha sido un rey sabio y un buen juez de hombres. De entre las filas de todos sus nobles, escogió a mi merecedor esposo, lord Valdemar, para que fuera uno de sus consejeros privados —dijo orgullosa.
—¿Y cómo os eligió a vos lord Valdemar? —le pregunté.
Elnora sonrió ante ese recuerdo lejano.
—Hace muchos años, su padre y mi padre lucharon juntos contra Noruega. Nos comprometieron al uno con el otro cuando mi señor todavía era un muchacho y yo bebía del pecho de mi madre —respondió.
Deseaba preguntarle si había sido madre, pero no me atreví. Aun así, pareció leerme el pensamiento.
—Por desgracia, no fuimos bendecidos con niños. Es mi gran pena — dijo con un suspiro—. Pero quiera o no, esa es la voluntad de Dios — añadió con rapidez—. En su lugar, fui bendecida con el privilegio de asistir a la reina en sus partos. Más de uno acabaron en aflicción, con bebés que nacían demasiado pronto. Un viaje de nueve meses es peligroso tanto para la madre como para el niño, ya lo sabes.
—Lo sé —susurré.
—Entonces llegó el príncipe Hamlet, llorando y agitándose desde el primer momento en el que empezó a respirar. Aunque fuera tan fuerte como un roble joven, su madre temía que tuviera un accidente o contrajera una enfermedad repentina. Apenas lo perdía de vista. Pero cuando la reina descansaba, yo me llevaba al príncipe y lo dejaba rodar por la pradera para que se hiciera un poco duro. A veces, yo fingía que era mi propio hijo, no tenía dificultades en hacerse querer por los demás. Ahora el chico ya no piensa en la vieja Elnora. —Resolló y se tocó los ojos con suavidad. Entonces me miró como si se sorprendiera de mi presencia—. ¡No tendría que estar contándote estas cosas! —dijo regañándose a sí misma—. Siéntate recta, no como una babosa. No, levántate. Ve a arreglarte el pelo con más esmero.
—Os prometo que puedo ser discreta —dije.
Le sujeté la mano, con su carne hinchada y sus huesos nudosos, entre mis pequeñas manos, que no eran gruesas ni torpes, como había afirmado Cristiana. Seguidamente, me levanté e hice lo que me había ordenado.
Aprendí cómo contentar a Elnora para que me tratara con amabilidad. No la agotaba con parloteos, como suelen hacer las jovencitas, sino que la escuchaba mientras ella paseaba por su extensa memoria. Me habló de los tiempos oscuros en los que Dinamarca estaba en guerra con Noruega y una larga sequía había traído hambruna al pueblo y hambre al castillo. Me contó que una vez estalló una plaga extraña que afectó a cientos de personas, Gertrudis entre ellas, y cómo ella cuidó a la reina desde el umbral de la muerte hasta su completa recuperación.
Me sorprendió descubrir que Elnora poseía un profundo conocimiento de las medicinas y las hierbas. Las damas de la corte y las doncellas acudían a ella para conseguir pociones de amor hechas de trinitaria, otro nombre para mi querida flor del pensamiento. Los que tenían reúma en los riñones se favorecían de su apósito de mostaza, sencillo pero picante. Como Elnora tenía los ojos débiles y las rodillas entumecidas, yo la ayudaba a cavar para buscar raíces y a mesurar trocitos de plantas secas. Yo era su sombra, la seguía como si formara parte de mi familia, hacía lo que me pedía y me anticipaba a sus deseos.
Con Elnora visité por primera vez a Mechtild, la sabia mujer cuyas habilidades en medicina eran legendarias en Elsinor. Era una figura misteriosa y solitaria a la que muy pocos habían visto. Vivía pasada la parte más alejada del pueblo, donde nunca antes me había aventurado. De vez en cuando, Elnora la visitaba para comprar hierbas que no crecían en Elsinor y medicinas que solo Mechtild sabía elaborar. Le supliqué a mi tutora que me diera permiso para ir con ella; deseaba conocer a aquella extraña mujer y, además, hacía meses que había dejado Elsinor y anhelaba estar de nuevo en el bosque. Un día cedió, y partimos del castillo en una litera rodeada de cortinas y llevada por sirvientes. Viajamos a través de pueblos y nos detuvimos en el límite del bosque. El trayecto final hasta la cabaña de Mechtild lo haríamos a pie, ya que Elnora quería mantener en secreto su tarea. Se apoyó en mi brazo para sostenerse. La guie alrededor de las piedras del sendero y aparté las zarzas y las ramas que se le podían enganchar en las faldas.
—¿Te he hablado alguna vez de cuando acusaron de brujería a Mechtild? —me preguntó Elnora, y se detuvo a descansar en una gran roca —. Pero el denunciante se retractó después de que le aparecieran unos forúnculos misteriosos. Algunos decían que aquello demostraba los cargos, mientras que otros afirmaban que Dios lo había castigado por sus crueles mentiras.
Abrí los ojos de par en par asombrada.
—¿Es una bruja? —pregunté—. He leído cosas sobre las que ejercen la magia negra.
—Es poderosa, pero no está al servicio del diablo. Aunque nunca me atrevería a engañarla o enojarla —se apresuró a decir.
La casita de Mechtild, con su techo de paja, se acurrucaba en el límite del bosque. Un huerto enorme se extendía en un claro, repleto de plantas familiares y exóticas, de ingredientes para todas las medicinas imaginables y los linimentos favoritos de la corte. La mujer sabia se acercó a nosotras con pasos lentos. Se la veía más débil que enérgica, y apenas parecía peligrosa. Un perrito negro, tan enjuto y marchito como ella, trotaba a su lado. Me encogí al verlo, hasta que la pequeña criatura me lamió la mano para saludarme amistosamente. No pude evitar sonreír.
—No temas, no te hará daño —me dijo Mechtild.
Aunque estaba muy encorvada, levantó hacia mí su negra mirada, que parecía conocer mi pasado. Mientras tanto, Elnora se ocupaba de sus asuntos.
—Últimamente la reina ha tenido problemas de insomnio. Se despierta y no puede volver a dormirse, y el pulso le late con rapidez. El agua de cebada con amapola molida ya no la relaja.
Mechtild asintió sabiamente con la cabeza y nos hizo señas para que la siguiéramos hacia el jardín. Su exuberancia salvaje nos abrazó, y unos perfumes extraños dieron la bienvenida a mi nariz. Una planta de tallo negro se elevaba sobre nosotras; sus hojas verdes y oscuras, más anchas que la mano de un hombre, albergaban unas flores moradas en forma de campana. Mechtild las señaló pensativa.
—Las solanáceas quizá. Solo unas pocas bayas. Las hojas, humedecidas con vino y aplicadas en la sien —murmuró la anciana para sí misma, pero mis oídos captaron sus palabras, y mi memoria se alimentó con ellas—. La mandrágora no, es demasiado fuerte. En su lugar, quizá una infusión con una gota de beleño negro. —Una vez se hubo decidido, arrancó algunas hojas y bayas—. Para ti, hija mía —dijo Mechtild dirigiendo sus intensos ojos hacia mí—, recomiendo el agua de fresa destilada, ya que no solo suaviza la piel, sino que también protege de las pasiones del corazón.
—Aún estoy verde y no sé nada del amor —murmuré bajando la mirada y dirigiéndola hacia el perro.
—Ah, pero pronto sabrás. Nadie que esté en la corte puede permanecer inocente en lo que al amor se refiere. Asegúrate de cuidar tus emociones — dijo levantando el índice torcido para enfatizar su consejo.
Pensé en el bellaco de Edmund y en sus deseos oscuros. Recordé cómo me estremecí cuando Hamlet me sacó del arroyo y me miró fijamente. Deseaba cambiar de tema porque parecía que Mechtild pudiera penetrar en mi mente.
—¿Tenéis algo para Elnora? —dije—. Aunque nunca se queja, sé que a menudo le duele el costado y entonces le cuesta respirar.
—¡Ofelia! Hoy no hemos venido a eso —dijo mi tutora con brusquedad, aunque fue un reproche leve.
—Mmm, eres una chica atenta. Recomiendo el comino. Es raro y oloroso. Seguro que no se encuentra entre las especias de tu reina. Una cataplasma aplicada en el costado. Voy a prepararlo. —Y nos guio hacia la cabaña.
En el interior de la casita, una gran alacena dominaba la única habitación. Observé con curiosidad a Mechtild abriendo las puertas y dejando al descubierto todas las herramientas propias de un boticario. Sacó un mortero y empezó a moler semillas mientras Elnora examinaba la balanza.
Entretanto, mi mirada se había posado sobre la repisa superior de la alacena. Me quedé mirando una hilera de frasquitos oscuros, sellados con cera, cuyas etiquetas tenían el símbolo de la muerte. Contuve la respiración y ahogué un grito que hizo que Mechtild levantara la vista de lo que la mantenía ocupada.
—Tintura de belladona. Granos de opio. Beleño negro destilado. Si se usan mal, provocan la muerte —me explicó con sobriedad.
—¡Bah! Ofelia, aparta la mirada, no sea que tientes al mal —dijo Elnora. Se persignó y me alejó de allí.
Mechtild cerró la puerta de la alacena y giró la llave. La sacó y se la metió en el fondo del bolsillo, donde, seguramente, la curva de su viejo cuerpo protegía muchos secretos.
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