Ofelia
Capítulo 21
L lorando, me apoyé en mi padre y permití que me llevara a mi habitación, donde me dejé caer en la cama. Mis lágrimas no lo conmovieron. No me dirigió palabras piadosas, sino que más bien me echó la culpa.
—Ha sido tu manera de devolverle los regalos lo que ha caldeado los ánimos de Hamlet. Si hubieras usado palabras más dulces, habrías despertado su ardor, no su ira —me regañó.
No permitiría que sus críticas me enojaran y tampoco aparentaría sumisión.
—Lo siento, mi señor —dije con voz apagada y huraña. Era cierto, sentía mucha pena por mí misma.
—Quizá su melancolía se debía a otra causa que no fuera el amor —dijo frunciendo el ceño—. ¿Puede que me equivocara con mi dictamen? ¿Me has engañado, niña?
Mi orgullo dolido se alzó y me hizo defenderme.
—Hamlet me amaba. Hablaba y actuaba como tal. No os mentí.
Mi padre, sacudiendo la cabeza a causa de la duda y la confusión, me dejó sola. Entonces, el recuerdo de las palabras de Hamlet me atormentó, y mis lágrimas me desmoronaron hasta que, exhausta, caí en un intranquilo duermevela.
Más tarde, me desperté y me encontré a mi padre sentado en mi cama.
—Levántate, Ofelia, y escúchame. —Me sacudió, aunque con delicadeza, y se agarró de la barba con una angustia evidente—. He estado pensando, hija. No fue sabio por mi parte ponerte en el camino de Hamlet. Mi intención de que ascendieras, y yo también, se ha visto frustrada.
Me senté, asombrada por sus palabras, que eran casi como una disculpa.
—Ahora hemos levantado las sospechas del rey, y es tan peligroso como un oso acosado. Ya es suficientemente malo que Hamlet se encolerice como un demente. —Frunció el ceño, y una oscura mirada cubrió sus facciones—. No salgas, Ofelia. No quiero que te vean en público —me ordenó. Me puso sus labios secos sobre la frente y se fue de nuevo.
Esta vez no estaba dispuesta a desobedecerlo. Pero era la desesperación, más que el deber filial, lo que me hacía obediente. Permanecí en mi habitación durante dos noches y dos días, sin preocuparme de estar perdiéndome los espectáculos que tenían lugar en el gran salón. Elnora me trajo un tónico de tomillo salvaje y vinagre para calmar mi letargo. Lo bebí dócilmente, pero me revolvió la tripa. Tampoco podía comer nada sin encontrarme mal. Elnora me tomó el pulso, me acarició la frente y con tono persuasivo intentó descubrir qué era lo que me afligía.
—¿Qué has hecho para que tu padre me pida que te vigile de cerca?
—Nada. De verdad, soy inocente —dije, pero no pude añadir nada más sin echarme a llorar.
—A pesar de lo virtuosa que puedas ser, la reputación es algo frágil. Se pierde con facilidad y no se suele recuperar nunca —dijo observándome el rostro para encontrar evidencias en él.
¡Cómo hirieron sus palabras mi alma temerosa! ¿Era cierto que estaba acabada?
—Juro por el cielo que soy honesta. ¡Me mintió, me juró que me amaba!
—Ah, un corazón roto. Ya sanará —murmuró Elnora. La lástima que mostraba hacia mí solo me hizo llorar de nuevo, pero mis secretos más profundos permanecieron conmigo.
Al día siguiente, Gertrudis me llamó. Fui a verla, aunque estaba pálida y débil.
—El rey dice que mi hijo no está enamorado de ti —dijo la reina sin rodeos—. Me sabe mal, pero no te tomes esto muy a pecho. Él aún es joven y solo juega a ser un amante.
Sus palabras no me consolaron, ya que hablaba como una madre que excusa la rudeza de su hijo pequeño. Pero ¿cómo podía saber lo cruel que había sido Hamlet? Ella no había visto la escena entre nosotros.
—Ahora ve a descansar, se te ve bastante indispuesta —dijo con mirada compasiva.
Pero mis inquietos pensamientos no me daban tregua. Revivía a cada hora el encuentro con Hamlet, y la memoria me renovaba las penas. ¿Por qué me había menospreciado y se había burlado de mi virtud? ¿Por qué había clamado contra el matrimonio? ¿Por qué había negado que me amaba?
«Somos unos villanos. No nos creáis a ninguno de nosotros.»
¿No debía creer en las promesas que me había hecho, en sus palabras de amor, en sus votos matrimoniales? ¿También había mentido al decir «Jamás os he amado»? No entendía nada de aquel marido con cara de Jano que decía verdades y mentiras a la vez. Irritada y molesta, le grité al ausente Hamlet:
—¡Sí, sois un villano por maltratarme tanto con vuestras mentiras y promesas! ¡No os merecéis mi amor!
Pero la escena se repetía sola en mi cabeza, y mi rencor se aplacó. Me imaginé que en sus palabras había oído algo más que desesperación e ira.
«Idos a un convento. ¡Venga! ¡Adiós!»
¿Acaso Hamlet estaba, de algún modo, suplicándome que abandonara la corte de Dinamarca? Y en caso de que así fuera, ¿por qué lo hacía? Quizá no quería que presenciara su venganza y sus terribles consecuencias. ¿Me había mandado entonces a un convento para que estuviera segura y no para que escondiera mi vergüenza? Mis preguntas no encontraron respuestas, y mis pensamientos siguieron atormentándome hasta que temí que la locura me hubiera empezado a afectar al cerebro.
A la tercera noche, ya no podía soportar mi soledad. Necesitaba ver a Hamlet y hablar con él. Me puse mi mejor vestido y un corpiño de cuello alto porque no me atrevía a parecer inmodesta. Me peiné y me puse el pelo bajo una cofia de seda bordada con flores. Me uní a las damas de Gertrudis, que estaban reunidas en la galería para dirigirse al gran salón a ver la representación de aquella noche. Reían, parloteaban y anticipaban las diversiones de la noche, pero yo estaba seria y callada.
Cristiana estaba muy animada y emocionada. Las rojas mejillas le brillaban, y llevaba un corpiño apretado que le aumentaba los pechos. Un collar verde que conjuntaba con sus ojos le brillaba en el cuello. A pesar de su anterior deshonra, Rosencrantz había empezado a cortejarla de nuevo. En ocasiones, ella favorecía a Guildenstern para poner celoso al otro, y a veces, los tres eran amigos.
—He oído que lord Hamlet ha creado una representación fascinante para esta noche —dijo Cristiana, hablándome a un lado y tapándose la boca con la mano.
—No sé nada de eso —repliqué.
—Pero seguro que sabes qué es lo que hace que el príncipe esté tan salvaje y loco últimamente. Unos dicen que es la muerte prematura de su padre, mientras que otros lo achacan al matrimonio apresurado de su madre.
—Es natural que la pena desordene la mente durante un tiempo —dije con imparcialidad. No gastaría más palabras en aquel asunto, ya que sospechaba que ella quería tenderme una trampa.
—Aunque otros dicen… —Se detuvo hasta que la miré. ¿Había oído rumores sobre nuestro matrimonio? Entonces soltó la flecha de su arco, más afilada de lo que me esperaba—. Dicen que el príncipe ama a una mujer que no es digna de él. —El corazón me latía con fuerza, pero no me inmuté—. He oído que ella lo ha engañado y que eso ha hecho que él enloquezca — dijo observándome la cara en busca de algún signo que le confirmara que había dado en el clavo.
Aunque me esforcé en ocultarlo, seguro que se me notó que me había sobresaltado. Como no le había dado razones a Hamlet para que pensara que le era infiel, seguro que había sido otra persona quien había iniciado el rumor que lo había hecho dudar de mí. Sospeché que habían sido sus falsos amigos, Rosencrantz y Guildenstern, azuzados por Cristiana. Sentí que la sangre me abandonaba el rostro y temí que la oscuridad se apoderara de mí.
—¡Vaya, Ofelia, estás tan pálida como la luna! —dijo Cristiana, ahora cogiéndome del brazo—. Siéntate en este banco.
La aparté de un empujón. Ella se encogió de hombros, se alejó de mí y entró al gran salón.
Un arrebato de ira me devolvió las fuerzas. Odiaba a Cristiana y a sus secuaces espías. También estaba furiosa con Hamlet por haberse creído ese falso cotilleo. Aquella misma noche me enfrentaría a él y le pediría que me dijera con quién creía que le había sido infiel y cuándo. Mientras avanzaba hacia el gran salón, me prometí que descubriría qué era lo que había hecho que el amor de Hamlet se convirtiera en odio.
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