Ofelia

Lisa Klein · Capítulo 12 de 50

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Ofelia

Capítulo 11

 

U na semana después de la celebración del reinado del rey Hamlet, el príncipe Hamlet regresó a Wittenberg. Mientras las sombras oscuras consumían la luz del día, nos dijimos adiós en el vestíbulo que había al lado de sus aposentos. Fue una despedida precipitada, puesto que eran momentos robados de las horas que debía pasar con su madre y con el rey. Me prometió que me escribiría a menudo, pero yo anhelaba que me dijera unas palabras más preciadas.

—¿Me queréis? —me atreví a preguntarle al fin.

—¿Acaso lo dudáis? —contestó esquivando mi pregunta.

—Si me lo decís, no lo dudaré.

—Creo que vos nunca me habéis declarado vuestro amor —dijo reflexionando con el ceño fruncido.

—Entonces no me habéis estado escuchando —repliqué con suavidad.

—Ah, terminemos con este discurso banal y dejemos que el silencio hable en su lugar —dijo, y me besó por última vez.

Una vez que Hamlet se hubo ido, busqué todos nuestros encuentros en mi memoria. Era cierto. Nunca le había dicho «os quiero». Sin embargo, no sabía si lo que sentía podía llamarse amor. Solo sabía que la ausencia de Hamlet me dejaba despojada y confundida.

Gertrudis, al no tener a su hijo cerca, también estaba triste y malhumorada. La serví con renovada humildad hasta que me otorgó de nuevo su favor. Supe que me había perdonado cuando me pidió que le leyera un volumen de sonetos, del cual se decía que era la última moda en Inglaterra. Mientras leía en voz alta, me parecía que el poeta añoraba a su amor ausente y que resumía exactamente mis propios pesares.

«Él se ha ido, mientras que yo permanezco aquí sola.» Este podría ser el estribillo de mi corazón. Leí otro poema. «Espero que seáis sincero, ¿o es que solo me halagáis?» ¿Podía ser que Hamlet, con sus atenciones, simplemente me halagara? Pensé en mi humilde origen. ¿Cómo me atrevía a desear que Hamlet me amara? Esa poesía no era un gran consuelo para mí.

Los sonetos que elogiaban los labios y los hermosos ojos de una dama fueron los que pusieron nostálgica a Gertrudis. Se miró fijamente en el espejo lamentando que su edad aumentara y su belleza menguara. Intenté subirle los ánimos.

—¿Qué mujer querría tener los labios coralinos y los ojos como estrellas? —pregunté—. El coral es duro y está agujereado, y las estrellas tan solo son unas manchitas borrosas en la cúpula del cielo.

—Bah, Ofelia, te falta sensibilidad poética —me amonestó Gertrudis. Mientras le cepillaba el pelo, cogió el libro y leyó en voz alta—: «Esos bucles ambarinos, las redes que me aprisionaron el corazón». —Levantó la mirada y suspiró—. Una vez tuve los bucles así. Ahora, mi espejo me muestra estas canas que me crecen en la cabeza como alambres.

—Resplandecen como hilos de plata en medio del oro —contesté, entrelazando la mata de cabello en una gruesa trenza.

—Ahora sí que hablas como una poetisa —dijo—. Todos los poetas son unos mentirosos.

Gertrudis no estaba contenta, así que me quedé callada.

—«Mi amada es hermosa, tan hermosa como cruel» —leyó Gertrudis —. ¿Por qué crees que la amada siempre desdeña al poeta que la corteja?

—Quizá ella no lo quiera —sugerí. Gertrudis no dijo nada. A veces me hacía esas preguntas para enseñarme cosas sobre el amor—. ¿Qué pensáis vos, mi señora?

—Creo que necesita ser cruel si quiere que la amen —me explicó Gertrudis—. Cuando una dama sucumbe a los deseos de un hombre, este la rechaza por indigna.

Oír eso me preocupó. ¿Disminuiría la pasión de Hamlet porque le había mostrado mi amor? ¿Acaso el amor era como el hambre, que se podía satisfacer con la comida? ¿O más bien crecía con lo que lo alimentábamos? ¿Debería haber detenido mis besos para hacer que Hamlet tuviera más apetito de ellos?

Pero a Gertrudis solo le dije:

—Quizá la dama, antes de concederle alguna cosa al poeta, espera a que este se case con ella.

—¡No, jamás se casarán! La naturaleza del amor consiste en no poder satisfacerlo tan fácilmente —dijo con vehemencia.

—Entonces el poeta no miente, ya que el amor frustrado es el tema de todos estos sonetos —dije con suavidad.

—Admito tu argumento, Ofelia —me dijo Gertrudis haciendo un gesto cansado con la mano—. Frótame las sienes con este aceite y déjame dormir.

Por desgracia, no pude aliviar el descontento de Gertrudis con mis atenciones. Ella y el rey discutían en su habitación. Se oían sus voces, pero no sus palabras. A veces la veía con los ojos hinchados por las lágrimas. Me preguntaba si había sido Claudio quien había sembrado la discordia entre ellos. Mientras que el rey estaba cada vez más envejecido y serio a causa de las cargas del gobierno, Claudio, con su barba marrón, aún era fuerte y vigoroso. Tenía los labios rojos y húmedos, y unos ojos negros audaces y penetrantes. Parecía que las mujeres se sentían halagadas cuando les prestaba atención, pero la mera idea de que me tocara con esas manos carnosas me hacía estremecer. Por suerte me dejó en paz, ya que le resultaba una presa demasiado pequeña para sus ambiciosos apetitos. Pero a menudo hacía que Gertrudis riera y se sonrojara. Quizá en su presencia ella se imaginaba que volvía a ser joven y bonita, la dama del soneto deseada por un hombre que no podía poseerla.

Ansiaba leer en las cartas de Hamlet el anhelo que sentía por mí, pero estas no tenían nada que ver con los sonetos de amor.

Una tarde de mayo, me senté al lado de una ventana en el extremo oeste de la galería de la reina y traté de descifrar el ingenio torturado de su última carta.

Mi amada, no me encendáis más, no sea que consumáis mi buen

juicio y traicionéis mi voluntad. Que los hombres no censuren mi

nombre, vuestro amor, por el que caigo y me levanto.

Leí una y otra vez esas palabras, pero no pude entender su significado. ¿Se trataba de la pasión verdadera de un amante que desafiaba a los hombres o de la queja de un erudito plagada de falsa pasión? La ausencia de Hamlet hacía que él fuera un misterio para mí, un dios enmascarado de dos caras que escondían, a su vez, otras personalidades.

¿Cómo debía responder a aquel extraño sentimiento? Mientras miraba el huerto del rey, me vino una idea a la cabeza. Hacía apenas cinco meses, Hamlet y yo habíamos admirado las manzanas rojas y doradas que crecían allí. Ahora, los árboles florecían con abundancia. Escribiría un soneto que describiera los pétalos blancos y rosados que, llevados por la brisa tibia, revoloteaban hasta llegar al suelo. Como no sabía cuál era el propósito de la carta de Hamlet, evitaría expresar el anhelo que sentía por él.

Mientras escribía y borraba muchas frases, lamentando mis aburridas ocurrencias, apareció Gertrudis en la puerta de su habitación. Se la veía inquieta.

—¡Ofelia! Se está haciendo tarde. ¿Aún no me ha citado el rey? —me preguntó.

—No, mi señora, no he recibido ninguna orden —le contesté levantándome—. Quizá hoy esté especialmente agotado. —El rey tenía por costumbre descansar en su huerto después de comer al mediodía.

—No te muevas —dijo con tono urgente, pero tembloroso—. Espérame aquí —me ordenó, y se fue deprisa.

Tal como me había pedido, esperé preguntándome por qué estaba tan agitada. Cristiana reanudó sus tareas de costura como si no hubiera pasado nada. Elnora, que tenía los ojos demasiado débiles para ver sus puntadas, simplemente se sentó con unas fundas de almohada descosidas en el regazo y cerró los ojos.

Me puse a componer mi poema de nuevo. ¿Podía rimar «brote» con «escote»? ¿Lo consideraría Hamlet un verso ingenioso o más bien forzado? Pensé que, quizá, debía renunciar a esa rima disparatada.

Mientras me entretenía con esos pensamientos tan triviales, un acontecimiento crucial y terrible tenía lugar muy cerca. Unos gritos repentinos perforaron el silencio y me sobresaltaron tanto que dejé caer la pluma, y la tinta manchó todas mis palabras. Los gritos resonaban por las paredes como si una horda de demonios aullara desde las piedras. Me levanté del asiento, pero no pude llegar muy lejos porque sentía que tenía los pies enraizados a las piedras del suelo.

Elnora se despertó de golpe.

—¡Ay, qué sueño más espantoso he tenido! ¡Era inimaginable! — Recuperó el aliento con bocanadas cortas y rápidas—. ¡Necesito que me saquen sangre para purificarme de estos humores negros!

Los gritos, que habían cesado un momento, empezaron de nuevo. En medio de los alaridos me llegaron unas palabras a los oídos que hicieron que se me helara la sangre:

—¡Socorro! ¡El rey ha muerto! ¡Ay, ayuda!

Cristiana empezó a temblar y a maullar como un gato. Elnora se desmayó. Intenté reanimarla dándole golpecitos en las mejillas, luego la volví con cuidado para poner de lado su corpulento cuerpo y la dejé para que se recuperara.

—¿El rey ha muerto? —susurré. Esas palabras no cobraban ningún sentido para mí—. ¿Cómo es posible?

Abrí rápidamente la ventana y me apoyé en el alféizar. Vi que había guardias que corrían atropelladamente por el huerto, con sus picas y sus espadas en la mano. Gritaban y golpeaban los árboles mientras buscaban al ladrón que había robado la vida del rey, pero no encontraron a ningún asesino. Los pétalos caían de las ramas como si se tratara de una nevada tardía y húmeda.

Aquella noche se informó de que una serpiente había picado al rey Hamlet y que su veneno le había paralizado el corazón al instante. Yo dudaba de esa versión oficial. Jamás había oído hablar de serpientes venenosas alrededor de Elsinor, y tampoco había leído que tales criaturas existieran en Dinamarca. Entonces surgió el rumor de que aquellos que habían visto el cuerpo en el huerto habían remarcado que la piel estaba cubierta por una costra repugnante como la lepra. Se murmuraba que habían asesinado al rey mientras dormía y que el traidor había huido a Noruega. Pero creció otra sospecha, demasiado terrible para decirla en alto, que aseguraba que el desconocido asesino aún estaba en Dinamarca, incluso en Elsinor, entre nosotros.

Aquella noche, soñé que el cuerpo pálido y exangüe del rey tenía por encima inocentes flores blancas y rosadas. Un torbellino negro y poderoso se levantaba, esparcía las flores y partía los árboles, llevándose gritos sobre sus corrientes y haciendo que incluso las piedras del castillo se estremecieran. Mi corazón sabía que la bondad había sido asesinada y que un reinado de maldad había empezado en Elsinor.

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